HISTORIA Y FÚTBOL: volvemos a la Edad Media

1403120693_685596_1403122279_album_normalSe consumó el desastre. Como en aquellos días de finales de julio de 1588, cuando la Armada Invencible, que iba destinada a la más hermosa de las victorias, fue avasallada por la flota inglesa en medio de la más cruel de las tormentas, estos nuevos adalides del Imperio Español, los miembros de la Roja, han caído estrepitosamente casi sin combatir como la flota de Medina Sidonia.

Al igual que el Imperio Español, ese en el que nunca se ponía el sol, el dominio de La Roja, ese en el que no se ponían Eurocopas ni Mundiales, ha sido efímero. Nada anunciaba la debacle. Ni entonces ni ahora. Entonces, el Imperio español dominaba Europa, había derrotado a los turcos en Lepanto, a los franceses en Saint Quentin, a los díscolos protestantes se les envió al sanguinario duque de Alba, a los ingleses se les sujetaba en el Caribe en su intento de apoderarse de los galeones llenos de oro y plata. Pero, a finales del reinado de Felipe II se comenzaban a producir malos augurios: el secretario Antonio Pérez había protagonizado una rebelión en Aragón, diversas provincias calvinistas se habían unido en la denominada Unión de Utrech para separarse de la Monarquía, en 1580 moría su cuarta esposa Ana de Austria, en 1585 el rey, cansado del duro gobierno creaba la Junta de la Noche, para ayudarle en el manejo del gobierno. Y todo ello con una situación económica paupérrima: había declarado la bancarrota en 1575 y los impuestos no hacían sino acrecentarse. El Estado estaba en manos de acreedores alemanes, genoveses y banqueros como Simón Ruiz. Se decía ya entonces que el Imperio era “un gigante con pies de barro”. Pero en la literatura todo eran alabanzas al poderío español, a la hidalguía hispana, a las miserias de nuestros enemigos. Vamos, algo así como un “soy español, español, español”, o “a por ellos”, e incluso “ocho partidos para la gloria”, que dirían el Marca, la SER o Telecinco/Cuatro ahora.

A partir del siglo XVII se inicia la decadencia: los llamados Austrias menores, que finalizan con el reinado del hechizado Carlos II. Entretanto, la Imperio Español ha perdido casi todas sus posesiones en Europa, ha comenzado a perder territorios en América a costa de Francia e Inglaterra, ha sufrido rebeliones internas en casi todo el territorio (Cataluña, Portugal, y hasta Andalucía), ha perdido definitivamente los Países Bajos, ha tenido que ceder incluso el Rosellón y una parte de la Cerdaña a Francia y, en fin, la situación económica, lejos de mejorar, empeora a cada instante. El Imperio Español parece retroceder a la Edad Media, pero no es consciente de ello, aún se cree una gran potencia.

Algo semejante le ha pasado al Imperio de La Roja. Las glorias de europeos, mundiales o mundialitos han sido fugaces, se pronostica una vuelta a la Edad Media futbolística. Unos tiempos en los que caer en cuartos, con honra, injustamente, por culpa del árbitro o la pifia de alguno de los nuestros ya era toda una noticia de alcance. El Marca, la SER, Telecinco/Cuatro (son los medios que, sin quererlo, tengo a mi alcance por culpa de un café en el bar, el coche de mi mujer o la TV de mi cuñado) anunciaban nuevas glorias para este Mundial de Brasil, pero los augurios, como en tiempos de Felipe II, no eran buenos. No sólo La Roja no era capaz de convencer en los amistosos, sino que ya se había llevado un susto en la fase de clasificación al empatar en casa contra Francia y, pásmense, Finlandia.

Tampoco el ambiente externo a La Roja presagiaba nada bueno. Nuestros enemigos exteriores de siempre no hacían sino inmiscuirse en nuestros asuntos. En octubre de 2013, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos invalidaba la denominada doctrina Parot y numerosos etarras debían ser excarcelados. En el interior del Imperio de Campechano I, los catalanes (como en el siglo XVII) iniciaban  una rebelión que parece encaminar hacia un referéndum (palabra maldita en el Imperio) por la independencia. Pero además, los asuntos internos de la Familia Real iban de mal en peor, pues en febrero de este año la infanta Cristina tenía que declarar como imputada por corrupción. Por si fuera poco, todo un símbolo de la Inmaculada Transición, el duque de Suárez, moría al mes siguiente. ¡Qué más podía pasar! Pues que en unas minielecciones, que nadie se tomaba en serio nunca, las Europeas, la victoria moral correspondiera a un partido recién nacido y compuesto, a decir de sus enemigos, por perroflautas pancarteros, dirigidos por un líder, al servicio de enemigos exteriores (también según sus detractores) como Venezuela, Bolivia e Irán. Un líder además que lleva coleta y se compra la ropa en Alcampo. ¿Qué dirá de todo esto el dandy de Durán i Lleida que viste siempre de Armani y desayuna, cosas finas y delicadas, en el Ritz?

Y para colmo, cuando La Roja marcha hacia la concentración de Brasil, el Rey va y abdica. Ese monarca que tanto ha disfrutado en el Palco con los triunfos de La Roja, abandona el barco. Empiezo, desde anoche, a estar convencido de que Campechano I lo sabía, sabía que la Roja, como la Armada Invencible, se iba a pique. Por eso cuidó mucho las fechas. Ayer a las 18.13 el rey firmó su abdicación. Entonces, la derrota humillante ya no se produjo durante su reinado. Hace muchos años, en tiempos aún del dictador Franco (tan caro amigo de Campechano I a tenor de muchas de sus declaraciones), escuchaba con frecuencia por la calle que el Príncipe Juan Carlos, era como toda la familia un “bobón”, que parecía un poco lelo. ¡Qué equivocados estaban! No sólo ha aguantado 39 años de reinado, sino que ha sido más listo que ninguno de sus antepasados recientes (Isabel I fue expulsada, Alfonso XII murió joven, Alfonso XIII también su expulsado y don Juan, su padre, ni llegó a reinar) y ha sabido retirarse a tiempo. A tiempo de no ver como La Roja se convierte, otra vez, en esa Selección mediocre, garbancera, de jugadores algo torpes (Cardeñosa, Julio Salinas, Rubén Cano) y porteros cantarines (Arconada, Zubizarreta…). Sí, ya sé que su inteligencia queda bien demostrada en el blindaje (¡qué gran término éste para nuestra democracia!) que a través de su inmunidad judicial per secula seculorum, pero eso ¿a quién le importa en estos días en los que hemos perdido un rey Campechano y un Mundial?

Y volveremos a dónde estábamos antes de las glorias futbolísticas de este principio de siglo. Al siglo XX futbolístico, a la Edad Media del fútbol.  A los tiempos en los que el mundo estaba contra nosotros: impedimento de alinear al nacionalizado Kubala en 1954 y árbitros comprados por el enemigo (frente a Brasil en Chile’62, de nuevo contra Brasil en México’86, con Italia en USA’94 o con Corea en Corea-Japón’02). Y volverá nuestra pertinaz mala suerte (como aquella sequía franquista) con bambinos que cogen la papeleta equivocada en el sorteo, con goles contrarios en el último minuto (Yugoslavia en 1974), eliminaciones en los penaltis y, por supuesto,  en cuartos. Si llega, pues a poco que nos descuidemos dejaremos de acudir a citas mundialistas o europeas, a pesar de que el aumento de participantes cubre, a veces, el 50% de los posibles candidatos. Así en el próximo Europeo participarán 24 países, casi la mitad de los existentes, y eso contando potencias territoriales como El Vaticano, San Marino o Liechtenstein y países tan europeos como Kazakstán o Azerbaiyán. Y volverán los tiempos de las luchas internas. Nada de estas portadas periodísticas llenas de esperanza (“¡Podemos!”, sic), euforia (“¡A por ellos!”) e incluso de comprensión en el dolor (“Fue bonito mientras duró”, dice hoy As en su portada). Tornarán aquellos tiempos de morder en la yugular al seleccionador, se lo merezca (Clemente) o no (Santamaría), de sacar los trapos sucios de las juergas en las concentraciones de jugadores, técnicos y, sobre todo, directivos. Como los de aquella mítica concentración en la finca argentina de La Martona en 1978.

Ya hace tiempo que mi mujer lo viene anunciando, como me anunció esta debacle de ayer. Que volvemos a la Edad Media. Y no se refiere sólo al fútbol. Mal comienzo para el reinado de un rey preparadísimo. La última vez que alguien dijo que estábamos preparados (debió ser el ínclito y cansino de Manolo Lama) acabamos con siete goles en contra en dos partidos y uno a favor, de penalti tras piscinazo de Diego Costa. ¿Qué nos espera ahora? ¿Perder también contra Australia? ¿no clasificarnos para el Europeo de Francia? ¿la victoria de Podemos en las municipales y autonómicas de 2015? ¿la independencia de Cataluña? ¿la prisión de la infanta Cristina? ¿la renuncia de Felipe VI y la llegada de la III República?

Propongo, por ello, que en la Coronación de hoy ondee la enseña rojigualda a media asta y que la alcaldesa Botella, tijera en mano, se disponga personalmente a cubrir con crespones negros las miles de banderas que adornan hoy Madrid.

Mientras tanto, sólo nos queda bailar sobre la tumba de La Roja:

 

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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