A PROPÓSITO DE LA ABDICACIÓN: de la Democracia Orgánica a la Democracia Blindada

imagesDespués de casi una semana haciendo chanzas a costa de Campechano I y de su hijo Felipe VI, el Preparado, es momento de tomarnos en serio el tema de la abdicación monárquica. Bueno, todo lo serio que la política de este país nos permite y que la Familia Real se merece.

Lo primero que me ha llamado la atención es la sorpresa. Tanto periodista de investigación en este país, tanto especialista en la monarquía, que conoce las veces que defeca el monarca (y toda su familia), si comieron pollo o pichón, si Leticia se viste en Prada o en Dior, y la noticia más importante de la monarquía en los últimos treinta y ocho años les coge desprevenidos. ¡Desde luego, sin PJ el periodismo español ya no es lo que era! Ahora leo ese periódico que se decía independiente y de la mañana (ahora El País ha eliminado lo primero por evidente y lo segundo porque al paso que va nadie lo leerá ni por la mañana, ni por la tarde ni por la noche) que saben que el Rey ya había dicho a sus allegados en enero que abdicaría. ¿Y si lo sabíais, por qué no lo publicasteis? ¿Fue otro servicio a la Corona? ¿O, simplemente, como dicen en mi pueblo “a toro pasao, macho”?

Pero, en serio. ¿Por qué el Rey abdica así de pronto y sin avisar? Se lo dice a Rajoy por la mañana, coge al heredero fuera de España, tiene que escribirse un decreto a prisas y carreras, hay que modificar la fecha de la coronación varias veces, se desconoce el protocolo a seguir y se tienen que saltar los reglamentos de las Cortes. Al final ha ocurrido lo que llevo años explicando en mis clases de Historia de Bachillerato: el Título II de la Constitución no se desarrolló nunca por no enojar a Campechano I y no abrir la caja de los truenos y algún día pasará algo y vendrán las prisas. Al fin y al cabo a mis alumnos les pasa lo mismo que a los políticos españoles. Lo dejan todo para el final, cuando ya no queda más remedio que ponerse. No lo digo yo, lo ha expuesto Jiménez Losantos, nada sospechoso de sacar tricolores a la calle, se marcha por cobardía:

“Con la algarabía republicanoide –una verdadera república nacional no puede ser la reivindicación de la sectaria y sangrienta II República- en la Puerta del Sol, con la declaración de independencia de Cataluña al caer, con la crisis del sistema bipartidista que blindaba la continuidad dinástica y con el desprestigio total de la Corona encarnada por el Rey, lo decente, lo patriótico, lo paternal y responsable era acometer esas batallas sordas de reconstrucción moral y política del Estado y de la maltrecha nación española.”

De sumo interés han sido las reacciones. La de la calle, aún minoritaria, era de esperar en los tiempos que corren y más después de lo acontecido en las elecciones al Parlamento Europeo el 25M. La de los serviles medios de comunicación también. Pero no me esperaba una unanimidad tan patética. ¿Un nuevo consenso? Quizá los medios de comunicación hayan tomado nota de lo acontecido el 25M y, como ya hicieron hace casi cuarenta años, quieran conducirnos por la senda adecuada: nada de referéndums sobre la forma del Estado. Así, quedé impresionado cuando El País titulaba el día después “Felipe VI será rey en quince días con el 90% de apoyo de las Cortes” y ABC lo hacía con “La Monarquía recibirá el apoyo del 90% del Congreso”. Nos avisaban, pues, que el nuevo rey, y la monarquía, era respaldado por casi toda la clase política (¡qué gran término éste!) y que el pueblo nada tenía ya que opinar. Mi pregunta fue muy ingenua. ¿Representa ese 90% a la sociedad española actual? Si no es así, la democracia liberal no existe. No lo digo yo, lo dijo Locke, padre del liberalismo moderno. Ese que tanto pregonan en sus tertulias los “liberales” españoles y españolistas. Y si ya no representa al pueblo, el contrato social, origen del Estado democrático, desaparece. Y si lo hace, el ciudadano ya no está obligado a cumplir unas órdenes que emanan de un poder que no le representa. Con mucha mejor pluma que yo lo expuso Javier Marías en un artículo titulado “La baraja rota”. Para dejar claro el mensaje, al día siguiente a la abdicación todos los periódicos españoles abrían con la foto del rey abdicado y del futuro rey: ambos vestidos de militar. ¿Casualidad? Un historiador nunca cree en casualidades. El mensaje estaba enviado: no os desmandéis que sacamos la cabra de la Legión a pasear. Por cierto, mañana día 8 de junio se celebra el Día de la Fuerzas Armadas. ¿Otra casualidad? ¿O el Rey pretendía que la sucesión a la Corona fuera precedida de una gran parada militar con la segura, y vomitiva, demostración de lealtad monárquica?

Ante la demanda de referéndum de diversos grupos, la izquierda en general y también algunos díscolos del PSOE, Rajoy y otros adláteres, políticos y mediáticos, se lanzaron a exponer su teoría “democrática”: si deseamos un cambio de régimen, pidámoslo por los cauces legales. O sea a través de la Constitución. En mi pueblo también hay un dicho para esto: “¡parecían tontos cuando los compramos!”. Claro que se puede reformar la Constitución, pero no de la misma forma en todos los casos. Así, si se desea modificar un artículo cualquiera, sin importancia, vamos que está allí para rellenar, como por ejemplo el 135 que permitía al gobierno la emisión de Deuda Pública, se hace en dos tardes, con total acuerdo del PSOE y el PP y adiós muy buenas. Ni se pregunta al pueblo ni nada, “ya lo hacemos nosotros que sabemos de qué va esto y, además, nos lo ha dicho Merkel, que o nos apretados el cinturón o nos interviene. Sin tanques, a lo bravo, con un gobierno tecnócrata como en Italia, previa expulsión del gobierno en cuestión. Y tal cosa no íbamos a permitir: nuestra expulsión de tan preciados sillones. Y menos a nosotros que trajimos la democracia a este país”.

Pero para reformar otros artículos (los que afectan a los derechos y libertades –esos que el Gobierno se salta a golpe de ley votada con su mayoría absoluta–, a la Corona, al Ejército, a los partidos y a los sindicatos, y a los símbolos) deben seguir un curioso trámite: dos tercios favorables del Congreso y el Senado, disolución inmediata de las Cortes, nuevas elecciones, nueva votación por las dos Cámaras con los consabidos dos tercios favorables y, después, referéndum. Como dicen en mi pueblo “casi na lo del ojo”. A esto es a lo que yo llamo una Democracia Blindada.

El blindaje se cometió en la primera Transición, cuando nos conformábamos con que no nos acabáramos pegando de hostias entre nosotros. O eso nos dijeron, pues ese fue el Gran Chantaje. Nos dijeron, “si no accedemos a que la Transición la dirijan los que entienden, los políticos (franquistas, exfranquistas y oposiciones varias) esto acabará en guerra civil, como en el 36, y eso no lo queréis, ¿verdad?” La Gran Espada de Damocles de la Transición: o consenso o guerra, versión española del halloweeniano “o susto o muerte”.

A propósito de la “victoria” de Podemos en el 25M he leído muchas estupideces, pero algunas por incoherentes merecen comentario, pues, a veces, leemos cosas y no reflexionamos sobre ellas. Es a lo que nos desean acostumbrar con las reformas educativas y el retroceso de las Humanidades. Decía un articulista que si es que estos de Podemos pretendían que estuviéramos votando todos los días. No es que pidan tal cosa, pero, como de nuevo se dice en mi pueblo, “ni tanto ni tan calvo”. No pasa nada porque se pregunte al ciudadano de cuando en cuando. En treinta y cinco años de vigencia de la Constitución nos han llamado a referéndum dos veces. Ambas muy curiosas. La primera para ratificar la entrada de España en la OTAN, cuando el partido convocante (PSOE) patrocinaba la salida sólo unos meses antes. La segunda para sancionar la Constitución Europea en 2005. Allí nos lanzamos los españoles (más papistas que el Papa o más europeístas que Jean Monnet) a contribuir con nuestro 77% de votos favorables a la construcción europea. Pero, ¡oh! sorpresa, no sirvió para nada ya que los franceses dijeron que “rien de rien”, que votaban que no a la Constitución Europea. Y allí nos quedamos con nuestro referéndum: “¡para una vez que vamos a las urnas en referéndum y van los franceses y nos lo chafan”.

Yo no digo que nos transformemos en suizos, que han ido a votar en 562 referéndums desde 1848 (sólo contando los de nivel nacional, ya que también los hay de carácter regional o local), llegando incluso a someter a referéndum la supresión del ejército en 1989 y en 2001, pero podríamos ser como nuestros vecinos los italianos.

Existen dos tipos de referéndums en Italia. El referéndum popular que consiste en poder abolir una ley aprobada por el Parlamento. Se deben presentar 500.000 firmas y se requiere que la participación supere el 50% para poder ser eliminada la ley. El segundo es el referéndum constitucional, que consiste en ratificar propuestas de reforma constitucional que no han alcanzado los 2/3 de los votos del Parlamento. Hagamos política-ficción. Si España tuviera dicha ley de referéndums podría votarse (si se reúnen las firmas preceptivas) la abolición de la Ley del Aborto de Gallardón o la Ley que declaraba los toros como Patrimonio Cultural (por decir dos que yo firmaría). Además, podría la izquierda (más los díscolos del PSOE si lo desean) plantear una reforma constitucional sobre la forma de Estado y si no logra los 2/3, ir a un referéndum y que el pueblo decida. Pero claro, ahora entendemos porqué no se desea que el pueblo decida. Es mejor que lo haga el político. Alguien dirá, “pero ya los elegimos para que legisle por nosotros”. La respuesta es sencilla, ¿cuántas veces el político se presenta a las elecciones con un programa que luego incumple?: “OTAN de entrada No” (PSOE, 1982) o “NO más IVA” (PP, 2012).

A la ley española de Referéndum, más capada que los “castrati” de la ópera italiana, se suma la famosa “disciplina de voto”, reglamento impuesto por los partidos para evitar los votos díscolos con la línea del Partido. La norma podría ser inconstitucional (la Constitución incluye en su artículo 67 que “los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo” y el 79 dice que “el voto de senadores y diputados es personal e indelegable”), pero, como tantas normas constitucionales, cuando interesa saltársela se salta. En países serios, sin democracia blindada, estas normas que impiden el libre voto del diputado están prohibidas para evitar que el Partido suplante al diputado, que es a quien eligió el pueblo, haya listas cerradas o no (Alemania, EE.UU., Gran Bretaña o Francia).

La mayoría de las reacciones a la abdicación, en realidad, eran bastante previsibles. La derecha orgánica (PP) promonárquica, recordando sus servicios a la democracia blindada, la derecha nacionalista (PNV y CiU) comentando que esto no va con nosotros, pero mejor que se nos atienda, y la derecha inorgánica (UPyD), pues aún no tocan pelo, que se dice en mi pueblo (pero todo llegará cuando se produzca en 2015-16 en Gran Pacto por España), sumada a la carroza monárquica. Por su parte, la izquierda, toda a una, pide el referéndum, sale a la calle, escribe en los foros y recuerda los orígenes franquistas del actual monarca, rescata videos, declaraciones caudillistas, juramentos Principales, cacerías africanas y relaciones con la Fortuna (ni a la diosa ni al yate, me refiero). Todo hasta aquí normal, previsible, pero la postura de la exizquierda, la del PSOE, ha sido harto curiosa. Sí, ese partido que un día vaticinó Krahe que se quedaría sin siglas, aunque erró en la letra final. Krahe dijo, allá por 1986 en un mítico concierto en Salamanca contra la permanencia de España en la OTAN, que el partido ya no era ni socialista ni obrero, ni tan sólo español pues era más bien gringo. Le quedaría, por tanto, sólo la P de partido, pero al paso que vamos, con tanto candidato a las primarias o al congreso, o al congreso y las primarias, tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando, ni eso. Quizá lo único que le quede sea la E de español, aunque tal vez tampoco, pues si se repiten los resultados del 25M habrá que cambiar la E por la A, de andaluz, el único lugar donde le seguirán votando.

¿Por qué ha sido curiosa la reacción del PSOE? No comento aquí la ruin estrategia de Rubalcaba de no dimitir hasta que se produjera la abdicación, ni la obligación manifestada por la dirección del partido de que se mantenga la disciplina parlamentaria, sino a la utilización, nuevamente, de algo parecido al laxismo o probabilismo jesuítico (¡qué podíamos esperar de un partido que acogió en su seno hasta a Pepe Bono!, que diría Joaquín Reyes). Se define probabilismo como “la doctrina  basada en la idea de que es justificado realizar una acción, aún en contra de la opinión general o el consenso social, si es que hay una posibilidad, aunque sea pequeña, de que sus resultados posteriores sean buenos”. Es decir está justificado manifestarse monárquico, aún en contra de la opinión de las bases, los votantes o la propia historia del partido, ante la posibilidad de que los resultados sean buenos: o sea, mantenernos en el poder o en sus cercanías (es decir, la leal oposición, que dicen los británicos, que de monarquía entienden un rato).

Así, han salido numerosos políticos socialistas a pregonar su republicanismo, pero que ellos ahora no ejercen. Vamos, que son republicanos no practicantes. De tanto ir a misas de Estado se les habrá pegado lo del catolicismo no practicante. Y aquí no me puedo resistir a mencionar un chistoso símil que ya conocen algunos de mis allegados. Lo de católico no practicante (o republicano no practicante ahora) debe ser como ser vegetariano no practicante: una solemne estupidez.

Y ante la demostración, una vez más, de la existencia en España de un régimen democrático blindado (blindados los políticos, blindada la monarquía, blindados jueces), ¿qué nos queda? Suspirar porque mi alumno universitario José Luis tenga nuevamente razón y esta generación que se está gestando no aguante más y decida darle una patada al sistema. Para ello no es necesario quemar contenedores ni sacar guillotinas, sólo mirar un poco más allá de los Pirineos, cerrar la Inmaculada Transición de una vez, espantar los fantasmas, abrir las ventanas y que entre aire fresco.

P.D. He dudado sobre qué poner como tema musical al final del escrito. Nuevamente un joven rebelde esta tarde en Facebook me ha dado la idea. El tema (El himno de Riego, en versión de Los Canallas) me trae unos recuerdos muy especiales, por quien me lo dio a conocer y por aquel junio de 2006.

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3 respuestas a A PROPÓSITO DE LA ABDICACIÓN: de la Democracia Orgánica a la Democracia Blindada

  1. Francesc Verdú dijo:

    Molt, José A.! Una anàlisi encertadíssima. Espere que en això del 15-16 t’equivoques, però sé que hi ha possibilitats. Igual és el que fa falta perquè tot rebente, no?

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