AQUELLOS MARAVILLOSOS AÑOS (CAP. 1): Aquellos viajes en tren.

Viaje en tren con un niñoYo también vivía en los suburbios, pero los míos no eran como los de la familia de Kev Arnold (“Aquellos maravillosos años”). En el mío no había coches aparcados en la puerta antes de entrar en una valla tras la que se escondía un hermoso jardín. En el mío nadie tenía coche en aquellos años setenta, el jardín estaba dentro de la casa, en el patío, y consistía en un ingente número de macetas (la mayoría con geranios) y en algún arriate en la pared del corral.

Mi narración de aquellos maravillosos años podría comenzar también el primer día de instituto como en la excelente serie americana, pero no lo hace por dos motivos. Mi entrada en el mundo adulto no coincide con el cambio de centro escolar, es bastante anterior, pues aquí entonces ingresábamos mucho más tarde que en Estados Unidos en la Secundaria (BUP en nuestro caso). Y, la segunda razón, porque creo que he borrado, consciente o inconscientemente (ya lo averiguaremos en otra ocasión), aquel momento que supuso en mí un trauma no sé si aún superado.

El verdadero cambio, que dio lugar a la modificación de mi entorno infantil y el conocimiento de un nuevo mundo, se produjo con nuestro traslado de una gran ciudad (Alicante) a nuestro pueblo (Villarrobledo). Era el enésimo cambio de domicilio por motivos laborales de mi padre y no fue el último, pero aquel significó un cambio sustancial. Era el verano de 1973 y yo tenía apenas diez años, pero me recuerdo a mi mismo mucho más mayor. Además, el cambio de una ciudad a un pueblo tiñó mi personalidad de cierta arrogancia, cierta superioridad, sobre mis nuevos compañeros de colegio y los chicos de mi vecindario.

Recuerdo que llenamos un camión con los pocos muebles de que disponíamos en el piso de alquiler de Alicante. Además, por primera vez íbamos a habitar una casa propia, comprada con las ganancias de la venta de una pequeña tierra de mi abuelo. Pero nosotros no hicimos el viaje en camión, lo hicimos en el tren. Y de eso quería hablar hoy, pues esta introducción solo ha servido para llegar hasta aquí. A que mi vida, como la de muchos de mi generación ha estado unida a algo ya casi inexistente o muy diferente: los viajes en tren.

Ahora la vida se ha hecho ajetreada y como no pertenezcas al movimiento Slow, todo debe ser rápido: los viajes, la comida, internet, la lectura, el wassap y hasta el sexo. En aquellos maravillosos años, todo era más lento. Los viajes en tren eran lentos, serenos, bien diferentes. Sólo los que hemos vivido aquellos años y viajamos frecuentemente en tren sabemos de qué hablo. Para los que no viajabais en tren entonces o no vivisteis aquellos años, aquí os dejo unas impresiones personales de aquellos viajes.

Debido a los continuos cambios de domicilio de mi familia entre Alicante y el pueblo, mis viajes en tren eran muy frecuentes pues yo siempre me mantuve unido a mi pueblo bien fuera por mi familia paterna, mis amigos del Instituto o, más tarde, por el amor.

Ahora han querido convertir los trenes (de Alta Velocidad, ya lo dice el nombre) en una especie de aviones sobre raíles: llevan nombres sonoros sobre el aluminio de sus vagones, que parece imitar el fuselaje de los aviones, puede reservase el viaje por internet, canjeando el llamado “localizador” por el billete en la propia estación; y debes llegar con varios minutos de antelación para pasar tu equipaje por una cinta transportadora que investigue todas tus pertenencias por si se te ocurre hacerlo saltar por los aires con la loción para después del afeitado, secuestrar al maquinista con un cortaúñas o descarrilarlo con el palo de la escoba que le llevas a tu abuela del pueblo.

En aquellos maravillosos años, nada de esto ocurría. Es cierto que los trenes también tenían nombres que hacían recordar a la Alta Velocidad, pero debía ser un guiño irónico u otro engaño más del tardofranquismo. El tren diurno que unía Madrid con Valencia-Murcia-Alicante (que fue el más utilizado por mí) se llamaba El Rápido. Como decía, no me preguntéis porqué, pues tardaba cinco horas en recorrer los aproximadamente 250 kilómetros que separan ambas localidades. El nocturno también llevaba un sonoro nombre referente a la velocidad, pero su origen inglés no nos hacía concebir entonces su verdadero significado en el idioma de Shakespeare, pues no había llegado el plurilingüismo a nuestras aulas: se llamaba El Expreso y además llevaba el correo postal, por ello también se le denominaba en el argot ferroviario El Correo.

Por supuesto, el billete se compraba el mismo día, sólo en los últimos años de aquellos tan maravillosos se permitió hacerlo con antelación. Por lo tanto, debías llegar con suficiente anticipación si querías un asiento reservado, lo cual te permitía hacer el trayecto sentado. Hasta la revolución de los vagones con asientos en filas como en el autobús, los trenes estaban compuestos por departamentos cerrados para ocho ocupantes. Si no lograbas un asiento reservado tenías que hacer el viaje de pie (o sentado en tus maletas) en el pasillo lateral o en los espacios situados entre los diferentes vagones. Eran estos unos lugares sombríos, un tanto tétricos, pues en ellos veías todo el entramado del tren: los cables que unían los vagones, los hierros que los formaban, las ruedas girando a toda velocidad y las traviesas que entre ellas corrían a una mareante celeridad.

A pesar de que ahora recuerdo aquellos maravillosos años como años a menor velocidad que la prisa de nuestro mundo actual, debo reconocer que los viajes en tren provocaban en mí cierta zozobra y aceleración de ánimo. El día previo, el mismo día, siempre recorría en mí (como lo hace ahora, debo admitirlo) un sentimiento de que algo iba a salir mal y, finalmente, no podríamos hacer el viaje. La imagen de la llegada a la estación era bien distinta si se trataba de la moderna Estación-Término de Alicante o si era la estación de Villarrobledo. En la primera todo era bullicio y había, lo rememoro perfectamente, un olor especial mezcla entre herrumbre, carbón quemado, sudor humano, aceite de las traviesas y calor sobre los raíles. Hace tiempo que no visito la estación de Alicante y no sé si sigue oliendo igual. Si se trataba de la estación del pueblo, el olor era menos penetrante. La pequeña estancia donde se expedían los billetes, y que servía de sala de espera, era bastante aséptica y tenía cierto olor a la asepsia producida por la lejía con la que se fregaban los suelos. También las imágenes eran bien distintas en cada caso: en el primero todo era ajetreo, gente de aquí para allá, con sus maletas de cartón o aquel material entre textil y fibra y sus cajas recicladas (eran clásicas las de galletas María) atadas con su cuerda para que no se desvencijaran por el camino. El elevado número de vías que contemplabas a la llegada a la estación de Alicante también provocaba cierto desasosiego, pues debías percatarte de dónde se ubicaba El Rápido con dirección a Madrid. Las confusiones provocaban que algunas gentes incumplieran las normas (algo inusual en aquellos años del tardofranquismo) y saltaran las vías para no perder su tren. En el caso de la estación del pueblo, el paisaje era aún más clásico, pues se repetía en todas y cada una de las estaciones españolas: una puerta de aluminio daba paso al andén, dividido en varias vías, unas de ida y otras de vuelta, una vieja caseta, del mismo estilo que la estación, hacía de aseo público (urinarios se llamaban entonces, cuando el lenguaje no era todavía políticamente correcto), un reloj (todos iguales) marcaba la hora y no dejaba de ser contemplado por los viajeros, bien porque algún amigo o familiar se retrasaba y no le iba a dar tiempo a coger el tren (expresión que hacía clara referencia a montarse en marcha agarrándose a los barrotes de la puerta del vagón) o porque se retrasaba en demasía y habías corrido hasta la estación en balde. Un altavoz anunciaba la llegada de El Rápido, todo el mundo corría (sin saber porqué, ya que daba tiempo de sobra), se cruzaba a las vías de entrente, pues el tren también circulaba por la derecha, y esperabas su llegada. Cuando se detenía, nuevemente todo el mundo se aceleraba buscando los vagones correspondientes. En nuestro caso los de segunda con destino a Alicante. Era muy importante no confundirse y hacerlo en los de primera o en los que tenian por destino Valencia, pues luego era tedioso caminar por el interior del tren.

Y después, el viaje. ¡Toda una odisea de sentimientos! Mi carácter un tanto raro (con reminiscencias asperger, le llaman ahora los terapeutas) convertía ciertos momentos en embarazosos. Si llevaba billete con asiento reservado, debía buscar el departamento correspondiente. En principio no debía haber problema, pero, en mi caso, mis negativos pensamientos me llevaban a tirarme todo el trayecto de búsqueda imaginando que quizá estuviera ocupado por otro viajero y tendría que hacerle levantar del asiento: ¿y si era una anciana señora?, ¿y si era un joven con aspecto de delincuente?, ¿y si era una chica de buen ver? Si el viaje lo hacía con mi familia, temía por la reacción de mi padre (que dependía del día que le pillara) o de mi madre (muy celosa siempre de nuestros derechos). Si lo hacía en solitario (ocurrió desde bien joven por las razones que ya quedaron dichas) era aún peor, pues debía enfrentarme yo solo al problema. No dejaba de pensar en qué haría en caso de tener ocupado el asiento, pero me consolaba pensar que si la cosa la veía difícil, tampoco era tan malo hacer el viaje de pié. Lo peor sería la explicación que tendría que dar al revisor. Este señor era todo un personaje de aquellos maravillosos años y nuestros viajes en tren. Parecía siempre un señor cabreado y te provocaba cierto temor haber metido la pata en algo: billete incorrecto, asiento mal ubicado, o vete tú a saber qué. El sonido de aquel aparatillo que agujereaba los billetes era como un arma con la cual pudiera horadar alguna parte de tu cuerpo si la cosa se ponía mal.

En los departamentos te encontrabas toda la fauna humana de aquellos años del tardofranquismo: militares de permiso que volvían a sus cuarteles, señoras de luto con moño que viajaban con sus maridos (casi nunca solas) a ver los nietos, viejos con gorra o boina que acompañaban a estas señoras, familias con niños latosos que no paraban quietos un momento en el departamento y no hacían otra cosa que abrir y cerrar la puerta o pretendían abrir la ventanilla del tren, parejas de novios recién casados a la búsqueda de su primera experiencia sexual en una playa mediterránea (en alguna pensión, pues los hoteles eran para los turistas extranjeros), gentes atormentadas por su visita al “especialista” (médico) en el Hospital de Albacete, pues mi pueblo carecía de él (como ya casi otra vez por los deseos de las señora Cospedal). En aquellos primeros momentos mi papel dentro de aquellos departamentos fue de mero espectador de conversaciones ajenas, mis pocos años me permitían mantenerme callado. Más tarde, tuve que sufrir las preguntas indiscretas de mis compañeros de departamento: ¿cómo es que viajas solo?, ¿vas a ver a la novia (sonrisa burlona incluida)?, ¿qué estás leyendo? Esto último venia a colación de mi ya entonces costumbre de acompañarme en todos mis viajes con un libro. Era, lo es aún, una forma de abstraerme del mundo que me rodea. Más tarde, ya casi al final de la existencia de aquellos vagones con departamentos, mi mayor control de las situaciones externas a mí mismo me permitía entrar en alguna conversación, incluso sin que se me preguntara. Y entonces, como ahora en otras circunstancias (cosa que comparto con mi pareja), me encantaba imaginar las vidas de aquellas gentes que me había tocado en suerte dentro del vagón del tren. Produce una sensación un tanto extraña pensar en todas aquellas personas con las compartí departamento: qué será de ellas, cuántas seguirán vivas, recordarán también aquellos viajes, quizá alguna las haya vuelto a conocer sin saberlo.

En aquellos departamentos se compartían más cosas, además de las conversaciones, especialmente la comida. Es un clásico la merendera de metal, la servilleta de cuadros, el pan de hogaza y la tortilla. Los más jóvenes lo habréis visto en alguna película, pero yo lo he conocido en directo. Era también un momento de desazón para mí, pues muchos de aquellos señores y señoras se ponían especialmente pesados para que probaras sus viandas. No es que no me apetecieran, pero me costaba aceptarlas debido a mis aspergerianos rasgos de personalidad.

Si no tenías asiento o si la compañía del vagón era incómoda, podías asomarte a la ventanilla, pues la velocidad te lo permitía. Te permitía incluso abrirla y notar el viento en la cara. Ahora se nos caerían las pestañas con la Alta Velocidad, aunque imagino que las ventanillas ahora permanecerán selladas, imitando nuevamente a los aviones.

Había tiempo para todo porque el viaje era lento. Y era lento porque el tren (El Rápido) paraba en todos sitios. Nada más salir de Villarrobledo el tren hacía su primera parada en el llamado apeadero de Peralta. Un apeadero era una parada sin estación propia, sólo un pequeño edificio, muy rústico, en el que no se expedían billetes; los viajeros los adquirían en el propio tren. Servían para que la población rural, diseminada por los incontables caseríos de los pueblos manchegos pudiera coger el tren. ¡Qué diferencia con los recortes de estaciones de la actualidad! Pero ya decíamos que entonces la prisa no era una máxima en el transporte. En seguida venía un nuevo apeadero, el de Matas Verdes, y a continuación las estaciones de Minaya, La Roda, La Gineta y Albacete. Esta era la primera parada larga. Tan larga que el clásico vendedor de navajas (con su mostrador colgado al cuello) subía al mismo tren. Y los viajeros bajaban de él: a estirar las piernas, a dar una vuelta, a tomar un café, un quinto de cerveza con unas aceitunas, o un chato de vino. Nosotros, yo mismo, nunca bajábamos por miedo a perder el tren y porque no teníamos dinero para gastar. Mi padre (aventurero él) a veces sí lo hacía, con disgusto de mi madre (y preocupación por lo que hiciera). Tras una parada que se podía demorar media hora (si no había problemas técnicos y se alargaba) el tren partía, pero enseguida volvía a parar en las estaciones de Chinchilla y La Estación de Chinchilla (era realmente un apeadero, pero había formado un pequeño núcleo poblacional en su entorno). Ya hasta Almansa no había más paradas, pero a continuación venía el enlace de la estación de La Encina (en el término de Villena). Aquí, nuevamente, la parada se alargaba. En este caso debido a que El Rápido de Madrid traía vagones con destino a Alicante y a Valencia. En La Encina se separaban, lo cual llevaba un proceso técnico que alargaba la parada. Aquí mis recuerdos me traen una imagen que he visto cientos de veces: el anuncio publicitario de la bebida “Cynar” que había sido grabado en color blanco en la montaña junto a la estación. No sé si permanecerá, hace unos años aún lo hacía. Mi infancia y primera adolescencia están asociadas a dicha imagen. A partir de La Encina, las estaciones se sucedían de pocos en pocos kilómetros: Villena, La Colonia (Santa Eulalia), Sax, Elda-Petrel, Novelda, Monforte del Cid, Agost, San Vicente del Raspeig y, finalmente, Alicante.

La llegada era una nueva experiencia, era un momento mágico. Si ocurría a Alicante, todo era de nuevo bullicio, prisa por llegar a la parada de taxis, donde se agolpaban los viajeros y donde solía haber discusiones para conseguir uno libre. Si el dinero no llegaba (y no lo hacía casi nunca) había que caminar con maletas y bártulos diversos a la primera parada de autobús. Si la llegada era a Villarrobledo, la experiencia era bien distinta. Mis últimos pensamientos del viaje habían sido para elucubrar quien estaría en la estación esperando. En los primeros años la presencia de mi abuelo José Antonio era una alegría para mí; más tarde lo fue la de mi tía Bony; a continuación la de mi novia de entonces y, en alguna ocasión, algún amigo de la adolescencia. Si esto último ocurría llegaba a pensar que era una señal que podía significar que formaba parte del grupo, que era alguien para ellos, pero fueron las menos de las veces, lo cual acrecentó mis sentimientos de aislamiento. Entonces, bajabas raudo y nervioso del tren. Éste partía rumbo a Madrid y yo lo veía alejarse.

Y así ocurrió decenas de veces. Estas, o parecidas, fueron las experiencias en tren de mi generación en aquellos maravillosos años.

A propósito, os dejo con una versión de la canción sintonía de esta “maravillosa” serie. Por cierto, no sabía que la letra se adecuaba tanto a lo que yo mismo pienso de muchas cosas:

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s