¿TRANSICIÓN O TRANSUBSTANCIACIÓN?: En torno a Suárez y la legalización del PCE

descargaComo en España no tenemos un diccionario de nombre tan sonoro como el que en Grecia utiliza el comisario Jaritos de Petros Márkaris, yo utilizo el online de la RAE:

– Transustanciación: “f. Conversión de las sustancias del pan y del vino en el cuerpo y sangre de Jesucristo”.

Creo que leída esta definición y la de Transición, al proceso político habido en España entre la Dictadura de Franco y el actual sistema le viene mejor el de “Transustanciación”. Primero por el carácter cuasi milagroso de la transformación de personas, instituciones y entidades varias, y segundo por sus connotaciones religiosas, uno de los pilares inmarcesibles de nuestra sociedad.

Como otras veces en este Club Sin Socios, si cuento el origen de lo que aquí vais a leer quizá entendáis mejor su finalidad. En esta ocasión se aúnan algunos sucesos de las últimas semanas: la muerte de Suárez me ha llevado a recuperar aquellos años y leer una biografía del personaje (la de Gregorio Morán titulada Adolfo Suárez, ambición y destino), también a reflexionar sobre la hipocresía humana cuando he observado la casi unánime valoración positiva de su figura. Por otra parte, mis clases de bachillerato se llenan cada día de preguntas indiscretas de mis alumnos, pues nos encontramos estos días en plena explicación de la etapa final de Franco. Ellos y ellas, inocentes aún, preguntan cómo cambiaron tanto de pensar determinadas personas. “Así es la vida”, les respondo. Además, la semana próxima se celebrará un aniversario más de aquel Sábado Rojo, el 9 de abril de 1977: la legalización del PCE por el omnipresente Suárez. Ante todo ello me he dicho, como el citado Gregorio Morán en el citado libro, “¿lo escribo o lo metabolizo?”. No lo voy a hacer con la dureza que lo hizo Morán en un artículo en el que despotricaba (o desenmascaraba) a Haro Tecqulen (icono de la progresía ligada al periódico El País) con ocasión de su muerte, pues sería tanto como vomitar toda la irritación que a uno le producen determinados fenómenos históricos de este país. Una compañera y amiga esta semana me ha aconsejado que se debe vomitar lo menos posible ante situaciones de resentimiento, pues es como regurgitar fantasmas del pasado y se te queda después un esófago irritado, una mente convulsa. Por ello, voy a intentar rememorar aquellos sucesos de la, a partir de ahora denominada Transustanciación, del modo lo más sereno posible, como si te tomaras un Almax para digerirlo mejor.

Hay una cita en la biografía de Suárez de Gregorio Morán que responde perfectamente a la pregunta que mis alumnos, año tras año, me realizan cuando llegamos a estas alturas del temario: “¿todas aquellas personas del régimen franquistas que se convirtieron en demócratas, lo hicieron por convencimiento o por interés?”. La cita dice: “si de algo se ha revestido la clase política de la transición es de una coraza de autosatisfacción; felices todos de haberse conocido. Forman una piña de desmemoriados selectos”. Quizá la única función que tenga la Historia sea la de no hacer perder la memoria a los ciudadanos. Pero quizá, también, en España los historiadores nos hemos dedicado en demasía a patrocinar causas políticas (sean las que sean) y hemos perdido el prestigio que, por ejemplo, en Francia tienen. Como les digo a mis alumnos universitarios, nos falta salir fuera de los muros académicos y contarlo. Existen muchos secretos a voces en nuestra Historia. Es cierto que la sociedad actual no está interesada por reflexionar sobre aquellos asuntos. Y no lo está porque el establishment logró, desde 1959 como conté el otro día, adormecer a la sociedad española. Muy aleccionador el reportaje de El Intermedio de hace unos días sobre el mantenimiento de los nombres fascistas en el callejero de Madrid. Los que se manifestaban a favor de conservarlos no lo hacían imbuidos de ardor guerrero falangista, sino diciendo casi todos ellos que “me da exactamente igual,… es agua pasada,… yo vivo el presente”. ¿Dirían lo mismo si se tratara de rememorar las víctimas de ETA? Me temo que no. Pero recordemos que también son ya parte del pasado.

Pero volvamos a la Transustanciación. Según nos han contado, y cuentan, durante los últimos tiempos del franquismo, en las estructuras del sistema se habían instalado un ingente número de elementos reformistas, incluso opositores al mantenimiento de la Dictadura. Los había en la política, los había entre el periodismo, los había en la universidad, los había entre el clero, los había, incluso, en el ejército. La verdad es que si después de tanta oposición interna, el General pudo mantenerse en su cargo hasta su muerte natural, desde luego debió ser gracias al poder del brazo incorrupto de Santa Teresa que le acompañaba, dice la leyenda, en su dormitorio. ¿Por qué toda aquella gente no se unió contra la Dictadura como hicieron en Portugal o en Grecia? Creo que esperaban el momento de la Transustanciación para convertirse de pan y vino (es decir, franquistas) en cuerpo y sangre de Jesucristo (o sea, demócratas). Al igual que la transustanciación católica tiene un momento concreto en la liturgia (el alzamiento de la hostia y el cáliz), la Transustanciación política tuvo en España un momento concreto: en lugar del alzamiento, la bajada del féretro de Franco a su tumba y la colocación de la losa de 1.500 kilos que lo encerraba para siempre. Entonces se produjo la Transustanciación. Ya jamás volvería, ahora muchos de los asistentes a aquel entierro, encabezados por el ya rey Juan Carlos, se habían transmutado en demócratas. Quizá por ello, realizaron la coronación de Juan Carlos el día antes del sepelio, por si acaso al abuelo se le ocurría revivir, como al muerto de El entierro prematuro de Edgar A. Poe. Con aquella pesada losa encima no lograría salir. Podía comenzar, por tanto, la Transustanciación.

La milagrosa Transustanciación afectó a todos los ámbitos de la sociedad, aunque fue especialmente extensa en el ámbito político. Llenaríamos varias páginas de anexos si incluyéramos aquí los nombres de todos los políticos que, muerto Franco, abrazaron la fe democrática. Siempre han contado que, desde dentro estaban preparando el terreno para la llegada de la democracia. Es reiterada la imagen contrafactual de una España en la que Carrero Blanco no hubiera sido asesinado por ETA, pero, a veces, lo decimos muy a la ligera, como no queriendo hurgar en una herida que aún supura, pero os habéis preguntado estos días de luto por Suárez qué hubiera sido de todos los que han pasado junto a su féretro y asistido a su católico funeral de Estado si Carrero hubiera sobrevivido a Franco como Presidente del Gobierno. ¿Qué hubiera hecho el Rey? ¿Qué hubiera hecho Suárez? Responder a esta pregunta es más importante de lo que parece. Por otra parte, es demasiado manido el tema de cómo estos “demócratas de toda la vida” que sufrieron de la Transustanciación provenían del más puro franquismo. Me interesa ahora,  con ocasión de la muerte de Suárez y el aniversario de la legalización del PCE, recordar que en aquellos años finales de los 70 no todo el monte era orégano. Es decir, que los que estos días han añorado, alabado, ensalzado, adulado y hasta santificado a Suárez fueron los mismos que lo angustiaron hasta provocar un hecho insólito en la Historia reciente de España, la dimisión de un Presidente de Gobierno. Y también que los que este miércoles loarán la legalización del PCE como un hecho crucial en nuestra Historia reciente o echaban pestes entonces, pues era el principio del Apocalipsis, o una vez legalizado se pasaron con armas y bagajes al enemigo, léase socialismo, socialdemocracia, democracia cristiana, liberalismo y hasta ultraderecha.

Y todo porque, de cara al exterior, parecía haberse producido una Transustanciación, pero en realidad era lo que los protestantes llaman Consubstanciación. Es decir que en el momento de la Consagración no se produce una total transformación del pan y el vino en cuerpo y sangre de Cristo, sino que aunque sin negar la presencia de Cristo (léase la democracia) hacía permanecer la substancia del pan y el vino (léase la ideología franquista) al lado de la substancia del cuerpo y sangre de Cristo. Más claro, eran demócratas por fuera y franquistas por dentro. Y ello se les notó durante aquellos años finales de los 70, pero parece que ya lo hemos olvidado. Sería motivo de un estudio más amplio del que aquí puedo hacer sin cansar, pero en estos días he recogido algunos como muestra.

Siempre se ha alabado la figura de Fraga por haber civilizado la parte más ultra de la derecha española, pero deberíamos recordar que, ya muerto Franco, y planteada la Reforma Política por Suárez, seguía siendo partidario de un sistema en que la voluntad del pueblo se delimitara en la vieja fórmula de familia, municipio y sindicato, es decir el más puro falangismo. Eso es lo que entendía Fraga por democracia en 1976 y no un sistema de partidos del liberalismo clásico, pues decía “así nos garantizamos que nunca gane la izquierda”. Después le tocó comulgar (es lo que ocurre con la Transustanciación) con la legalización del PCE. Ante ella dijo, en abril de 1977, “hoy habéis contraído una grandísima responsabilidad legalizando el PCE. La Historia os pasará factura”. Pero don Manuel se equivocaba, aquellos comunistas no se comieron a los niños crudos, no violaron a las monjas, no rompieron España. Es más, la mayoría acabaron dócilmente imbuidos de un nacionalismo carpetovetónico que nada tiene que ver con la doctrina marxista de “proletarios del mundo, uníos”.

No era sólo que la Transustanciación convertía franquistas reformistas en demócratas, sino a sempiternos fascistas en liberales al más puro estilo escandinavo. Aún en 1974, el Gobernador civil y jefe provincial del Movimiento de Barcelona Rodolfo Martín Villa (posteriormente ministro en varias ocasiones con Suárez y diputado hasta 1997) se jactaba de tener en su despacho y en su domicilio particular una foto de José Antonio Primo de Rivera. Probablemente más tarde la cambió por la de Kennedy ¡Esto sí que es una verdadera Transmutación!

Ahora, al Rey le caen por todos los lados diversos marrones (Botsuana y la Corina, Urdangarín y su hija Cristina, los millones en Suiza, el 23 F y Pilar Urbano…). Pero hubo un tiempo en el que se le convirtió en el paladín de la Transustanciación. Lo ha citado él mismo en su discurso de recuerdo a Suárez (“la transición… que impulsamos Adolfo y yo”), pero en junio de 1977, una semana después de las primeras elecciones democráticas, leemos en una carta enviada a su íntimo amigo Reza Pahlevi, sah de Persia, perlas como éstas: “Cuarenta años de un régimen totalmente personal han hecho muchas cosas que son buenas…”, “el partido socialista obtuvo un porcentaje de votos más alto de lo esperado, lo que supone una seria amenaza para la seguridad del país y para la estabilidad de la monarquía…”. Pero ahora viene lo mejor, el motivo de la carta era pedir al riquísimo emperador de Persia una contribución de 10 millones de dólares para el “fortalecimiento de la monarquía española”. Sin comentarios.

Aún a la altura de 1979, cuando ya se había aprobado la Constitución y se habían celebrado las primeras elecciones, con ocasión de la celebración de la Pascua Militar, dijo ante un nutrido grupo de militares: “los ejércitos no sólo son útiles cuando actúan sino también cuando saben contemplar serenamente ajenas actuaciones”, refiriéndose al gobierno de Suárez, con el que ya en esa fecha había dejado de conectar.

En mis clases de bachillerato, siguiendo a Tussel, siempre aparece que los pilares de la Transición (perdón, Transustanciación) fueron la Corona, los políticos, la prensa y el ejército. Nos queda, para completar los efectos de la Transustanciación, estos dos últimos. La prensa no sólo ha creído que ayudó al proceso democrático posterior al “enlosamiento” del franquismo, sino que sin ella hubiera sido imposible. Lo han repetido tanto, que hasta lo hemos creído. Pero hagamos memoria. Prácticamente todos los periodistas que se autoproclamaron impulsores de la democracia se criaron en el más puro franquismo y durante toda su vida profesional escribieron en medios del régimen: Fernando Ónega, Luis María Ansón, Martín Ferrán, Haro Tecglen, Cebrián, Luis del Olmo… ¿Qué podían haber hecho? Pues quizá hubiera sido suficiente con firmar un manifiesto al estilo de la Carta 77 en Checoslovaquia contra la dictadura  comunista, pero claro podían acabar en prisión como su impulsor, Václav Havel, aunque gracias a ello su dictador, Gustáv Husák, no murió en la cama sino derrocado.

Así, estos días se me han revuelto las tripas, a punto de la vomitera, cuando he leído las loas a Suárez de personajes como Juan Luis Cebrián. Cuando fue nombrado  Presidente del Gobierno, el “transustanciado” El País llenaba su edición del día 6 de julio con artículos cuyo título ya es significativo: “Pocas posibilidades de conseguir un pacto social”, “Elegido contra todas las previsiones”, “Desconocido en los medios internacionales”, “Impresión muy desfavorable”, “Paso atrás en las reformas”, “Victoria de las fuerzas derechistas”. Todo ello porque Suárez provenía de las cloacas del sistema (la Secretaría General del Movimiento). Claro, él lo hacía de la límpida e inmaculada oposición que no tenía manchadas las manos de la mierda del sistema. Pues no. Dejando aparte su educación en el muy pijo Colegio del Pilar de Madrid, semillero de las élites franquistas, debemos hacer memoria de que su padre fue un alto cargo de la prensa del régimen franquista y director del diario Arriba, órgano de comunicación de la Falange Española. No de un periódico democristiano o cristianoliberal, no, falangista puro y duro. Él mismo trabajó en el diario Pueblo, órgano del Movimiento Nacional, llegando a ser subdirector (no un redactor cualquiera). En 1974 fue nombrado por el “demócrata” Arias Navarro como director de los servicios informativos de RTVE, donde la censura campaba a sus anchas.

Estos días se me ha venido a la mente la imagen imaginaria de padre e hijo hablando en la cena de la Transustanciación. Juan Luis diría a su padre Vicente Cebrián, “qué le vamos a hacer papá, ahora toca ser demócrata; y me han dicho que hay un empresario, Polanco, que quiere fundar un periódico de izquierdas (El País) porque en este sector va a haber mercado ahora que Su Excelencia ha muerto; pero no te preocupes que nuestros amigos podrán seguir escribiendo allí”. Y así  fue. Entre los primeros columnistas de El País se encontraba, por ejemplo, Pío Cabanillas (futuro ministro de Suárez y posteriormente miembro del PP). Pero el caso más espectacular es el del historiador Ricardo de la Cierva, al que la Transustanciación le afectó de tal manera que pasó de ser Director General de Cultura en 1973 a escribir en el diario El País, donde fue columnista de forma asidua hasta 1980. A raíz del nombramiento de Suárez escribió un conocido artículo titulado “Qué error, qué inmenso error”. Pero el que fuera biógrafo oficial de Franco, no había sufrido una verdadera transustanciación, pues, años más tarde, confesó que se definía a sí mismo como «un claro anticomunista, antimarxista y antimasónico, y desde luego porque soy católico, español y tradicional en el sentido correcto del término». Afirmaba que «siempre he defendido al General Franco, y su régimen y los principios del 18 de julio, pero también era capaz de ver los errores que había dentro y de decírselos al propio Franco». Ya me lo imagino, en la intimidad, como Aznar hablaba catalán. Otro ejemplo de consustanciación. Pues éste era columnista de El País y se atrevía a decir que el nombramiento de Suárez había sido un error.

Siguiendo con el cuarto poder, el ahora defensor del liberalismo, la democracia, la monarquía y todos los valores patrios, el diario ABC (del que nació su hijo espurio La Razón) señalaba el 10 de abril de 1977, tras la legalización del PCE, en un artículo titulado “Las razones de nuestra discrepancia”, sobre los comunistas: “He aquí que quienes arrastraron a España, por sus errores, por su intransigencia y por sus métodos al agravamiento de la más terrible conflagración de nuestra historia, haciendo necesario para la paz tantísimos muertos y tantísimos sacrificios, se ven, del día a la mañana, en plano de igualdad con cuantos ofrecieron sus vidas para defender España de aquello que el Partico Comunista anhelaba y a punto estuvo de conseguir”. La barbaridad histórica, el cinismo y la mentira se comentan por sí mismas: la guerra civil fue culpa de los comunistas y “ellos” salvaron España. Esas palabras demuestran cuál era el sentido de la reconciliación nacional de aquel periódico. El problema es que lo sigue pensando.

Pero, El País de Cebrián tampoco lanzó albricias por la legalización del PCE. Sí, decía que era un paso en la normalización democrática, pero que cuidado con estos comunistas, pues “la experiencia histórica resulta desfavorable para los comunistas. Allí donde detentan el poder, la libertad, entendida al modo occidental, no existe. Vietnam y Camboya son dos ejemplos recientes”. Debían pensar que Carrillo y, sobre todo, Ramón Tamames (ahora profundo neoliberal) eran la versión española de los sanguinarios Ho Chí Minh y Pol Pot.

Y nos queda el ejército. Poco que decir de su mala Transustanciación con unos años plagados de intentonas golpistas. Sólo indicar que quienes asumieron y comulgaron con esa nueva especie que era la democracia no dejaban de lucir en privado enseñas de rancio fascismo. Así, en el gobierno de Suárez tras su segunda victoria en 1979 fue nombrado como sucesor del citado Martín Villa en el ministerio del Interior el teniente general Antonio Ibáñez Freire, expedicionario de la División Azul, condecorado con la Cruz del Mérito de Guerra italiana por Mussolini, y la Cruz de Hierro y del Mérito del Águila con espadas de la Alemania nazi. Vamos, lo que se dice un militar sin tacha para aquellos momentos de ruido de sables.

Y nos quedaría otra Transustanciación. La de la oposición. Aquella que bramaba contra Franco desde la catacumbas, desde el exilio a veces, y que se transustanció desde el marxismo de toda especie (comunismo estalinista, trotskista, maoísta, libertario o socialismo autogestionario, popular, democrático y hasta cristiano) a posiciones cada vez más al centro. Tan al centro que algunos acabaron cayendo en el abismo de la derecha. Ya han sido protagonistas de nuestro Club Sin Socios especímenes de la talla del exGRAPO Pío Moa, los exmaoistas Hermann Tertsch y Jiménez Losantos, pero estos días de celebración del PCE me ha venido a la memoria la figura egregia, menos conocida, del periodista César Alonso de los Ríos. Afiliado al PCE, colaborador de la revista Triunfo, paladín del izquierdismo tardofranquista, y director de la revista La Calle, órgano del Partido. Tras las derrotas del PCE en 1977 y 1979 ingresó en el PSOE en 1980, para ver si pillaba cacho, para más tarde convertirse en colaborador de ABC, ya que El País no le perdonaba su pasado marxista. Allí debió sufrir una conversión o “transustanciación” y comenzó su adoración por José María Aznar, especialmente en materia de defensa de la integridad de España ante ese gran mal que es el separatismo. De ahí pasó a la COPE y a Intereconomía como defensor de los valores patrios, convirtiéndose en furibundo azote de zetapeístas y nacionalistas.

Podríamos seguir con múltiples ejemplos de nuestra Transustanciación, pero ya habéis tenido suficiente ración de Almax para digerir tanta babeante declaración sobre las medallas que cada uno de estos personajes se ha colgado en estos días de luto por Suárez y lo harán esta semana con motivo del aniversario de la legalización del PCE. Para acabar, una cita del mencionado libro que ha inspirado parte de este artículo (Adolfo Suárez, ambición y destino, de Gregorio Morán, otro excomunista metido a nacionalista carpetovetónico, dicho sea de paso) que ilustra perfectamente el espíritu de lo que he pretendido exponer.

Hace años, cuando mis hijos estaban aún en edad de enterarse de algo, cada vez que aparecían en la televisión el presidente y el vicepresidente de la compañía Iberia, me estoy refiriendo a la pareja Irala-Mullor, yo les convocaba para una reflexión histórica y les decía: “Pensad, hijos, que estos dos caballeros que capitanean la Empresa Emblemática de la Españolidad en el Mundo, el primero es hijo de un importante agente de la CIA, el mítico Antón de Irala, nacionalista vasco y ciudadano de Estados Unidos; y el otro, Ángel Mullor, fue miembro del aparato del Partido Comunista de España, a las órdenes entonces de un coronel de tanquistas del Ejército Soviético, Francisco Romero Marín, entre nosotros El Tanque. ¿Acaso, hijos míos, hay cosa más emblemática de lo que fue la transición española que ésta?”

Y ahora, una lección práctica de Transustanciación católica, para los que fueron alumnos de Alternativa a la Religión en la ESO y para los desmemoriados:

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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4 respuestas a ¿TRANSICIÓN O TRANSUBSTANCIACIÓN?: En torno a Suárez y la legalización del PCE

  1. Un dels millors articles que he llegit darrerament al voltant de la mort d’en Suárez i la Transició. Enhorabona. Me’n vaig a la farmàcia a comprar més Almax!!

    Per cert, pot ser t’interessi aquesta entrevista amb Gregorio Morán de la revista Jot Down: http://www.jotdown.es/2013/12/gregorio-moran-los-padres-de-la-transicion-eran-absolutamente-impresentables/

  2. Francesc Verdú dijo:

    Transubstanciació! Què bo! Com m’haguera agradat estudiar història amb tu de mestre! Què poca gent conseqüent hi ha com a referents, no?
    Una abraçada!

  3. Francesc Verdú dijo:

    L’entrevista a Gregorio Morán, interessantíssima!

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