THE SMITHS: 30 años junto a mí

imagesSi yo fuera un aficionado al esoterismo pensaría que el otro día una voz interior me hizo recordar que el mes pasado se cumplieron 30 años de la edición del primer LP del mítico grupo de los ochenta The Smiths, llamado de la misma forma. Pero como no lo soy, voy a contaros el proceso que me llevó a recordarlo y, en consecuencia, a escribir estas líneas. Como casi cada domingo me procedía a iniciar mi temprana carrera por los solitarios paseos de la Universidad de Alicante. Como yo no tengo paradisiaco jardín junto a mi casa, desde que vivimos en San Vicente hemos convertido, mi familia y yo, en nuestro pulmón de descongestión sus jardines, arboledas, paseos, bancos de descanso y estanques. Por ello, los domingos es el espacio que utilizo para correr. Cuando bajaba por la escalera, realizando unos rutinarios ejercicios de calentamiento, como cada día que salgo a correr escogía una música para que me acompañara en el mp3. Repasaba uno a uno los discos que tengo grabados y elegí el primero de The Smiths. Aquella mañana, me apetecía la voz melancólica de Morrissey, los acordes sencillos de The Smiths en su primera época y, por qué no decirlo, el tono de nostalgia que siempre me producen estos discos que ya tienen más de veinticinco años. Mientras corro suelo dejar que mi mente también transite por aquello que le parezca más oportuno. Es evidente que no puedo evitar que me lleve a momentos del día que no han sido muy agradables y las consecuencias que pueden comportar, o a futuros acontecimientos que deberé gestionar y en prever qué diré, cómo actuaré, qué ocurrirá. Pero también utilizo estos momentos de esfuerzo físico para pensar en otras cosas, especialmente en poner en orden ideas para mis clases o para preparar alguna de las entradas a Un Club Sin Socios. Aquella mañana, mientras escuchaba «You’ve Got Everything Now», la segunda de las canciones del disco, mi mente me llevó a aquellos años de mi primera juventud en los que escuchaba este disco. Llegaron a ella una serie de imágenes que ahora explicaré: la Casa del Cerro, Baldo y la cinta comprada a Maxi, el salón casi a oscuras de la casa de mis padres en Virgen del Remedio… De pronto, me puse a hacer cuentas mientras mis pies seguían la línea que separa el bordillo de la carretera que circunvala el Campus de la Universidad de Alicante. “¿Cuánto tiempo hacía de todo aquello? Más de veinticinco años, seguro. No sería 1984 y ahora hace 30 años”. Decidí comprobarlo cuando llegara a casa y escribir durante la semana algo para recordar el acontecimiento y compartirlo con otros fans de The Smiths. Al llegar, sudoroso, a casa lo primero que hice fue encender el ordenador y comprobarlo. Efectivamente, el primer LP de The Smiths se publicó el 20 de febrero de 1984. No me voy a poner aquí a repasar la carrera del grupo y su trascendencia en la música de los ochenta, pues para ello ya tenéis innumerables páginas en internet. La música, como otras facetas de la vida, es un sentimiento y eso es lo que deseo hoy compartir. De todas formas algunos datos el grupo y sus componentes, especialmente la pareja Marr (Johnny) y Morrissey (Steven Patrick), no puedo evitar describir, pues, en realidad han ayudado, al principio sin yo saberlo, a mi aprecio por ellos. El grupo nació en 1982 cuando Johnny Marr (tenía 19 años) buscaba componentes para formar en Manchester uno de tantos grupos juveniles del momento. Le hablaron de un chico de difícil carácter, apasionado por la literatura de Óscar Wilde, pero de voz particular y que escribía letras un tanto crípticas. Era Steven Patrick Morrissey y también tenía 19 años. El grupo lo completaron Mike Joyce (batería) y Dale Hibbert (bajo), aunque éste fue rápidamente sustituido por Andy Rourke, amigo de Marr. Pero, realmente, The Smiths, fue siempre el grupo de Marr y Morrissey. El origen del nombre del grupo nunca ha quedado del todo claro. Las diferencias posteriores entre Marr y Morrissey también se han visto reflejadas en ello: para Marr proviene de una noticia de la época (la denuncia de un tal David Smith de unos crímenes en Manchester), para Morrissey de que este es el apellido más común en Gran Bretaña y ya era hora de que la gente corriente se mostrara al mundo. En mayo de 1983 editaron un primer single (“Hand in Glove”) que pasó sin pena ni gloria, pero los dos siguientes (“This Charming Man” y “What Difference Does It Make?”) convirtieron al grupo en objeto de culto. Así, cuando en febrero de 1984 se publicó el primer LP no debe extrañar que se convirtiera en número 2 en las listas británicas. Y desde este primer LP, The Smiths y Morrissey comenzaron a estar envueltos por la polémica. Letras crípticas, de extrañas referencias, versos de veladas imágenes. La postura sexualmente ambigua de Morrissey. Declaraciones contra el poder establecido, especialmente la Corona Británica. Todo ello no hizo sino aumentar su aura de grupo de culto dentro de la juventud británica. Así, ya en este primer disco dos canciones (“The Hand That Rocks The Cradle” y “Reel Around the Fountain”) sufrieron los ataques del tabloide The Sun por su supuesta promoción de la pedofilia, mientras otra de ellas (“Suffer Little Children”), canción que trataba sobre la tortura y asesinato de varios niños en Mánchester durante la infancia de Morrissey, causó la ira del abuelo de una de las víctimas que lo escuchó en un pub, a pesar de que la canción no apoyaba los asesinatos ni a los asesinos. En su segundo disco (“Meat is Murder”, claro alegato a favor del vegetarianismo –Morrissey es vegano-) sus letras y declaraciones tenían mucho mayor contenido social y político, especialmente contra el gobierno de Thatcher y la monarquía. El tercer LP (“The Queen is dead”), el mejor del grupo según todos los críticos, seguía la misma línea de crítica (el título es suficientemente explicativo) con canciones contra la violencia de género («Bigmouth Strikes Again»). Este disco incluye la canción «There Is a Light That Never Goes Out», mi canción preferida, por motives personales, y que ya he mencionado en varias ocasiones en Un Club Sin Socios (algún día revelaré su secreto). Finalmente llegó el cuarto y último disco “Strangeways, Here We Come”, manteniendo su tono polémico en las letras y excelso en la música. Realmente, cuando el disco salió a la venta en septiembre de 1987 el grupo ya no existía. La historia es la de siempre: los egos personales de Marr y Morrissey eran difíciles de compaginar y también sus preferencias musicales. El primero más ortodoxo con el rock alternativo y el segundo mucho más ecléctico y abierto a otros géneros musicales. Después cada uno siguió su carrera. Como en las viejas polémicas (Lennon o  McCartney, Simon o Garfunkel) yo tomé partido: Morrissey. Pero ésta es otra historia. Hasta aquí los datos. Ahora los sentimientos. Para mí The Smiths no es sólo ese grupo que he, someramente, descrito. Es un pasado que cada día se revuelve contra mí, doloroso a veces, placentero ahora ya casi siempre cuando la lejanía de él y las experiencias vividas durante 30 años (más algún fraternal consejo impagable) me han hecho ver que este mundo que he encontrado no está tan mal. Y, especialmente, que debo aprender a ser feliz en él. Y The Smiths me hace feliz cada vez que lo escucho, aunque en ocasiones me entristezcan algunas imágenes rememoradas con sus canciones. Pero estos sentimientos también forman parte de mi pequeño mundo. Y The Smiths me retrotraen a un mundo en que no supe ser feliz, el de mi juventud. Ahora, 30 años después, como el primer LP del grupo, debo reconocer que no estuvieron tan mal aquellos días. Eran días en los que pasábamos horas en la casa de Alfredo en la calle del Cerro, en mi pueblo natal de Villarrobledo, pues había quedado solitaria tras la muerte de su madre en 1981 y el traslado de su padre a casa de sus hermanas. Algún día contaré el simbolismo de aquella casa: el grupo de amigos, el mus, encuentro con Marilena (hoy mi mujer), la música en ella escuchada, los partidos de basket vistos a altas horas de la madrugada en aquella vieja televisión… Allí recuerdo, como si fuera hoy mismo, que Baldo (hermano de Alfredo), apasionado de la música moderna de la época (ahora vicedirector de un importante banco español, pero aún amante de la música más actual), me trajo el casete que le había pedido que me grabaran en casa de Maxi con el primer LP de The Smiths. No recuerdo cuál fue el origen de la idea, pero fue uno de mis primeros casetes. Habían, Maxi y Baldo, decidido grabar casetes para los amigos con los discos comprados por el primero, con carátulas pintadas por el segundo. Esta última Navidad saqué el casete que aún conservo y Baldo todavía recordaba aquel proyecto. Desde entonces The Smiths (y especialmente Morrissey) me han acompañado en mi vida. Cuando comencé a conocer las letras de sus canciones aún me uní más a ellos. Cuando conocí la biografía de Morrissey (irlandés de origen, británico de nacimiento) no pude dejar de ver reflejada en él mi propia vida: sus relaciones familiares, su adolescencia solitaria y depresiva, su interés por la literatura trágica, su compromiso social… Muchas veces no soy consciente de ello, pero en momentos especialmente sensibles acabo buscando un disco de The Smiths o Morrissey y dejo volar mis sentimientos más íntimos. Como hacía hace ya 30 años en el salón, casi a oscuras, de la casa de mis padres mientras el mundo estaba a punto de derrumbarse allí cerca. Era mi forma de huir. Encendía aquel Sanyo comprado con los ahorros que me sobraron tras la vendimia otoñal y ponía el casete grabado con aquel primer LP de The Smiths. Ahora lo hago también en la soledad de mi coche cuando subo a trabajar a Castalla. A veces con el deseo de recuperar aquel pasado. A veces con el de levantar una mañana que puede no haber comenzado muy animada. A veces para homenajear a aquellos amigos que ahora están tan lejos o para rememorar alguna vivencia reflejada en alguna de sus canciones. Así ocurrió, sin saber muy  bien que estaba ocurriendo, el primer día que subí a Castalla y pasé junto al cementerio donde acababa de ser enterrado mi padre. Escuchar “There Is a Light That Never Goes Out” en aquel preciso instante llevó unas lágrimas a mis ojos, subí el volumen de la canción y pensé que en el fondo él había sido una víctima de las circunstancias sociales que le tocaron vivir y que yo no supe remediar. Por ello, para él hoy esta preciosa y emocionante versión de “There Is a Light That Never Goes Out” cantada a coro con un numeroso público que como yo quizá acaben erizando su piel cuando la escuchan y la entonan para que el nudo que se les pone en la garganta no les ahogue:

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s