ESPAÑA DUERME: Mi Teoría de la Conspiración

tecnocratas--644x362Ahora que PJ se ha prejubilado, aquí está Un Club Sin Socios para llenar el hueco dejado por el más insigne urdidor de teorías de la conspiración. Así que, yo también tengo un Teoría de la Conspiración para explicar la situación actual que vive España. Para los lectores de PJ que por aquí puedan caer, lo siento, en ésta no hay etarras yihadistas, o islamistas etarras, ni polanquistas, ni tampoco malvados socialistas. Aunque debo confesar que alguno de sus protagonistas pudo acabar en el Imperio Polanco o en las filas de PSOE.

Todo comenzó en 1959 cuando vio la luz un Plan tramado desde unos años antes. El objetivo era lograr el adormecimiento de la sociedad española y fue un completo éxito. Una parte del Plan, la que se podía contar, acabó publicándose con el nombre de Decreto de Nueva Ordenación Económica el 21 de julio de 1959, pero pasó a la historia como el Plan de Estabilización. Pero las cláusulas secretas y no escritas del Plan, que pasaron a través de generaciones de políticos, nunca se publicaron. Pero Un Club Sin Socios ha podido rastrear el contenido del mismo a través de determinados indicios que nos llevan a certificar la existencia de una conspiración cuyo objetivo no era acercar España al mundo capitalista, sino adormecerla para que las bases ideológicas y económicas no fueran nunca tocadas pasara lo que pasara.

Por los informes a que ha tenido acceso Un Club Sin Socios, cuya fuente no podemos revelar como buenos periodistas que somos, todo comenzó una fría mañana de febrero de 1957 en el Ministerio de la Presidencia. La reunión fue convocada por el ministro, Almirante Carrero Blanco, y a ella acudieron el catedrático de Economía Política y Hacienda Pública Alberto Ullastres, el miembro del Cuerpo Jurídico Militar Mariano Navarro Rubio y la mano derecha de Carrero, el Secretario General Técnico de la Presidencia de Gobierno Laureano López Rodó. En aquella reunión, el Almirante comenzó exponiendo las razones de la misma. Por lo que hemos podido conocer, el Almirante pronunció un breve discurso, era hombre de pocas palabras, en estos términos o parecidos: “señores, el general cumplirá a finales de este año sesenta y cinco años. Sabemos que está en perfecta forma, pero en todos los empleos llega la edad de jubilación. Y no es que yo quiera jubilar a Su Excelencia, pero debemos estar preparados. No podemos permitir que los camisas azules sigan controlando determinados aspectos de la vida española. Que cinco ministerios (Agricultura, Gobernación, Información y Turismo, Secretaría del Movimiento y Vivienda) estén en manos de falangistas es intolerable. Además, la situación económica, como sabemos, es insostenible: el coste de la vida no hace sino aumentar, la deuda pública nos ahoga y nuestra reserva de divisas apenas si cuenta con 45 millones de pesetas, mientras tenemos comprometidos 200 millones en compras en el exterior de productos vitales. Mientras esto ocurre, los camisas azules siguen con su propaganda de la autarquía y la cartilla de racionamiento. Además, poseo informes que indican que dentro del falangismo hay quienes comienzan a hablar de reformas sociales que no sabemos dónde pueden acabar. En el ministerio de Educación el señor Ruiz Jiménez introdujo ya el año pasado a determinados elementos nada convenientes como el Director General de Universidades, Joaquín Pérez Villanueva, que ha nombrado rectores de Salamanca y Madrid a Antonio Tovar y a Pedro Laín Entralgo. Intelectuales de poco fiar”.

Aquellas palabras fueron acogidas con aquiescencia por los asistentes. Todos miembros de la Obra, como ellos llamaban al Opus Dei. El planteamiento, expuesto claramente por Laureano López Rodó, que ya trabajaba junto al Almirante desde el año anterior, era el siguiente. Si se seguía por el camino de la autarquía, tan querido por los falangistas, se podía producir en cualquier momento la ruina del Estado. Los falangistas no hacían más que hablar de la Revolución Pendiente y si algo le ocurría al Generalísimo éstos sacarían a la calle sus huestes y las turbas ocuparían las plazas. Este proceso no acabaría bien, seguro. El pueblo no puede salir a la calle si no se le dirige correctamente. Laureano lo dijo bien claro: “si no queremos revoluciones, rupturas, debemos dar al pueblo un bienestar, siempre controlado por nosotros, que nos permita a nosotros y a los nuestros mantenernos en el poder sin que se den cuenta. Debemos estar preparados para cuando Su Excelencia, Dios quiera que sea más tarde que pronto, ya no esté. Pase lo que pase entonces, todo debe haber quedado atado y bien atado”. “Efectivamente, parece que fue Ullastres quien expuso la idea, si no un día puede llegar el pueblo a pedir que se deje de impartir Religión en los colegios, o incluso que se cierren las escuelas católicas o que se les expliquen a los niños y niñas aberraciones como la igualdad de sexos, la homosexualidad o las bondades de la libertad de pensamiento”.

Esta fue la parte central de aquella reunión. Sólo unos días más tarde, el Almirante Carrero convenció a Su Excelencia para que realizara cambios en el gobierno. Ullastres fue nombrado ministro de Comercio, Mariano Navarro Rubio de Hacienda y López Rodó pasó a ser jefe de la Secretaría General Técnica de la Subsecretaría de la Presidencia de quien dependía la Oficina de Coordinación y Programación Económica.

Después hubo que pergeñar el entramado económico del Plan. Para ello contaron con la asesoría de dos prestigiosos economistas. Uno de ellos, Joan Sardá i Dexeus, había participado en el gobierno de la Generalitat Catalana en época republicana, pero la Alta Economía no entiende de ideologías, si de lo que se trata es de servir al gran señor: el Capital. Aunque había pasado malos momentos, exiliado y depurado, ahora trabajaba apaciblemente en la Universidad de Santiago de Compostela. El otro, Enrique Fuentes Quintana, era catedrático de Economía Política y Hacienda Pública en Valladolid. No quedaron en saco roto sus buenos servicios a la economía capitalista, tras la aprobación del Plan de Estabilización en 1959. Joan Sardá fue nombrado al año siguiente delegado en España del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional. Enrique Fuentes fue rescatado años más tarde por Adolfo Suárez cuando las cosas se pusieron muy turbias, casi negras, y le nombró ministro teniendo que, nuevamente, ocuparse de la economía del Estado que estaba, otra vez, a punto de periclitar, como veremos a continuación.

El contenido económico del Plan de Estabilización es bien conocido: convertibilidad de la peseta, créditos extranjeros a través del Fondo Monetario Internacional (¡qué casualidad!) y de los Estados Unidos, elevación de los tipos de interés y limitación del gasto público.

Consecuencia indirecta del Plan fue la entrada de turistas, por la bajada de precios ante la depreciación de la peseta, y la salida de emigrantes para paliar el aumento del paro que provocó el Plan. Quienes tejieron la conspiración iniciaron un proceso que desde entonces ha tenido mucho éxito: presentar las medidas como beneficiosas para el conjunto del pueblo o como irremediables. Así, la llegada de turistas extranjeros, aunque fueran los odiados ingleses, o aunque acabaran con poca ropa en nuestras playas, se consideró por estos opusdeistas de misa diaria como algo inexorable, un mal menor. Que nuestros mejores hombres tuvieran que salir al extranjero a trabajar, con lo bueno que era España, era en realidad otra forma de llevar allende nuestras fronteras (“Plus Ultra”) la sangre y el sudor español para enseñar a esos europeos cómo se debía trabajar, de sol a sol, sin  quejarse. Y ellos, los emigrantes, salían, crédulos, con una sonrisa en los labios. Y cuando el Real Madrid o la Selección Nacional (apropiado apellido) visitaba alguna de sus ciudades, inundaban los estadios con banderas españolas, con el escudo aguileado o con un toro de Osborne, olvidando que era ese país el que les había expulsado de su tierra, dejando niños y mujer que ahora apenas si veían de año en año durante las vacaciones. Cuánto de cierto hay en la Teoría de la Conspiración de que estamos hablando se le ha escapado a la ministra Fátima Báñez cuando ha comentado que la emigración de nuestros mejores universitarios es “movilidad exterior” y, según Economía, por el “espíritu aventurero” español. Como vemos, una misma idea. Pero no es casual. Entre los papeles que se pasan unos ministros a otros en la famosa cartera ministerial que se intercambia protocolariamente, están las claves de dicha Conspiración tramada en 1957.

Ahora entendemos el porqué de aquella frase: “lo he dejado todo atado y bien atado”. La frase no fue idea del Generalísimo. La frase se la debió apuntar alguno de los conspiradores, con toda seguridad Carrero que era quien más confianza tenía con él, al mismo tiempo que le explicaban las excelencias de la inversión extranjera, la debilidad de la peseta, el final del racionamiento y la llegada de turistas. A él que tanto alardeaba de la autarquía española, la fortaleza de la moneda, los sacrificios del rancho cuartelero y de una España cerrada por el apóstol Santiago. Si se querían evitar futuras algaradas callejeras contra la España de bien, era necesario crear una clase social dócilmente adiestrada: la clase media española. Única en su especie, fue creciendo y creciendo. Y, a la par que lo hacía, se iba imbuyendo de ese espíritu trazado en aquel despacho del edificio del Ministerio de la Gobernación. Se le permitió poder tener un utilitario en propiedad, un piso en propiedad, una televisión (primero en blanco y negro, luego en color) en propiedad y unas vacaciones en playas atestadas también ya de turistas Nacionales (otra vez la palabra) que llegaban del interior para gastarse una parte del sueldo ganado convenientemente a la española: en pagas extra, en trabajos extra, en pluriempleos, en dinero negro. El Estado lo sabía. El Estado sabía, lo sabe ahora también pues es heredero de aquel, que el español medio hace trampa, que ese dinero no paga impuestos, que está fuera del sistema. Pero forma parte del pacto: nosotros no decimos nada de tus trampas, vosotros no decís nada cuando nos propasemos en una vuelta de tuerca más contra vuestros derechos, si llega el caso.

Y así tuvo España una plácida Transición de la Dictadura a la Democracia. Sí, ciertamente, hubo muertos y hubo sacrificados, pero es que el pacto no podía ser asumido fielmente por todos. Pero, ¿alguna vez os habéis preguntado por qué España tuvo el único dictador al sur de Europa, en la segunda mitad del siglo XX, que acabó muriendo en la cama? Tampoco en Grecia y Portugal fueron expulsados por manifestaciones populares, sino por elementos de la propia dictadura descontentos con el cariz que estaban tomando las cosas. Pero no murieron en sus camas. Recordemos. En Grecia fue un golpe militar el que depuso a Georgios Papadópoulos en 1973. Siguió una etapa de profunda crisis, pero finalmente en diciembre de 1974 el pueblo griego eligió libremente su forma de gobierno, decantándose por la República. En Portugal, los oficiales más jóvenes del ejército acabaron por cansarse de la política colonial del dictador Marcelo Caetano. Tras la denominada Revolución de los Claveles, un convulso periodo (El Proceso Revolucionario en Curso), que casi acaba por implantar en Portugal un régimen comunista, finalizó con el triunfo del denominado Grupo de los Nueve, que pretendían un proyecto alternativo socialista basado en la democracia plural. En realidad, tanto Grecia como Portugal acabaron cayendo bajo las riendas del Sistema Único (capitalismo salvaje y democracia nominal), pero España, gracias al Pacto de 1957, no necesitó pasar el mal trago de convulsos procesos de cambio de estos países. Porque dichos convulsos procesos se llevaron por delante a muchas víctimas: la mayoría de los políticos del viejo régimen, de los que ya nunca más se supo. Así, en Portugal se abrieron museos sobre la represión salazarista (como el del Fuerte de Peniche) y se declaró Día Nacional el 25 de abril. En Grecia, no se le perdonó al rey Constantino su colaboración con la dictadura militar y ha debido residir fuera de Grecia desde entonces, aunque puede visitar libremente el país, especialmente para proseguir el litigio que mantiene con el Estado griego sobre las propiedades que éste le incautó tras su salida. Como vemos, nada parecido con lo sucedido en España: ni con nuestros represaliados por el franquismo ni con nuestra dócil Casa Real. Y todo porque aquí nadie tosió al dictador durante casi cuarenta años. Ni en los momentos de rebrote del fascismo más duro, tras el Proceso de Burgos (1970), que dio lugar a hechos como el ajusticiamiento (sic) a garrote vil de Puig Antic, el proceso 1.001 contra sindicalistas de Comisiones Obreras, o las últimas penas de muerte en septiembre de 1975, hubo dentro del régimen nadie que alzara la voz. Mucho menos que intentara acabar con él. Y eso que la coyuntura internacional era favorable, con la mayoría de Europa en contra de este recrudecimiento de la versión más dura del franquismo, incluido el propio Papa Pablo VI. Recordemos, aquí todo estaba atado y bien atado.

De esa forma, la sociedad española, dominada por esa dócil clase media creada a raíz del Plan de Estabilización, vio morir a su dictador, le rindió pleitesía en su funeral, vitoreó a su nuevo rey, acudió civilizadamente a las urnas para enterrar el franquismo con la Ley para la Reforma Política y ratificó la nueva Constitución en 1978. ¿Pudo ocurrir de otra forma? Seguro que sí. Las cosas siempre pueden ser de otra forma. Hubiera podido ocurrir que, como en Grecia y en Portugal, un grupo de militares (los que formaban la UMD, por ejemplo) unidos a los sectores más renovadores del régimen, en conversaciones con la oposición comunista, socialista y nacionalista, hubieran forzado, incluso a través de un golpe de estado incruento, como en Grecia y Portugal, donde tenían un ejemplo, la salida del General Franco. Pero todos temían perder algo, estaban acomodados al papel que se les había asignado, directa o indirectamente, en 1959, tras el parto del Plan de Estabilización.

Ahora sabemos que el nombre no fue elegido para designar la futura estabilidad de la economía, sino la placidez con la que debía vivir la sociedad. Desde entonces, la mayoría de la sociedad española no se plantea hacer nada para modificar las cosas, pues teme (tememos) perder nuestra estabilidad. Estamos más cómodos con lo que tenemos (y ello ha afectado también a nuestro quehacer diario), los problemas nos son la mayoría de las veces ajenos. Si hay problemas en Sanidad, que se manifiesten los sanitarios, si hay problemas en Educación, que se manifiesten los docentes, si hay problemas con la Dependencia, que se manifiesten los familiares y afectados, si hay decenas de indigentes en la Plaza Mayor de Madrid, que los desocupen. Como dice un vídeo que solemos poner en clase mis sufridores compañeros y yo, “Ese no es mi problema”.

Cuando en 1977 todo parecía que podía irse al traste debido a una nueva crisis económica asfixiante, que había sacado a la calle a miles de trabajadores incluso a riesgo de sus vidas como en Vitoria el año antes, un nuevo pacto salvó la situación: los Pactos de la Moncloa. Y aquí reaparece nuestro viejo amigo Enrique Fuentes Quintana, ministro de Economía nombrado por Suárez para salvar la situación. Él bien conocía, desde 1959, cuáles debían ser las recetas a aplicar: dar la impresión de que se hacía todo por el bien de los españoles. A cambio de mayores libertades (reunión y expresión) y la supresión de viejos residuos del franquismo (los delitos de adulterio y amancebamiento), en el terreno económico se reconocía el despido libre, se limitaban las subidas salariales, se devaluaba la peseta y se convirtía al Banco de España en garante de la banca privada. Todas las fuerzas políticas aceptaron el acuerdo (incluidos comunistas y nacionalistas, que recibían su parte de pastel), excepto la AP de Fraga, que sólo firmó la parte económica, pues creía que tanta libertad no era buena para los españoles, cosa que después han ratificado sus sucesores del PP.

Y así, poco a poco, sin darnos cuenta llegamos a donde estamos. Una sociedad adormecida. Bien, hay movimientos sociales contra los recortes educativos, sanitarios, etc., pero ¿cuántos formamos parte de ellos? ¿Cuántos salimos a la calle cuando el Estado (no digo el gobierno conscientemente, pues ese grupo conspirador se ha apropiado de él y ya no me siento representado en él) da una nueva vuelta de tuerca contra lo que debería ser fundamental? Alguien dirá, “es que el gobierno tiene mayoría absoluta”. Una mayoría lograda con el voto del 30,3% del censo electoral. Mientras tanto el resto reacciona como le han enseñado desde 1959: poniendo excusas. Somos el país de las excusas para no comprometernos (no sólo en la vida pública, también en la privada): “todos son iguales”, “yo no entiendo de política”, “aquí siempre ganan los mismos”, “están manipulados”, “ese no es mi problema”… Buena parte de dichas excusas fueron diseñadas hace mucho tiempo, a finales de los años cincuenta, cuando un puñado de políticos tecnócratas del Opus Dei vieron claro el horizonte: había que inculcar al pueblo español el deseo de no comprometerse. De vivir bien. Entonces con su Seiscientos, su pisito y el fútbol. ¡Ah, el fútbol! Se me olvidaba su enorme contribución a la Teoría de la Conspiración. Imperdonable en un día como el de hoy previo al Gran Derby (el enésimo del Siglo). ¿Creéis que es casualidad que la Copa de Europa la idearan unos periodistas franceses junto a Santiago Bernabeu, presidente del equipo del régimen, allá por 1955? Ahora, cincuenta y cinco años después del Plan de Estabilización, tenemos nuestro Smartphone, nuestro bungaló y, cómo no, nuestro futbol.

Mientras tanto, más del 21% de los españoles están en el umbral de la pobreza. Pero, ¿cuántos de ellos votan cuando llegan las elecciones? Según, estudios sociológicos de probada solvencia, la abstención española se nutre de personal con bajo nivel de estudios, baja renta, muchos de ellos en el paro. Ergo, el sistema político está sostenido por los que vivimos bien, ergo para qué lo vamos a cambiar. Esto fue lo que se tramó en aquel despacho del Ministerio de la Gobernación. Esa es nuestra Teoría de la Conspiración. Conspiración contra la capacidad de decir BASTA.

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