ELOGIO DE LA LOCURA: Leopoldo María Panero, In memoriam.

lmpAhora que pasaron los días. Ahora que ya no sólo es maldito y loco, sino poco a poco olvidado, me apetece, como desde hace días, escribir en torno a Leopoldo María Panero (LMP), la locura y mis neuras. [¿Y a quién importa?].

Conocí a Panero en mis tiempos de instituto cuando en el temario de  Bachillerato se encontraba como lectura la antología Nueve novísimos poetas españoles. Estaba al final del temario y no llegamos a ella, pero a mí, entonces iniciático lector de poesía, se me quedaron las ganas de leerlo. Debió ser aquel verano de 1981, todo un mundo de cambio con mi traslado del pueblo a la ciudad, cuando acabado el curso leí por primera vez a Panero. Mis difusas lecturas dejaron abandonada la poesía por mucho tiempo, pero, de vez en cuando, Panero rebrotaba en la salita de estar en algún reportaje de televisión: su entrevista en Crónicas Marcianas, sus apariciones familiares en visionados u homenajes a El desencanto, el estreno en televisión de Después de tantos años (de otro maldito, Ricardo Franco) y, de cuando en cuando, algunas referencias en programas de literatura. Más tarde entró a formar parte de mis reiteradas búsquedas en esta ventana siniestra, agobiante, atrapadora que es el LCD del ordenador a través del monstruoso internet. Descubrí el documental Un día con Leopoldo María Panero (con Carlos Ann y Bumbury) y me quedé prendado de él. Como me mantengo prendado a determinados momentos de mi pasado, que me mantiene vivo, a pesar de todo. [¡¡Cursi!!]. Este concierto de Keith Jarrett (The Koln Concert) que escucho mientras escribo, esa canción incansable (“There is a light that never goes out”, The Smiths), o esa película desgastada de tanto mirar, aunque sea a retales (American Beauty).

Sería fácil criticarme [¡ya lo hago yo!], flagelarme, como tantas veces, con las razones espurias de mi admiración por LMP: su locura, su imagen de maldito, el atractivo de su vida de tormento. No hace falta que me lo digas conciencia persecutoria (ni lectores adversos, críticos o mofadores de lo absurdo de mis palabras), ya lo hago yo desde aquí. Quién no deseó algún día ser maldito, ser loco de verdades en la boca, tormentoso en una vida tan absurda.

Y dicho esto, la razón (luchadora con la locura, como en el texto de Erasmo de Rotterdam) me apunta que os diga que quizá me acerca a él (además de esas confesadas distorsiones de mi conciencia que van por delante para que nadie las digáis por mí) su rostro ajado tempranamente y sus ojos profundos, como lo fueron pronto los de mi padre, como lo serán los míos un día, quizá ya no muy lejano. ¡Cómo odio los espejos cada día más! [¡No sigo leyendo, esto es insoportable!, hasta estos incisos son la imagen de la más estúpida intención de hacer algo ¿diferente?, ¿atrevido?, ¿plausible?, ¿novedoso? Casi te crees Rimbaud]. También mi padre fue un loco maldito, cuya maldición creó él mismo, para autodestruirse sin crear como LMP. Quizá sus rostros demacrados sean la imagen que un día yo tendré.

O quizá es que me recuerda el temor a la locura que descubrí todas aquellas tardes junto a mi tía Lucía [¡Otra vez tus tías, qué pesadez!]. Ella perdió la razón por algún motivo que nadie supo, o nadie quiso contarme jamás. No sé si fue fruto de la confusión entre certeza y ensoñación, pero siempre tuve la idea de que ocurrió por un mal de amores. Aunque mi abuela exhibía la teoría de que había sido por un corte de digestión. ¡Qué causa más prosaica! Mi mente me lleva a un pasado compuesto por un salón casi a oscuras, así le gustaba a mi abuela, amante del recogimiento románico de los ambientes lóbregos, una ventana abierta al sol de la tarde, a un pozo en un patio convertido en vergel por las numerosas plantas cuidadosamente atendidas, y a un terceto de mujeres cuya misión me parece que fue siempre formar lo más auténtico que hay en mí. Mi abuela, siempre en su sillón, mi tía Bony, tricotando en su máquina y alegrando la conversación y mi tía Lucía, en silencio, siempre en silencio, de cuando en cuando meciéndose en la silla, a menudo mascullando alguna frase inapreciable al oído humano. Ahora sé que hubiera pagado por saber qué decía. Quizá, como comenta Panero, decía verdades que no hubiéramos comprendido (“El loco yerra, pero no miente, además tiene la peligrosa manía de decir la verdad. Se parece, pero no es lo mismo”, LMP en Un Día con Leopoldo María Panero).  Y desde aquellas tardes, un temor se apoderó de mí: caer en su misma locura. Que un día, sin motivo alguno, yo cayera también en la demencia más repentina.

Como Panero, mi tía Lucía tenía una memoria prodigiosa. De cuando en cuando se le preguntaba algo que ya nadie recordaba y ella, escuetamente, ante la insistencia amable y única de mi tía Bony, daba con el recuerdo preciso. Es absolutamente increíble ver a LMP en cada uno de los reportajes y documentales que hay en Youtube citar su propia obra o la de los demás de memoria. Con una voz ininteligible a veces, pero cálida y armónica.

O quizá lo que me ha acercado a la obra y la figura de LMP son sus obsesiones, que son las mías (lo absurdo de lo mundano, la muerte, la soledad… y otras que mi cobardía no me permiten publicitar). Incluso el ofrecimiento de soluciones aprehensibles: “unos se suicidan, se meten dentro de sí mismos y se suicidan” (Leopoldo María Panero, el loco al que llaman rey, Rosalía Vázquez).

No soy crítico literario y no voy a glosar aquí su obra. Escribo porque es lo único productivo que parece ya quedarme [¡Otra vez –y otra vez también insertando corchetes, queriendo asumir el papel de moderno- las cursilerías que nadie te pide!] Y escribo desde el mismo lugar que escribía LMP. No desde el psiquiátrico, sino desde la soledad. Desde el deseo que me ha perseguido toda mi vida, el de ser otro. Siempre desee la vida que lleva algún otro. Cada día pienso en cómo de agradable, mundana, interesante, placentera es la vida de cuántos me rodean, y desearía tenerla. Vale para cada uno de vosotros, amigos y conocidos, pues en algún momento he querido ser uno de vosotros. Os veo tan llenos de mundo, de vida, de seguridad, de certezas. Y mi mundo está lleno de cosas que quiero que me sucedan y nunca ocurren. Y, por ello, no disfruto de aquellas que realmente me acontecen. Vosotros no lo sabéis, pero es terriblemente agobiante estar a cada momento imaginando momentos que nunca serán vividos. Tumbado en el sofá, conduciendo, a cada momento, imaginar conversaciones, respuestas en diálogos que nunca serán reales. Cada vez lo soporto menos, pero no logro eliminar esta esquizofrenia. ¡¡Y lo digo antes de que te adelantes con tus […]!! A esto debe referirse LMP cuando dice que somos nosotros los que estamos en la cárcel, él (que vivió casi toda su vida en un psiquiátrico) no. O quizá se refiera a que “la vida es una larga traición, toda vida es un proceso de demolición” (Merienda de Negros”, Elba Martínez).

Qué mejor final para este absurdo, inútil fragmento de mi vida, que las últimas palabras de LMP en el documental Un día con Leopoldo María Panero antes de entrar en el manicomio de Mondragón, como yo entraré en el mío (la cotidianeidad) en unos momentos: “hasta otro golpe de estado”.

P.D. Cuando esta última parte escribí, no sabía aún que esa cotidianidad en la que iba a entrar iba a consistir en el más profundo de los infiernos: yo mismo. En toda mi plenitud de odioso comportamiento autodestructivo. ¡Ah, y ya sé que a nadie le importa!. Pero es lo que hay.

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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