LA GRAN BELLEZA: Melancolía, decadencia y sentido de la vida.

La_gran_belleza-366210175-largeNo recomendada para menores de 50 años. Ésta debería ser la calificación moral, como se decía antes, que habría de anunciar esta película. Si usted tiene menos de esa edad, absténgase de ir a ver esta película. Si tiene menos de esa edad y tras su visionado le parece una obra de arte, una gran película y se ha identificado con su protagonista, Jep Gambardella, preocúpese, está usted invadido por el virus de la melancolía, no le acaba de encontrar mucho sentido a estar aquí, su vida está llena de personajes decadentes y, como decía Murakami (Baila, baila, baila) tiene más pasado que futuro en su vida.

Si una película que dura más de dos horas, en la que no hay una trama que se pueda contar (¿de qué va?, pues no lo sé), llegan los títulos de crédito (hermoso contemplarlos, pegado aún al asiento, en ese discurrir metafórico de la barca sobre el río bajo los puentes) y no has mirado ni una sola vez el reloj para ver cuánto queda, es que la película te ha gustado. Yo no voy a decir aquí si la película es buena, mala o regular. Como los vinos, decíamos el otro día, es cuestión de gustos. Pero si tienes más de 50 años, piensas habitualmente en todo lo que has vivido, en la decadencia de la vida que te rodea, en la falta de sentido a la vida en general, en la estupidez de tanto intelectual vacío de contenido, pero que, a pesar de todo, no queda más remedio que ser lo más feliz posible, Sorrentino ha narrado todo eso de forma bella, elegante, atractiva (en el sentido de que te atrae, te atrapa). Dicho por el autor, queda aún más bello:

“Termina siempre así, con la muerte. Pero antes, hubo vida. Escondido debajo el bla, bla, bla, bla. Y todo sedimentado bajo los murmullos y el ruido. El silencio y el sentimiento, la emoción y el miedo. Los demacrados, caprichosos destellos de belleza. Todo sepultado bajo la cubierta de la vergüenza de estar en el mundo. Bla, bla, bla, bla. Más allá, está el más allá. Yo no me ocupo del más allá. Por tanto, que esta novela dé comienzo. En el fondo, es sólo un truco. Sí, es sólo un truco”.

En el fondo, todo eso es la vida.

Y La gran belleza, es también la crónica de una decadencia. La del mundo actual, en el que todo parece ya un gran teatro, lleno de trucos, falsedades, actuaciones rocambolescas. Por todo ello, creo que mi amigo Enrique tiene razón, la película recuerda a El Gatopardo. Ésta era la crónica de la decadencia de un mundo ya viejo, el de la nobleza de los grandes salones decimonónicos destruida por el de una burguesía emergente que convertiría el lento discurrir del mundo en un tropel de producción en masa, consumo y prisa continua. La gran belleza es también la crónica de la decadencia de otro mundo: el nuestro. Lleno de fiestas absurdas, donde lo importante es haber creado la mejor conga de toda Roma, porque “no tiene final”, dice Jep en un momento del film. Donde los intelectuales parecen de cartón piedra y están ya más vistos que el TBO, que decía mi tía Bony. Él mismo, Jep, el protagonista, es uno de ellos, y lo sabe. Vive de la fama que le concedió una única novela escrita hace ya casi cuarenta años.

Naturalmente, La gran belleza tiene mucho de Fellini, especialmente de La Dolce Vita: falta de estructura tradicional, el personaje principal (que recuerda al reportero Marcelo) dedicado a glosar la vida social de la decadente Roma y poco comprometido ya con nada. La Nada, palabra muy repetida en La gran belleza. Las relaciones amorosas de Jep, diversas, dispersas, sin compromiso, al igual que Marcelo. Y, sobre todo, el retrato de Roma. Sus monumentos, sus palacios, sus calles casi siempre desiertas, sin un solo turista entorno a ese Coliseo que se divisa desde la envidiable terraza de la casa de Jep.

Como en Fellini, Sorrentino llena la película de personajes. Enorme cantidad de ellos, la mayoría sin desarrollar. A los que conocemos apenas por pequeñas apariciones que recuerdan a los cuadros impresionistas realizados con pinceladas que no reproducen ningún dibujo, pero que todas ellas juntas forman un hermoso paisaje, un bodegón encantador, una escena conmovedora. O quizá esté imitando, más bien, a los cuadros del expresionismo abstracto de Jackson Pollock, al cual intenta copiar la niña-espectáculo de la película, cuando, rodeada de un público devoto, realiza un cuadro al más puro estilo Pollock entre sollozos. ¡Impresionante descripción del mundo del arte actual! Lleno de puro espectáculo, vacío espectáculo, aunque, en realidad, “todo es un truco”, como dice al final Jep. Ahí quedan, como pinceladas brutales sobre el lienzo de la película (de la vida), personajes como la jefa enana, Romano (el amigo que desea escribir la obra de teatro que le consagre definitivamente), Andrea (el imitador de Proust), la Santa, el cardenal (mezcla de Ferrán Adrià y Ratzinger) y tantos y tantos.

Quizá mi admiración por la película venga, como tantas otras veces, por la identificación con el personaje de Jep. Sólo por ver nuevamente la escena en la que le canta las verdades a su amiga Stefania, volvería a pagar los ocho euros de la entrada. ¡Cuántas veces he deseado ser como Jep y decir a alguien lo que yo, y muchos, pensamos de su verdadero falso compromiso con alguna causa! ¡Cuántos compañeros de universidad se me vienen ahora a la cabeza! Hoy devotos de Jean Monnet, hace tiempo de Carlos Marx, hoy aún con el cuadro del abuelo Pablo Iglesias mientras despotrican, en privado, de los sindicatos de clase.

Pero me identifiqué también con Romano, el único amigo verdadero de Jep. Me identifiqué por su vulgaridad, su deseo de escribir algo verdaderamente valioso, su vida sin interés alguno más allá de la amistad con el exitoso Jep. Uno también es en el fondo así. Y me pareció envidiable su respuesta al final de la película: el abandono, la vuelta a los orígenes, a su pueblo natal.

A pesar del tema general, para nada es una película triste. Todo lo contrario. Destila un fino humor, acorde con el tono general. Diríamos que provoca en el espectador una socarrona sonrisa, como la del protagonista en muchas de las escenas. Incluso, muchos de los toques de humor, melancólico también, puede provocar alguna carcajada, como la de mi mujer en una de las escenas. La describo: Jep está en la cocina con cara de aburrido. Su cocinera, sudamericana, le pregunta si está triste. “No, contesta Jep, estoy apático”. “Pues ayúdeme a limpiar la casa”, contesta la mujer. “No, replica, estoy apático”. Contado puede no tener gracia, pero ver el primer plano de Toni Servillo, el actor principal, produce una gracia especial. Por no hablar de algunas conversaciones: “cuántas mujeres has tenido”, le pregunta Jep a su amigo Romano. “No lo sé, no soy muy bueno en aritmética”, contesta. “No mientas, son seis, te las presenté yo todas”, dice Jep. “Bueno, pues son siete”, advierte Romano, que parece que sí ha llevado la cuenta. Conforme vas comentando la película, la vas analizando, recordando, te va pareciendo más hilarante. Melancólicamente hilarante, como nuestro propio pasado.

Podría tirarme aquí horas, describiendo escenas de la película en un loco deseo de interpretarla, pero la tengo aún muy reciente y necesita un reposado tiempo de interiorización para poder valorar todo lo que he visto. Por ello, estamos (hablo también por mis amigos Enrique y Berta) deseando poder tener ocasión de volver a verla.

Y es que ciertamente, la película no hubiera sido igual sin la tertulia posterior con Enrique, Berta y Magda. Todo discurrió, realmente, como una escena más de la película. Como si no hubiera acabado con los títulos de crédito. Como si hubiera continuado a la salida del cine. Allí estaba Berta, esperándonos a la puerta del viejo, decadente (no podía ser de otra forma), cine Navas. Con sus 60 años cumplidos, con la elegancia de siempre, esa elegancia entre señora de bien romana e intelectual argentina (sus raíces). Una elegancia que no le da el vestuario sino la apostura. Algo que no es fácil de explicar. Y Enrique, con su siempre amistosa sonrisa, con esa otra elegancia que dan la estatura, la faz de filósofo griego y la armonía de sus gestos. Unos personajes más de La gran belleza podrían ser. Y todo acabó discurriendo como en una escena más de la película. Un restaurante italiano casi completamente vacío, en un lugar apartado del bullicio del odioso tardeo alicantino, regentado por un hindú, criado en París, daba marco a nuestra conversación entorno al repaso de las enfermedades propias y ajenas. Es lo que ocurre cuando cumples cierta edad. Después unos gin-tonics en otro decadente espacio: un pub de luz excesiva, nuevamente casi vacío. Bueno, no. Al fondo un grupo de maduras parejas (aún más que nosotros) debaten sobre política cotidiana. De pronto, Enrique marcha al baño, nuestra conversación se desvanece y oímos como una de las señoras, prototipo de la decadente derecha española postransición, intenta defender la política educativa del ministro Wert con argumentos sacados del protocolo más típico y tópico de la ya extinta Intereconomía. Magda me mira, se sonríe, me sonrío y le digo una frase que he leído en el inicio de mi última lectura: “El mundo es hermoso porque hay de todo” (Cesare Pavese). En realidad me sulfura tanto como a ella la conversación, pero deseo que no le estropee la noche. ¡Y menos mal que decidimos finalmente cambiar nuestra ubicación en el vacío pub!, pues de habernos sentado junto a aquel grupo, conozco a Berta y sé que la hubiera liado parda no pudiendo callarse ante tanta estupidez. En fin, todo muy sorrentiniano.

Y, para acabar, dos grandes bellezas. Pues como decía Ramón Trecet, al final de cada emisión de su programa Diálogos 3, sólo nos queda “buscar la belleza, es la única protesta que merece la pena en este asqueroso mundo”. Una es una cita de Celine con la que comienza la película y la otra un deseo hecho canción por Antony and the Johnsons:

“Viajar es útil, ejercita la imaginación. Todo lo demás es desilusión y fatiga. Nuestro viaje es enteramente imaginario. Ahí reside su fuerza. Va de la vida a la muerte. Personas, animales, ciudades y cosas, todo es inventado. Es una novela, nada más que una historia ficticia. Lo dice Littre, él no se equivoca nunca. Y además, cualquiera puede hacer otro tanto. Basta cerrar los ojos. Está en la otra parte de la vida” (Louis-Ferdinand Celine, Viaje al fin de la vida).

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2 respuestas a LA GRAN BELLEZA: Melancolía, decadencia y sentido de la vida.

  1. Francesc Verdú dijo:

    Això em faltava a mi. Fa temps que volia veure aquesta pel·li i, clar, després de llegir-te, encara més. A veure si no la lleven abans de baixar. Una abraçada!

  2. Elena dijo:

    Aniré a vore-la. Gràcies per la recomanació i per la música de Anthony and the Johnsons que sempre em porta a un altre lloc. besets

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