ENTORNO AL DIA DE LA PAZ: “Karánsebes, la más estúpida de las estúpidas batallas”

La-guerra-del-aguardienteSobre los verdes campos de la campiña de Karánsebes se extendía un paisaje dantesco. Ni las olorosas bayas de las zarzas de frambuesa podían remediar el terrible olor que desprendía el campo. Ante los ojos del Gran Visir turco se extendía un panorama espeluznante. Innumerables cuerpos aparecían esparcidos por la verde campiña de Karánsebes. Desde el otero al que había llegado para dilucidar una decisiva batalla contra las tropas del emperador José II era difícil calcular el número de muertos, pero con seguridad se acercaban a los 10.000, el número total de soldados contra los que creía tener que enfrentarse según todos los informes de los espías. Pero ellos no habían efectuado un solo disparo, no habían desenvainado sus cimitarras, no habían lanzado ningún proyectil de artillería. Vamos, ¡que no habían estado allí! ¿Quién había causado aquella carnicería?

Temiendo que pudiera tratarse de alguna estratagema, aunque los muertos parecían bien muertos, envió a su ayudante más espabilado, y el único que sabía algo de rumano (el idioma local), a averiguar la razón de aquel espectáculo.

Llegó Fatih Akyel, que así se llamaba el ayudante, a las puertas de la localidad de Karánsebes y se encontró allí mismo a un paisano al que preguntó por lo sucedido. Al principio no parecía muy interesado en contar lo ocurrido en la que, más tarde, los historiadores llamarían la batalla de Karánsebes, o la batalla más ridícula de la historia. Pero finalmente, previa invitación a unos tragos en la taberna del pueblo (en los participó Fatih Akyel, a pesar de las prohibiciones coránicas, pero, ya se sabe, un informador del sultán debía incluso arriesgarse a perder su entrada en el Paraíso sólo reservado a islamitas).

El paisano, Victor Piţurcă, que así se llamaba, le explicó de esta forma, más o menos, pues la traducción rumano-turco-castellano puede haber escondido algunos aspectos de la realidad, lo sucedido a Fatih Akyel, el enviado del general turco:

“El caso es que vimos llegar bien de mañana a la caballería austríaca, los húsares, a las afueras del pueblo para inspeccionar el terreno, pues parece que nuestra campiña había sido la elegida para librar una batalla decisiva contra el Gran Visir turco. Pero allí se encontraron con un grupo de gitanos comerciantes de aguardiente. Los soldados no lograban aclararse en la forma de apropiarse del cargamento, ya que difícilmente se entendían entre ellos: unos eran germanos, otros magiares, otros checos, otros eslovacos, otros polacos, otros rutenos, otros eslovenos, otros italianos y otros, en fin, también, los menos, rumanos. Decidieron comprar todo el aguardiente y repartírselo amigablemente. Seguían llegando destacamentos de húsares, que solicitaban su parte del preciado líquido, pero conforme se incorporaban más soldados, el aguardiente comenzaba a escasear más también. Cuando se produjo la llegada del primer contingente de infantería, sólo quedaba ya un barril de aguardiente y un sinnúmero de húsares borrachos. En ese momento, los húsares se negaron a compartirlo con la infantería. Debió ser también por un prurito de corporativismo militar. ¡Cómo se iba a compartir tan preciado líquido con la escoria de la infantería que tenía que hacer la guerra a pie! Pero el caso es que montaron una barricada en torno al único barril que quedaba lleno. Naturalmente, por las venas de los multinacionales húsares ya debía correr más alcohol que sangre.

En todo este altercado no paraban de oírse gritos en diferentes lenguas. Hasta que, de pronto, estalló un disparo. Se oyó en toda la comarca, el viento llevó su sonido hasta los puestos de vigilancia que el ejército del emperador había situado en las colinas que rodean los campos de Karánsebes, pero no se sabía muy bien de dónde provenía. Entonces, un destacamento de caballería se acercó al lugar donde se ubicaba el sitiado barril, comenzado a gritar en rumano, pues era la lengua de este grupo de soldados, ‘turci, turci’. Pero casi nadie entendió a nuestros compatriotas, ya que apenas si había rumanos entre los húsares, y los pocos que había ya se encontraban en un estado deplorable y, o dormían bajo los efectos del alcohol, o temían que fuera una estratagema para apoderarse del barril. Húsares y cuerpo de infantería que se encontraban en el lugar de los hechos procedieron a desenvainar sus sables y espadas, a poner en uso sus mosquetes y a disparar a todo lo que se movía. La confusión era enorme, pues entre pólvora, polvo, griterío de hombres y relinchar de caballos apenas si era posible ver o entender algo.

La desbandada fue general. Temerosos de la llegada de los turcos, todos decidieron abandonar el barril, al que apenas le quedaba contenido, todo sea dicho, pues si hubiera estado lleno quizá se hubiera redoblado su defensa. Se encaminaban, como alma que lleva el diablo, hacia el destacamento central de las tropas del emperador. En ese momento escuchamos gritar a uno de los comandantes austríacos para que se detuvieran y no abandonaran su posición, pues debía ser inminente la llegada de los verdaderos turcos. Al grito de ‘halt, halt’ se dirigía a la multinacional tropa del emperador. Pero la mayoría no entendían el idioma del imperio. Creyeron todos que estaba gritando ‘Alá, Alá, por Alá’, y que en su camino se habían topado, de nuevo, con las tropas del Gran Visir turco. El caos se multiplicó. La confusión era enorme. Soldado que encontraban, soldado que atacaban. La sangre corría ya más que había corrido el alcohol. El griterío era ensordecedor. Los alaridos de los moribundos se mezclaban con las confusas órdenes de los comandantes. Desde la lejanía nos parecía a los habitantes de Karánsebes que se estaba desarrollando la batalla decisiva de aquella guerra que enfrentaba al imperio ruso y austríaco contra el turco. También debió parecérselo a los artilleros que se encontraban apostados en las colinas que rodeaban el improvisado campo de batalla. Ante lo que creían un ataque de los turcos a la comandancia austríaca, comenzaron a lanzar proyectiles, pero sin saber muy bien dónde estaban los enemigos y los amigos. El estruendo de la batalla parecía ya el anuncio del Apocalipsis.

La confusión no hacía sino aumentar. Lo importante ya era únicamente salir de aquel infierno. Los soldados atacaban a todo lo que se movía, fuera hombre o animal, húsar o infante, rumano, checo, eslovaco o de cualquier especie.

En su huída, un gran contingente de soldados encontró el camino de vuelta hacia el campamento del emperador, donde éste acababa de despertarse de su plácido sueño con el estruendo de la batalla. Los soldados iban desarrapados, enfangados, con la cara negra por los efectos del humo. No se distinguían ni las insignias identificativas de su regimiento o cuerpo, ni tampoco su origen étnico. Alguien gritó ‘¡que vienen los turcos! Rápidamente vimos, desde lo alto de las torres del pueblo, como el emperador también emprendía la huida de su propio campamento militar, perseguido por su propia multinacional tropa. Cuanto más corría el caballo del emperador más gritaban los harapientos soldados del emperador en su persecución. Desconocedor del terreno, el caballo del emperador, con el emperador encima, claro está, intentó vadear el río que limita la campiña con las montañas. Pero erró en el salto y cayó en una oscura, sucia y pútrida poza. Vamos, lo que se dice en un agujero lleno de mierda, aunque las crónicas militares querrán quitarle escabrosidad seguramente al asunto.

Y eso fue todo. El emperador fue ayudado a salir de la poza, no sin menoscabo de su dignidad de gran soldado del Imperio y el campo quedó lleno de cadáveres también malolientes”.

Fatih dio las gracias al paisano Víctor y marchó hacia el campamento base del Gran Visir. Cuando relató lo que Víctor le había narrado, al Gran Visir se le escapó una leve sonrisa y dijo ‘creo que nunca se logrará una victoria militar con tan poco esfuerzo y no deberíamos dar mucha publicidad al asunto pues ni ello nos beneficia ante el Sultán ni ante la Historia, que podrá, algún día reconocer cuan estúpida puede ser una guerra y cuan absurdos los conflictos humanos que pueden provocar pérdidas irreparables por un ‘no me quites mi barril de aguardiente’.

P.D. La batalla de Karánsebes existió en la realidad. Efectivamente, ésta fue una batalla de perdedores. Como todas. En esta perdió el emperador, que nunca se recuperó de tan indigna salida de Karánsebes. No en vano en su epitafio, tras su muerte dos años más tarde, mandó escribir ‘Aquí yace José II, desafortunado en todas sus empresas’. Perdieron los turcos, pues fue la única batalla que lograron ganar, hasta su derrota final en 1792. Y perdieron, sobre todo, los más de 9.000 soldados, y sus familias, que dieron su vida por tan estúpida guerra, como todas, por un barril de aguardiente.

Mañana, Día Escolar de la No Violencia y la Paz, sería un buen momento para recordar lo ocurrido hace casi 225 años en Karánsebes.

Acerca de José A. Moreno

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Una respuesta a ENTORNO AL DIA DE LA PAZ: “Karánsebes, la más estúpida de las estúpidas batallas”

  1. Francesc Verdú dijo:

    Molt bona, Jose. Malgrat aquests episodis tan esperpèntics, el gènere humà no aprenem. Sempre hi ha un Irak, una Síria, o qualsevol república africana a punt per demostrar com d’imbècils som els humans. Una abraçada!

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