“STONER” DE JOHN WILLIAMS: o para qué sigo siendo profesor

imagesNuevamente acabo de leer un libro que en realidad me lee a mí. No es que esté obsesionado con la frase que un día encontré en Las leyes de la frontera de Javier Cercas, pues realmente siempre leí muchos libros intentando leerme (buscarme) a mí mismo. Ahora se trata de Stoner de John Williams. El autor no es muy conocido, apenas si cuatro novelas y dos libros de poemas es todo lo que publicó. Su vida, como su propio nombre, parece envuelta en cierta vulgaridad. Como leía estos días, John Williams, coetáneo de la llamada generación beat, no convirtió su vida en un argumento novelesco como Kerouac, Neal Cassady, Burroughs o Allen Ginsberg, con drogas, matrimonios turbulentos, alcohol, escapadas en busca de uno mismo y política más o menos comprometida. La vida de John Williams se circunscribió a la universidad de Denver, donde estudió, y a la de Misuri, donde ejerció como profesor, antes de trasladarse de nuevo a Denver. En 1986 se jubiló y se marchó con su mujer a la pequeña ciudad de Fayetteville (Arkansas), donde murió en 1994, mientras preparaba su quinta novela, The Sleep Of Reason. Y eso fue todo. ¿Para qué más? Y la novela que os aconsejo, Stoner, es bastante parecida a su vida.

Quizá lo que me llevó a interesarme por ella fue algún párrafo leído a Javier Morales en El Asombrario y & Cia. Concretamente palabras como “El solitario Stoner, a quien nos habría gustado conocer, tiene la sabiduría de aquellos que saben vislumbrar lo importante de la vida y esperan conseguirlo con perseverancia y tenacidad. A pesar de los infortunios que agrietan su existencia, uno tiene la impresión de que Stoner es un hombre feliz,  como afirmó el propio autor”. O éstas: “Ajeno a las ambiciones mundanas, las que dan cera a nuestro ego, hizo lo que quería, enseñar literatura. La enseñanza era para él un trabajo, sí, pero un trabajo enriquecedor, no alienante, capaz de darle sentido al mundo y a su propia vida”.

Y desde entonces tuve en mente este libro durante semanas, hasta que un día una amiga, muy especial (¡Hola, sister!) me pidió que le dijera qué libro me gustaría para reglarme por mi cumpleaños, aunque mejor sería mi no-cumpleaños pues aún faltaban meses para él. No tuve dudas: Stoner, de John Williams. Así que, este libro se ha convertido en algo especial, pues siempre me recordará también a ella.

Cuando comienzas a leer el libro debes ser consciente de que no vas a adentrarte en una novela de grandes acontecimientos, de grandes traumas psicológicos, ni de espadachines o francotiradores, como le gusta a Pérez Reverte. La primera parte refleja una vida que se transforma de la quietud más pueblerina al encuentro de un amor de los de antes, a primera vista, pero que sin experiencia previa se transforman en una pesadilla. No voy a destriparos mucho de la novela, aunque tampoco hay mucho que revelar. Sólo decir que la parte dedicada a la vida como profesor universitario me recuerda a mí mismo en muchos pasajes. En otros son cosas oídas en la propia universidad donde ejerzo a tiempo parcial: los tejemanejes departamentales parecen sacados de la más rabiosa actualidad. ¡Y el libro está escrito en 1965!

Y qué decir de párrafos como éste, en los me veo tan cercano. Por eso, a veces, uno deja de escribir pues es como si todo estuviera ya escrito:

“Al final retomó el viejo hábito de pasar la mayor parte del tiempo en su despacho del Jesse Hall. Se decía que debía estar agradecido por tener la oportunidad de leer en soledad […] Intentaba leer al azar, por propio placer  e indulgencia, muchas de las cosas que había estado esperando poder leer. Pero la mente no le dejaba ir donde él quería, desviaba la atención de las páginas que tenía delante y cada vez más a menudo, se encontraba a sí mismo mirando inexpresivamente al frente, a la nada. Era como si de un momento a otro su mente se hubiese vaciado de todo lo que sabía, como si se le extrajera la voluntad a su vigor. Se sentía a veces como algún tipo de vegetal y anhelaba que algo –incluso dolor- le zahiriese para devolverle a la vida”.

Y cuando leo la historia de Katherine Driscoll creo que se está describiendo algo que conozco muy bien. Leer el desenlace de la misma me ha provocado un intenso placer (mientras, por cierto, escuchaba una pieza al piano, “Bells”, de Helen Jane Long, que lo sublimaba). Para los que amamos profundamente la lectura, o no nos queda mucho más que ella como compañera, es difícil explicar qué se siente mientras estás traspasando esas palabras encadenadas a tu mente y las haces, en gran parte, tuyas.

Y así va transcurriendo la vida de Stoner: sus alumnos, las batallas diarias con los mandatarios universitarios que se creen dioses porque dirigen un mísero departamento, su fracasado matrimonio (¡en algo nos teníamos que diferenciar!). No os cuento más, como dice Javier Morales: “Si yo fuera ustedes, le pediría ahora mismo la novela a su mejor amigo (como ocurre con el dinero, solo los mejores amigos pueden prestarnos libros), acudiría a la biblioteca (¡ah, no!, que Wert les ha dejado sin fondos) o saldría corriendo a comprarla a su librería habitual. Luego enciérrense y lean”.

Y esta mañana, cuando marchaba a mi trabajo, he encontrado el verdadero sentido de la lectura de Stoner: entender porqué sigo siendo profesor, porqué me siento unido al Centro donde trabajo. No porque pretenda cambiar el mundo, ni sea todo un ídolo en él y llene mi ego con palmadas de agradecimiento. Todo lo contrario, como le ocurría a Stoner, por pequeñas cosas como éstas:

– para poder compartir alguna música especial (Perfum Genius) con una joven alumna. Y gozar del placer de que siga pidiéndome que le enseñe más música fuera de la que se escucha en los circuitos habituales.

– para dejar caer una lágrima, disimuladamente por pudor masculino, cuando revelo a mis alumnos un secreto, una vivencia o un recuerdo. Y ver cómo miran agradecidos de que comparta mis sentimientos más profundos con ellos.

-para llegar al trabajo y hablar, bien de mañana, con Floren y Rosario y alegren un día que seguro ha comenzado con las neuras habituales. Y esperar, en el día aún por estrenar, a que llegue la compañera (plus ultra) más estimada y no hacer en solitario el recorrido hacia la Sala de Profesores. Y buscar un momento, más tarde tras las primeras clases, y tener aunque sólo sean quince minutos (“Fifteen minutes with you”, decían The Smiths en Reel around the fountain) de conversación agradable unos días, reparadora de heridas variadas otros, compartiendo experiencias los más de ellos y aprendiendo (yo) siempre.

– para esperar que llegue cada semana el jueves y desayunar con Joan, haciendo un repaso a la actualidad, del país y del Centro, y escuchar cómo le subleva y altera, como a mí, tanta estulticia y tanta dejadez.

– para hacer el ridículo cuando me emociono con una actividad, comparto una anécdota o cuento una historia que seguro no interesa mucho a nadie. Pero yo insisto, interrumpo, quiero contarla, como sea, pues cuando ya no les tenga delante sólo podré hacerlo aquí, a esta pantalla en la que surgen las letras según aporreo el teclado (Tiptoe, dice my sister que es el término anglosajón).

– para hacer el trayecto de subida a Castalla cada mañana de trabajo, especialmente cuando conduzco solo, y como hoy ver una luna llena que se atira (así lo llamaba mi abuela, aunque el término no exista) sobre un cielo aún pintado de la oscuridad de la noche.

– y, en fin, para a la vuelta, mientras acelerando entro en la autovía, contemplar, en mañanas soleadas de invierno como la de hoy, las verdes montañas que frente a mí ofrecen una imagen única, bella, turbadora. ¡No podéis imaginar el placer que siento cada vez que las contemplo! Y cuando atravieso vertiente abajo el farallón montañoso del Maigmó, descubrir, a lo lejos, tras la fea ciudad que se abre en el plano, un mar en calma, infinito y ligeramente brumoso.

Estas cosas me dan vida muchas mañanas, sobre todo aquellas en las que más difícil se hace seguir vivo. Cosas tan sencillas como éstas encontraréis en Stoner, o en canciones tan bellas como ésta:

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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6 respuestas a “STONER” DE JOHN WILLIAMS: o para qué sigo siendo profesor

  1. Francesc Verdú dijo:

    El llibre no sé com estarà, m’ho imagine, però el teu escrit és una gràcia -com sempre-. M’ha agradat molt i la música adjunta també (tens assessors musicals o vas descobrint-ho tu sol?). Intentaré fer-me amb el llibre. L’anterior recomanació -El mapa y el territorio- et vaig fer cas i no em va decebre gens. Una abraçada! On quedeu els dijous?

    • Gràcies per les teves paraules, Paco. No, no tinc asesor musical, llevat d’algunes recomanacions de l’amic Joan. Normalment anem, cap a les 10, a la cafeteria-pastisseria que hi ha al final del carrer Dr. Fleming, cantó amb Av. Petrer.

  2. Elena dijo:

    Puf… m’ha emocionat. Gràcies per l’escrit, de veritat.

  3. MªCruz dijo:

    Podría “apuntar” un altra raò per la qual eres tant afortunat: Vore els almetlers en flor…a un costat i l’altre de l’autovia que des de el 2 de febrer ja apuntaven “blanquets” com floquets de neu…
    Sublime…i com diu la nostra amiga Elena sempre ens arribes al cor
    Cuidat

  4. Elo dijo:

    ¿”enfrente mío” o frente a mí?

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