COMENTARIO DE TEXTO: “Todo lo que era sólido” de Muñoz Molina

descargaMi compañera Rosalía me recomendó este libro, pero no me exigió un comentario de texto. Aun así, me siento obligado a hacerlo para que nadie diga que no cumplo mis obligaciones. Pero como es voluntario, me voy a permitir saltarme las primeras partes del comentario y pasar directamente a la Opinión Personal.

Me preguntaba la otra noche mi mujer, si me había gustado el libro. No supe qué contestarle. Finalmente le dije que no tenía una opinión clara sobre él. Que no sabía si corroborar todo lo que decía o pensar que estaba escrito con esa precisa idea: que nos adhiramos a lo que cuenta, demagógicamente, compremos el libro y engrosemos aún más la cuenta, importante debe ser, de los derechos de autor del famoso escritor, reciente premio Príncipe de Asturias. Es un pensamiento malvado éste. Lo reconozco, pero precisamente lo que cuenta Todo lo que era sólido, y ya ha dejado de serlo, me lleva a pensar así de este numeroso grupo de intelectuales postransición, instalados en los resortes del poder, que escriben en El País, salen en las tertulias de la Ser, reciben premios de editoriales que controlan inmensos emporios de comunicación y publican con fruición en ellos (Seix Barral, del Grupo Planeta, propietario, entre otros de Atresmedia, con Antena Tres y La Sexta, radios como Onda Cero y diarios como La Razón). Quizá sea exagerado pensar así, no sé; en estos tiempos en el “todo lo que era sólido” se ha convertido en gaseoso no acabo de fiarme de casi nada. De todas formas voy a darle un voto de confianza. Ahí va el comentario, un tanto ladrillo, pero como me ha ocurrido a mí con algún libro del autor (especialmente El jinete polaco), cuando os canséis lo dejáis.

El libro empieza bien, está escrito con una prosa muy llevadera, lo cual no siempre es habitual en Muñoz Molina, incluso se inicia con una confesión sobre la técnica utilizada en la escritura del ensayo que podría suscribir yo mismo en la mía al escribir muchas veces en este blog, salvando las evidentes distancias literarias (a favor de Muñoz Molina, claro está): “escribo dejándome llevar. El propio acto de escribir desata a la vez los argumentos y los recuerdos. La urgencia de comprender y de intentar explicarme a mí mismo”. Poco a poco, el libro se diluye muchas veces en una serie de anécdotas que tienen como único objeto (o parecen tener) el ilustrar y dar razón a los diversos dispendios acometidos en los últimos tiempos. Pero todo eso ya lo sabíamos, el mérito de la obra está en describirlos con una prosa muy agradable y cercana. En cambio, echo a faltar razones de por qué lo hemos permitido y, sobre todo, qué soluciones tenemos a estas alturas. Quizá mi deformación profesional de historiador me lleve a hacer estas preguntas.

Una de las cuestiones con las que más me he identificado en la obra es en el apelativo que introduce para denominar a quienes critican (criticamos) muchos de los comportamientos que se han convertido en estereotipos de la España de la abundancia, el dispendio y la juerga continua: aguafiestas. Yo he padecido éste o parecido epíteto cuando me he negado a colaborar en fastos diversos: fiestas de la urba (tremendo “palabro” éste), comilonas de compañeros de tiempos pretéritos o actuales, etc. No sólo el nombre es preciso sino que contiene quizá la razón de algunos comportamientos extraños que yo también he ido señalando en este blog. Efectivamente, quizá la participación de Sabina y Miguel Ríos (entre otros progres) en el festorro organizado por la alcaldesa Botella para dar propaganda a la candidatura de Madrid 2020 tenía como argumento que no les tildaran de aguafiestas si no participaban en él. Creíamos, hace mucho tiempo (cuando todo era sólido, como reza el título) que sería posible decir no a la candidatura de una ciudad que es capital de la comunidad autónoma que más ha recortado en sanidad y educación. Pero no lo hicieron: ¿falta de valentía? O quizá era que su sentimiento progre era una pose, o que no deseaban perder unos fieles compradores de discos. No lo digo yo, son los argumentos que da Muñoz Molina para delimitar el comportamiento de quienes no deseaban ser tildados de aguafiestas. El argumento sirve para muchos otros comportamientos. Por ejemplo, hace unas semanas Miguel Bosé recriminaba a la Vicepresidenta del Govern Català, Joana Ortega, por dirigirse al público de la Gala contra el Sida en catalán, ¡en Barcelona, capital de Cataluña! Quizá es que en el fragor de la batalla (del referéndum sí o no) no quiere que se le confunda (no quiere ser un aguafiestas de su público). ¿Qué hubiera pasado con ese discurso y con éste u otro personaje de la gauche divine a finales de los setenta cuando lo políticamente correcto era gritar libertad, amnistía y estatuto de autonomía incluso en el Campus de la Complutense? Hubiera aplaudido el gesto y hubiera contestado, políglota él (castellano, italiano, francés, inglés…), en catalán para ganarse auditorio, y compradores de discos.

Me encantó la parte, o partes pues reitera varias veces el asunto, dedicada al servilismo del periodismo español y su papanatismo, cuando no su connivencia con el poder simplemente por intereses de empresa. También me identifiqué profundamente en los pasajes dedicados a glosar la necesidad de no considerar lo propio como lo mejor, per se, y la necesidad (obligación, a veces) de salir fuera de tu pequeño mundo rural (como yo hice con 17 años). Y de cómo lo propio es más un sentimiento que una razón. Me acordé entonces cómo recuerdo mi pueblo de nacimiento (Villarrobledo) en las mañanas de frío cuando voy al mercado en éste de adopción que es Castalla, y huele al mismo invierno que olía allí. Y cuando tras las reuniones nocturnas salgo a la calle y me invade el mismo olor a leña quemada en las chimeneas. Como dice Muñoz Molina, yo también escribo dejándome llevar, mezclando mis argumentos y recuerdos. Absolutamente de acuerdo estoy con aquellas partes en las que explica cómo debemos relativizar nuestros juicios sobre la vida en cada lugar: cada país, cada región, cada mundo, tiene sus partes positivas y otras que no lo son tanto. También he admirado la forma en la que intenta hacernos ver la necesidad de volver a la discusión sosegada, sin intentar herir al contrario, considerando que puede que el otro en parte tenga razón, que todo el mundo tiene derecho a pensar cómo lo hace. Asertividad, me enseñó un día mi maestra en pedagogía emocional que se llamaba este comportamiento.

Plenamente identificado me he sentido en la parte dedicada a la sumisión del poder civil hacia el poder eclesiástico (católico, claro está) que se mantiene en estos tiempos que monseñor Rouco Varela califica de “agobiante atmósfera intelectual” contra la Iglesia. Muñoz Molina describe con enorme claridad lo que podríamos llamar “agobiante atmósfera clerical” en la sociedad civil. Y presenta un argumento demoledor y un tanto doloroso para los que creímos en que una sociedad laica era posible en este país. Y es que de la derecha ya conocíamos su apego a las sotanas y escapularios, pero creíamos que la izquierda cambiaría su trato con ellos. Y no lo hizo. Muñoz Molina argumenta que quizá no lo hizo por cobardía ideológica, oportunismo electoral o falta de verdaderas convicciones laicas. Señala el autor que parece que la izquierda no conocía que la Iglesia católica en España no aceptará nunca ningún pacto que no signifique su dominio completo del país. Sin ir más lejos, ya hemos visto estas semanas como la Iglesia católica aún no está contenta con la Ley del Aborto (antiaborto más exactamente) que ha propugnado Gallardón. Aún desean más. Desean que no se contemple ningún supuesto: ni violación, ni peligro para la madre, ni nada. “Aquí, o se hace lo que yo digo o estoy en contra”. Y la pregunta es: ¿qué espíritu democrático existe en quien no se adhiere a ningún consenso, acuerdo, discusión…? La democracia es efectivamente, en gran parte, discusión de puntos de vista encontrados para lograr un acuerdo satisfactorio, pero la Iglesia católica no acepta este estilo. Simplemente porque no puede hacerlo. Una Iglesia, como cualquier religión, es dogmática: estas son las reglas y si no las aceptas estás fuera. Pero la izquierda parece no darse cuenta de que la propia aceptación de la visión religiosa del mundo entorpece cualquier concepción democrática: por definición. Por lo tanto, la convivencia democrática debe estar fuera de cualquier concepción religiosa, que debe quedar únicamente para el ámbito privado (como ser del Madrid o del Barça). Los ejemplos con los que ilustra como socialistas y comunistas se dedican a salir en procesiones, a pedir en las romerías, a presidir misas oficiales rozan, en ocasiones lo patético. No se niega que lo hagan como ciudadanos, pero no con la vara de alcalde, con el traje de ministro o en nombre del gobierno. Por su claridad, reproduzco aquí un pasaje que me pareció excelente:

que la derecha española no se haya desembarazado de la reverencia servil hacia la iglesia católica o del entusiasmo por sus rituales no tiene nada de extraño. Que la izquierda los abrazara con tanta convicción fue otra de las grandes sorpresas que nos deparó el cambio de los tiempos”.

A pesar del tono general, acorde con muchas de mis propias opiniones, no he dejado de notar cierto apego a elementos cercanos al que imagino es su propio universo intelectual y/o empresarial. Por ello, discrepé de alguna frase puntual como en la que tilda al periódico El País (para el que escribe habitualmente) de “limpio de toda complicidad con él (franquismo)”. Complicidad no sé, pero oposición manifiesta tampoco. Basta únicamente repasar la biografía aquiescente de sus tres fundadores: José Ortega Spottorno, Juan Luis Cebrián (periodista del diario del Movimiento Pueblo y director de RTVE en 1974, en vida aún del Dictador Franco) y Jesús de Polanco (cuya fortuna comenzó a amasarse con la filtración para su Editorial Santillana de los textos que debían publicarse de la asignatura Formación del Espíritu Nacional reformada con la Ley General de Educación de 1970, donde se aleccionaba a los jóvenes españoles en las bondades del franquismo). Tampoco asumo como creíble su descripción de la Transición como “iniciativas de concordia que permitieron entonces el establecimiento de la democracia”. No creo que el término concordia sea, visto ahora con los ojos de 2013 (es lo que tiene la perspectiva histórica, que modifica realidades que parecen claramente asumidas) el más adecuado. Creo que el término que mejor identifica a la Transición es el de claudicación: ante los crímenes del franquismo, que debían quedar impunes para siempre, ante la legitimidad fascista del rey, ante el dominio de una élite económica que no iba a permitir la creación de un estado social y de derecho, como propugna falsamente la Constitución y, ya vimos, ante la Iglesia católica que mantendría su dominio sobre parcelas que debían ser exclusivas del poder civil.

Ciertamente, en aquellos tiempos de la Transición muchos creíamos que otro mundo era posible. Muñoz Molina se autoincluye entre los visionarios de aquella izquierda mesiánica que pensaba en cambiar el mundo y que hablaba de revolución. Pero creo que no es justo consigo mismo ni con los miembros de aquella generación. Creo que es desacertado el razonamiento de que la poca cultura democrática actual de España tiene su fundamento en que aquella izquierda consideraba la democracia como un paso hacia la revolución proletaria. Y desacertados los ejemplos con los que ilustra su argumento. Especialmente el perdón que entonces se hacía de los crímenes de las dictaduras izquierdistas (menciona a Mao o Pol Pot, pero no a Castro quizá por miedo a perder algún lector). Creo que es desacertado por poco ecuánime. Conozco pocos izquierdistas de entonces (algunos situados ahora en el PP incluso) que no hayan renegado, incluso públicamente, de aquellos vicios de juventud, pero conozco muy pocos (no me viene a la cabeza ahora ninguno, pero no deseo exagerar) miembros de la derecha española que haya renegado de su pasado franquista o que no justifique la Dictadura. Sí, ya lo sé, la derecha española ya sabemos que es así y que la izquierda no debe imitarle, pero sería bueno para este país que la derecha adjurara de su pasado. Recuerdo ahora cierta conversación que tuve con un ya exalcalde del PP a propósito de la Ley de la Memoria Histórica en la cual yo le hice ver que no comprendía porque los fusilados por el franquismo no eran considerados por él como “sus fusilados” y sí los sacerdotes asesinados en el bando republicano. Éste sí sería un buen ejercicio de práctica democrática para España, pues si no parece que siempre deben ceder los mismos, como durante la Transición.

Y he dejado para el final la parte que dedica el autor a la conformación territorial de España. Llevo tiempo utilizando esta terminología que parece un tanto aséptica, pero es que me niego a utilizar las palabras como escarnio de una forma de pensar. Por ello, procuro no hablar del “problema del nacionalismo”, “el problema de Cataluña”, “problema vasco” o “la solución federal”. En los tres primeros casos porque ni el nacionalismo, ni Cataluña, ni el País Vasco son un problema, sino una forma de pensar y una realidad histórico-territorial y en el último porque ningún sistema se convierte, per se, en una solución.

Creo que en este asunto, la conformación territorial del Estado español y la solución autonómica pergeñada por la Constitución, es donde Muñoz Molina roza más claramente la demagogia. Es, en los tiempos que corren, muy sencillo, y lograr el aplauso fácil de la concurrencia, decir que las autonomías son un desmadre, que gastan sin pudor, que llegan al paroxismo, cuando no al ridículo. Es un asunto más complejo de lo que parece. Estando de acuerdo en que la proliferación de identidades diferenciadas ha sido, en ocasiones, artificial en el proceso de formación de las autonomías, no debe ocultarse que en 1978 había que dar solución a dos cuestiones: la demanda de autogobierno por parte de algunos territorios (Cataluña y País Vasco, esencialmente) que por tradición, historia, sentimiento o cualquier otro motivo legítimo así lo plateaban. Y la necesidad de descentralizar una administración en la que se acercara el hecho administrativo al ciudadano y no dependiera todo de una oficina situada en Madrid. Quizá ambas cosas no se resolvieron bien, pero no era fácil. Y si no, volvamos al pasado y recordemos cómo sucedieron las cosas.

En primer lugar la creación de dos tipos de autonomías (las lentas y las históricas) sin dejar claro quiénes eran unas u otras. A continuación el descontento de las históricas (especialmente Cataluña y País Vasco) por lo que consideraban falta de poder autónomo y de las lentas por no ser igual que las otras. Ello provocó la aparición de una sima entre unos y otros. Finalmente, en las lentas se acabó creando una clase política diferenciada, que pertenecía a los dos partidos mayoritarios (PSOE y UCD, primero, y PP después), los llamados barones del partido. Sin ellos, el partido gobernante tenía difícil dar cualquier paso. Recordemos el peso que tenían en el PSOE Manuel Chaves o Rodríguez Ibarra o en el PP Manuel Fraga. Y a esa clase política es a la que hubo que contentar, no a identidades regionales diferenciadas, que fueron creadas por ella para acrecentar su poder.

También fue difícil en aquellos tiempos compaginar la necesaria modernización del país, su crecimiento desde niveles ínfimos de infraestructuras de todo tipo y el deseo de glorificar lo propio a través de magnas obras fuera de lugar. Somos un país de excesos y nos va a costar dejar de serlo. Forma parte, por desgracia, de lo que Muñoz Molina llama “acerbo común”. Ello dio lugar a edificar un parque temático (o varios) en cada comunidad autónoma, un aeropuerto y una universidad en cada provincia, un palacio de Congresos en cada pueblo de más de 10.000 habitantes (o menos) y Ciudades de toda índole (de las Ciencias, de las Artes, de la Luz, de la Justicia…). Pero recordemos que eran necesarias nuevas universidades, nuevos aeropuertos, nuevos Palacios de Congresos, pues parecía que sólo Madrid, Barcelona, y alguna ciudad más, tenían derecho a ellos. La única razón que debiera haber prevalecido es la de su rentabilidad y su necesidad, aunque sea difícil calibrar, pero la crítica, per se, que hace el autor le lleva a ciertos tintes demagógicos y/o populistas. Un ejemplo reciente para los valencianos es la creación de televisiones autonómicas. Ahora muchos están en contra de ellas, pero nuevamente el problema no es su existencia (en la mayoría de países europeos existen canales regionales, bajo diferentes modelos) sino producir un gasto más allá de lo necesario. Y convertirlas en altavoces del gobierno regional (de lo que no se libra la nacional, por cierto, y no por ello he oído como solución su cierre) y en un lugar donde colocar amigos.

De igual forma, cuando relata varias anécdotas conocidas por él como director del Instituto Cervantes en Nueva York sobre las visitas de determinados líderes autonómicos debería hacerse desde la perspectiva del exceso de gasto y fasto y no de la visita misma. Sin desear caer en la crítica ad hominem, no olvidemos que el autor era el director de dicho Instituto, dentro del cual no creo que todos sus empleados fueran estrictamente necesarios. Y, en suma, ¿por  qué no se puede publicitar la marca, como se dice ahora, Navarra, Valencia o Andalucía en Nueva York, si se hace con mesura, y sí la marca España? Nuevamente, el hecho en sí no debe ser deplorable si no la forma y la mesura. Ya hemos visto el ridículo de la denominada Marca España y los excesos cometidos en su nombre.

Finalmente, encontré un poco simplista su idea sobre la formación de identidades comunes, nacionales o sociales. Debería considerarse la posibilidad de que la formación de lo que denomina “acerbo común” también sea un artificio, como el de la creación de identidades regionales, provocada por el paso del tiempo y la instauración de símbolos absurdamente manipulados (el himno de España es de origen prusiano o la bandera que únicamente identificaba a la armada borbónica). Es más, debe dejarse abierta la posibilidad de que un individuo no desee, o no le guste, o no valore esa identidad, pues, al paso que vamos, reconocerse español comienza a hacérsenos difícil a muchos. Yo no me identifico ni con el toro de Osborne, ni con la fiesta constante, ni siquiera con la literatura española. Se me debe dejar estar más cercano a cierta literatura americana (sin ir más lejos me gusta más Philip Roth, anterior Premio Príncipe de Asturias que el propio Muñoz Molina) o centroeuropea o se me debe permitir que jalee más los triunfos de Vettel que los de Alonso, si me cae mejor.

En todo caso, el ensayo de Muñoz Molina es de una lectura agradable e induce a pensar, como dice el título, en cómo hemos perdido gran parte de todo lo que era sólido. Además, me ha permitido leer un texto de un autor al que no tenía mucho aprecio, por su técnica literaria obtusa y en exceso literaria (leed este artículo para entender lo que digo) y aceptar, como él dice, que el otro alguna vez puede llevar parte de razón. Y Muñoz Molina la tiene, a veces. Pero desde luego no hubiera leído el texto si mi compañera Rosalía no me lo hubiera recomendado en el fragor de una batalla en la que, en parte por mi culpa, se vio envuelta. Una última cita, quizá os anime a hacerlo a vosotros también:

En algún momento cruzamos sin advertirlo la frontera hacia este tiempo de ahora y cuando nos dimos cuenta y quisimos mirar hacia atrás para comprobar en qué punto había sucedido el tránsito nos pareció asombroso habernos alejado tanto”.

 

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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