UNA FÁBULA CON DINOSAURIOS

images            El bosque vivía en una placidez absoluta. Cada mañana salía un espléndido sol radiante. Sí, de esos que pintan los niños como una cara sonriente y un halo que lo rodea con sus rayos amarillos y todo. Los pajarillos trinaban alegremente, emparejados tiernamente muchos de ellos en las ramas de unos árboles perennemente en flor. Unas lindas ardillas correteaban por las verdes veredas de una eterna primavera. Los ríos discurrían cristalinamente por los valles llenos de margaritas blancas y amarillas. De cuando en cuando alguna hermosa seta rojiblanca se destacaba sobre una fina hierba. Naturalmente no había que tener miedo, no podían ser venenosas. En aquel bosque animado nada podía perturbar la paz.

Todo era bucólico, muy bucólico. Pasteleramente bucólico. El ambiente recordaba a aquellos cuadros naif de pintoras centroeuropeas retiradas en algún pueblo mediterráneo. Todo era tan bonito y tan perfecto que nadie se atrevía a tocar nada de aquel bosque. Durante años el bosque había sido escenario de encarnizadas batallas por dilucidar cuál debía ser la mejor forma de construirlo, organizarlo y dirigir a todos sus habitantes. Incluso hacía mucho tiempo, pero mucho tiempo, tanto que casi nadie del bosque lo recordaba ya, esa lucha había acabado haciendo daño a parte de sus pobladores. Algunos aún tenían viejas heridas que les supuraban de cuando en cuando. Pero muchas de aquellas criaturas del bosque ya no vivían en él. Habían buscado otro donde vivir mejor o, al menos, más tranquilamente.

Ahora el bosque parecía funcionar sólo. Nadie se preocupaba mucho por cómo se hacían las cosas: el sol salía cada mañana, los pájaros trinaban en sus ramas, los árboles siempre estaban en flor, las ardillas correteaban, los ríos eran cristalinos y las setas no envenenaban. Para qué preocuparse. Para qué tener sueños más allá de alguno con alguna oveja eléctrica. Porque ya no había animales de granja: eran sucios, olían mal. En el nuevo y bucólico bosque habían sido suprimidos los animales de granja: pollos, conejos, vacas, ovejas… Pero, como los pobladores del bosque estaban acostumbrados a su vista y eran una buena fuente de ingresos por las visitas de los colegios, habían creado unos especímenes eléctricos. Pero no tenían alma, no tenían sentimientos. No sufrían, es cierto, pero tampoco podías acariciarlos tiernamente cuando te invadían unas inaguantables ganas de sentir su aterciopelada piel. Ahora bien, eran sumisos. Los animales eléctricos siempre obedecían. De hecho se había creado una aplicación para móvil (y también para i-pad y tablet) para gobernar sus movimientos. Hubo que solucionar el problema de la comida de los seres carnívoros del bosque, pero los científicos habían logrado suplir esta carencia con unas pastillas de colores que hacían las veces de exquisitos muslos de pollo, tiernos bistecs o deliciosas costillas de cerdo.

En el bosque todos estaban felices y contentos. Todos no. Existía un pequeño rincón donde habitaban antiguos especímenes de cuando el bosque estuvo en llamas. Tenían la piel dura, curtida en las viejas y nuevas batallas, los ojos saltones, de tanto mirar con estupor, durante tanto tiempo, cómo cambiaban los tiempos (y los pobladores del bosque), y garras retráctiles, que aún podían ser útiles si las cosas se ponían difíciles. Por su parecido con los animales extinguidos en el Cretácico, eran llamados los dinosaurios. No eran ellos de mucho salir a pasear por el bosque, preferían su refugio y su propio mundo rodeado de criaturas más bien salvajes que se habían amparado también en aquel lugar apartado del bosque, ante la persecución diaria de los tiernos animalillos del bosque que les odiaban pues hacían feo el lindo bosque. Los dinosaurios les cuidaban, les contaban viejas historias, les procuraban sustento y vivían con ellos aventuras difícilmente comprensibles por los animalillos del bosque.

A los animalillos del bosque, y qué decir de los eléctricos, no les preocupaba mucho la existencia de los dinosaurios. Cada uno vivía en su mundo y parecían no molestarse unos a otros. Los animalillos del bosque se hacían sus risas en sus reuniones habituales, disfrutaban de un mundo feliz sin la molestia de los dinosaurios ni de aquellas criaturas salvajes a las que no les quedaba más remedio que soportar cuando tenían que poner orden en el bosque en sus escapadas más o menos habituales. Los animalillos del bosque celebraban sus comidas de hermandad al margen de dinosaurios y de criaturas salvajes, sobre todo cuando llegaban las fiestas señaladas: el aniversario del nacimiento del Sol, el de la destrucción del Kaos o el de la llegada de la Primavera.

Todo estaba bajo control en el  bosque animado. Todo, hasta que un día… Un día no quedó más remedio que convocar a los viejos dinosaurios a una de aquellas reuniones que tanto odiaban los animalillos: la Asamblea General del Bosque. Era obligatorio que asistieran todos los pobladores con carta de naturaleza del bosque, lo cual no incluía a las criaturillas salvajes, pero sí a los animales de granja eléctricos, pues así se había acordado en el momento de la expulsión de los verdaderos animales de granja. Los viejos dinosaurios hacía tiempo que se habían adaptado a la situación y preferían no molestar la paz del bosque perfecto. Total, los animales eléctricos eran fácilmente manipulables desde las aplicaciones internáuticas que controlaban los animalillos del bosque. Todo estaba atado y bien atado, como había dicho alguien, casi nadie recordaba ya su nombre, y la reunión se había preparado a conciencia para que nada extraño ocurriera. Pero aquel día… Aquel día ya había comenzado mal. Un dinosaurio se había asomado ya por la mañana por la tranquila covacha de los animalillos. No pretendía molestar a nadie, pero parecía que su simple presencia ya era molesta. En un momento, sin pretenderlo, sin habérselo propuesto, tuvo que enseñar una de sus garras retráctiles para recordar que no era tan indefenso como aparentaban sus moderadas formas, su elegante aspecto o su seductora presencia.

Y aquella nueva reunión de la Asamblea General del Bosque, cada vez más esporádicas pues los animalillos del bosque no eran muy partidarios de su celebración, lo cual era bien visto, como no, por los animales eléctricos, no fue tan placentera como se había previsto. Finalmente, estalló la tormenta. Los dinosaurios decidieron demostrar que aún existían. Los animalillos quedaron bloqueados, de estupor, ante lo que entendían como una sublevación de los dinosaurios. En realidad, éstos no pretendían ninguna rebelión. En el fondo vivían a gusto en aquel lugar apartado del bosque con sus criaturillas salvajes. Pero no podían consentir que se les engañara haciendo creer al mundo que ese bosque tan bonito y perfecto era una realidad. En los bosques siempre han vivido alimañas, siempre ha habido peligros, siempre hubo cazadores furtivos y no era posible su existencia sin contar con las criaturillas salvajes. Sabían que seguramente perderían finalmente la batalla, como casi siempre, pero debían hacer aquello por ellos mismos. Y por una palabra que había sido desterrada del bosque perfecto: ética. Esta palabra era odiada por los animalillos del bosque. Y los eléctricos animales de granja no habían sido programados para entenderla. Ellos se limitaban a seguir órdenes.

Aquel día los viejos dinosaurios enseñaron las garras, se les vio de nuevo su piel escamosa, miraron con sus ojos saltones como algunos animalillos del bosque se removían en su tranquilo bienestar. Alguno de ellos no se lo tomó a bien. Dejó de parecer un tranquilo animalillo y también recordó que tenía zarpas capaces de atacar. La cosa no llegó a mayores. Cada uno recuperó su hábitat. Los animalillos volvieron al día siguiente a su cómoda, caliente, resguardada estancia. Los viejos dinosaurios recuperaron su rincón habitual junto a los criaturillas salvajes.

¿Pero, de verdad, todo seguiría igual? ¿Había que temer a los dinosaurios más de lo se suponía? ¿Podría ocurrir que los eléctricos animales de granja sufrieran un cortocircuito y comprendieran su inanimada existencia? ¿Era aquello el principio de algo?

FIN

            Como veis, esta fábula está incompleta. Como la vida misma. Cada día es un día nuevo y no se sabe lo que deparará. Y, además, como en la vida, cada uno puede ponerle el final que más le guste.

Moraleja: No te fíes de las apariencias, los tiernos animalillos pueden esconder alimañas en su interior y los viejos dinosaurios unas buenas personas.

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a UNA FÁBULA CON DINOSAURIOS

  1. Juan Antonio dijo:

    Miles de cosas se me agolpan en la mente mientras decido cuál elegir para dar (te) (os) ánimo. Solo sé que vale la pena. Los alumnos lo merecen. Un abrazo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s