HOMBRE RICO, HOMBRE POBRE: Sabina vs Krahe

jsjkSoy consciente de que muchas de las ideas que aquí relaciono parecen no tener una conexión entre sí. Por ello, creo que os debo una explicación y esa explicación que os debo os la voy a dar (vid. “Bienvenido Mister Marshall”). Todo parte de una semana en la que me he encontrado en clase con el aniversario de la muerte de Franco, ilustrado con una vieja canción de La Mandrágora (“Adivina, adivinanza”), una entrevista a Javier Krahe por su último disco (“Las diez de últimas”), un artículo titulado La generación T, que me pasó un compañero, una reseña de los Premios Ondas, la nostalgia que nos invade a los cincuentones (los que tenemos más pasado que futuro, que decía Murakami), animada por programas como Cachitos de hierro y cromo de RTVE y, como siempre, otros pensamientos, más o menos anárquicos, que revolotean mi mente, un tanto (o un mucho) desordenada.

Podría todo esto quedármelo para mí mismo. O como mucho contarlo, de forma compulsiva y un tanto atarantada, a mis amigos (uno, dos…, ¡para de contar!). Pero como tengo menos vida social que la confesada por Krahe, algo tiene uno que hacer una mañana de domingo en la que ya ha dejado de seguir el rito ancestral de levantarse, desayunar, ir a compra el periódico (El País, por supuesto) y leerlo en un solitario banco de una plaza o jardín mientras espero que alguien se me acerque para tomar una cerveza. Aquellos tiempos pasaron, insisto. Como Krahe confesaba en esa entrevista, a estas alturas de la vida todo se reduce a ir de la cama al sofá. La anécdota de su nieta no me resisto a contarla de nuevo (el otro día tuve cierto éxito con ella en la tertulia fumadora del trabajo), pues a muchos os dará pereza (referencia a la entrevista de Krahe) leerla al completo.

Jubilado ya, dice Krahe que su vida se limita a ir del sofá a la cama. Un amigo pintor hiperrealista le ha hecho un cuadro que ha colgado en el salón. Una de sus nietas le dijo el otro día a su mujer: “mira es igual que el abuelo, pero sin sofá”. Confiesa Krahe que esta emocionante vida se interrumpe durante el mes de julio para componer unas tres o cuatro canciones y que, así, cada tres o cuatro años tiene un disco nuevo. Elogio de la pereza lo llama. Pues yo, cada uno o dos domingos aquí me tenéis.

Y mientras leía la entrevista a Krahe, se celebraba el treinta y ocho aniversario de la muerte de Franco y, con ella, el inicio de la Transición. ¡Bendita palabra! (Aquí la generación T, deberíamos hacer una reverencia, o genuflexión si perteneces al sector beato del progresismo). Y, como cada año, pongo a mis alumnos la canción de aquel mítico disco La Mandrágora (Krahe, Sabina y Alberto Pérez), titulada “Adivina, adivinanza” para ilustrarles las referencias socioculturales que aparecen en ella. Y, claro, ocurre como en el programa Cachitos de hierro y cromo, que hay que explicarlo todo. Muchos de nuestros hijos no saben de qué va el programa, pero otros, como el mío (veinte años, aún no cumplidos) se saben casi todas las canciones, pues su padre y su madre son unos de esos cincuentones nostálgicos que ponen en el coche y en casa, mientras hacemos la limpieza, a Gabinete Caligari o Depeche Mode y, si nos pilla el día tonto, Richard Cocciante. Así, en la canción “Adivina, adivinanza” hay que explicar quiénes son Marcelino, Bernabeu, San José María Pemán, Perico Chicote o el marqués elegantón. Por no hablar de las referencias históricas, algunas ya enterradas (¡gracias LOGSE, gracias!, en algunos casos): Torquemada, el Cid, San Isidro, Santa Teresa, don Pelayo, el Plan Badajoz o los combatientes de Brunete.

Y de pronto vino a mi mente nostálgica una vieja, viejísima serie. De los tiempos de la tele con dos botones y sin mando: Hombre rico, hombre pobre. Miraba la trayectoria de los dos más conocidos componentes de La Mandrágora y me imaginaba la historia de Rudy Jordache (Peter Strauss) y de Tom Jordache (Nick Nolte). Sí, había un tercer componente del grupo, Alberto Pérez, pero como Axel Jordache (Edward Asner) siempre tuvo un papel secundario, aunque su trayectoria haya sido más exitosa de lo que parece.

Así, identificaba yo a Sabina con Rudy, el exitoso, rico y famoso. Con cientos de miles de copias vendidas de sus discos, reconocimientos de la élite más progre (varios premios Ondas) y llenando estadios multitudinarios de gentes solidarias, con El País bajo el brazo, que acababan de llegar al concierto con La Ser sintonizada en el coche (seguramente con Francino o la Nierga). Mientras, Krahe no vende más que a cuatro amigos, sus conciertos lo más que llenan son algún bar de La Latina o una pequeña sala (casi como un bar) como Galileo o Clamores. Sus parroquianos (aquí hay una referencia católico-judicial, que luego explicaré) lo que llevan bajo el brazo es la revista Mongolia, han dejado de oír la radio desde la destrucción de Radio 3 (ahora hay un plan de convertirla en radiofórmula) y dejaron, como Krahe, de votar desde la desafección de PSOE con ocasión de la OTAN en 1986.

Quizá fuera aquí donde los caminos de Krahe y Sabina comenzaron a separarse. Para los no iniciados en historias de la Transición (¡Alabada sea, por siempre!) contaré el caso. El PSOE (con Felipe a la cabeza) había ganado las elecciones de 1982 con una campaña muy progre en la que incluía el eslogan “OTAN, DE ENTRADA NO”, pues España había entrado en dicha organización, a fuerza de Real Decreto, ese mismo año con el gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo (sucesor de Suárez, padre de la Transición, ¡amén!). Felipe prometió un referéndum para salir de la OTAN, pero cuando se acercaba el final de la legislatura (1986), transformó, con ese arte de birlibirloque que tan bien sabe hacer Felipe, el eslogan en “OTAN, DE SALIDA TAMPOCO”, y el referéndum se hizo, pero para no salir de la OTAN. La campaña a favor del NO aunó a gran parte de la intelectualidad española (la plataforma la encabezaba Antonio Gala) y Felipe tenía muchas papeletas para perder el referéndum y, quien sabe, las futuras elecciones (sólo tres meses más tarde). Y aquí llegó el gran momento para la progresía española que se había formado en el antifranquismo: ¿qué hacer? ¿No desfallecer y mantener los ideales y votar contra la permanencia en la OTAN y con ello enfrentarse a Felipe? ¿Votar la permanencia ante el miedo de que Felipe se enfade y les abandone como en 1979? (Para los jóvenes y no iniciados recuerdo que en el XXVIII Congreso del PSOE de ese año Felipe abandonó la dirección del partido pues no se aceptaba su propuesta de eliminar el término marxismo de las bases del mismo. Meses más tarde hubo que llamarle, de nuevo a dirigir un partido descabezado). Era difícil la decisión. Muchos prefirieron mantener sus ideas y aprovechar cualquier ocasión para manifestarlas. En Salamanca celebraba, en plena campaña, un concierto Sabina al que invitó a su colega Krahe. Iba a ser emitido por TVE, no podía ser menos pues la dirigía entonces una de las musas del progresismo (Pilar Miró, denunciada por la Guardia Civil por su película El crimen de Cuenca). Pero ésta se enteró de que en el concierto iba a cantar Krahe una canción compuesta para glosar la traición de Felipe González a la causa progre, Cuervo ingenuo. Pilar Miró, admiradora inquebrantable de Felipe (no olvidad que su único hijo, de padre no confeso, se llama Gonzalo), prohibió que la canción se emitiera. Pero como Krahe y Sabina se negaron, durante la canción  TVE pasó a publicidad. ¿Censura? No, era por una buena causa y ellos nunca censuraban.

Con estas artimañas y gracias a la aparición de Felipe, unas horas antes del referéndum en TVE, la victoria fue para el sí a la OTAN en todas las comunidades españolas, menos en el País Vasco, Navarra y Cataluña, poco europeas ellas, a juicio de Felipe. La abstención superó el 40%, pero ello poco importaba. Seguro que en aquella abstención estaba gran parte de aquella progresía que no sabía qué hacer: Felipe sí, Felipe no. Modernidad o atraso. Así lo había planteado Cuervo ingenuo. Naturalmente ganó las elecciones de 1986, aunque el PSOE perdió 18 diputados.

Cuenta Krahe, en la entrevista, que después del concierto nadie le llamó. Ninguno de aquellos progres se solidarizó con él. Se había convertido en un apestado. Confiesa que sólo hubo uno: José Antonio Labordeta. Creo que ahora entiendo mejor mi admiración por ambos. Debo pertenecer a ese mundo. Labordeta se definió a sí mismo como un anarcoburgués. Y, en el fondo, es en lo que hemos acabado muchos convirtiéndonos. ¡Confesémoslo!

Y mientras, Sabina siguió su camino de éxito: actuaciones asiduas en TVE en el programa de García Tola Si yo fuera presidente, enormes ventas (400.000 copias) de Hotel, dulce hotel, presentaciones en plazas de toros, giras por México, Venezuela y Argentina, más enormes ventas (más de un millón de Física y Química) y premios sin cesar (Premios de la Música de la SGAE, Ondas…). Todo ello sin dejar de lado el compromiso con causas progres y amistades con lo más granado de su iconografía (Ana Belén, Víctor Manuel, Aute…). Así, tras su participación en la campaña anti-OTAN colabora contra el cierre del teatro Alfil, visita a Fidel Castro, participa en el segundo concierto organizado por Los 40 Principales, Principales Solidarios, para recaudar fondos destinados a los refugiados del conflicto de Los Balcanes, compone un tema (Como un dolor de muelas) con el subcomandante Marcos, portavoz del EZLN y líder del levantamiento zapatista en Chiapas y hasta escribe el himno del Centenario del Atlético de Madrid (otro símbolo del antifranquismo hasta la llegada de Jesús Gil).

A pesar de su imagen, Sabina nunca fue un artista incómodo. Sí, la derecha más rancia nunca lo ha tragado, pero es que esa España, musicalmente, no ha salido del fallecido Manolo Escobar, Julio Iglesias y Bertín Osborne. A lo más que han llegado es a aceptar la versión light del pop y la movida encarnada por Alaska. Por ello, por su falta de incomodidad, no es extraño que llegara a ser reconocido hasta por el meapilas de Gallardón como pregonero de las fiestas de Madrid en 2005. Así quizá sea más compresible el apoyo que Sabina, y otros colegas (Miguel Ríos, La Orquesta Mondragón…), manifestaran a la fracasada, y nada barata en los tiempos que corren, candidatura de Madrid 2020. O su cesión de los derechos de Anteproyectos para la letra del himno nacional (con perdón) como canción de la campaña del partido Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía, muy antinacionalistas ellos, españoles de bien, miembros de esa mayoría silenciosa que se niega a hablar en un referéndum en Cataluña.

Y así, aquel Sabina que cantaba en bares de Madrid (pongamos que hablo), actúa  ahora en el Manhattan Center, en el Nokia Theater de Los Ángeles y en el AmericanAirlines Arena de Miami (¿habrá cubanos anticastristas entre el auditorio?). Y, mientras, Krahe va de su sofá a su cama y, de cuando en cuando, compone una canción que escuchamos cuatro. Y, a poco que se descuide se mete en un lío con la Iglesia, Prisa y la Judicatura, si no son, en parte, lo mismo. Me explico, para los no versados o jóvenes lectores.

En 2004, durante una entrevista en el programa de Canal Plus Lo más plus, se emite un fragmento de la película Esta no es la vida privada de Javier Krahe que incluía sin su conocimiento un filme casero, rodado por Krahe y por unos amigos, en el que se da una receta para cocinar un crucifijo. En la receta, se introduce finalmente el crucifijo en el horno, siendo éste abierto a los tres días, a semejanza de la resurrección. ¡La has cagao, Krahe! Le llueven críticas, amenazas y una querella. Por cierto, Jesús de Polanco (propietario del progre grupo Prisa –El País– y de Canal Plus) lo declaró persona non grata. Después de ser archivada la causa en dos ocasiones, la querella (presentada por un organismo jurídico –el Centro Jurídico Tomás Moro– y no por la Iglesia) es vista en la Sala de lo Penal el año pasado, ocho años más tarde. Al menos esta vez Krahe no se encontró solo y fue apoyado por el mundo de la cultura (Anton Reixa, entonces presidente de la SGAE, Migual Ríos, Alex de la Iglesia, Leo Bassi, el Gran Wyoming…). Finalmente es absuelto ya que el juez admitía que era una película casera resultado del legítimo ejercicio de una expresión artística que “con un componente burlesco, hizo una crítica del fenómeno religioso en nuestra sociedad”. En el corto, según el juez, hay “un inequívoco sentido satírico, provocador y crítico, pero no el de ofender”. Este juez debía tener entre su discoteca particular el disco La Mandrágora, seguro. Si lo pilla la jueza Alaya (la de los ERE) se le cae el poco pelo que conserva.

No por ello Krahe ha pasado a convertirse en un ídolo de la caduca progresía que cada año se reúne en torno a los Premios Ondas como contaba Manuel de la Fuente en un extraordinario (pero extraordinario de verdad) artículo en La Página Definitiva, titulado “Premios Ondas, periodismo valiente”. Incluso la semana pasada una compañera pensaba que había muerto. Se había olvidado de Krahe, pero seguro que entre los discos que escucha en su coche está alguno de Sabina. Hombre rico, hombre pobre. Ya lo decía yo.

P.D. Como en la mítica revista El Jueves, yo también tenía otros títulos para este escrito: “Sabina vs Krahe: a la búsqueda del tiempo perdido”, “El desencanto: versión Krahe, versión Sabina” o “De aquellos polvos, estos lodos: Sabina vs Krahe”.

Dedicatoria y agradecimiento: a mi alumno Andrés, admirador de la Mandrágora que esta semana me dio a conocer una imágenes desconocidas de la grabación del disco.

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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2 respuestas a HOMBRE RICO, HOMBRE POBRE: Sabina vs Krahe

  1. Quan som joves, somiem futurs diferents; quan som vells, somiem passats diferents. El temps acaba posant tothom al seu lloc. Molt bon article. Salut.

  2. Pingback: OBITUARIO EN NEGRO HUMOR: Muere Javier Krahe y con él la irreverencia | Un club sin socios

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