LIBROS ESCRITOS PARA MÍ: “Baila, baila, baila” de Murakami

murakami“Nos movemos permanentemente. Y debido a este movimiento nuestro, las cosas que nos rodean desaparecen. Es inevitable. Nada permanece. Tan sólo se quedan en nuestra conciencia. Pero desaparecen del mundo real. Eso es lo que me preocupa”.

Con este pasaje se desentraña el sentido de la novela Baila, baila, baila de Haruki Murakami. El simbólico y surrealista Murakami ha tocado uno de los temas que más se aproximan a mi universo personal. Nuevamente, no leemos los libros, ellos nos leen a nosotros (Cercas, dixit). En la novela, el protagonista vuelve después de muchos años a un viejo hotel en el que pasó una experiencia amorosa que desea recuperar. Pero el hotel ya no es el mismo, ahora se ha construido uno moderno en el que ya no es posible sino oler, sentir, los ecos del pasado. Ya nada es lo que era entonces. No necesito más pistas señor Murakami, lo he pillado. Yo también veo viejos hoteles a cada instante que desearía recuperar, pero ya no existen, ni existirán nunca más. Sólo queda de ellos un olor a viejo, como el que sale de la sala oscura donde habita el carnero salvaje. Un guiño a una antigua novela del propio autor, La caza del carnero salvaje. También lo he pillado: ¡cómo nos repetimos! Hoy vais a tener una dosis de repetición de ideas, visiones, tantas veces frecuentadas. Pero es que, en el fondo, como Murakami, uno escribe siempre la misma obra, dice siempre las mismas palabras.

Llega un momento que en la novela Baila, baila, baila el protagonista, y alguno de sus recuperados amigos, no distinguen claramente entre realidad y ensoñación. ¡Qué me vas a contar a mí! En un pasaje, Gotanda, su único amigo (¡vaya, otro cuenta a sus amigos por unidades!) no se aclara acerca de si ha asesinado a Kiki, la amante con quien el protagonista pasó aquellos maravillosos días en el Hotel Delfín al que ahora ha vuelto. Su mundo se ha vuelto tan artificial, con un estresante trabajo de actor que sólo mantiene para pagar sus acumuladas facturas, que ya no es capaz de discernir donde acaba el personaje en que se ha convertido y aquellos a los que interpreta en la pantalla. ¿No somos todos personajes creados a nosotros mismos? Y, ¿cómo hemos llegado a esta situación? El carnero se lo explica al protagonista. Si deseamos encontrar sentido a nuestras actuaciones, si deseamos buscar un fin a lo que hacemos, no debemos parar, no debemos detenernos. Por ello le obliga al protagonista a que no pare de bailar. De ahí el título. Pero es un baile simbólico. Lo que debe hacer es no detenerse en el camino que cada momento de la vida le va trazando, aunque para ello tenga que realizar viajes absurdos a Hawai acompañando a una niña de trece años, bella, inquietante, pero con la que no existe ninguna atracción física.

Quien se ponga a leer las obras de Murakami desde la óptica de un mundo real, fracasará en su comprensión. No está hecho el japonés para quienes se deleitan con obras en las que las situaciones están sacadas de la realidad cotidiana. Pero, en cambio, la trama, las situaciones, lo parecen a simple vista. Cuando llevas una cuantas páginas crees estar delante de una obra sobre la vida en Japón, cuando consumes los primeros capítulos, la obra, de pronto, da un giro hacia la irrealidad, hacia lo fantástico, que deja descolocados a muchos de los lectores. Creen que todo es absurdo, que la novela no tiene sentido. ¡Claro!, es que vuestro mundo quizá tenga una interpretación real, pero ¿alguna vez te has parado a pensar en lo absurdo que son cada uno de tus actos cotidianos? ¿Cuántos no tenéis un mundo imaginario, más o menos confesable? El mío lleva años conmigo y es tan real como el que mis allegados ven en mí cada día. Y, como en la novela, sólo es compartido con aquellos a los que el baile de la vida me ha unido fuertemente. Pero que muy fuertemente, en unos pocos casos. Esos que al final descubriréis que dan esperanza a lo que queda detrás del final de la novela. Es decir, a lo que queda detrás del final del momento de este escrito.

Y, como decía en la cita del principio, todo acaba como un rastro en nuestra conciencia. Nada permanece. Las cosas que vamos encontrando, y las personas, desaparecen del mundo real. En un críptico, incluso para el protagonista, pasaje de la novela encuentra a varios muertos en una sala tras una incursión onírica. ¿Quiénes son? Intenta ponerles cara, pero son ya sólo esqueletos (limpios, transparentes, como se dice en otra parte de la novela). Poco a poco cree que son parte de sus conocidos muertos en diversas circunstancias (Kiki, Mei, el amante de la madre de Yuki, la niña de trece años). Pero debemos interpretar estos muertos como todos aquellos que vamos dejando atrás en nuestra vida, pasando al mundo irreal. De vez en cuando toman corporeidad, como le ocurre a alguno de ellos en la novela que se le aparecen como espectros. Pero son ya sólo eso, espectros de una realidad que un día nos envolvió pero que ya no podemos volver a hacer real. Ahora quizá alguien comprenda el porqué de mi ausencia de la reedición de la reunión de viejos alumnos del Instituto. No es bueno visitar frecuentemente a los aparecidos. Pueden acabar arrastrándote al mundo irreal, al que fue y ya no es.

Y conforme pasa el tiempo, la cantidad de espectros que vamos dejando atrás se hace mayor. Y, en mi caso, no son sólo espectros humanos, también los hay de carácter inmaterial. ¿Por qué creéis que llevo varias entradas de este blog dedicadas a los libros que leo? Pues porque ya no me queda mucho más en el mundo real. Me quedan muchos recuerdos, mucho pasado. Muchas pérdidas: política educativa, investigación, encuentros Castalla 95… Y se avecinan nuevos: Universidad.

Y aquí aparece otro de los símbolos terriblemente cercanos de la novela: la pared que atraviesan algunos de esos espectros.

En varios pasajes, invitan al protagonista sus viejos conocidos, convertidos en seres irreales, a atravesar una pared que les lleva al mundo donde ellos viven. En alguna ocasión lo hace, pero consigue volver a tiempo. Y en esas estoy yo también. Intentando no atravesar un muro que me lleva a la irrealidad.

¿Y cuál es el final? Siento destriparlo para los que aún no han leído el libro. Pero no se lee a Murakami como si fuera una novela de Agatha Christie en la que su único placer es descubrir al asesino antes de que el detective nos lo revele. Aquí ya sabemos el final. De esta novela y de la nuestra propia. Sólo que Murakami las concluye antes del verdadero final. El suyo, el mío y el de todos. Por ello es un final esperanzador.

Cuando parece que su amada Yumiyoshi (sí, es japonesa y de nombre extraño incluso en Japón, que le vamos a hacer) también se convertirá en un espectro y que lo arrastrará con él, consigue salvarse y salvarla. Y mantenerse juntos en el mundo de lo real. Otro símbolo. Baila, baila, baila, le dijo el carnero. Persevera, hasta el final; puede que todos no se conviertan en espectros. Puede que haya esperanza si le pones (si le pongo) un poco de empeño. No te preocupes por mí, Murakami, yo también tengo mi/mis Yumiyoshi.

Y para quien no haya entendido nada, aquí va una frase de la novela que quizá aclare cuanto quería decir:

“- ¿Sabes? Aquí es como si no pasara el tiempo ¿Avanza?

  – Por desgracia, sí. No se detiene. El pasado crece, el futuro mengua. Las posibilidades disminuyen, los remordimientos aumentan”.

Y si tampoco habéis entendido nada, escuchad esta canción de Klaus & Kinski, los cuales por cierto se van a convertir pronto en espectros pues han anunciado que dejan la música. Otros más que atraviesan el muro:

Dedicados a todos mis espectros. Muchos me hicistéis enormemente feliz.

Acerca de José A. Moreno

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2 respuestas a LIBROS ESCRITOS PARA MÍ: “Baila, baila, baila” de Murakami

  1. Juan Antonio dijo:

    Puedes irte a la irrealidad tantas veces como te apetezca pero ¡vuelve siempre! porque en la realidad que compartimos te necesitamos. Un abrazo.

  2. Pingback: LA GRAN BELLEZA: Melancolía, decadencia y sentido de la vida. | Un club sin socios

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