EN TORNO AL ESPACIO Y LA VIDA: “El mapa y el territorio” de Michel Houellebecq

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He leído varios comentarios de la obra de Michel Houellebecq El mapa y el territorio y como siempre hay de todo. Ya dije en otro momento que comparto la idea de Javier Cercas, expuesta en su Las leyes de la frontera, de que en muchas ocasiones nosotros no leemos un libro, el libro nos lee a nosotros. Leemos aquello que deseamos interpretar de nuestra propia vida. Por ello no comparto muchos de los análisis de la obra de Michel Houellebecq, quizá porque yo deseo leer otro libro que no es sino mi propio mundo actual. No creo, por tanto, que sea una obra sobre el arte contemporáneo o sobre la decadencia de la sociedad occidental. Yo estoy viendo en él, pues aún no lo he acabado (¡qué extraño comentar un libro sin aún finalizarlo!), una reflexión sobre el mundo interior de unos personajes situados en el crepúsculo de sus vidas (aunque aún no sean ancianos desde el punto de vista vital) y en el crepúsculo de una sociedad postmoderna.

Acabo de leer el final de la segunda parte del libro de Michel Houellebecq El mapa y el territorio en la que Jed, el protagonista, vuelve a casa en su Audi tras visitar a Michel Houellebecq en su retiro en las afueras de París. Puede parecer extraño el pasaje, pero es que en el libro el autor se convierte en personaje, pero no narra los hechos. A veces, siempre me ocurrió, lees el fragmento de un libro que crees ha sido escrito para ti: “y cayó en la cuenta de que ahora iba a abandonar aquel mundo del que en realidad nunca había formado parte, sus relaciones humanas, ya poco numerosas, iban a secarse una tras otra y a extinguirse, estaría en la vida como estaba actualmente en el habitáculo de acabado perfecto de su Audi Allroad A6, apacible y sin alegría, definitivamente neutro”.

La desazón de este párrafo me ha llevado a buscar una solución que el propio autor plantea una páginas más atrás cuando describe la situación de Houellebecq en ese retiro voluntario. Tiene ya poco que decir, poco que crear. Su vida consiste en la contemplación del mundo que ha elaborado durante tantos años. Y ese mundo se circunscribe a la casa en la que se ha retirado. Una casa que no es más que la acumulación de recuerdos, de libros y las justas comodidades.

Crear una estancia para disfrutar del paso de la última etapa de una vida debe ser un placer a veces irreconocible para quienes, sin darse cuenta, lo han ido logrando. Es como crear una vida dentro de otra vida. El otro día visité la casa de campo, convertida en residencia habitual de una amiga. Ahora leyendo a Houellebecq encuentro sentido a lo que vi. Al disfrute, al goce que observé en ella cuando me enseñaba los rincones del terreno que rodeaba la modesta vivienda. Había sido un acto de creación del que se sentía orgullosa. Durante años había ido creando cada uno de aquellos rincones de naturaleza controlada. Diversas especies de árboles, frutales o no, habían sido plantados por ella y su marido. Algunos de ellos recordaban a amigos que se los habían regalado o a los que recordaban por otros motivos. Otros provenían de viajes, incluso alguno conmigo mismo, y también provocaban bellos recuerdos. Otros habían quedado en proyectos pues se habían secado. Y seguía todo en proceso: la poda de los pinos o el arreglo del riego. Además de los cuidados diarios. Y se veía como todo formaba parte de la construcción de un espacio con el que uno se identificaba: la creación de un mundo propio. Aparte queda la situación idílica del lugar: silencio, el verde de las montañas, el sol que aquella mañana de otoño alegraba el momento.

Para los que sólo tenemos una vivienda creada al margen nuestro, supone una gran envidia ver como hay quien ha conseguido modelar su propio espacio. En la ciudad vivimos encorsetados en espacios que no son nuestros. Podemos ponerles cuadros, podemos pintar las habitaciones a nuestro gusto, podemos buscar muebles que nos agraden, pero es difícil crear un espacio que sea parte de uno mismo. Ahora que hemos vendido la casa del pueblo donde pasé la mayor parte de mi infancia, de mi adolescencia y de mi juventud me doy cuenta de ello. Aquél espacio sí era mi espacio. Hacía más de veinte años que no pisaba dicha casa, pero siempre fue el espacio con el que identifiqué mi vida. Allí sucedieron muchos de los momentos que he relatado aquí. Allí mi abuelo me contaba historias de la Guerra de Marruecos, me mencionaba a personajes de la República, me contaba las historias de Gila. Allí mi tía Bony me puso en contacto con los relatos de la vida cotidiana de mi pueblo. Allí mi abuela, hasta que nuestras relaciones se nublaron, me enseñó que existía otra manera, tradicional, lenta y orgánica de ver el mundo. Allí sucedieron también momentos difíciles de sobrellevar, como la pérdida de los dos primeros.

Cuando estábamos en la notaría, a punto de cerrar la venta, el nuevo propietario nos sugirió si queríamos volver un último día a la casa. Le dije que no, que nada tenía allí ya. Unos días más tarde un amigo, cuando le conté el proceso de venta y mi relación con la casa, me preguntó si no me daba pena deshacerme de dicho espacio. No lo pensé y le dije que no, que hacía mucho tiempo que no pisaba la casa. Pero era mentira. Entonces no me di cuenta, pero ahora lo comprendo. Ese era mi espacio, como el que describe Houellebecq y el que me enseñó mi amiga. Era mentira que no tuviera nada allí, sí que tenía. Lo más importante, mi vida. Mi vida estaba, estará siempre unida a aquel espacio. El resto de espacios, actuales y pasados, parecen tan artificiales. Esa es la palabra: artificiales. Creados por manos ajenas. Los puedes comprar, pueden ser los más caros, pero falta lo más importante: la creación. Y la creación es la esencia de la vida auténtica. Aquello que uno no crea no forma parte de uno mismo: sea ello material o espiritual. Aquella casa fue construyendo sus espacios al tiempo que yo me construía como persona. Ahora nada tengo de ella. Me he quedado sin espacio físico, deberé conformarme con el personal que he ido creando. No puedo tampoco renunciar a éste. Por cierto, aún conservo la llave, enorme, metálica, llena de robín. Creo que me ha sucedido como a los judíos expulsados de España en el siglo XV. La he conservado más que como recuerdo, como esperanza. Utópica esperanza, como la de ellos.

Por ello, he llegado a un punto parecido al de Houellebecq, pero con menos angustia y pesimismo. Otro párrafo del final de la segunda parte dice: “mi vida se acaba y estoy decepcionado. No ha sucedido nada de lo que esperaba en mi juventud”. En este punto soy más dichoso que Houellebecq. Yo he recibido mucho más de lo que yo mismo hubiera esperado y mucho más de lo que las circunstancias hubieran previsto para mí. Ahora me queda disfrutar de esta construcción que es mi vida actual. Yo no puedo disfrutar de un espacio, pero puedo disfrutar del entorno vital que, sin darme cuenta, he creado.

Quizá mi lectura de El mapa y el territorio también se esté viendo influida por el hecho de que estas semanas se cumplen veinticinco años del inicio de lo que es gran parte de mi vida actual. Desde entonces fui creando un territorio que ha dado lugar a lo que ahora poseo. Es mi territorio y debo seguir el mapa que de él he trazado poco a poco a lo largo del tiempo. Encontrando lugares y gentes que hacen cada día mejor mi espacio. Es como cuando escribes, subrayas, anotas sobre un mapa los sitios que has visitado, la gente que has conocido, los placeres que has sentido.

Entre ellos disfrutar de sentarme aquí, delante del ordenador y escribir estas ocurrencias que quizá a nadie le importen pero a mí me satisfacen. Y ¿por qué las hago públicas? No lo sé. Hace poco leí cuál era la razón que lleva a compartir lo que uno siente en forma de escritura, pero no lo recuerdo. Tampoco me importa. Siento que forma parte de mi espacio vital en estos momentos.

Acerca de José A. Moreno

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4 respuestas a EN TORNO AL ESPACIO Y LA VIDA: “El mapa y el territorio” de Michel Houellebecq

  1. Elena dijo:

    M’ha agradat moltíssim aquesta entrada.. perquè tu estàs en ella. M’agrada que parles de l’espai vital que has construit i d’aquestes sensacions amb la vida a la ciutat que reconec com pròpies. I de la necessitat d’escriure, i de la importància de fer-ho públic sense saber molt bé per què.
    Molts besets per a tu i per a la teua amiga (que de segur també és un poc meua).

  2. Juan Antonio dijo:

    Espero poder compartir contigo ese espacio vital que has creado o lo que podría ser lo mismo: no salir de él.

  3. Pingback: SUMISIÓN: Houellebecq, l’enfant terrible de las letras francesas no tiene la culpa | Un club sin socios

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