RETORNO A BRIDESHEAD: Hoy he ordenado el escritorio.

Castle_HowardNo hay nada más emocionante que ponerse a ordenar y limpiar papeles en una habitación de la casa llena de ellos, de libros y de objetos diversos, además de alguna que otra sorpresa escondida tiempo ha.

Hace unos días le tocó a mi ¿despacho? Es curioso como ponemos nombre a las cosas en el entorno familiar, incluso nos lo ponemos entre nosotros mismos. Seguro a que vosotros también os pasa que tenéis un nombre que os identifica dentro de la intimidad de la familia. Y también habéis dado nombre a quien os rodea, vuestra esposa, marido o hijos. También a las dependencias de la casa les ponemos nombres propios en cada familia: en mi casa no hay salón, hay comedor, aunque excepto los fines de semana y fiestas no comemos en él nunca. Los dormitorios de los chicos no son dormitorios, son la habitación de Laura y la habitación de Carlos. No está en este caso mal puesto el nombre, pues hacen vida en ella, no sólo duermen: allí reciben visitas, allí pasan las horas junto al PC y se relacionan internáuticamente, y allí estudian.

En el caso de esta habitación que ha sido ordenada estos días, recibe varios nombres. Casi siempre le llamamos despacho, aunque allí nadie despacha con nadie. Otras veces la llamamos estudio, aunque casi nunca hemos estudiado allí ninguno de los ocupantes de la casa. El nombre que mejor le vendría sería el de escritorio, pues yo, su ocupante más asiduo, suelo utilizarlo con frecuencia para escribir esto que, de cuando en cuando, leéis. Aunque no siempre, pues parte de lo escrito, como ocurrirá con lo que hoy aparece, recibe su primera versión en papeles sueltos que acaban en bolsillos diversos, cuadernos de cualquier especie, que escribo mientras conduzco, mientras leo, mientras hago alguna tarea de la casa y cuando llego después de correr para que la idea no desaparezca para siempre.

Ordenar una habitación llena de papeles, objetos y sorpresas es como volver a Brideshead. Para los que no conocéis la serie de TV (que estos días volvemos a ver en casa), os explico sólo el principio, pues el resto es inexplicable, hay que vivir cada secuencia de autodestrucción de Sebastian, cada hermosa frase del narrador (Charles Ryder), cada momento de desdén familiar, cada paisaje sublime de la campiña inglesa. Charles Ryder, en plena Segunda Guerra Mundial, es conducido, junto a su compañía, a un nuevo destino durante la noche para preparar las maniobras previas a la futura invasión de Francia. Al despertarse, descubre que está junto al castillo de Brideshead, un lugar que llenó su juventud al lado de su íntimo amigo Sebastian, al que conoció en Oxford, y su católica familia: los Flyte. Desde ese momento, la serie (basada en la novela de Evelyn Waugh del mismo nombre, pero a la que supera a mi criterio) es un flashback de dichas vivencias.

Hace unos días, al volver de mi carrera matutina, yo también tuve numerosos flashbaks al ordenar el escritorio. Ya había augurios de ello en la ruta elegida para la carrera. Escogí, ¿casualmente?, la que discurre junto a la autovía de Castalla (lugar de cuantiosas emociones), la que durante un breve espacio recorre la pared del cementerio que guarda para siempre los restos de mi padre, y al que, jadeante, no me queda más remedio que recordar cuando elijo esta ruta. Pero, además, ese día había un aroma especial junto al carril bici. Rápidamente recordé un aroma de la juventud: el olor a la paja seca junto a los caminos en mi pueblo natal. Había comenzado el retorno a Brideshead.

Tras la ducha reparadora me puse manos a la obra. No sé si conscientemente se fue creando un ambiente extraño. Con reminiscencias a un pasado ya remoto. No sé hacer casi nada sin música de fondo, por lo que puse un disco en el ordenador: el primer disco de los Smiths, titulado así, The Smiths. Y dio comienzo aquella primera canción que he oído hasta la extenuación, «Reel Around the Fountain», que contiene esa frase que a menudo ha rondado mi mente “fifteeen minutes with you” (quince minutos contigo), muchas veces todo lo que he necesitado junto a algunas personas para curar mi soledad.

Si algún día te pones a ordenar tu escritorio, o despacho, o como le llames, no te limites a amontonar los libros y objetos para limpiar las estanterías, lee sus títulos, mira dentro de los libros, observa los objetos, rebusca en los rincones. Seguro que en cada uno de estos gestos te revive un momento de tu vida, como a Charles Ryder en Retorno a Brideshead.

Allí estaban mis lecturas de adolescencia, Hermann Hesse, Malcom Lowry, Leon Tolstoi, Dobstoievsky, que llenaban momentos de depresión, o la poesía que compraba con los ahorros que podía conseguir gracias a mis escasos gastos. Aún recuerdo el día que compré Hijos de la ira de Dámaso Alonso, la Antología de Jorge Guillén o las Poesías completas de Antonio Machado. He hojeado sus viejas páginas que desprenden ese olor tan especial de los libros antiguos.

Más adelante le ha tocado el turno a todo tipo de libros y revistas. Las de viajes dejan siempre un regusto especial, pues recuerdan esos momentos tan emocionalmente placenteros que pasante junto a tanta gente, familia y amigos. Ahí estaban aún las guías del Tirol, Granada (revisitada tantas veces), Toledo, París, Cáceres, Portugal, Girona, Cabañeros… y tantos y tantos lugares que guardan recuerdos especiales. Y mis libros de Historia, de mi carrera, de mi tesis doctoral, de mi docencia actual, de mis investigaciones, del placer de leer sobre el pasado.

De cuando en cuando, como en Retorno a Brideshead, aparece algo que no sabes muy bien qué hace ahí: un libro que te regalaron y nunca leíste, una guía de un lugar que nunca visitaste, un objeto que nunca sabes porqué guardas. Y te asaltan las dudas. ¿Lo vuelves a guardar? ¿Lo tiras definitivamente? Algunos pertenecen a momentos de tu vida que quieres olvidar, pero temes (o será otra cosa) desprenderte de él. A veces te parece que es como matar a esa persona de la que ya no guardas un buen recuerdo, pero que no merece la muerte, ni siquiera la del contenedor de reciclaje o la del olvido.

Y, de pronto, aparece algún objeto que pensabas perdido o, aún más sorprendentemente, unas fotos hace tiempo olvidadas. Aún conservan el sobre original del día que las recogiste de la tienda de fotos. Porque sí, jóvenes lectores, antes las fotos se revelaban (¡qué palabra tan reveladora!, nunca había caído en la cuenta) y te las daban en un sobre con sus negativos originales y un vale de promoción para una ampliación que nunca hacías. Sospechas que lo que hay dentro forma parte del más profundo pasado de Brideshead, incluso del que más remueve tu conciencia de cuando en cuando. El que más recuerda el mal que un día hiciste. Pero ahora sólo quieres recordarlo como tu propia Arcadia. No por casualidad el primer capítulo de Retorno a Brideshead, se titula “Et in Arcadia ego”. Y lo abres, y allí está tu pasado. Y no sólo el tuyo, sino el de tanta gente. Los que un día te rodearon, como los Flynt.

Así que, si un día te pones a ordenar tu escritorio, tómate tu tiempo, pero tienes que ser fuerte, como yo ahora, pues en Birdeshead no siempre hubo una Arcadia feliz, en ocasiones la vida se torció, como la de Sebastian (el protagonista).

Retorno a Brideshead

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s