UNA HISTORIA DE ODIO Y AMOR: Drazen Petrovic, 20 años después

cibonaMuchas noches acababa yéndome a la cama absolutamente cabreado y con una sensación de odio nada racional. Aquel chico de pelo ensortijado, mirada pícara, gestos desafiantes y sonrisa inocente la había vuelto a liar. No sólo había ganado a aquel Real Madrid de baloncesto que yo entonces seguía sino que los había humillado. Se había reído en la cancha de cada uno de sus oponentes. Cerraba los puños compulsivamente tras cada canasta. Miraba a su defensor después de clavarle su enésimo triple. Y, lo peor de todo, corría la banda chocando las manos del público tras culminar otra de sus geniales jugadas. El público, si estábamos en Zagreb, enardecía y chillaba mientras él se contagiaba más de su energía y en la siguiente jugada daba una asistencia por debajo de las piernas mientras sacaba su lengua en señal de burla al enemigo. Si jugaba en cancha enemiga, el público le gritaba improperios, pero a él sólo le servían de acicate para volver a machacarte y regresar hacia su canasta cerrando los puños y mirando al suelo en señal de concentración.

Lo confieso, llegué a odiarle. Llegué a odiar a Drazen Petrovic, el “genio de Síbenik”, el “Mozart del basket”. Ahora, esta semana se han cumplido veinte años de su muerte en accidente de tráfico a los 28 años, y creo que en el fondo le amaba. Amaba su baloncesto descarado, su talento, su competitividad. Cuando conocí algo más de él me di cuenta de su enorme voluntad, su tremenda capacidad de trabajo y de su férrea disciplina.

Es la vida. Nunca conoces realmente a una persona. No conoces a los que tienes más cerca y no conoces a esos personajes que tanto salen en los medios, como ocurría con Drazen en los ochenta y principios de los noventa. Nos habíamos forjado una imagen de Petrovic de tremendo villano. Ese jugador que gustaba de humillarte. Pero cuando le conocimos mejor, especialmente tras los reportajes con motivo de su muerte un 7 de junio de 1993, comprendimos que no dejaba de ser un ser humano como los demás. Con sus defectos y sus virtudes. Y entre ellas estaban, además de su amor por el baloncesto y su profesionalidad, su humildad en la intimidad, su amor por los suyos y su afán de superación. Su madre ha dicho que sólo un psicólogo lo definió correctamente: “en privado Drazen es un ángel, pero en la cancha es un demonio”.

Para los que no conozcáis su trayectoria deportiva, sólo tengo que deciros que debutó en la liga yugoslava (entonces era la cuna del baloncesto genial) con 15 años en la Cibona de Zagreb y entonces ya gustaba de correr la banda chocando las manos del público tras una canasta ante hombres hechos y derechos que le superaban en peso y centímetros. Alcanzó la selección yugoslava con 19 años. Con la Cibona obtuvo todos los éxitos, ganando la Copa de Europa en 1985 (contra el Madrid) y 1986 (contra el Zalguiris de Kaunas). Alcanzó cotas increíbles como los 34 puntos de media en la liga yugoslava o los 112 puntos (sí leéis bien) en un partido contra Olimpia Ljubljana. En la propia Copa de Europa logró 51 puntos contra el Limoges y 45 contra el Simac de Milán, repartiendo además ¡25 asistencias! Ello demuestra que no fue un jugador egoísta, era un ganador. Así, en la final de Copa de Europa de 1986 (tenía 22 años) no fue el máximo anotador (lo fue Danko Cvjeticanin, cuya mano de seda aún se recuerda en el Estudiantes), pero derrotó a su gran enemigo, el que le disputaba el cetro de mejor jugador europeo Arvydas Sabonis.

Tras humillar temporada tras temporada al Real Madrid, Iturriaga aún no le ha perdonado sus burlas tras sus inoperantes y desesperadas defensas, lo mejor era unirte a él. Acabó fichando por el Madrid y allí el odio se trasformó en admiración. Pero seguía siendo un niño malo. Fernando Martín (también muerto en accidente de tráfico) no podía con él. En el vestuario saltaban chispas, pero logró que ganaran su primer título tras años de sequía, la Recopa de 1988. En la final, ante el Caserta, anotó 62 puntos. Quedaban perdonados sus años de humillación.

Pero Drazen quería estar con los mejores y ese verano acabó en la NBA. Allí su mundo cambió. En todos los sentidos. Era 1989, aquel año otro jugador yugoslavo llegaba a la NBA, Blade Divac. Aquel año caía el Muro de Berlín.

Drazen y Blade eran íntimos amigos. Habían coincidido en la selección yugoslava desde 1986. El baloncesto los unía, aunque les diferenciaba una personalidad retraída (Drazen) frente a otra extrovertida (Blade), una obsesiva dedicación al trabajo (Drazen), frente a la dejadez (Blade). Pero además Drazen era croata y Blade serbio. Pero ello nunca había sido un problema, nunca hablaban de ello. De hecho en aquella maravillosa selección de finales de los ochenta se mezclaban etnias y grupos nacionales sin ningún problema. Estamos hablando de la generación de jugadores más impresionantes que ha dado Europa: Petrovic, Divac, Kukoc, Paspalj, Radja (todos ellos acabaron en la NBA), más Perasovic, Cutura, Obradovic o Savic (que tuvieron grandes carreras en Europa). Nunca ha habido una selección igual.

Cuando llegaron a la NBA su amistad se acrecentó ya que Blade tuvo que consolar a Drazen que apenas si jugaba en Portland. Aquel genio que anotaba canastas y canastas no podía soportar jugar poco y anotar poco. Dicen que se llamaban por teléfono cada día. Pero el mundo se seguía transformando. Yugoslavia estaba comenzando a desintegrarse. Eslovenos y croatas empezaban a reclamar su independencia. Pero todo ello aún no afectaba al deporte. La selección yugoslava se presentó al Mundial de 1990 (Argentina) dispuesta a romper el dominio soviético y americano. Derrotaron a Estados Unidos en la semifinal (aunque las estrellas de la NBA aún no participaban) y a la URSS en la final. Pero en la celebración de la victoria, en la misma pista, ocurrió algo que cambió para siempre la relación entre Divac y Drazen. Blade ha dicho después que ocurrió lo que dice la conocida frase: “para crear una amistad se necesitan años, para destruirla sólo un instante”. Y él lo hizo, y se arrepintió toda su vida. Un exaltado aficionado croata se acercó a los jugadores que celebraban la victoria con una bandera croata en la mano. Blade cogió la bandera, increpó al aficionado, y la lanzó fuera de la pista.

A partir de ahí todo cambió. Petrovic no acudió al Europeo de 1991 (Roma), último en el que jugaron unidos croatas y serbios. Fue traspasado a New Jersey, donde volvió a ser una estrella. El conflicto se transformó en guerra abierta entre croatas y serbios. La amistad se rompió. Cuando coincidían en un partido en la NBA su saludo era totalmente frío. Blade quería rehacer la amistad. Pero eran tiempos de confrontación. Moría gente en su tierra. No pudieron apartar todo aquello de sus mentes.

Drazen acabó triunfando en la NBA. En la temporada 1992-93 ya anotaba 22 puntos por partido y debió ser convocado para el All-Star, pero aún los europeos no eran queridos en la mejor liga del mundo. Aquel verano debía renovar su contrato, pero él quiso unirse a su recién creada selección croata, que en realidad no le necesitaba para clasificarse. A la vuelta de una concentración en Polonia decidió dirigirse a Alemania, donde jugarían el clasificatorio, en el coche de su novia, en lugar del avión del equipo. Había niebla, un camión cruzado en la carretera y todo acabó. Drazen murió allí mismo. Fue el único ocupante que falleció. Estaba dormido y no llevaba el cinturón.

Desde entonces comenzamos a amar a Drazen. Como en tantas ocasiones, la muerte cambia nuestro concepto de las personas. Comenzamos a conocer su lado humano y profesional. Ya no nos fastidiaba la noche con sus travesuras. Supimos que con quince años se levantaba a la seis de la mañana para hacer 500 lanzamientos antes de ir al colegio. En 1989, cuando ya era una estrella en el Madrid, perdieron un partido por dos fallos suyos. Al volver a Madrid, pidió las llaves del pabellón y estuvo hasta las tres de la madrugada practicando. Ese mismo año, en la semifinal de la Recopa se enfrentaba a la Cibona de su infancia, donde aún jugaba su hermano. El Madrid perdía por un punto y Drazen tenía dos tiros libres para ganar. Su hermano Alexander se le acercó y le dijo “fállalos, luego en Madrid nos arrollaréis en el partido de vuelta, así cobramos, al menos, la prima por ganar”. Drazen le miró y encestó los tiros libres. En la cancha no tenía ni amigos ni hermanos y era un profesional. Un tremendo profesional: odiaba el tabaco (en aquella época era frecuente ver a los jugadores yugoslavos fumando) y el alcohol. Decía que estropeaba los músculos.

Ahora veinte años después hemos visto en casa (donde amamos este deporte) el documental “Once Brothers” sobre la amistad truncada entre Drazen Petrovic y Blade Divac. Nos hemos emocionado. Si queréis ver una historia de amistad, de amor, de superación, de odio, no os lo perdáis.

Una cosa he aprendido de este documental, no dejes que el mundo rompa tu mundo.

Acerca de José A. Moreno

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