JOSÉ LUIS SAMPEDRO: In memoriam

20060403elpepicul_1Hasta hace unos instantes he dudado si escribir unas palabras acerca de José Luis Sanpedro con motivo de su fallecimiento. A estas alturas de la hoja en blanco no sé muy bien qué contaré. Nada podré aportar a las loas que su figura recibe en estos instantes en diversos diarios digitales, foros de Internet, páginas, blogs e, incluso, ¡en la 1!, acabo de escuchar. Como él ha dejado dicho, la muerte es ocasión para homenajes que no quería. Ahora todo serán buenas palabras sobre su obra y su pensamiento. Él no deseaba homenajes y no los haré yo, aunque a nadie pueda importarle lo que desde este rincón se haga.

Estas breves líneas no tienen más objetivo que animar a quien no conozca su obra a que lo haga y a que reflexione, como a mí me animó cuando le conocí a través de la TV allá por 1984 (en el programa Si yo fuera Presidente, de Fernando García Tola), sobre la posición del ser humano en el mundo.

Es lo que me ha animado a escribir, finalmente. Esta idea y un flash que ha recorrido mi mente durante un instante. ¡Qué diferencia entre su forma de salir de este mundo y la de La Dama de Hierro (Margaret Thatcher)! Por cierto, Mozzi, finalmente lo has conseguido. Uno sin desear grandes fastos, la otra con un funeral con honores militares que se prorroga hasta el 17 de abril para que puedan acudir Jefes de Estado y Gobierno de diversos países. Él no quería convertir su muerte en un espectáculo, que quienes nunca le hicieron ningún caso se colgaran ahora la medalla de su amistad, su bonhomía y no pararan de alabar su figura y su obra. Como hubieran dicho otros dos ilustres ancianos ya fallecidos: ¡A la mierda!

Dos escritos me vienen ahora, con la urgencia del momento, a la mente. La supuesta carta insultando al Presidente Rajoy, que nunca escribió, pero con la que seguro estaba de acuerdo en el fondo y que bien podíamos haber escrito a la señora Thatcher, y sus palabras finales en el discurso de su ingreso en la Real Academia de la Lengua. Ya las incluí en otro post, pero son tan bellas (imperfectamente bellas) que aquí os las dejo:

En un antiguo monasterio el monje jardinero llevaba varias semanas preocupado. Había anunciado su visita el abad de otro cenobio cuyo jardín era reputadísimo, e importaba no desmerecer ante sus ojos. Para eso el monje venía perfeccionando el pequeño microcosmos de su jardín, repasando las ondas de arena finísima que representaban el océano, tallando el boj delimitador, aclarando el musgo y los líquenes que envejecían la roca central, símbolo de la montaña sustentadora del cielo. La víspera de la anunciada visita su propio abad acudió a felicitarle, pero el monje se sentía inquieto ante su jardín: algo faltaba. De pronto tuvo una inspiración. Se acerco al cerezo que descollaba entre los arbustos y sacudiéndolo con cuidado logró desprender de una rama la primera hoja del otoño. La hoja osciló despacio en su caída y se convirtió en una mancha amarillenta sobre el verdor impoluto del césped. El monje sonrió: el jardín perfecto quedaba completado con la imperfección. Ahora si representaba el cosmos.

 

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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