RELATOS i-REALES I: El palacete i-real.

pedralbes palaceteEl BMW azul, el color de la Corona, remontaba la última cuesta y giraba tras la enésima curva. La casa, el palacete iban a llamarle desde ahora para estar acordes con su nuevo estatus de familia real de verdad, no como cuando vivían en un chalet de diseño en el mismo barrio, apenas si se divisaba entre la frondosa vegetación.

Iñaki conducía personalmente el automóvil. A su lado, Cristina escondía sus ojeras algo más marcadas estos días ante tanta noticia abrumadora tras unas oscuras gafas Ray-Ban de pera. Las de toda la vida.

Con esa elegancia que caracterizaban sus movimientos desde que ejercía como central en el FC Barcelona, fue deteniendo el coche junto a la acera. Otros dos coches se situaron discretamente al otro lado de la calle. En ellos viajaban unos hombres de negro, con gafas negras, con cables que les colgaban de las orejas, como si fueran cyborgs mal ensamblados. Su rostro era tan inexpresivo como ellos, sus facciones tan duras como si hubieran salido de un taller alemán de construcciones mecánicas.

La pareja bajó del coche. Tanto él como ella vestían pantalón blanco, de elegancia mediterránea, acorde con la cosmopolita Barcelona. Él completaba su atuendo con un polo azul marino, de sport se decía en las tertulias del Barri de D’Alt. Ella con una blusa negra y blanca con estampado un tanto hippie años setenta. Al salir del coche miró, sorprendida, la magnificencia de la vivienda, su altísimo muro de piedra y sus impresionantes árboles.

– ¿No serán vulgares pinos, verdad Iñaki?, −le dijo mientras se asía tiernamente a su brazo.

– No, cari, me han dicho que son abetos.

– Pero, son muy feos, están como mustios. Y apenas si dejan ver la casa.

– Ya, cari, pero esa era la idea del arquitecto que la construyó y que habitó en ella, ocultar la vivienda de miradas extrañas.

– Si, bueno, pero nosotros no tenemos nada que esconder. Además, todo el día tenemos a los fotógrafos a la puerta. ¿Qué más da que vean la casa?

Traspasaron la vieja puerta metálica y un amplísimo jardín se abrió ante los ojos de la pareja. Y, por cierto, había pinos. Altísimos, pero pinos al fin y al cabo.

– Habrá que quitar muchos de estos pinos, Iñaki. No me gustan los pinos, son vulgares. Y, además, no dejan que a la piscina le dé el sol. Por cierto, la piscina no es tan grande. Ya verás cuando vengan todos los niños. Va a parecer una de esas piscinas japonesas en las que hay que tocar el silbato para bañarse por turnos.

– Sí, pero los pinos están protegidos, no se pueden cortar así como así.

– Iñaki –dijo con aquella voz ingenua que tanto le gustaba a su padre desde pequeña–, a veces pareces tan inocente. Si no fuera porque te he visto tratar con tu socio Diego y poner firmes a tanto tiburón, creería que se te ha pegado la candidez de mi madre.

– Anda, vamos, echemos un vistazo. Mañana vendremos con el arquitecto para que anote las reformas que quieras hacer. Hoy me apetecía verla a solas contigo, como si fuéramos una de esas parejas que visitan el piso piloto el día que deciden cambiar su piso de protección oficial por uno con urba, como dicen ellos.

La pareja se introdujo en la estancia que servía de recibidor, mientras los hombres de negro habían ocupado posiciones en el jardín.

– Pues vaya mierda, tío, ¿y esto ha costado seis millones de euros? Pero si tiene hasta una goma enrollada en el jardín. Parece el de mi cuñao, que no acaba de arreglar las plantas nunca, parece la selva. Mira, si hasta tienen un banco repintao.

– Venga, Antonio, deja de criticar y cierra la puerta. Como se asome un jodido paparazzi, el Jefe nos ahostia.

La verdad es que algunas estancias estaban un poco dejadas. Como si su último propietario hubiera salido huyendo a algún paraíso fiscal. En una de ellas, con paredes forradas de moqueta a cuadros, había esparcidos por el suelo varios tacos para jugar al polo. La decoración era un tanto anticuada y en la mayoría de habitaciones colgaban cuadros horrendos con motivos de caza, marinas o bodegones. Habría que rebuscar entre la colección de obras modernas de papá para renovar la decoración pictórica, pensó mientras echaba un rápido vistazo. ¡Tenía tantos cuadros apartados en las dependencias del Palacio, regaladas por pintores que deseaban homenajearle! Pero él era un antiguo y no entendía de arte moderno, no como mamá, siempre al día en tendencias diversas. Ahora podía dársele una utilidad a ese legado. “¿O no era realmente de ellos?”, le vino este pensamiento como un  flash, pero lo lanzó a lo más profundo de su mente.

La pareja llegó al enorme dormitorio. En sus más de cien metros cuadrados cabrían, al menos, dos pisos de VPO, de esos en los que había pensado hacía un instante. Pero, la verdad, es que tenía algún detalle cutre, pensó ella. Y no lo decía sólo por el espantoso cuadro que se situaba en una pared lateral. Encima de la cama se veía, sin ningún disimulo, la rejilla del aire acondicionado. ¡Qué pavor! ¡No habían sido capaces de disimularlo!

– Iñaki, es todo horrendo. Cuando llames al arquitecto, dile que se traiga un cuaderno bien grande para anotar todas las reformas que quiero. O, mejor, que venga con la tablet, que el papel ya no se lleva.

– Sí, cari, pero ¿no me dirás que no es grande? Se puede hacer de todo en él, − le dijo con esa mirada picarona que le había cautivado desde sus tiempos de sudoroso deportista.

– No sigas por ahí o llenaremos esta casa de niños, por grande que sea.

Una escalera, bastante hermosa comparado con lo que llevaban visto, conducía a la planta superior, donde se ubicaba una biblioteca, otro salón (¿cuántos llevaban ya?) y otro dormitorio. La verdad es que la biblioteca era horripilante. Parecía una de esas viejas estancias de un rancio club inglés donde se reunían hacía más de un siglo vetustos lores a comentar la decadencia del Imperio. Las estanterías estaban llenas de libros todos encuadernados a la antigua con lomos en color piel y distintivos en azul y granate. Sobre la mesa no se habían molestado en retirar la anticuada colección de botellas de cristal gravado a cuadros.

Volvieron a bajar por la escalera y siguieron inspeccionando las dependencias. Los salones eran ciertamente oscuros, pues los ventanales no se distinguían por su amplitud. Pero todo era cuestión de que el arquitecto solucionara el asunto con las modificaciones pertinentes. Del dinero no hacía falta ocuparse. Eso era cosa de Rafael.

– No te preocupes, cari. No pongas esa cara. Mañana le comentaré al arquitecto que aquí, en este salón, disponga unos amplios ventanales. Y para que veas que pienso sólo en ti, te regalaré ese piano de cola que vimos en Londres. Así nos podrás deleitar con tus excelentes dotes de concertista. Ya que no pudiste seguir los pasos de la tita Irene, al menos nos regalarás alguna pieza de esas que tan bien tocas.

Ella, haciendo cábalas sobre lo que costaría adecentar el palacete, murmuró con una voz casi inaudible: “ya verás meternos en un lío con lo del palacete”. Él que había escuchado parte de la frase contestó:

– No te preocupes, cari, a la gente sólo le importa que salgamos felices en las revistas. Ya verás cómo se vende el Hola! cuando hagan el reportaje de nuestra nueva casa, con nuestros niños rubios  todo.

– Pero Iñaki, ¿tú no te habías librado de la mili por sordo total?

– Cari, tú sí que pareces, a veces, una ingenua.

– Sí, vale Iñaki, pero ahora en serio ¿todo esto cuanto vale? Porque si además tenemos que hacer reformas, nos va a salir carísimo. Y con mi trabajo no creo que nos llegue. Y con el tuyo, no sé que quieres que te diga. El Barcelona te pagaba bien, pero desde entonces, que yo sepa, sólo te has dedicado a poner tu cara bonita en los negocios de Rafa, como tú le llamas. Y, ya sabes, con el dinero de papá no se puede contar, que lo tiene a buen recaudo.

– Tú déjamelo a mí, tú haz como que no sabes nada. Mañana le dices al arquitecto todo lo que quieres cambiar y el resto corre de mi cuenta.

– Iñaki, como dicen los del pueblo llano, me dejas pasmá.

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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