EL ERROR URDANGARÍN: Delenda est Monarchia

imagesEl Estado tradicional, es decir, la Monarquía, se ha ido formando un surtido de ideas sobre el modo de ser de los españoles. Piensa, por ejemplo, que moralmente pertenecen a la familia de los óvidos, que en política son gente mansurrona y lanar, que lo aguantan y lo sufren todo sin rechistar, que no tienen sentido de los deberes civiles, que son informales, que a las cuestiones de derecho y, en general, públicas, presentan una epidermis córnea. […] Bien está, pues, que la Monarquía piense eso, que lo sepa y cuente con ello; pero es intolerable que se prevalga de ello. […]. Desde Sagunto, la Monarquía no ha hecho más que especular sobre los vicios españoles, y su política ha consistido en aprovecharlos para su exclusiva comodidad. La frase que en los edificios del Estado español se ha repetido más veces ésta: «¡En España no pasa nada!» La cosa es repugnante, repugnante como para vomitar entera la historia española de los últimos sesenta años; pero nadie honradamente podrá negar que la frecuencia de esa frase es un hecho.
Entre las ideas sociológicas, nada equivocadas, que sobre España posee el Régimen actual, está esa de que los españoles se compran con actas. Por eso ha usado siempre los comicios -función suprema y como sacramental de la convivencia civil- con instintos simonianos. Desde que mi generación asiste a la vida pública no ha visto en el Estado otro comportamiento que esa especulación sobre los vicios nacionales. Ese comportamiento se llama en latín y en buen castellano: indecencia, indecoro. El Estado en vez de ser inexorable educador de nuestra raza desmoralizada, no ha hecho más que arrellanarse en la indecencia nacional.
[…]
Y como es irremediablemente un error, somos nosotros, y no el Régimen mismo; nosotros gente de la calle, de tres al cuarto y nada revolucionarios, quienes tenemos que decir a nuestros conciudadanos: ¡Españoles, vuestro Estado no existe! ¡Reconstruidlo!

Delenda est Monarchia (= “La Monarquía debe ser destruida).

Como mis buenos alumn@s habrán descubierto, el texto no es mío. El texto no es actual, aunque lo parezca. El texto fue publicado por don José Ortega y Gasset  el 15 de noviembre de 1930 en el diario El Sol. Por cierto, lo más parecido a un periódico europeo que hemos tenido nunca, negándose, por ejemplo, a publicar noticias de toros.

Pero el texto cobra estos días, especialmente hoy por la imputación de la infanta Cristina, una actualidad tremenda. Como si no hubieran pasado ochenta y tres años.

El texto se titulaba realmente “El error Berenguer” pues hacía referencia al general impuesto por Alfonso XIII (abuelo del actual rey) tras la dimisión de Miguel Primo de Rivera. En las primeras líneas Ortega nos hacía reflexionar sobre el título de su artículo, indicando que nos fijáramos bien. No decía el error de Berenguer, sino “El error Berenguer”, pues él no era culpable sino quien le había colocado: el rey, la monarquía.

Ahora podemos titular nuestro artículo “El error Urdangarín”, pues no es sólo él culpable de sus tropelías, sino LA MONARQUÍA. Quiero aclarar que no me refiero al rey, a Juan Carlos I, pues “la Monarquía” es aquí el sistema mismo. La monarquía constitucional es nuestro régimen político, lo dice la Constitución, en su artículo 1º. Con el término “Monarquía” nos referimos a un entramado político-social que surgió con la Transición y que se ha convertido en “Intocable”. Hasta ahora la Justicia los había declarado “Intocables”. Es más, el Fiscal General del Estado (¿Estado, qué Estado?) se ha apresurado a declarar que recurrirá la imputación de la infanta Cristina. Según el Estatuto Orgánico del Ministerio Fiscal, su función es la defensa de la legalidad, de los derechos de los ciudadanos y del interés público tutelado por la Ley, de oficio o a petición de los interesados, así como velar por la independencia de los Tribunales y procurar ante éstos la satisfacción del interés social. Bien, vale, la infanta también es ciudadana y debe el Fiscal interesarse porque sus derechos sean atendidos, pero ¿quién atiende, entonces, los derechos del resto de los ciudadanos a no ser estafados, engañados, robados…? Si el imputado hubiera sido alguno de nosotros, ¿habría tardado dos horas en pensarse la recusación? ¿Cuánto tardarán los PJs de turno en revolver en la basura del juez Castro y acabar como el juez Garzón? Como decía Ortega, delenda est Monarchia.

Monarquía son también los medios de comunicación (al menos los tradicionales de papel, ondas y Tdts). Acabo de escuchar La Ser, casualmente en el coche de mi mujer, pues ya sabéis de mi defección sobre los medios de comunicación convencionales, y han intentado tranquilizar a la población, antes de que a alguien se le ocurra esta tarde montar un escrache ante el Palacio de la Zarzuela. Ha dicho un conterturlio, muy monárquico él, muy progresista él, que la imputación se debe a una estrategia del principal acusado, Diego Torres, para salvar su piel. Si no he leído mal, en el auto se dice que la citación se le hace a la infanta como “imputada” y quien imputa es el juez y no el acusado. Quizá si que exista una estrategia, pero es de la “Monarquía” en su sentido extenso, como llevamos dicho, para que los ciudadanos sigan siendo gente mansurrona y lanar, como decía Ortega.

Efectivamente, la Monarquía, el régimen, el propio monarca también, siempre han pensado que gobernaban sobre gente que aguantan y lo sufren todo sin rechistar, que no tienen sentido de los deberes civiles, que son informales, que a las cuestiones de derecho y, en general, públicas, presentan una epidermis córnea. Podían llevarse el dinero de la familia, logrado con el sudor de la frente de millones de españoles, y no pasaría nada.

El “demócrata” don Juan podía vivir a cuerpo de rey, sin serlo, mientras mutaba su fascismo juvenil en “democracia liberal”, pues el respetado general (término utilizado por don Juan en 1936) no le dejaba mandar. En diciembre de 1936 se ofrece al general Franco para salvar España; en febrero de 1939 se alegraba, así, de la victoria Nacional en Cataluña: Felicito de corazón a V.E. con el orgullo de ser español por el victorioso remate tan ejemplar que redime para España queridas provincias catalanas. Con la emoción que siento ante el heroísmo invencible ejército; días más tarde, en fin, de esta forma se alegraba de la victoria de Franco: Uno mi voz nuevamente a la de tantos españoles para felicitar entusiasta y emocionadamente a V.E. por la liberación de la capital de España. La sangre generosa derramada por su mejor juventud será prenda segura del glorioso porvenir de España, Una, Grande y Libre. ¡Arriba España! Ni el propio José Antonio Primo de Rivera, creador de la Falange, lo hubiera dicho mejor.

Luego vino el enfado, pues dos gallos no caben en el mismo corral. Pero su hijo dejó bien alto el pabellón familiar de adoración a Franco. En 1969, en el momento de recibir el título de heredero a la Corona de manos de Franco, expuso don Juan Carlos de Borbón, que recibo de Su Excelencia el Jefe del Estado y Generalísimo Franco, la legitimidad política surgida el 18 de julio de 1936, en medio de tantos sacrificios, de tantos sufrimientos, tristes, pero necesarios, para que nuestra patria encauzase de nuevo su destino. Los sacrificios debieron ser nuestros, pues ya hemos visto la mala vida que se ha llevado en estos años: cacerías, esquí, motos, coches de lujo, yates… Ah, sí “trajo la democracia”. No sé dónde se la encontró. Alguien debería decírnoslo, ¿algún tertuliano lo sabe? Desde luego debió encontrársela porque con ella no vino el día de su coronación en 1975. Estas fueron sus primeras palabras como Rey de España: Una figura excepcional entra en la historia. El nombre de Francisco Franco será ya un jalón del acontecer español y un hito al que será imposible dejar de referirse para entender la clave de nuestra vida política contemporánea. Con respeto y gratitud quiero recordar la figura de quien durante tantos años asumió la pesada responsabilidad de conducir la gobernación del Estado. Su recuerdo constituirá para mí una exigencia de comportamiento y de lealtad para con las funciones que asumo al servicio de la Patria. Es de pueblos grandes y nobles el saber recordar a quienes dedicaron su vida al servicio de un ideal. España nunca podrá olvidar a quien como soldado y estadista ha consagrado toda la existencia a su servicio. Sencillamente, espectacular. Mi pregunta es ¿seguirá teniéndole respeto y gratitud?, ¿y lealtad? ¿su comportamiento está basado en su recuerdo? Pero seguro que él también cree, se lo recuerdan a menudo sus acólitos mediáticos, que él ha consagrado su existencia a nuestro servicio. Y, claro, todo servicio tiene un precio.

Luego vino la Transición. Mágica palabra. Pero, como he leído estos días, ¿de verdad el rey Juan Carlos y el resto de los protagonistas de la transición tenían otra opción que transformar ese régimen caduco y anacrónico en una democracia europea más o menos como las demás? ¿Realmente había otra alternativa para las élites españolas cuando incluso Portugal había llegado a la democracia, en condiciones mucho más difíciles y con una economía menos desarrollada. (Ignacio Escolar, “Otra democracia”, Cuardernos, primavera, 2013).

Y, ¿cuál es la alternativa? Recordemos que la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad. Nunca podrá ser imputado. En una República, su presidente es responsable ante los poderes públicos y los representantes de la nació. Así que, como decía Ortega en 1930, somos nosotros, y no el Régimen mismo; nosotros gente de la calle, de tres al cuarto y nada revolucionarios, quienes tenemos que decir a nuestros conciudadanos: ¡Españoles, vuestro Estado no existe! ¡Reconstruidlo! Delenda est Monarchia. LA MONARQUÍA DEBE SER DESTRUIDA.

¡BASTA YA DE “INTOUCHABLES”

 

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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Una respuesta a EL ERROR URDANGARÍN: Delenda est Monarchia

  1. Rakel dijo:

    Hola Jose, me ha encantado descubrir a este compositor a través de tu blog.
    Después de pasar la tarde escuchando sus melodías (todas preciosas) me quedo esta noche con una, “I Giorni”, para mí preciosa, tierna y esperanzadora (curiosa la inspiración del compositor)

    “La inspiración para I Giorni de Ludovico Einaudi era una canción popular del siglo XII de Malí sobre un hipopótamo que fue apreciado por los habitantes de un pueblo cercano, pero murió por un cazador.” La canción “, escribe Einaudi en su breve nota de presentación, ‘se canta como un lamento por la muerte de un rey o una gran persona o por la pérdida de un ser querido. El resultado es un tierno e introspectivo set de 14 piezas para piano “

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