EL MUNDO ES EXCESIVO: noticias de aquel viejo y pequeño mundo.

mundo gordoYa somos casi 7.000 millones en el planeta. Este mundo se está haciendo excesivo. Hay un exceso de casi todo. Los que ya habéis pasado el medio siglo, ¿no tenéis la sensación de que no hay tiempo para nada? ¿no creéis que se nos pierde mucha información? ¿no os ocurre que ya no sois capaces de retener tantos datos? No creo que sea cosa de la edad, creo que es porque el mundo se ha hecho excesivo.

Ya hace tiempo que le venía dando vueltas al tema en mis solitarias carreras matinales y vespertinas. Pero ayer fue excesivo: ¡ni me había enterado de que España había jugado un partido de clasificación para el Mundial de Fútbol! ¡Es que ni me había enterado de que habían empezado la dichosa clasificación! Y, ¡tampoco me había enterado contra quien nos enfrentábamos en “nuestro” grupo! Reconozco que llevo un tiempo aislado del deporte rey y de las noticias cotidianas, pero es que mis amigos tampoco me habían dicho nada en la tertulia deportiva matinal. Todo fue hablar de Alonso y el Mundial de Fórmula 1. Ahora todo el mundo entiende de F1: que si la carga aerodinámica, que si los neumáticos duros, que si la velocidad punta en recta. Hay gente que no sólo se sabe el nombre de los pilotos y sus guapísimas parejas, todas ellas modelos, sino también el de los ingenieros. Adrian Newey es casi de la familia. Cuando yo era joven, éramos cuatro frikis los que sabíamos de las andanzas de Fittipaldi (Fito no, Emerson) y que un día una escudería friki (Tyrrell) intentó innovar con un coche de seis ruedas.

tyrrel 6 ruedas

Ahora yo, en este mundo excesivo, que soy un forofo del basket, no puedo ni llevar al día la Copa de Europa (ahora se llama, en este universo mercantilizado Turkish Airlines Euroleague). Primero una fase de 24 equipos, en la que clasifican casi todos (16), después otra fase de dos grupos de ocho equipos, luego playoffs. Un lío. Y equipos de los países más diversos: Lituania, Grecia, Turquía, Alemania, Francia… y claro España. Y con cuatro equipos. Todo excesivo, ya lo decía yo. En mi viejo, y pequeño mundo, tras una fase contra equipos mataos, había una liguilla con seis equipos. Y nos los sabíamos todos, pues casi siempre eran los mismos: había cuatro sempiternos, los campeones de las  ligas soviética (CSKA de Moscú), israelí (Maccabi), italiana (Varese) y, claro, española (Real Madrid). Después se colaba un yugoslavo (de la unida, evidentemente) que fluctuaba entre los equipos de Split, Belgrado (Estrella Roja, se decía antes, ahora por ser una España plurilingüe, se dice Crvena Zvezda, en original serbio). Y, por último, algún elemento extraño. Recuerdo con especial cariño al Den Bosch holandés. Y, por supuesto, conocíamos las alineaciones titulares de todos los equipos, pues lo de las rotaciones para que los jugadores estén descansados aún no se había inventado. En el Madrid, Corbalán, Brabender, Szczerbiak, Rullán y algún mercenario americano de paso (especial recuerdo al afroamericano Robinson). Y también a quienes eran sus enemigos más encarnizados, odiados y siempre con un punto de maldad: Meneghin (el peor), Tachenko (el gigante ruso, aunque era ucraniano en aquella URSS imperialista), Slavnic (el esquizofrénico) o, más recientemente, Drazen Petrovic (el genio de Sibenik). Ahora no sería capaz de reproducir el cinco inicial de casi ningún equipo europeo y ya me he perdido en la clasificación de lo que ahora se llama Top 16.

Gran parte de culpa la tiene este mundo excesivo. Y dentro de él, el excesivo mundo televisivo. Antes te sentabas la tarde de los jueves y ya sabías, tocaba partido de baloncesto (Copa de Europa o Recopa) en la 2, en aquella época llamada UHF. Ahora, mi amigo Tomás, más madridista que el puro de Bernabeu, se pierde casi todos los partidos de baloncesto del Real Madrid, pues nunca sabe dónde lo emiten: Teledeporte, Marca TV, Real Madrid TV, Eurosport, Canal + Deportes…

Con las series de TV me sucede lo mismo. Yo era muy de series de TV. Conocía los actores: Peter Falk, (Colombo), Nick Nolte y Petes Strauss (Hombre rico, hombre pobre), Michael Landon (Bonanza y La casa de la pradera), Elizabeth Montgomery (ídolo de mi querida Marilena, Samantha, en Embrujada), Telly Savalas (Kojak)… E incluso varios protagonistas del mundo animal: Furia, Rin Tin Tin, Flipper… Ahora, no hay manera de recordar ni actores ni series. Nunca sabes a qué hora y en qué canal los hacen. Repiten los episodios de forma aleatoria en las distintas cadenas de la corporación (Antena3, Nitro, Neox, Nova y sus correspondientes hermanas digitales). En mi casa llevo un lío con la serie favorita de mis hijos, Big Bang Theory, que voy a acabar creyendo que he entrado en un bucle temporal provocado por la teoría cuántica de la relatividad.

Y si no la política. Estaba claro quién mandaba. El mundo era bipolar: Estados Unidos y sus presidentes, que se sucedían cuatrienalmente (Nixon, su apéndice Ford, Carter, Reagan, Bush, padre) y la URSS, que se mantenía fiel a su presidente hasta la muerte Breznev, Andrópov, Chernenko, aunque estos dos últimos les duraron poco por esa manía que tenía el Politburó de nombrar “jóvenes promesas” de ochenta años. Y después, los clásicos gobernantes de Francia (Giscard d’Estaing o Mitterrand), la eterna reina de Inglaterra (Isabel II), los amigos socialdemócratas (el sueco Olof Palme y el alemán Willy Brandt). Para completar la baraja, los conocidos dirigentes de los nuevos países africanos y asiáticos (el caníbal Idi Amin, el congoleño Lumunba, el indonesio Sukarno…). Por cierto, lo de la baraja no es un artificio del lenguaje. Existía una baraja de cartas francesas (de Fournier, claro), para jugar a ese juego ahora tan moderno que es el póker, con las caras de los líderes mundiales, caricaturizadas por Ortuño. Ahora es imposible saber quién nos manda: se habla de la Troika, la Comisión Europea, el Grupo Bilderberg…

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Y así todo. Un mundo excesivo. Si te gusta la música, es imposible estar al día. Yo ya he dejado de escuchar Radio 3 (por otros motivos, como algunos sabréis) y me niego a estar al día como mi cuñada. Antes era más fácil, no salíamos de Nacha Pop, los Secretos, Alaska y… (quien fuera), Gabinete Caligari. Sí, es cierto, en la movida madrileña ya proliferaron cientos de grupos, pero ahora los centros musicales han explosionado. Que conste que estoy de acuerdo y soy totalmente partidario, si no cómo habrían llegado a donde están mis adorados Pellikana. Pero no puedo estar al día. Ahora me limito a conectar Deezer y dejarme llevar por sus sugerencias. Y también por mi hija que ya conoce mis gustos y, de cuando en cuando, me sugiere algún grupo. Hace poco Architecture in Helsinki.

Y con la literatura, tres cuartos de lo mismo. Cuando era joven me dejaba aconsejar por mis profes y leía literatura clásica española, rusa, francesa. Ahora ya me he perdido, el mundo es excesivo. ¿Cuántos suplementos culturales o literarios se publican? Imposible seguirlos. Antes éramos de Libros (de El País), el Cultural (de El Mundo), si eras un renegado, o Blanco y Negro, si eras un tanto carca. Ahora, voy a la Biblioteca y me tiro horas mirando el estante de novedades sin decidirme qué elegir. Muchas veces me equivoco y el libro me dura unos días, pues no puedo con él. Me ha pasado recientemente con Biografía del hambre de Nathalie Nothomb o con La carretera de Cormac McCarthy, a pesar de dos intentos (¡lo siento, Joan!). Otras, me llega una referencia puntual, me llama la atención su título y se convierte en un libro que no puedo dejar. Estoy acabando Mi mujer y su marido. De cómo me quedé sin casa, sin esposa y sin partido comunista de Pavel Kohout, del que ya os hablaré in extenso otro día.

Hasta con las personas. ¡Has conocido tantas que ya te cuesta poner nombre a las caras y caras a los nombres! Y si eres un obseso de internet, ¡ya ni te cuento! Te toca estar todo el día colgado al Caralibro, incluso en el bar mientras tus amigos cuentan los últimos chismes de tus amigos/as ausentes, contestando whatsapps compulsivamente (¡a cada instante la dichosa musiquilla!), consultando las últimas noticias de la Crisis…

¿Y qué hacer, entonces? Puedes marearte e intentar estar al día, convirtiendo tu existencia en un sinvivir, puedes volver a tu ya remoto pasado y no dejar de escuchar tus discos de The Smiths, leer a Dostoievski o ver tus vídeos de Arriba y abajo, o puedes dejarte llevar (Flow, diría una amiga ) y que la vida te permita encontrar nuevos motivos de disfrute. La última recomendación musical de mi hija: Rae Morris. Si será rara que no sale ni en la Wikipedia.

https://www.youtube.com/watch?v=7wfWLxpcmhY

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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