CUBA Y EL FIN DEL MUNDO: La crisis de los misiles, 1962

Ya os decía en el anterior post que se nos iban a acumular las conmemoraciones en estos tiempos de pleno otoño. Este fin de semana el 30º aniversario de la “pantaná” de Tous, lo cual me tuvo preocupado cuando observaba en internet las previsiones de lluvia para el pasado fin de semana. ¡Qué maravilla poder seguir a la hora las previsiones sin tener que esperar a que el “hombre del tiempo” te haga un avance, casi siempre desacertado! Hubo un tiempo (no meteorológico) en el que los “hombres del tiempo” se llegaron a jugar el bigote a que llovía. Y alguno lo perdió, como el clásico Eugenio Martín Rubio. Ahora, por cierto, la mayoría de las veces es imposible conocer las previsiones meteorológicas en la Primera, que es la de toda la vida, ya que nos pilla en la más profunda siesta pues los programadores de RTVE se han empeñado en alargar el Telediario hasta más allá de las cuatro de la tarde. ¡Con lo amenos que eran aquellos telediarios de media hora! ¡ lo que hay que oir!, como diría mi abuela.
Esta semana se celebra el 50º aniversario de la llamada “crisis de los misiles cubanos”. De muchas cosas se celebran este año 50 años, de mí mismo, de buena parte de mis mejores amigos y amigas. Fue, como se dice en términos vitivinícolas, una buena cosecha. Fue un año, 1962, de hechos relevantes. Unos más conocidos que otros: entre los primeros éste de los misiles o la inauguración del Concilio Vaticano II, que pretendía insuflar aires de renovación  a la Iglesia Católica. Otros quizá no ocupen nunca una línea en los libros de bachillerato, pero en mi universo personal son más recordados. Ese año de 1962 nos dejó la rubia de curvas peligrosas del cine norteamericano, Marilyn Monroe. Su peligrosa relación con los barbitúricos y con su propia vida acabó un 5 de agosto de aquel año. Unos meses antes, en abril, se había fundado esa banda eterna que son los Rolling Stones, que ha sabido sobrevivir a tantos cambios en la música y a tantos excesos de sus componentes. Otro hombre excesivo, en varios sentidos (medía 2.16 y decía haberse acostado con más de ¡¡20.000 mujeres!!), había logrado unas semanas antes (el 2 de marzo) la histórica marca de 100 puntos, él solo, en un partido de la NBA. Nunca hasta hoy ha sido superada, la de los cien puntos, y quizá la otra también, a no ser que Berluschoni…
Pero nada de esto estaría escribiendo, estaríais leyendo, si trece días después de aquel 22 de octubre de 1962, tal día como hoy, los buques soviéticos no se hubieran retirado de su camino hacia Cuba a instalar los misiles en las rampas recién descubiertas por la CIA. No os voy a contar aquí toda la historia. Informaros vosotros mismos, ved algún documental que esta semana nos pasará la 2, esa cadena que todo el mundo ve y que tiene una audiencia ridícula, o si no sois tan cultos ved “Trece días”, con Kevin Costner, que sigue fielmente el argumento.
Confieso que no la he visto. Soy poco amante del cine americano histórico, pues suele ser poco crítico con su propia historia, excepción hecha del republicano Clint Eastwood. Por ello no sé si aparece el inicio de la historia.

Todo comenzó en Bahía de Cochinos, con un intento del muy guapo, y excelente persona, presidente Kennedy que intentó invadir la isla con unos milicianos exiliados cubanos pagados por la CIA. La invasión resultó un fracaso, pero Fidel Castro aceptó, temeroso de una nueva invasión, la instalación de unos misiles nucleares que pudieran atacar a los EE.UU.
Finalmente, tras trece días de tensión, Jrushev decidió no enviar los misiles y con ello se inició una nueva etapa en la Guerra Fría denominada la distensión. Para que no volviera a ocurrir una crisis semejante, se decidió abrir un canal de comunicación directa entre Moscú y Washington: el famoso teléfono rojo. Este hecho también dio lugar a una película (¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú) del genial Stanley Kubrick. Por cierto, su título original es mucho más divertido: Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (“El Dr. Strangelove o cómo aprendí a no preocuparme y a amar a la Bomba”). Esta sí que la he visto. Y ¡qué tremenda impresión me causó su última escena! Aún la tengo gravada en mi mente. Y no he podido resistir enseñárosla.
En aquellos años de adolescencia en que la vi, estábamos obsesionados con la guerra nuclear. Aún recuerdo cuando nuestro profesor de Sociales nos explicó cómo funcionaba y cuáles eran los efectos de la mortífera y terrorífica Bomba H, mucho más brutal que la atómica pues te dejaba ciego sólo con ver su explosión a cientos de kilómetros. Aquello sí que era una creíble amenaza de ceguera y no la que nos contaban los curas obsesionados con la masturbación. Recuerdo que cuando salimos de la clase, de camino para casa, no dejábamos de mirar aquel extenso horizonte manchego por si estallaba la Bomba H y nos dejaba ciegos; lo otro ya lo habíamos probado y no era cierto. Pero nunca estalló y no supimos si también era mentira.
Ahora, cincuenta años después, la bomba nuclear ya no parece una amenaza. De aquella crisis ya sólo queda el recuerdo. Aunque también queda el teléfono rojo, ahora entre el afroamericano Obama, de momento, y el ruso Putin. Y queda Fidel Castro, el único protagonista directo vivo. Estos días ha salido de su bucólico retiro para fastidiar algunas noticias agoreras sobre su estado de salud. Y nos ha escrito una carta. Podría haberla escrito cualquiera, me diréis. Pero algunas frases, sólo las puede haber escrito ese verbo revolucionario del Comandante: bastó que “el gallinero de propaganda imperialista se alborotara y las agencias informativas se lanzaran voraces tras la mentira”.
Y de aquella invasión queda una canción, Playa Girón, de Silvio Rodríguez

A Cefe, aquel amigo que un día me enseñó esta bella canción, que también conmemora 50 años de vida y que otro día nuestra divergente visión del mundo nos separó. Así es la vida.

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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