OCTUBRE DE 1982: Aires de cambio

Como en las próximas semanas se me acumularán los aniversarios (¡qué nadie tema más de lo necesario!), y otras citas para comentar, y como en el día de la verdadera conmemoración las páginas de los blogs y los diarios digitales se llenarán de artículos de plumas más expertas y mejor pagadas que la mía, he decidido adelantarme a la celebración (¡!) del 30º aniversario del 28 O: la primera victoria socialista de la Transición.

Hace ahora treinta años nos encontrábamos en plena campaña electoral. Como se decía en las antiguas novelas, corría el año de 1982 y hacía unos meses que Pancho había anunciado a sus amigos que ¡Chanquete ha muerto! en el penúltimo episodio (titulado Algo se muere en el alma), de la serie Verano azul. Menos clara nos había quedado la muerte de otro gran héroe de la TV, malvado, pero héroe. Habían disparado a JR en el último capítulo de la serie Dallas, pero nos quedó la incógnita de si fallecía o sólo era una estrategia de la productora para que esperáramos impacientes el retorno de la serie. Sin embargo, tuvimos que esperar a la década de los noventa y la creación de la FORTA para conocer que, efectivamente, no había muerto. Sólo hacía unas semanas que había “resucitado” el concurso de los concursos de RTVE, “Un, dos, tres… responda otra vez”. Pero como se avecinaban tiempos de CAMBIO y, quizá por ello, la presentación correría a cargo de una mujer (Mayra Gómez Kemp) , que tenía, por tanto, un papel más allá del decorativo, las minifalderas azafatas, que hasta entonces se le había otorgado al sexo femenino. Lo cual, dicho sea de paso, nos había permitido ver las piernas (¡gran atrevimiento entonces!) de iconos sexuales de los setenta como Blanca Estrada, Ágatha Lys o Victoria Abril. Aunque para atrevimiento las tórridas escenas que Charo López, siempre madura belleza la suya, nos ofrecía en Los gozos y las sombras.

Y entre estas imágenes, sensuales unas y melancólicas otras, se nos colaban de cuando en cuando las cuñas publicitarias de los partidos y coaliciones que se presentaban a las elecciones del 28 de octubre de 1982. Quizá porque eran tiempos de atraso digital y la campaña se desarrollaba mayoritariamente con multitudinarios mítines que llenaban plazas de toros y teatros, teniendo que dejar tiempo a los candidatos a que recorrieran una España sin autovías ni AVE, o porque había más dinero que ahora para fastos políticos, lo cual dudo, la campaña duró tres semanas.

Fue un mal año para el cine, no por el estreno de Rambo, que también, sino por la desaparición de varios iconos del celuloide. Fue el año de la muerte de Grace Kelly a la que siempre consideré de una belleza un tanto pastel comparada con la mirada inquietante de Ingrid Bergman, igualmente fallecida en 1982, a la que siempre recordaré entrando en Rick’s con aquella mirada al vacío, al vacío de la naturaleza de su propietario. Y también desapareció Romy Schneider a la que vimos transformarse con los años de la adorable Sissi a la sensual Pupe de Boccacio’70 de Visconti. A ellas les acompañaron dos prolíficos actores: el gran Henry Ford y el pequeño, no sólo de tamaño, Paco Martínez Soria, que nos sigue atormentando las tardes con sus casposas, carpetovetónicas y machistas comedias infumables. No era yo entonces en gran conocedor del cine de autor, pues poco más que las películas comerciales que llegaban al cine Navarro o Rex de mi pueblo podía visionar, excepto aquellas que Balbín nos obligaba a ver en La Clave antes de sus debates. Por ello no conocía aún a Fassbinder  y a Jacques Tati, que también murieron en aquel 1982 con aires de CAMBIO.

Sería interminable relatar cuál era la banda sonora que acompañó a aquella campaña electoral. Y no me refiero a las absurdas, pegadizas y, a la vez, repelentes canciones que los partidos grababan para introducir sus cuñas publicitarias, sino la que se oía en la radio, especialmente en Radio 3, que me acompañaba en aquella época mientras estudiaba la Historia y la Geografía mundial. Pero, mientras repaso la lista de discos publicados aquel año, vienen a mi mente las melodías de Alan Parsons Project, Blondi, Depeche Mode, Dire Straits, Simple Minds, The Clash o The Cure. Y si interminable sería la lista de músicas foráneas, imposible recordar y tedioso rebuscar cuántos discos de música española era capaz de escuchar. Sólo deciros que la lista que Ordovás nos repasaba cada noche se titulaba “Los 333 de Radio 3”.

Pero en el mundo musical, 1982 será recordado como el año de la visita de Sus satánicas Majestades. Fue el llamado Concierto de la Tormenta, por lo que calló aquella tarde sobre el Vicente Calderón. Pero es que sólo a los españoles se les ocurre llevar a los Rolling al estadio del perdedor Atleti, pero claro llevarlos al Bernabeu era un sacrilegio. Que Mike y Keith pisaran el mismo césped que pronto hollaría la Quinta del Buitre hubiera sido excesivo. Dicho sagrado césped estaba reservado para otra Majestad no Satánica, bueno Santidad, aunque bien visto… Pues sólo tres días después de aquel 28 O Juan Pablo II visitó por primera vez España y recibió el calor del católico pueblo español en el Santiago Bernabeu. Eso es hacer las cosas como Dios manda.

Aquella lluvia de julio en el Calderón anunció un otoño de lluvias torrenciales. Sólo una semana antes de las votaciones, en plena campaña, las intensas lluvias (entonces España conoció qué era aquello de la Gota Fría) acabaron por llenar la presa de Tous. La ineficacia española provocó que la apertura de las compuertas llegara tarde y el 20 de octubre acabara por romperse la presa. Pueblos inundados, comunicaciones interrumpidas y muertos, más de treinta. Las lluvias también afectaron a la provincia de Alicante, donde el barranco de las Ovejas parecía el Ródano en Lyon. Me pilló lejos, en mi pueblo, en el final de la vendimia. Y no pude volver a la Universidad. Aún recuerdo como seguíamos las noticias desde casa, desde la peluquería de Tomás, desde las tertulias de café antes de la partida de mus.

Debía ser que los cielos no estaban muy contentos con la más que segura victoria socialista, como al parecer no lo habían estado con la visita de Sus Satánicas Majestades, pues al mes siguiente, con Felipe ya en la Moncloa, las lluvias torrenciales afectaron también a Lérida y a Andorra, que a ver qué culpa tenía de todo esto.

Si la “pantaná” se llevó por delante pueblos enteros, la crisis de la UCD había provocado su desintegración y, cual torrente de aguas desbocadas, sus dirigentes corrieron en tropel a nuevas formaciones políticas. Óscar Alzaga había formado el democristiano PDP, el invicto Suárez el centrista CDS, el socialdemócrata Fernández Ordóñez el PAD e incluso otros buscaron refugio, ante tal temporal, en el paraguas del recién nombrado PDL del yanquiliberal Garrigues Walker. Ante tal desbandada del centro derecha, Fraga, de quien Felipe González decía que le cabía el Estado en la cabeza, no le cabía en la cabeza que la mayoría natural no se presentara coaligada a las elecciones para derrotar a la izquierda radical, léase el PSOE (eran otros tiempos), que quería nacionalizar la banca, sacarnos de la OTAN y, seguramente, comerse a los niños de los españoles de bien. Finalmente no lo logró y la debacle se produjo.

Y así comenzó una campaña que duró veintiún días de aquel octubre de 1982. Pero para algunas cosas no ha pasado tanto tiempo. La campaña se centró en los temas económicos: la crisis de reconversión industrial azotaba España. Una tasa de paro superior al 15%, una inflación en torno al 20% y una tasa de crecimiento negativa (-0,1%) preocupaban a los partidos que concurrían a las urnas, pero agobiaban el día a día de los españoles. Mientras el PSOE pretendía no asustar al mundo empresarial y había suavizado su programa convirtiéndolo en una socialdemocracia ortodoxa, su principal opositor, la AP de Fraga, había abrazado el neoliberalismo que triunfaba en Gran Bretaña (Margaret Tatcher) y Estados Unidos (Roland Reagan).

Aquella fue la campaña de “POR EL CAMBIO”. El PSOE inundó España de la imagen de un Felipe González mirando ensoñadoramente hacia el futuro, o hacia el vacío, que venía a ser lo mismo. Un spot del mismo título nos ofrecía un sinfín de ventanas que se abrían hacia el futuro, o hacia ninguna parte, elija usted lo que desee. Y una canción: “Hay que cambiar”, para variar el mensaje, vamos, nos introducía en los mítines a cambio (éste sí que intenso) de la vieja Internacional. Mientras Felipe ofrecía la tierna esperanza, Alfonso Guerra siguió ganándose su fama de descamisado intelectual que azuzaba a derecha e izquierda del PSOE con su acerada lengua viperina. Y realizó aquella premonitoria frase: “tras la victoria socialista, a España no la va a reconocer ni la madre que la parió”.

Mientras tanto, Fraga pudo, por fin, moderar su lenguaje un tanto tabernario, aunque ininteligible, y guardó sus tirantes con la enseña nacional para intentar recoger los restos del naufragio del centrismo. ¿A qué no saben ustedes a quien encargó la tarea de azuzar al socialismo como seguro desastre para España? Jorge Verstrynge. Sí, el ahora okupa, guía espiritual del ejército chavista de Venezuela y solidario con el 15M que incluso ha puesto por nombre Allende a uno de sus hijos.

Y con estos mimbres se acercaba la fecha del 28 de octubre. Con algún sobresalto por el camino. Pero ese es otro capítulo que dejaremos para algo más tarde, pues conviene mantener la tensión dramática y que los lectores esperen otra entrega sobre aquel 28 de octubre de 1982, en la cual, como decían Tip y Coll, “hablaremos del Gobierno”, socialista, por supuesto.

DEDICATORIA: A mis amigos y amigas que contemplan, como yo, desde este año medio siglo de este tan absurdo como bello mundo.

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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