EL DÍA QUE CARALIBRO MURIÓ

El día que Caralibro murió no nos quedó más remedio que salir a la calle. Algunos hacía mucho tiempo que no lo hacíamos. De camino al velatorio nos íbamos cruzando por la calle con gente a la que juraríamos que conocíamos. Nos sonaba el aspecto de algunos, aunque su foto del perfil solía estar robotizada o, a veces, las más, disimulaba su identidad junto a amigos, familia o mascotas. Además, solía cambiarse cada poco tiempo, como si con ello enviáramos un mensaje de lo rodeados que estábamos o de qué éramos una nueva persona. Otros disimulaban más su identidad y colocaban como imagen de perfil un paisaje, una naturaleza muerta, incluso frutas. Pero, durante el camino, riadas humanas, nadie se dirigía la palabra. ¿Y si no era la persona que pensábamos que era? ¿Y si no la teníamos en nuestra numerosa lista de amigos?

Marchábamos intentando buscar a Caralibro en nuestra lista de Favoritos, por si no era cierta su muerte. Por si era una broma de mal gusto, de aquellas que de cuando en cuando aparecían a través de él mismo. Pero ya no estaba. Ya no estaría nunca. Había desaparecido para siempre. Teníamos que hacernos a la idea. Ya nunca nos abriría su casa para que viéramos las novedades que nuestros contactos nos ofrecían.

Y, ¿qué haríamos ahora? La mayoría de nosotros pensaba en ello mientras nos dirigíamos a darle nuestro último adiós. Ahora ya no sería como cuando pulsábamos Desconectar. Ahora sería para siempre. No nos imaginábamos un mundo sin Caralibro. Por ello, por nuestra falta de imaginación sin él, bajábamos la cabeza cuando nos cruzábamos entre nosotros. Desplegábamos la pantalla con el índice, pensando que allí estaría. Pero ya sabíamos que no estaba, aunque ese gesto nos permitía no tener que mirarnos a la cara. Y mucho menos saludarnos. Hacía años que no mirábamos a la gente que teníamos alrededor. Sólo enviábamos mensajes a través de Caralibro.

Si no nos mirábamos a los ojos, no os quiero decir lo difícil que era tocarnos con aprecio. No digo “un abrazo de esos que te clavan la nariz en el cuello”, simplemente tocar el brazo de quien tienes al lado cuando conversas con él. O rodear con el brazo al compañero de trabajo mientras te diriges a la siguiente faena.

Algunos aún recordábamos cómo era el mundo antes de la llegada de Caralibro. ¿Tendríamos que volver a él?

Era un mundo en el que ibas a la Biblioteca de pueblo a leer y, a veces, surgía una conversación con alguien que miraba como tú en la estantería de la novela decimonónica rusa para rellenar las tardes con la atormentada alma de Dostoyevski. Ahora sólo tenías que descargártelo en tu e-book sin tener que compartirlo con nadie. A no ser que usaras a Caralibro.

Era un mundo en el que te sentabas al fresco del verano en la puerta de tu casa a ver pasar la gente. Algunos se paraban y te contaban las novedades del barrio, del pueblo: fulano estaba enfermo, mengano se casaba, por fin, zutana había tenido gemelos. A los pocos días eras tú quien pasaba la información en la plaza del pueblo. Y después era tu abuela la que lo hacía en el mercado. A veces, la noticia había transmutado por el camino y era fulano quien tenía gemelos, mengano el que estaba enfermo y zutana la que se casaba (¡aunque tenía gemelos!).

Después fue Caralibro quien se encargaba de pasar la información. Era más fiable pues sólo había que darle a Compartir, pero ESTABAS SÓLO. Bueno, tú y Caralibro.

Era una época en la que escribíamos cartas. Aquello tan antiguo que había que explicar a las nuevas generaciones cómo se hacía. Había que comprar el papel de cartas que se doblaba por el centro. Después escribías con fórmulas ancestrales: “al recibo de ésta…”, “espero que estéis bien, nosotros bien g. a D.”. Introducías la carta en el sobre, escribías la dirección y el nombre del remitente por detrás, en la solapa. Chupabas los bordes triangulares de ella y cerrabas la carta con el pegamento autoadhesivo. Aunque a veces no funcionaba. O habías puesto poca saliva o el pegamento se había secado. Al final, pegabas también el sello (después de chupar nuevamente el reverso) en el que estaba casi siempre aquel señor cabezón que tenía voz de vendedora del mercadillo. Ya sólo te quedaba llevar la carta a Correos o meterla (sí, tenía cierto regusto erótico) por la boca del buzón. Siempre amarillo, con la bandera de España rodeándolo.

En el trayecto podías encontrarte con algún conocido que te preguntaba para quién era la carta. Y tú respondías, fuera cierto o no, que era para tu novia, tu amigo de la “mili” o tu padre que trabajaba en la obra construyendo pisos, barrios enteros, en Alicante.

Ahora sólo había que escribir en el teclado y darle a Enviar. Caralibro se encargaba del resto.

¿Habría que volver a ese mundo? ¿Sabríamos vivir en él?

En todo ello pensábamos mientras caminábamos cabizbajos, mirando nuestro móvil, iPad o Táblet.

Y pensábamos que quizá no todo estuviera perdido. Aún nos quedaba Guasapo. Era menos potente que Caralibro, pero aún permitía la comunicación no verbal ni táctil, carnalmente táctil.

Pero, ¿y si un día también Gausapo…? Mejor no pensarlo, ¿o sí?

A Maku, que me dio la idea, sin ella saberlo, y a mi Marilena, a quien le dará igual que Caralibro y Guasapo mueran.

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Acerca de José A. Moreno

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4 respuestas a EL DÍA QUE CARALIBRO MURIÓ

  1. MªCruz dijo:

    Thanks to you for explaining, in a such literary way, what my idea of facebook is…
    About “Guasapo”…who is he? ja,ja,ja,…
    Your Marilena and I are “twin souls”…in our relationship with “”Caralibro and Guasapo”
    All the best
    Maku (A I F): An inconditional fan

  2. Juan Antonio dijo:

    Seguro que los que enarbolan con vehemencia la bandera de España no les molestará que se hagan comentarios en inglés. Otra cosa sería si fueran en valenciano..
    Maku, un beso. Always in my mind.

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