CARRILLO “IN MEMORIAM”: mi memoria.

Aquel sábado, como tantos otros días, caminaba por las casi desiertas calles que iban desde mi casa a casa de mis abuelos en mi pueblo manchego. Me encantaba el trayecto en soledad. Me encantaba ir a casa de mis abuelos. Allí mi abuelo me esperaba para que le acompañara a la Plaza Vieja, mi tía Bony me contaba alguna historia de sus vecinos, mi tía Lucia me recibía con su esquizofrénico silencio, mientras mi abuela preparaba calmosamente la comida del mediodía en el fuego de la chimenea. Me gustaba variar el trayecto para no aburrirme y descubrir distintos rincones de los barrios que separaban mi casa de la de mis abuelos.

Lo recuerdo como un día claro de primavera, era Sábado Santo y todo estaba cerrado, como Díos manda (o mandaba). Al girar una de las esquinas me tropecé con una pared que debía ser blanca pero estaba mal enjabegada. Con restos de tierra arrastrada por el agua y pegada a la cal. Una gran mancha azul, con el mismo color de las pintadas que por mayo se escribían a las doncellas, destacaba sobre la pared. Era un símbolo que provocó el sobresalto de mi corazón. Lo había visto en mi libro de Ciencias Sociales y, sobre todo, en la bandera de algunos países europeos, pues ya por entonces me gustaba la geografía y la historia y me sabía las banderas de la mayoría de países del mundo y sus capitales. Era bien visible, especialmente, en la bandera de la URSS. ¡La había visto tantas veces el año anterior en las Olimpiadas de Montreal mientras sus deportistas ganaban medallas! Pero era la primera vez que la veía en la realidad: era una hoz y un martillo. Allí estaba, enorme, azul, sobre la pared mal enjabegada de aquella tapia manchega.

Al llegar a casa se lo conté a mi tía Bony. A mi abuelo ya no le pude contar nada, pues había muerto unos meses antes. Me hubiera gustado hacerme la siesta con él para que me contara alguna “batalla” del frente de Madrid, donde quiero pensar que se encontró a las órdenes del Campesino o Enrique Líster, cuyos nombres él me mencionó por primera vez sin que yo supiera muy bien su significado. A mi abuela no le hizo gracia que contara aquel hallazgo, el miedo aún cubría su mente y no entendía aquello de la Reforma Política. A mi tía, en cambio, le sugería un cambio que ella siempre identificó con Suárez, al que consideraba tan atractivo como tantas jóvenes, y no tanto, de aquellos años finales de los setenta.

El domingo, después de misa (no me quedaban muchas), recorría, junto a mis amigos, el camino hacia la Plaza Vieja, cuando vimos a Agustín, el hijo del sastre. Llevaba una camiseta blanca por fuera del pantalón que era dos tallas mayor que su ya de por sí enorme cuerpo. Pero aquello no era lo sorprendente, lo que nos causó asombro era la enorme hoz y martillo que había dibujado sobre ella. Entonces nos enteramos de su filiación comunista, como la de su padre.

Aquellos fueron mis primeros contactos directos con el comunismo, con los comunistas. No sé si ya conocía el nombre de su Secretario General, Santiago Carrillo, hace demasiado tiempo, aunque parece que fue ayer. Y no es sólo una frase hecha, es que parecemos instalados en la Transición española y que no hemos salido, ni saldremos de ella jamás. Forma parte de nuestra cultura: la Cultura de la Transición.

A partir de entonces comenzaron a cruzarse en mi camino una numerosa pléyade de comunistas. Todo el mundo parecía haberse convertido en comunista. Unos más conocidos que otros. Me enteré, nos enteramos todos, que la niña prodigio del franquismo (Marisol) era comunista. Fue una revelación impactante, incluso más que descubrir sus atractivas formas en Interviú. También conocimos que eran comunistas Víctor Manuel y su cándida esposa Ana Belén. Del primero algo sospechábamos por su pasado minero, pero de quien había encarnado a la niña de Zampo y yo, que nos reponían cada Navidad, poco podíamos imaginar.

Y don Florencio también resultó comunista. Era el cura de la parroquia de San Sebastián y allí acudían en tropel los católicos más progresistas. Allí se cantaba en la iglesia, allí se celebraban misas donde los feligreses repartían la comunión, allí se organizaban colectas para los primeros damnificados por la primera gran crisis de la Transición Española. Allí sufrió el primer ataque de aquellos “pepsicolos”, que se decían simpatizantes de oscuras organizaciones como los Guerrilleros de Cristo Rey y de los restos de las diversas Falanges. A algunos de estos personajes he visto este verano, por cierto, ya casi sin poder engominarse su escaso pelo, vestidos con el atuendo clásico: vaqueros de marca, botas camperas y camisa azul de manga larga, ligeramente remangada. Iban a una tertulia taurina, no podía ser menos como defensores de las esencias patrias, en un pueblo que ha declarado los toros (como primera medida tras la victoria del PP) como Patrimonio Cultural. Ya sabemos cuál es el concepto de cultura de la derecha española, no hace falta que me extienda y nombre también a Manolo Escobar y Fernando Esteso.

Si hasta la tierna, y un tanto blandengue, Teresa Rabal, animaba al voto comunista en las primeras elecciones entre canción infantil y canción infantil, la victoria entre la izquierda del Partido Comunista era segura. España sería en esto también como Italia y no sólo en la buena comida, la buena vida y el buen clima (bueno también su corrupción, desorganización y peor gestión, pero no nos pongamos tristes). Sólo una alianza de centro derecha, comandada por la democracia cristiana, impediría el triunfo comunista.

Pero un buen día, mientras mis compañeros de clase jugaban otro partido de fútbol al que no me habían convidado por malo (a pesar de ser zurdo, con lo que escaseaban), le pregunté a mi tutor, don Paco, por su apuesta en las primeras elecciones generales (junio de 1977). Recuerdo su respuesta: los comunistas no tienen ninguna opción, será el PSOE, y su joven líder Felipe González, quien se lleve el gato al agua dentro de la izquierda. El comunismo, Carrillo y Pasionaria, que acababa de volver del exilio, recordaban a la guerra civil y los españoles no desean que se repita la historia. ¡Qué razón llevaba!

Después vinieron las elecciones municipales (1979) y en mi pueblo ganaron los socialistas. Los “pepsicolos”, como se ha llamado siempre a las jóvenes huestes de la buena sociedad, montaban en cólera. Aquél pueblo que habían “conquistado”, nunca mejor dicho, sus abuelos a las hordas rojas votaba ahora a los socialistas. Aunque el alcalde no era ningún rojo descamisado sino un apacible señor mayor, con traje y corbata (aunque algo pasados de moda) que había estado toda su vida tras la ventanilla de un negociado de hacienda.

Y llegó 1980. Marché a Alicante. Nada más llegar, en el barrio de Virgen del Remedio (lleno de obreros comunistas), había montada una gorda por la subida del transporte público: autobuses volcados, coches de policía (“lecheras”) con las sirenas estridentes, heavies de pelo largo con guitarras cañeras. Y después la Fiesta del PCE en el castillo de San Fernando.

Y llegué a la Universidad. Más manifestaciones: por las subidas de tasas, por la falta de presupuesto universitario, por la (las) crisis… Mi primer encierro en las aulas barracones del antiguo Campus. Allí llegaron algunos profesores a animarnos en la lucha. Entre ellos Salvador Forner: comunista convencido, número dos en las listas de la provincia de Alicante, concejal en su ayuntamiento, especialista en el movimiento obrero (tesis sobre él en Alcoi), profesor de Historia Contemporánea. Insuflados por su verbo acabamos un pequeño grupo, entre los que me contaba, sin saber muy bien como, encerrados en el despacho del rector (don Antonio Gil Olcina) para manifestarle nuestro apoyo en su lucha contra la primera Generalitat (gobernada por los tibios socialistas) que le quería reducir el presupuesto universitario.

No sacamos nada en claro. Pero la lucha continuaba. Habíamos vuelto de las vacaciones de Navidad y Felipe González convocó, por fin, el referéndum sobre la OTAN, pero ahora no para salir sino para quedarnos dentro. Nuestro profesor de Historia Contemporánea, el citado Salvador Forner, se dirigió a la clase y nos informó de que durante el siguiente trimestre no nos impartiría clases. Se marchaba, sin sueldo por supuesto, a la campaña sobre el Referéndum para aportar su compromiso contra esa pérfida alianza yanqui.

Pero las cosas empezaron a cambiar. Muchos comunistas dejaron de serlo. No había nada que rascar a través del PCE. Poco poder, pocas oportunidades. Ramón Tamames (insigne catedrático de Estructura Económica de España), primer espada del comunismo español, primer teniente de alcalde en Madrid, ya había abandonado la causa. Don Santiago Carrillo había sido expulsado en 1985 y con él muchos viejos militantes. Muchos permanecieron en la izquierda, otros muchos abjuraron de su ideología y se transformaron en insignes hombres de derechas de toda la vida. Ramón Tamames y Salvador Forner se hicieron europeístas de pro y Teresa Rabal se manifestaba con los colectivos Pro-Vida.

Pero don Santiago seguía fiel a sus ideas. Cada tarde era un placer a mi mujer y a mi escucharle en las tertulias de la SER debatir junto a Herrero de Miñón, primero, y Martín Villa, después, la actualidad política y demostrar que, a pesar de su edad, aún tenía mejor memoria que los más jóvenes.

Yo también tengo memoria, aún, y recuerdo cómo empezó todo y cómo ha acabado casi todo.

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

5 respuestas a CARRILLO “IN MEMORIAM”: mi memoria.

  1. Juan Castells López dijo:

    No hi ha dubte, el comunisme va passar entre nosaltres com una mena de paraula capaç d’esponjar els cors fa quaranta anys, avui s’ha quedat en una paraula tabú o fins i tot. kitsch ; els conceptes que han provocat milions de víctimes, milers de canvis,en les vides de les persones són avui utilitzats amb la lleugeresa d’un “jongleur” pels traductors de la realitat.
    La lluita de classes ja no existeix, el menyspreu del capital pels treballadors és una “falacia”,
    la lectura socio-económica de la realitat ha sigut sustituída per “Salvame” amb un afegitó que de quan en quan ens explica la nostra catadura moral: “De luxe”.
    Es a dir, estem enfangats en la pitjor crisi dels ultims 80 anys ( és una crisi de fé i de valors, és una crisi amb vocació de “canvi de règim” ), però reclamem amb insistència el lipstick, per a que la ultima onada ens agarre amb els llavis pintats.

  2. MªCruz dijo:

    Thanks for your History lessons….
    Superb as always
    Maku

  3. Juan Antonio dijo:

    “per a que l´última onada ens agafe amb els llavis pintats”… em pareix una frase magistral que combina de forma excel·lent profunditat d’anàlisi i una expressió quasi lírica.

  4. Pingback: OBITUARIO EN NEGRO HUMOR: Muere Javier Krahe y con él la irreverencia | Un club sin socios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s