“ISABEL” y “LOS TUDOR”: series y vidas paralelas

Este lunes se estrenó, por fin, la serie histórica “Isabel”, con casi un año de retraso, lo cual, bien es cierto, es bastante menos de lo que ha tardado en aparecer “Manolete” por los “ruedos” cinematográficos. Quizá aún quedaba alguna factura que pagar del rodaje en la “Ciudad de la Luz”.

No ha explicado RTVE los motivos del retraso, pero quizá el visionado del primer capítulo por parte del nuevo  presidente del ente, Leopoldo González-Echenique, criado bajo las faldas de los curas de la Universidad Pontificia de Comillas (¡Huy lo que he dicho!), con las primeras tetas medievales y parejas haciendo el amor (¡pero qué fino soy!), le llevaran a cancelar su emisión hasta obtener el “placet” de Monseñor Rouco Varela. O quizá la culpa del retraso tenga que ver con el origen catalán de la producción (la productora La Diagonal) y de su director Jordi Frades.

La serie recuerda, por estética y por periodo histórico tratado (inicios de la Edad Moderna), a la ya mítica Los Tudor, probablemente una de las mejores series históricas junto a la clásica Yo Claudio.

Tiene parecidos de planteamiento, como una excelente fidelidad histórica, pero que pone énfasis en temáticas que llegan fácilmente al público (intrigas, sexo, traición, amistad…). No olvidemos que se trata de una serie de TV no una tesis doctoral. Según sus gestores no han tenido un asesor histórico, sino que los guionistas se han empapado de la mejor bibliografía y citan a nombres de gran valía y espectro historiográfico bien distinto (Joseph Pérez, Fernández Álvarez, Tarsicio Azcona, John Edwards, Berenguer). Aunque la mano de Rubén Martín Vaquero, profesor de la Universidad de Salamanca, ha estado muy cercana a los citados guionistas.

Sólo espero que con el desarrollo de los capítulos también veamos en Isabel otra característica de Los Tudor: no convertir la serie en un panegírico de su protagonista. En Los Tudor, Enrique VIII no era un dechado de virtudes, sino que como buen político de la época (¿de cualquier época?) que aspiraba a las más altas cuotas de poder usaba todo cuanto estaba en su mano para lograr sus objetivos: la traición, el engaño, la violencia… También lo hizo Isabel y esperemos que en la angelical cara de Michelle Jenne, también veamos el gesto crispado de la venganza, las artimañas políticas y el fanatismo.

No era difícil lograr dicho parecido, pues ambos personajes tienen mucho en común. No podía ser menos pues se sitúan en unas mismas coordenadas históricas: la formación del denominado Estado Moderno con el fortalecimiento de la Monarquía frente a los poderes medievales encarnados por los nobles, laicos y eclesiásticos.

Pero también hay parecidos biográficos y políticos. Entre estos últimos, la utilización de la religión como fuente de legitimación del poder. Enrique VIII con el establecimiento de una nueva Iglesia, bajo la excusa de su separación de Catalina (por cierto hija de Isabel la Católica) y la reina castellana implantando el catolicismo como religión de Estado, acabando con siglos de tolerancia hacia el judaísmo y el Islam.

Ambos llegaron al poder, además, después de una pugna política de tintes familiares. Enrique VIII tras el triunfo de su padre en la denominada Guerra de las Dos Rosas e Isabel después de su triunfo en la guerra contra su sobrina Juana la Beltraneja. Y también existen semejanzas en su final político, con dificultades de sucesión. Enrique VIII fue sucedido por su único hijo varón, Eduardo, que murió sólo seis años más tarde, con tan sólo quince años, pasando el reino a la hija de primer matrimonio del rey, la católica María. Por su parte, Isabel murió en 1504 provocando también conflictos en la sucesión. Le sucedió su hija, Juana, pero por poco tiempo, ya que fue declarada incapaz de reinar por “locura” y pasando el reino, primero al marido de ésta (Felipe I el Hermoso) y muy pronto al hijo de este matrimonio, y nieto de los Reyes Católicos, Carlos I. También su esposo (Fernando el Católico) pretendió gobernar Castilla, pero los nobles se negaron a tal posibilidad.

En el ámbito personal también hay semejanzas entre ambos personajes. Los caprichos de la muerte se cruzaron en sus caminos para poder acceder al poder. Enrique VIII no hubiera accedido a la corona inglesa si su hermano Arturo no hubiera muerto a la temprana edad de dieciséis años ni tampoco lo hubiera hecho Isabel sin la muerte de su hermano Alfonso a los catorce años. En ambos se produjo también una decadencia física que les hizo pasar de una belleza renacentista al ajamiento provocado por una dieta poco equilibrada, en el caso de Enrique, y los abundantes partos en el de Isabel. Esperemos que la serie española (si algún día se llega a rodar toda la biografía de la Reina Católica) mantenga la plenitud de la belleza de Michelle Jenne como la serie Los Tudor hizo con la de Jonathan Rhys-Meyers. Se perderá la fidelidad histórica, pero se ganará en audiencia.

Pero no sabemos si esto ocurrirá. De momento, RTVE ha desmontado los decorados y dice que la audiencia dictará sentencia. Si hacemos caso a la del primer capítulo, tenemos esperanzas. Éste tuvo más espectadores que la entrevista a Rajoy, así que podemos esperar que vuelvan a montar los estudios y que desmonten el gobierno de Rajoy, por falta de audiencia.

Ahora bien, me temo que si continúan los actuales gestores de RTVE la serie puede derivar hacia la conversión de Isabel en martillo de herejes, forjadora de la Unidad de España, con su destino universal y todo. Quizá sean capaces de resucitar a Juan de Orduña y convertir la serie en una especie de flashback de su Locura de Amor.

 

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