LECTURA Y MÚSICA: para un verano Olímpico

Dice un dicho, que no sé si es popular, que cuando te acercas a la senectud vuelves a ser como un niño. Este verano, lleno de Olimpiadas, deporte, música, lectura y soledad, me está recordando al de hace años, muchos años, demasiados años ya. Cuando entraba en mi primera adolescencia. En otro momento lo hubiera percibido como un fracaso, ahora, quizá alguien tenga la culpa, lo aprecio como una conquista. La conquista de hacer lo que realmente te apetece. Sin tener que dar explicaciones a nadie, no más de las necesarias, al menos. Sin buscar grandes momentos, grandes juergas, grandes viajes, grandes multitudes.

Entonces, en mi pueblo de nacimiento, mi vida se circunscribía a levantarme cada día, desayunar, seguir una lectura que llenaba casi toda la mañana, escuchar la radio (aún no había descubierto Radio 3 y me conformaba con emisoras locales, pues mi radio no tenía FM), una visita a la Biblioteca a renovar la lectura, esperar la comida, llenar la siesta con juegos de salón, más o menos inventados, salir en bici y, tras la bajada del calor en la llanura manchega, salir a la puerta de la casa a seguir leyendo. Esto último provocaba la mirada extraña del vecindario, pero sólo comenzó a importarme mucho más tarde, cuando me convertí en un adolescente temeroso. Y también, de vez en cuando, algún partido de tenis con algún amigo y esperar la llegada de la Feria para, como cada año, ser obligado por mi madre a salir con mi primo.

Ella, mi madre, se preocupaba de que saliera más allá de estas ocupaciones solitarias, pero eran las que a mí me satisfacían más. Y visitar a mis abuelos y a mi tía Bony que me ilustraba con historias de sus vecinos, del pueblo y de su novio muerto prematuramente.

Este verano he vuelto a esa agradable rutina. Pero han cambiado los tiempos. Ahora no tengo que esperar la comida, soy quien la elabora, en uno de esos placeres descubiertos tardíamente: el arte de crear en la cocina (claro, no todos los días te sale bien). Ahora mi compañero, contrincantes nunca fueron, de partida de tenis es mi hijo, ya más crecido que yo. Ahora escucho Radio 3, mientras sea audible y estos nuevos gestores salidos de másteres en economía de empresa y televisiones autonómicas progubernamentales no se carguen su independencia y crítica a veces algo más que moderada.

Pero es año olímpico y sigo sus pruebas con fruición, por simple placer, recordando a mi familia, de cuando en cuando, a los viejos mitos de los setenta: el levantador Alexeiev, los velocistas Borzov, Pietro Menea o Marita Koch, el nadador Marc Spitz o la primera final perdida, envuelta en polémica, por el equipo americano de basket con aquella canasta de Alexander Belov.

También ha cambiado que ahora los avances técnicos permiten paliar tu soledad lanzando tus pensamientos a quien quiera escucharlos. Como puedes escuchar o ver a tu hija por Skipe a cientos de kilómetros. Y ello me permite compartir dos hallazgos de este verano: una lectura y un disco.

Acabo de terminar de leer “La conjura contra América” de Philip Roth, último premio Principe de Asturias de las Letras. Ya he confesado que mi acercamiento a la Historia, en el ámbito ahora profesional, vino a través de la literatura, pues desde joven me atrajo la novela con un trasfondo histórico. Por ello, cuando vi este título en la estantería de libros recomendados de la Biblioteca Municipal me decidí por su lectura. Es de lo mejor que he leído últimamente. Se trata de una ucronía (¿qué hubiera pasado si…?). En este caso si un candidato pro-nazi (el aviador Lindbergh) hubiera ganado las elecciones presidenciales en EE.UU. en 1940 y no F. D. Roosevelt por segunda vez. Este tema nos acerca a una realidad, en principio, imposible, pero hecha realidad a través de la literatura. A mí me ha acercado a otra posible realidad imposible en la actual Europa o España, donde los perseguidos en lugar de judíos puedan ser otro colectivo. La otra parte, la eliminación del Estado de derecho por parte del Gobierno, ya está en marcha.

Pero, además, está excelentemente escrito. Es pura literatura que engancha, incluso en sus laboriosas descripciones. Quienes hemos intentado acercarnos al mundo de lo escrito observamos lo lejos que estamos de alcanzar tal capacidad de unir frases, ideas, personajes… Son sorprendentes algunos de los giros emocionales o biográficos de los personajes. Hacia el último tercio de la novela utiliza recursos de gran riqueza innovadora y verdaderamente sorprendentes. Avanza lo que va a suceder con una frase corta y lanzada como un dardo (como la discusión violenta entre el padre del protagonista y su sobrino) para, después, narrar lo ocurrido, pero sin demasiados detalles descriptivos. El lector pone el resto. Y este recurso no sólo no quita interés al relato sino que, al contrario, lo hace más sublime. Y lo entronca con esos hechos que cada día provocan un giro repentino en nuestras vidas casi sin darnos cuenta.

Y en segundo lugar, la audición completa del último disco de “La Casa Azul” (La Polinesia meridional). Ya me impactó la primera vez que lo escuché en Radio 3. Era, nuevamente, volver en el tiempo a la música de los 70, 80 e incluso 90. Pero no es sólo música electrónica susceptible de ser bailada, sus letras se acercan a mis actitudes, emociones y reflesiones actuales: la esperanza en una juventud que me ayuda a continuar en un trabajo cada día menos valorado (“Los Chicos Hoy Saltarán A La Pista” o “¿Qué Se Siente Al Ser Tan Joven?”), el declive de la vieja Europa (“Europa Superstar”) y neuras personales: “La Vida Tranquila”, con frases como:
Quién iba esperar / Que una vida tan tranquila / Me lograra estrangular / Que al tener por fin silencio / No pudiera descansar / Que los momentos más felices / No los fuera a disfrutar / Quién iba a suponerlo / Quién iba a creerlo / Porque pienso mucho más
De lo estricto y necesario / Y siempre creo que al final / Un hallazgo extraordinario
Apoteósico y sin par / Calmará mi sufrimiento / Al fin de forma radical / Y es que es tan absurdo / Cómo pierdo el rumbo ya / Debería aplicarme más / Porque se agota mi paciencia / Y ya no tengo edad.

Y lo cierto es que no sé qué va a pasar / La incertidumbre siempre entierra a la verdad / Me preocupan tantas cosas y me duele la cabeza / No me puedo concentrar /
Me preocupa el futuro, el trabajo, el declive / Lo que les espera a las niñas, mi salud, el fin del mundo / Me preocupa el dolor, el insomnio, que pase el tiempo / Me da miedo la muerte y a veces la gente / Bueno, según qué gente.

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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