LOS TRES MOSQUETEROS: Ruiz-Mateos, Conde y Rato

No tenemos mucho ojo los españoles para descubrir al empresario triunfador. Especialmente la clase media, envidiosa del triunfo ajeno, que necesita referentes en quienes poner el ojo para poder decir: “ese sí que es un empresario de éxito, hecho a sí mismo, con su esfuerzo y su inteligencia”.

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Nuevamente les ha vuelto a pasar. Les ha salido rana. O quizá no, quizá, en el fondo, quisieran ser como ellos. Además, observados desde la atalaya de la sociología de salón, “tontuliana” se dice ahora en los círculos de la crítica digital, aún no secuestrada por el poder, podemos decir que cada uno de los ejemplos de empresario modelo responde a las características de una época: Ruiz-Mateos en tiempos de la primera Transición (1975-1982), Mario Conde en el período de las vacas gordas de los noventa y Rodrigo Rato en esta época de una España ya equiparada al resto de potencias económicas capitalistas.

Efectivamente, Ruiz-Mateos fue durante esa etapa de la primera Transición el modelo a imitar. Era aún una época donde en España se valoraba un título nobiliario y una familia abundante: se decía descendiente del Solar de Tejada, uno de los más antiguos de España, y llegó a acumular trece hijos. Pero aquella época también era un poco “kitch”: Almodóvar, McNamara (Fabio de Miguel), Alaska, Ouka Leele, Ceesepe, Mariscal… Y asi, en plan “friki” acabó nuestro modelo de empresario, vestido de Superman a la puerta de los juzgados, atacando al ministro Boyer al grito de “que te pego, leche”, huido a Alemania y, finalmente, entre rejas. Eran otros tiempos. Tiempos de carnaval postmortem.

Después vino la entrada de España en la Unión Europea y nos hicimos “nuevos ricos”. Ya no se llevaba el disfraz de “moderno”, ahora se llevaba el traje de Armani y la gomina. El modelo de empresario español de éxito pasó a ser Mario Conde. Joven, estudiante en los mejores colegios de la ciudad (Maristas de Alicante), carrera universitaria junto a las mejores familias (Universidad de Deusto) y con la oposición ganada a la temprana edad de veinticuatro años. El yerno perfecto, vamos. Lo que todo miembro de la clase media envidiaba. Un modelo.

Carrera empresarial meteórica, haciéndose a sí mismo. Era a finales de los ochenta, tiempos del trepa envidiado por su astucia, sus maneras elegantes y su capacidad para hacer amistades que, incluso, llegaban a las más altas instancias del Estado: su Majestad Campechano I. Ya no eran tiempos “kitch”, ahora eran tiempos de navegación a vela, coches de importación y reconocimiento universitario. Así fue nombrado doctor honoris causa por la Universidad Complutense, en un acto presidido por su amigo Campechano I. Y las gentes en los mercadillos, en las barberías, en las terrazas de cafeterías lo aclamaban como el modelo de empresario español de éxito.

Eran tiempos de bonanza económica. Todos éramos un poco como Mario Conde, nuevos ricos. Ya no eran tiempos “kitch”, ahora éramos europeos, nuevos europeos y debíamos equipararnos a su estatus: tuvimos Olimpiadas, una Expo Universal, el AVE…

Pero un día descubrimos que todo era mentira, como era mentira que éramos europeos. Nuestra Sanidad, nuestra Educación, nuestro nivel de Desempleo no era europeo. Seguimos ganando medallas, construyendo el AVE (avé quien se queda sin AVE), construyendo magnos edificios, construyendo hoteles, construyendo…, construyendo…, y construyendo. Mario Conde fue imputado por haber creado un agujero patrimonial de 2.704 millones de euros en Banesto y haberse apropiado de más de tres millones de euros. Pero nosotros habíamos creado un agujero tan inmenso como los agujeros negros de Stephen Hawking y nos habíamos apropiado de todo paisaje construible.

A la llegada del sigo XXI ya éramos una potencia de consideración y teníamos los mismos problemas que el resto de potencias occidentales y creíamos que nuestro modelo de empresario debía ser el “amigo” americano. Aún recuerdo las alabanzas que Rodrigo Rato recibía de toda la prensa afín (léase “La Razón”, “ABC” y “El Mundo”) y no afín, aunque taimadamente complaciente con su candidatura a la presidencia del PP (léase “El País”). Frente al continuista Rajoy, Rato representaba la modernidad conservadora, alejada de viejos problemas como los “hilillos de plastilina”, que habían hecho famoso al candidato gallego.

En España ya no somos unos advenidizos. No ganamos en deportes minoritarios o de “pueblo”, como el boxeo de Urtain o el ciclismo de Perico. Ahora tenemos campeones en Fórmula 1, en tenis, en la NBA e incluso no sólo pasaos de cuartos sino que ganamos el Mundial (de fútbol, claro).

No era Rato, tampoco, un empresario advenedizo como Mario Conde, ni un “friki” de la economía como Ruiz-Mateos. Era un propietario de negocios de raigambre familiar, como las mejores estirpes americanas que se remontaban a los pioneros del “Mayflower”. Estaba excelentemente formado en los mejores colegios (Jesuitas de Madrid) y había compaginado los elitistas centros superiores privados (ICADE) con lo mejor de la Universidad Pública española (Complutense), como si de Harvard o Berkley estuviéramos hablando, respectivamente. Por supuesto completó sus estudios precisamente en esta última universidad americana para obtener el prestigioso máster en Administración de Empresas.

Rato era un ejemplo de inteligencia, buen hacer, formas suaves y modelo de hombre de derechas moderno. A la americana. Estaba divorciado y todo. Nada de aquella derechona nacionalcatólica de otros tiempos.

Un día, allá por 2004 fue elegido Director Gerente de Fondo Monetario Internacional. Ahora España era un país de primera. Mientras aquí nos gobernaba el angelical Zapatero, en las altas instancias, donde se cuece el verdadero poder, teníamos a Rato. Sus análisis de la situación económica hacia 2007 eran plenamente optimistas: “la situación del euro está muy cercana al equilibrio”, declaró. Finalmente dimitió de su cargo cuando comprobó que ese equilibrio era más inestable que el de Pinito del Oro. Si me permitís el chiste fácil, el FMI descubrió después que si está Rato un rato más acaba con el sistema financiero mundial.

Pero no pasó a engrosar las filas del paro. Ya eran bastantes entonces. Esperanza Aguirre lo aupó a la presidencia de Cajamadrid como paso previo a la de Bankia, el nuevo banco que acababa con los privilegios de las cajas de ahorro y se convertía, de la mano de Rato, en la entidad más saneada, dinámica y floreciente del panorama económico español. Insisto en el chiste fácil: fue cosa de un rato. A los pocos meses dimite, lo echan, se va, quién lo sabe. El caso es que desaparece, crea un agujero de unos 10.000 millones de euros, que el Estado (o sea tú, yo y los demás) tendrá que pagar.

Otro caso de perspicacia española con el empresario de éxito. Así que cada vez que leo o escucho las bondades de un empresario español me echo a temblar. El próximo agujero puede que nos engulla en su interior y no podamos salir de él, aunque él (el empresario de marras) se lo lleve crudo y se convierta en “friki” adorable (Ruiz-Mateos), escritor de éxito y tertuliano de pro (Mario Conde), o jubilado anticipado con una indemnización bajo el brazo que le permitirá un retiro en las Seichelles bajo un cocotero y con un daikiri bien frequisto (Rodrigo Rato). Los tres mosqueteros, todos para una y una para todos. España, claro. Lo que me pregunto es quien es el jefe de la banda, o sea D’Artagnan.

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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Una respuesta a LOS TRES MOSQUETEROS: Ruiz-Mateos, Conde y Rato

  1. Juan Castells López dijo:

    Candidatos no nos han de faltar para la plaza, ahi estan los March como candidatos recientes pero ya algo olvidados y si nos remontamos a las fortunas prerrepublicanas o ya históricas, veriamos que el nivel de rapiña que permite el “subdito” ciudadano español es sólo cuestión de costumbre: los vemos pasar, derrumbarse, incluso eclosionar como setas.
    No importa cuan mediiocres o fatuos sean, los encumbramos a la picota, les permitimos unas salidas airosas, no importa: son bien nazional y ya devienen en intocables figurones de panteon para recordarnos qué cosas son posibles en ete país.

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