ENRIQUE GIMÉNEZ: Magistro et amico

El aula estaba prácticamente llena, éramos casi un centenar. Era uno de los primeros días de clase y aún no habían comenzado las deserciones después de conocer cuál era el perfil del profesor. Recuerdo cómo la luz de un otoño aún con sabor a verano entraba por la ventana del aula. Sentado en uno de los bancos de las primeras filas esperábamos mi compañero Pedro y yo la llegada del profesor de Historia Moderna de España.

Entonces volvimos la cabeza y le vimos entrar. Observamos como nuestras compañeras de clase más próximas se dirigían una mirada cómplice de aprobación un tanto sensual. Su presencia física era ciertamente impactante. Apenas si traspasaba la treintena, pero su porte era el de un maduro y seguro profesor con una experiencia más allá de su edad. El poblado bigote que enmarcaba su rostro le confería un aire de seriedad que nos abrumaba. Entonces se sentó, sacó unos folios de su archivador, los colocó ordenadamente sobre la mesa y nos lanzó una mirada escudriñadora. A continuación comenzó a hablar. No recuerdo ahora, treinta años después, de qué nos habló, pero aún percibo el timbre de su voz. Era un hecho absolutamente mágico. No importaba qué contara, no importa ahora qué conversación le escuchemos, su voz nos atrapa. Es una dicción suave, pausada, precisa. Un timbre profundo, como surgiendo de la profundidad del saber. Te atrapa con sus palabras, aunque no las entiendas. Es Enrique Giménez, catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Alicante. Y quien le ha conocido sabe de qué hablo.

Hoy, treinta años después, volveré de nuevo a escuchar su voz en una conferencia en la universidad en la que tantas veces he disfrutado de su presencia. Será su clase magistral de “despedida” de la Facultad, pero él no lo sabe. Él no sabe que un grupo de profesores, todos alumnos suyos, le hemos preparado una encerrona.

El año pasado decidió jubilarse. Dedicarse a sus investigaciones, pero sobre todo a los pequeños y deliciosos momentos que la vida aún le reserva: sus paseos por Alicante, su casa en Sella y, sobre todo, sus nietos. Jugar al fútbol con ellos es su mayor placer ahora. Mucho más que descubrir las claves de la administración borbónica del XVIII o desentrañar el mundo jesuítico de la Ilustración. Ya veis, aquel impresionante profesor que nos deleitaba con sus clases, que nos impresionaba con su capacidad de trabajo, que dirigía nuestras investigaciones, es una persona sencilla. Por ello no ha querido homenajes por parte de la Universidad de Alicante. Ni siquiera ha tenido una comida de jubilación al uso (¿a qué me sonará esto?).

Y pocos como él se lo merecen en ella. Siempre fue una persona especial. Enormemente querida, pero alejada de las prebendas universitarias, alejada de la formación de círculos de poder. A desayunar siempre iba con sus compañeros de departamento y entre ellos nunca hizo distinciones de clase. Antes de bajar a desayunar siempre buscaba a Rafa, el administrativo, a Marta, la bibliotecaria. Para él eran tan parte del departamento como el más laureado de los catedráticos. Por ello duró poco en el cargo de Vicerrector. No me imagino a Enrique con el engolado protocolo de la Universidad en esos actos que recuerdan a la universidad medieval. Seguro que tampoco podía aguantar la doblez que un cargo así requiere. Él es un hombre franco, que no calla ante la injusticia, terriblemente sincero: un mal político, vamos. Lo llevaba en la sangre. Su padre, amigo de Miguel Hernández, con quien compartió habitación en el Reformatorio de Adultos de Orihuela, sufrió los rigores de la represión franquista.

Enrique nunca se metió en política, como le sugirió su padre, pero no fue ajeno a los problemas de su tiempo y su irónica crítica a la caverna “pepera” era esperada por muchos de nosotros cada domingo en el diario Información mientras tuvo allí una columna, que después recopiló en un libro para sus amigos titulado “El escriba sentado”.

A Enrique donde lo veías en su salsa era en su despacho, a cualquier hora que no tuviera clase, preparando investigaciones, revisando pruebas de sus escritos, dirigiendo la investigación de compañeros. Y de forma completamente altruista. Nunca se guardó para sí una posible investigación. Si le preguntabas por dónde debías seguir en la tuya, enseguida sacaba su famosa libreta azul, en la que había apuntado minuciosamente el contenido de cientos de legajos del Archivo Histórico Nacional, y te daba una solución.

Y entre ellos me he encontrado yo. Quienes me seguís en este rincón de la red, sabéis de mi tendencia hacia la autodestrucción y la negatividad. Pues cuando mi parte más positiva resurge del fondo de mí, una de las cosas de las que me siento más orgulloso es de que Enrique Giménez me haya tenido en cuenta para pequeños o grandes retos y que me haya manifestado dentro de ese reducido círculo de sus allegados. Él dirigió mi tesis con paciencia durante siete años, él me propuso para una plaza de profesor asociado en la Faculta de Filosofía y Letras, él me llamó para participar en Congresos. Pero sobre todo lo que más le agradezco son sus pequeños detalles (un libro dedicado, una conversación en el pasillo) y esa sonrisa y cómo pronuncia mi nombre, con esa voz aún profunda, cuando nos vemos en la Universidad.

Haber participado en el libro homenaje que sus discípulos hemos preparado (titulado “Magistro et amico”) es una de las más grandes satisfacciones intelectuales de mi vida, pero, sobre todo, una enorme dosis de satisfacción emocional.

En la vida, realmente, lo único de lo que podemos disfrutar es de pequeños momentos como el que ocurrirá hoy. Escucharle, de nuevo, con esa profundidad que el saber acumulado confiere, ver como sus amigos y compañeros le admiran, sin siquiera decírselo, y disfrutar de una comida junto a él en la que surgirán anécdotas, pero sobre todo su palabra siempre dulce, pero irónicamente brutal cuando es necesario.

Simplemete GRACIAS, Enrique, mi querido profesor.

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