LA PEPA SE QUEDÓ EN PEPITA: La Constitución de Cádiz de 1812

Aquí está de nuevo el Club sin Socios para aguar la fiesta. Hoy todo serán homenajes para la Pepa: la Constitución de 1812. No pienso escuchar ni ver en qué quedan semejantes homenajes. Aquí sigo en el monte, en el suburbano, en la clandestinidad. Por cierto, hoy especial Paul Weller en Radio 3 de 13.00 a 15.00 horas.

Me imagino que todo serán parabienes. Que la Hermandad Campechana saldrá homenajeando una constitución que sus “antepesados” (fue un lapsus de “tip toe”, pero no queda mal) se encargaron de que no estuviera casi nunca en vigor. Pero no sé, por tanto, si algunas cosas de la Pepa se contarán. Por si acaso, aquí van.

Fue una Constitución avanzada. Sin duda. Pero no olvidemos que mientras en 1789 los franceses habían decretado la libertad absoluta de pensamiento, incluido el religioso (“Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de Creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”), la Constitución de 1812, la Pepa, decía respecto a ello: “La religión de la Nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera. La Nación la protege por leyes sabias y justas, y prohíbe el ejercicio de cualquiera otra”. De aquellos polvos estos lodos: “Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones” (Constitución de 1978, art. 16.3).

Pero aunque hubiera sido una gran Constitución (“Viva la Pepa”), no nos debemos olvidar lo que hicieron con ella una parte de los gobernantes españoles. Realmente, la Constitución no estuvo en funcionamiento nunca. Entró en vigor tal día como hoy en 1812, pero toda España estaba invadida por los ejércitos de Napoleón y el rey oficial era su hermano José I. En el territorio no controlado por los ocupantes, las Juntas revolucionarias estaban más preocupadas por mantener el orden y controlar la situación que de poner en vigor la Constitución. Que nadie se piense que al día siguiente hubo elecciones como preveía la Constitución.

A mediados de 1813, José I sale de España y se prepara la llegada de Fernando VII, hijo del anterior rey Carlos IV, para que jure la Constitución que tan convenientemente le han preparado, pues le otorga grandes poderes. Por eso le llamaban “el deseado”. Pero el Borbón no está conforme. ¡No se rebeló contra su padre en 1807 (conjura de El Escorial) para esto!

En lugar de firmar la Constitución, accedió a lo que un grupo de diputados absolutistas habían escrito en un manifiesto (“Manifiesto de los Persas”) y, en mayo de 1814, decretó que eran “aquella Constitución y aquellos decretos nulos y de ningún valor ni efecto, ahora ni en tiempo alguno, como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio del tiempo”.

Se inició, pues, la persecución de los constitucionalistas liberales. Pero seis años más tarde, tras el pronunciamiento del comandante Riego y su propagación entre el ejército español, incluso entre la propia guardia real, el rey se avino, asustado de perder su cabeza como su pariente francés Luis XVI, a firmar la Constitución de 1812. No he leído nunca palabras más cínicas en un gobernante:

Mientras Yo meditaba maduramente, con la solicitud propia de mi paternal corazón …, me habéis hecho entender vuestro anhelo de que se restableciese aquella Constitución, que entre el estruendo de las armas hostiles, fue promulgada en Cádiz el año 1812…. He jurado esta Constitución por la cual suspirabais y seré siempre su más firme apoyo… Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional”.

¿Quién dijo que los políticos españoles chaqueteros es una invención de nuestra actual democracia?

Mientras Fernando VII escribía estas líneas, estaba pensando ya en comunicarse, secretamente, al embajador español en París para que la Santa Alianza (el Imperio Ruso, el Imperio Austro-húngaro y el rey de Prusia) vinieran a salvarle del yugo liberal. Entretanto, la Constitución se puso en vigor, al menos en teoría, pues comenzaron las luchas internas entre liberales: moderados y progresistas.

Finalmente, al rey Fernando le hicieron caso y el país fue invadido por una tropa de ocupación francesa (los “Cien Mil Hijos de San Luis”) que le restablecieron como rey absoluto. Los liberales fueron nuevamente perseguidos, ahora más brutalmente: el comandante Riego, por ejemplo, fue ahorcado en la Plaza de la Cebada de Madrid, mientras en Granada era ajusticiada a garrote vil Mariana Pineda por bordar una bandera liberal. Ahora, nuevamente, Fernando VII era “el deseado”, pero de que se marchara. Pero no lo hizo.

Murió en la cama, ¿a qué me recordará a mí esto?, en septiembre de 1833. Entonces los liberales pudieron regresar a defender a su hija Isabel I de su tío Carlos, todavía más absolutista que Fernando VII. Ahí comenzaron las componendas entre el poder y la monarquía española. Era mejor una mala monarquía que la libertad: Isabel I, Alfonso XII, Alfonso XIII …?

Hoy su sucesor, nos hará creer que éste régimen democrático es heredero de aquella Constitución. Pero nos debería contar que cuando los Borbones han aceptado, aquella o cualquier Constitución, lo hicieron obligados por las circunstancias, el pueblo y su propio miedo. Y si no comparad las palabras de Fernando VII en 1820 jurando la Constitución con estas dos fotos:

 Arriba Juan Carlos jura los Principios del Movimiento franquista, abajo la Constitución de 1978

Poco de lo bueno, que lo tenía, de aquella Constitución disfrutaron los españoles, no digo nada de las españolas, que no eran ni ciudadanas. Seguro que se hubieran conformado con que se hubiera cumplido el artículo 13 de la Pepa:

El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen”.

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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