DÍA “INTRAPERSONAL” DE LA MUJER.

Ahora, pasados muchos años, he descubierto porqué, incluso cuando la presión familiar me obligaba, nunca me gustó confesarme: eran hombres (varones) los que debían hacerlo. Si hubieran sido mujeres creo que habría acabado contando todas mis miserias, que ya con 15 años me abrumaban.

En un mundo sin mujeres, mi abrumado espacio interior hubiera sido aún peor. ¡Cuánto le debo a las mujeres que me han permitido ver la felicidad en el mundo! Mi infancia, mi adolescencia, mi juventud, mi madurez y ahora, en esta edad que no sé definir, ha estado gratamente rodeada de mujeres.

Hoy, en este día, quiero recrear aquel mundo entre infantil y preadolescente rodeado de las mujeres que me criaron. ¡Qué días tan felices aquellos junto a mi abuela, mi tía Bony y la presencia etérea, pasiva, observadora desde su oscura enfermedad mental (la oligofrenia) de mi tía Lucía!

Eran largas tardes de invierno manchego en las que me contaban historias de mi pueblo, mi familia, el mundo. Y yo les contaba aquello que estaba leyendo: primero fueron tebeos, después libros de edición juvenil de Bruguera, más tarde literatura decimonónica rusa o francesa. Nos juntábamos todos (mis tías, mi abuela y yo) en el espacio silencioso de la cocina (no le llamábamos entonces salón) que sólo rompía la conversación y el sonido de la máquina de tricotar de mi tía Bony.

Algunas tardes tocaba salir a visitar a la familia. Mi tía Bony se encargaba de estas visitas. Juntos recorríamos las calles y me contaba, otra vez, historias de los vecinos que nos cruzábamos, de los habitantes de las casas que encontrábamos y de los parques en los que se había amado con su novio.

Mientras escribo estas líneas me vuelve a la memoria, y casi siento, la paz de aquellos momentos. No necesitaba nada más. Aquél era mi mundo, mi estrecha comunidad, era autosuficiente, era mi íntima clandestinidad.

Por las noches, en verano, largas tertulias al fresco a la puerta de la calle. Sentados en sillas de anea veíamos pasar vecinos y mi tía Bony y mi abuela me contaban historias de sus familias. Mi abuela con la mesura que da ser una matriarca mediterránea, que ya ha perdido el marido. Siempre el tono suave, nunca la voz elevada. Mi tía Bony con una alegría en la dicción, en sus ojos negros y en una forma de contar las historias que convertía cada narración en un momento entretenido.

Los sábados día de limpieza. Todo se ponía patas arriba, por eso a esa limpieza general y semanal se le llamaba “hacer sábado”. Se cambiaban las sábanas, se abrían todas las ventanas, se limpiaba el polvo, se fregaba la casa de arriba abajo. Y hablo de un enorme caserón manchego. A mí no me dejaban participar apenas, pero les observaba desde el patio mientras golpeaba mi pelota de tenis, con la nueva raqueta de madera regalada por mi tía Bony, contra la pared cada vez menos blanca por mi culpa. Me llegan aún, mientras escribo, los vapores  del frescor de la limpieza de las sábanas almidonadas.

Y mi tía Bony cuidó de mi crecimiento emocional, como ahora hacen otras mujeres. Siempre mujeres. Intentó hacerme convivir con la muerte, sin lograrlo, aquellas tardes de verano y de invierno en nuestras visitas al cementerio a la tumba de su novio Eusebio, muerto joven en accidente de moto, mientras iban al río a pescar cangrejos. Nunca se recuperó del choque emocional de aquella muerte, nunca me he recuperado yo de la suya. Nunca volvió a tener novio, pero ello no le amargó la vida. Hasta el último instante, que vivió junto a mí, su cara fue de felicidad, de pensar que saldría de aquella enfermedad que la mató.

Dedicó el resto de su vida, que no fue mucha (murió con cuarenta años), a cuidar de nosotros: de mi abuela, de mi deficiente tía Lucía y de mí.

Su recuerdo me persigue casi cada día desde aquel tórrido día de julio de 1985, víspera del día del Carmen. Creo que entonces me hice mayor, de pronto. Yo apenas contaba veinte años y me topé, sin poder pensar en lo que ocurría, con la muerte, su muerte, la muerte de una parte de mí. El viaje a Albacete en ambulancia, los médicos intentando reanimarla en urgencias, todo ante mi mirada atónita; la visita a la UCI, su última imagen, casi desnuda, sobre la cama. Aquella noche en soledad teniendo que llamar a toda la familia me persigue desde entonces.

Pero, no sé porqué, mi recuerdo de ella, de mi tía Bony, siempre ha sido alegre. No la recuerdo triste nunca. La recuerdo animándome siempre, contándome historias con su gracia especial, con su alegre mirada. Siempre le contaba mis problemas, siempre averiguaba cómo me sentía sin preguntar, siempre me sacaba de los apuros emocionales en los que me metía.

Quizá ella fuera la culpable de que sólo sea capaz de comunicarme emocionalmente con mujeres. Con ella aprendí.

Hoy (Día Internacional de la Mujer), cuando recordamos a tantas y tantas mujeres que en la Historia han luchado por un mundo mejor, yo recuerdo a la mujer que tanto hizo para que yo fuera mejor. La muerte no le dejó acabar la obra, por eso está inconclusa y os queda aún faena.

A mi tía Bony, a su mirada que aún siento clavada en mis ojos. Y a vosotras, mi mujer, mis amigas, a las que tanto os debo.

Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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8 respuestas a DÍA “INTRAPERSONAL” DE LA MUJER.

  1. Pere dijo:

    Aquesta cançó del grup Green Day m’ha vingut al cap al llegir el teu article: http://www.youtube.com/watch?v=cIUrTTu2sz8

  2. MªCruz dijo:

    Hi my dear friend,
    How lovely your article, so moving, cozy and neatly described emotions…
    You know….I’m going to “beome” Ana Rosa Q. and “copy” some of your lines in this article for my “project of a book”…that I hope to start soon. I only have the introduction and the chapters it will consist of.
    Thanks for letting us “walk” with you through your feelings and thoughts.
    Grrrreat al always!!
    MK

    • Gracias a mi amiga Maku, parece provechosa la inversión en la carrera de mi hija. Y sus viajes a Londres. Y, además, convierte mi blog en una experiencia multilingüe, algo que el ex-conseller “Fontdegaitas” nunca logró en la Consellería de Educación.

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