AUTOSUFICIENCIA: A Eduardo Benavente

Va a ser verdad que nada ocurre por casualidad. El domingo Paul Weller y su “Going undergrpund (“Me paso a la clandestinidad”), hoy, en “Carne Cruda” Eduardo Benavente y “Autosufieciencia”, otra canción que me ronda la cabeza estos días (y me la sitúa en lugares inadecuados, seguro). Que hable El Crudo:

“Hay luces que se extinguen demasiado pronto pero siguen iluminando mucho tiempo después de extinguidas. Como las estrellas. Son luces humanas llamadas a serlo, a ser héroes. En su caso, durante sólo un día pero suficiente para dejar un rastro en el cielo antes de ser una estrella que se estrelló contra el asfalto y quedar detenido en el tiempo como una luz con parálisis permanente.

 Parafraseando la primera canción de versos premonitorios de su único disco, él lleva casi 30 años sin luz, enterrado en un ataúd pero su piel fría y morbosa aún seduce y fascina. Se llamaba Eduardo Benavente y era “un chico moreno muy blanco de piel”, como le cantó después su chica, Ana Curra, en un disco del grupo Seres Vacíos. Así es como se quedaron, como seres vacíos, en la Movida madrileña, cuando se mató al salirse de la carretera una de las voces más fascinantes de esa generación que quería probarlo todo y de la que él retrató la parte más oscura en ansiosos versos cargados de lujuria, perversión, sexo, dolor, oscuridad, perros sedientos de amor, santas pecadoras y cuchillas de afeitar.

 Caminaba tan al filo de la vida que tocaba la muerte con la punta de su lengua al cantar. Por eso, da escalofríos escucharle. Por eso, su accidente de carretera parece una metáfora de una vida que iba tan deprisa que salió despedida sin tiempo de decir ni adiós. Sonaron las campanas para él señalando su cita con la parca de rostro frío y diabólica expresión con la que tanto coqueteaba en sus canciones. Sólo tenía 21 años pero aún tuvo tiempo este muchacho con aspecto de vampiro desaliñado de dejar dos agujeros en el cuello de la música española: unas primeras grabaciones que fascinan como las cuchillas sobre las muñecas y un disco tan vicioso que es imposible no engancharse a él, El acto.

 La suya fue una vida en un acto pero un acto de consumación total en el que se consumió entero, como Rimbaud. Tenían mucho en común, la misma urgencia vital, la misma avidez y la misma curiosidad adolescente que sólo algunos jóvenes temerarios se atreven a satisfacer. Ambos dejaron sólo un puñado de versos pero suficientes para meterse el mundo en un puño, como decía una canción de Parálisis. A ambos, como niños grandes que eran les gustaba jugar. Jugar juegos perversos y de mayores. Jugar a las cartas en los cementerios. Jugar con fuego y con bordes afilados hasta cortarse. Ambas carreras se cortaron pronto. Fueron héroes, un día nada más, como decía Bowie, al que Eduardo Benavente cantó. Pero para algunos, llamados a ser reyes como él, les basta un día para convertirse en delfines por siempre jamás.

 Eduardo Benavente no murió. Su vida se detuvo el sábado 14 de mayo de 1983 en aquel accidente de coche en Alfaro, La Rioja, camino de un concierto y quedó como congelada en el agua fría de sus canciones que aún siguen produciendo escalofrío. Dentro de ellas sigue cantando sin mover los labios, su cuerpo en descomposición, encerrado en casa, sin salir jamás. Ha alcanzado la parálisis permanente. Por fin es autosuficiente. Y yo me miro en su espejo y soy feliz de poder escuchar las cintas que grabó con su voz.”

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