LIBROS SUBRAYADOS: “El árbol de la ciencia”, de Pío Baroja.

Me inicio hoy una serie, como en los buenos blogs, que he titulado “Libros subrayados”, para recordarme el impacto de algunos libros en mi vida. Son libros que vuelven, como un boomerang. Por algún motivo, personal o social, se hacen actuales en mi vida cada cierto tiempo.

“El árbol de la ciencia” ha sufrido los avatares de su eterno retorno. La edición que conservo desde 1980 está destrozada. ¿Será una metáfora de mí…? Quizá sólo sea la consecuencia de mi utilización reiterada en clase durante la época de inexistencia del Word y del PowerPoint. Tiene todas las hojas desmembradas, pero conserva aún mis anotaciones de estudiante de COU. Eran anotaciones eruditas y explicativas, pero con el tiempo se han convertido en un referente de mi paso por este mundo.

Pío Baroja podrá agradar más o menos, como cualquier otro autor, pues en el fondo es sólo literatura, es decir arte, pero no se le podrá negar su carácter directo en el mensaje, en el lenguaje. Quizá por ello me impactó tanto su lectura con dieciocho años. Para quienes somos empedernidos lectores quizá nuestro mundo mental, nuestra representación del mundo exterior o interior, no sea sino fruto de la reproducción y el impacto de todo aquello que hemos leído.

Lo primero que me atrajo de este libro fue su tono, su clima: pesimismo existencial. El absurdo de la vida. Pero también que no nos queda más remedio que vivirla, o…; y debemos hacerlo de la mejor forma posible. Para nosotros y para los demás. En apenas 250 páginas recorremos la vida de Andrés Hurtado; recorrí yo entonces la que podría ser mi propia vida.

Más tarde, su impacto fue existencial. Durante mucho tiempo, aún lo es, ciertos pasajes de la novela acertaron en mi pensamiento sobre la propia vida y mi posición en ella. Son muchos estos fragmentos, pero uno me persigue casi cada día y forma parte de mi ser. Se trata del titulado “Amor, teoría y práctica” del capítulo La experiencia en Madrid. Lo he contado tantas veces, a tanta gente que ahora me apetece contármelo una vez más. En el amor, como en la Medicina de hace siglos, hay dos procedimientos: la alopatía y la homeopatía. “La alopatía está basada en la neutralización. Los contrarios se curan con los contrarios… Este procedimiento es el de los tímidos, que desconfían de sí mismos”. Ahí estaba yo. Quienes cada día nos evaluamos a nosotros mismos y no aprobamos nunca, no podríamos soportar compartir la vida con alguien igual que nosotros: ya tenemos bastante con aguantarnos a nosotros mismos. En cambio, “los semejantes se curan con los semejantes”, si su autoestima se acerca a la de Cristiano Ronaldo, sólo pueden compartir su vida con alguien que se les parezca.

Después, “El árbol de la ciencia” alcanzó un ámbito profesional de referencia. Una está en las primeras páginas, cuando se describen las clases de química en el curso preparatorio, es decir nuestro COU de entonces o Bachillerato de ahora:

“Los estudiantes le aplaudían [al profesor], riendo a carcajadas. A veces, en medio de la clase, a alguno de los alumnos se le ocurría marcharse, se levantaba y se iba. Al bajar por la escalera de la gradería, los pasos del fugitivo producían gran estrépito, y los demás muchachos, sentados, llevaban el compás golpeando con los pies y con los bastones.

En la clase se hablaba, se fumaba, se leían novelas, nadie seguía la explicación; alguno llegó a presentarse con una corneta, y cuando el profesor se disponía a echar en un vaso de agua un trozo de potasio, dio dos toques de atención; otro metió un perro vagabundo, y fue un problema echarlo”.

                Espectacular descripción de una clase de… 1911. Sí, he escrito bien. No es de 2011. Es de hace un siglo. Me quedo con las ganas de enviarle este texto a Pérez Reverte para ver si averigua de cuando es la descripción. Él, que tan amante es de la educación antigua y odia tanto la de nuestros días. También me quedan ganas de enviárselo a todos esos “amigos” (quizá sólo conocidos) que me han bombardeado, me bombardean aún de tanto en tanto, con el “cansino” e-mail de la diferencia entre los niños de LOGSE y los de “antes”.

Y, por fin, la traca final. Igual que el profesor de química de Hurtado me dejo lo mejor para el final. Es una descripción de la España de 1911: el caciquismo, la política turnista (moderados y progresistas) y la apatía de la gente ante el sistema fraudulento de la Restauración. Bien, en estos tiempos de precampaña electoral (¿cuándo no estamos en precampaña en este país?), creo que, nuevamente, “El árbol de la ciencia” vuelve como boomerang a nuestra vida política y social. Los caciques que controlaban la sociedad de entonces son nuestros banqueros y capitalistas de ahora, que no se ensucian en la política del día a día pero la manejan; el turnismo sólo ha cambiado el nombre a los protagonistas (¿o no sabemos, como entonces, quien va a ganar ya las elecciones?); la apatía la vemos cada día en los “share” de televisión y el sistema se llama ahora Democracia Parlamentaria:

“Las costumbres de Alcolea eran españolas puras, es decir, de un absurdo completo. El pueblo no tenía el menor sentido social; las familias se metían en sus casas, como los trogloditas en su cueva. No había solidaridad; nadie sabía ni podía utilizar la fuerza de la asociación. Los hombres iban al trabajo y a veces al casino. Las mujeres no salían más que los domingos a misa. Por falta de instinto colectivo el pueblo se había arruinado. (…)

 La política de Alcolea respondía perfectamente al estado de inercia y desconfianza del pueblo. Era una política de caciquismo, una lucha entre dos bandos contrarios, que se llamaban el de los Ratones y el de los Mochuelos; los Ratones eran liberales, y los Mochuelos conservadores. En aquel momento dominaban los Mochuelos. El Mochuelo principal era el alcalde, un hombre delgado, vestido de negro, muy clerical, cacique de formas suaves, que suavemente iba llevándose todo lo que podía del municipio.

El cacique liberal del partido de los Ratones era don Juan, un tipo bárbaro y despótico, corpulento y forzudo, con unas manos de gigante; hombre, que cuando entraba a mandar, trataba al pueblo en conquistador. Este gran Ratón no disimulaba como el Mochuelo; se quedaba con todo lo que podía, sin tomarse el trabajo de ocultar decorosamente sus robos. Alcolea se había acostumbrado a los Mochuelos y a los Ratones, y los consideraba necesarios. Aquellos bandidos eran los sostenes de la sociedad; se repartían el botín;  tenían unos para otros un “tabú” especial, como el de los polinesios. (…)

A veces pensaba que todo esto era necesario; pensaba también que se podía llegar en la indiferencia intelectualista, hasta disfrutar contemplando estas expansiones, formas violentas de la vida”.

                Repito, el texto es de 1911, no de 2011.

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Acerca de José A. Moreno

Un socio sin club
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2 respuestas a LIBROS SUBRAYADOS: “El árbol de la ciencia”, de Pío Baroja.

  1. Raquel dijo:

    Después de leer tu comentario sobre este libro he sentido unas enormes ganas de releerlo. Lo leí por primera vez también en el instituto, lectura obligada, ya sabes, y fue una lectura que me impactó. Hasta entonces no había leído demasiada literatura tan contundente como ésta, y todavía hoy, después de leer una gran cantidad de novelas más, recuerdo este libro como uno de los que me dejaron huella. Lo releí varias veces después, pero entre una lectura y otra mi punto de vista apenas cambió,pues lo volví a mirar desde una perspectiva temporal y personal muy similar. Sé que si lo leo ahora percibiré infinidad de matices que en su día no vi, como alguno de los que dejas ver en tu reseña, pues han pasado algunos años, y mi punto de vista indudablemente ha cambiado. Es curioso ver como varía nuestra perspectiva a través del tiempo y las cosas que nos suceden, cómo lo filtramos en nuestro yo. El “yo soy yo y mis circunstancias” es más palpable con el paso del tiempo. O será que he crecido.

  2. Pere dijo:

    M’han donat unes ganes tremendes de llegir-lo, i no únicament per la descripció que fas d’ell, sino per la que fas de tu mateix o l’impacte psicològic que pot tenir en qui el llig. Sincerament, em sent molt identificat amb el teu caràcter, i m’agradaria llegir algun llibre que puga ser reflex de la meua vida. Este té tota la pinta de ser-ho, sobretot per eixe pessimisme, que com bé em vas dir (per l’article de la revista de l’institut), no me’l puc llevar de damunt. En el fons crec que no està mal viure amb pessimisme, perquè els moments alegres són més alegres encara, i estàs en constant lluita per millorar…
    Sens dubte el llegiré este estiu i t’enviaré la meua impressió!

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