MARRAKECH, EN ROJO SANGRE.

Hace unos días escribí sobre mi experiencia en Marrakech y prometí seguir describiendo mis sensaciones y pensamientos en esa ciudad. Pero nunca pensé que sería tan pronto y en un tono con una motivación tan inesperada. Ya dije entonces que no sabía por dónde seguiría, pero jamás imaginé que me enfrentaría a la sacudida provocada por quienes han transformado en rojo sangre el rojo tierra que inunda fachadas, calles y campos de Marrakech.

He quedado como paralizado. La noticia me ha llegado a través del correo electrónico. Desde que llegué de Marrakech el pasado lunes mis ocupaciones caseras no me han dejado tiempo para ponerme en contacto con el mundo. Realmente, desde hace un par de años, no sigo las noticias diarias ni a través de la TV, ni de la radio (sólo la música de Radio 3 suele escucharse en mi coche), ni casi de la prensa. Por ello he quedado paralizado cuando mi compañero de viaje a Marrakech me ha enviado la noticia del atentado de ayer.

No ha sido miedo, soy bastante inconsciente ante el peligro, aunque lo evito si es posible. Durante los preparativos del viaje pensé que si había algún atentado en la zona seguramente sería contra intereses occidentales. Pero me decía a mi mismo, para no alarmar a quienes me acompañaban: “hay tantos países en el mundo árabe, hay tantas ciudades en Marruecos”. Pero era una posibilidad racional de que fuera en Marrakech: es la ciudad turística por excelencia.

Ha sido rabia el primer sentimiento que me ha surgido tras la parálisis. Y he pensado, después de en las víctimas, en ese bullicioso, dinámico, alegre, esperanzado pueblo marroquí que desea salir de su miseria económica y su atraso social. He pensado en lo bien que nos trataron. En nuestras conversaciones, en el zoco de la Medina, el sábado por la tarde acerca de la liga española y cómo les entusiasmaba bromear con nosotros sobre nuestras preferencias futbolísticas. He pensado en Said, nuestro guía y “anfitrión” en nuestra casa que fue el Riad Khamssa, y en sus últimas palabras: “hablad bien de Marruecos en España”. Quieren que dejemos de pensar que son un pueblo de “moros” incultos que vienen a quitarnos el trabajo y a llenar nuestras calles occidentales de delincuencia. No hay problema Said, allá donde esté hablaré de vuestro país, mejor de vuestra gente, con mis mejores palabras.

Mi siguiente pensamiento recayó en los autores del atentado. Aún se desconoce la autoría del mismo cuando escribo estas líneas, pero ¿qué más da? ¿Qué hay en la mente de un terrorista? ¿Se le ha ocurrido alguna vez pensar en la muerte de las personas que caen bajo sus bombas? Esas personas no están ya hoy entre los suyos, que les llorarán desconsoladamente. ¿Qué idea puede defenderse desde la muerte de otros?

He visto las imágenes posteriores del atentado. ¿Qué dirían los terroristas ante esos cuerpos envueltos en bolsas de plástico que sólo unos minutos antes eran alegres personas que comían en el Café Argana tras una mañana de compras, visitas y caminar entre el bullicio de las calles? ¿Es necesario convertir esas alegres personas en cadáveres?

Es inútil utilizar la razón para comprender estos atentados. O quizá no. Sus mentes están profundamente contaminadas, como han estado siempre las de quienes eliminan la vida de otra persona, por sucias y estúpidas ideas de salvación de los demás. Los integrismos, todos los integrismos que quieren mantener la pureza religiosa, ideológica, étnica, nacional, siempre han necesitado pueblos sumisos. Que no piensen. Que sólo obedezcan. El pueblo marroquí está comenzando a cansarse de que le salven. De que le salve el Rey, de que le salve Alá, de que le salve Occidente.

Es probable que los autores de los atentados pretendan que Marruecos no prosiga su camino hacia la democratización. Un camino que se esperaba largo, pero que podía acelerarse en cualquier momento. Iniciado el proceso, nunca se sabe dónde puede acabar. Y, si no, que se lo pregunten a Suárez y al Rey Juan Carlos en nuestra transición. Cuando se dieron cuenta no quedaba más remedio que legalizar el Partido Comunista, aunque ambos se habían manifestado contrarios pocos meses atrás.

Ese es el miedo de los integristas religiosos, y culturales, de Al-Qaeda. No poder mantener sumisa a la población con la excusa de Alá. No poder controlar la situación. Por ello, todo debe quedar como está o, peor, retroceder hacia la medieval unión entre política y religión. Y así, poder seguir diciéndoles lo que es bueno y lo que está prohibido. Que no piensen, no vaya a ser que un día también las mujeres árabes pidan sus derechos.

Un último pensamiento, sentimiento, me ha asediado esta tarde de primavera nublada y triste aquí y en Marrakech, dónde hoy ha caído la lluvia como la tarde del sábado pasado en la que bromeábamos en el zoco con nuestros anfitriones marroquís sobre el Madrid y el Barça. No caer en la idea, que he visto en algún foro al informarme de la noticia del atentado, de asimilar terrorismo e islamismo con el mundo árabe en general. Hemos tenido en España ejemplos demasiado próximos, con ETA y los vascos, como para caer en generalizaciones tan absurdas. En este caso, nuestra animadversión al mundo árabe es previa a la violencia terrorista. Reconozcámoslo: no nos caen bien los “moros”, como les llamamos aquí en tono insultante.

Tampoco todos los musulmanes son integristas. He visto estos días a creyentes musulmanes que viven su religión con pacífica interioridad. Y lo dice un no creyente en ninguna religión. Las ideas no son violentas en origen, tampoco las religiosas. Lo son las personas que las quieren imponer.

Por último, he recordado la referencia a un grupo de jazz que presentaba José Miguel López, en Discópolis (Radio 3) el lunes cuando salíamos Marilena y yo del aeropuerto de Alicante. ¿Fue una casualidad? Quizá no. Como iba conduciendo le hice apuntar el nombre para buscarlo tranquilamente en casa. El grupo en realidad no tiene nombre, es la música creada por la unión de Majid Bekkas, músico marroquí, Joachim Kühn, teclista alemán, y Ramón López, baterista de jazz alicantino. Éste último, dicen los expertos, el mejor en su instrumento en la actualidad.

¿Qué mejor ejemplo de integración cultural? Y en uno de los más universales de los lenguajes: la música. Llevo toda la tarde escuchándoles: un placer. Oriente y Occidente pueden vivir juntos y producir esta belleza y no la muerte.

A todas las personas de bien que conocimos en esa encantadora ciudad: Marrakech.


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Un socio sin club
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