VISIÓN DE MARRAKECH: LA CIUDAD DE LOS SENTIDOS.

Hace poco más de doce horas que salimos de Marrakech y aún siento cercano el impacto de las sensaciones vividas. Como tantas otras sensaciones que percibimos se irán diluyendo con el tiempo. Por eso tengo la necesidad de dejarlas aquí para siempre, aunque quien lo lea, yo mismo dentro de un tiempo, no podrá aproximarse a la realidad vivida. Realmente debería decir sentida. Marrakech, no sé si Marruecos en general o el mundo árabe en su conjunto, no se visita, no se vive, entra por los cinco sentidos. Son los sentidos los que te dan una idea del mundo tan distinto en el que te encuentras. Distinto a lo que ves cada día en Occidente, distinto internamente, con sus contrastes desmesurados. Otra palabra que define estos días vividos (sentidos) en Marrakech: contraste.

En un documental de TV puedes ver Marrakech, puedes vivir sus calles, sus zocos y plazas, pero no puedes sentir su vitalidad diaria. He viajado bastante, aunque menos de lo que me gustaría. He conocido ciudades de importante impacto turístico (París, Viena, Praga en Europa y la mayoría de las españolas: Toledo, Barcelona, Madrid, Cuenca, Córdoba, Granada, etc.) con sus grandes monumentos y belleza, pero en el fondo no era sino ver en directo lo que imaginas y observas en documentales y fotografías. No es que me hayan defraudado aquellas ciudades, pero Marrakech ha sido diferente. No deja de ser una ciudad turística, pero las condiciones de nuestro viaje  nos han ofrecido lo que quizá muchos no vean en Marrakech, o no quieran ver.

Creo que dos razones han influido en que este viaje haya sido diferente: el lugar donde nos alojamos (el norte de la Medina de Marrakech, la zona más profunda y alejada de los zocos turísticos) y el sentimiento, creo que compartido por más compañeros de viaje, de acercarnos a algo, difícilmente explicable, que llevábamos años intentando conocer. Es difícil transcribir este último razonamiento. Es una mezcla de deseo de comprobar que el mundo es todavía algo más que nuestro Occidente industrializado, de comprobar algo que ya intuíamos: porqué han decidido salir de ese mundo hacia el nuestro. Aquí ha influido, sin duda, nuestro contacto con el mundo árabe a través de los alumnos que hemos conocido en estos años. Pero hubo también, en mi caso, desde los primeros impactos sensoriales, el deseo de recuperación de un mundo perdido desde mi infancia: una forma de vida distinta, la vida en la calle.

Voy a obviar en los relatos que dedicaré a este viaje toda la parte meramente turística y anecdótica para centrarme en los impactos sufridos. Comenzaré hoy por los sentidos y otro día seguiremos con la parte racional. No sé donde ni cuando acabaré.

No es fácil describir con palabras (no es en este caso un tópico) lo sentido durante estos días. Hay que estar allí para percibir, desde el primer minuto en que comenzamos nuestro paseo por la Medina a primera hora de la tarde, un conglomerado de impactantes encuentros. Entramos, desde el Riad Khamssa, en una calle repleta a un lado y otro de pequeños talleres del metal. Todos los utensilios en la calle. Jóvenes, ancianos, niños golpeando, cortando, doblando viejos hierros amontonados según su diversa tipología. Hemos llegado a la Edad Media. No es otro tópico, es lo que cuentan las agencias de viajes, pero debes pasear por esta zona para observarlo. Te encuentras inmerso, caído, en un mundo que no has percibido jamás. A tu alrededor un mundo extraño y totalmente ajeno a ti se mueve sin que tu tengas nada que ver con él.

Innumerables impactos te llegan todos de golpe: los sonidos de los artesanos, los sonidos de una lengua que desconoces, pero que lo impregna todo porque todo el mundo habla a cada momento, los sonidos de las motos que te esquivan continuamente (miles, millones de motocicletas recorren las calles); el ajetreo constante de un incontable número de gentes que pasan a tu lado; y cientos, miles, de establecimientos de todo tipo que ofrecen al cliente los más variados productos. En Marrakech todo está en venta, cualquier casa parece una tienda. Hablaremos otro día de los contrastes, pero las hay lujosas, las hay turísticas, las hay pobres y hay viejos o niños sentados en el suelo con una vieja caja en la que “venden” productos de tercer o cuarto uso.

Y los impactos no cesan. Mujeres vestidas con traje tradicional, más o menos tapadas, chicos jóvenes con vaqueros o chándal de llamativos colores, viejos de rostro arrugado y pies descalzos. Y de pronto una punzada en la vista: un anciano ciego, con chilaba blanca y bastón pasa a tu lado entre tanto bullicio. Su ojo izquierdo está casi convertido en una cicatriz, camina encorvado, pero sin vacilar en sus pasos. La sencillez de su vestuario y su caminar le otorga una majestuosidad inexplicable.

Pero éste ha sido un viaje que me ha producido dos marcas para toda la vida: la pequeña Sara y los curtidores.

Una lluviosa tarde primaveral en Marrakech nos lleva a refugiarnos en los zocos mal techados de los alrededores de la Plaza Jamaa el Fna. Damos vueltas sin sentido. De pronto una niña de mirada angelical, con un dedo en su boca, se nos acerca con la otra mano extendida. Ha visto a Carmen con una bolsa de dulces. Le da una parte de ellos. Ya leímos que se te acercan pequeños en busca de chucherías, pero la niña nos sigue. Carmen le acaba entregando la mayor parte de la bolsa. Marilena y yo las observamos. Ella ya la había visto con el dedo en su boca refugiarse bajo los techados de las tiendas con sus pies descalzos sobre el agua que impregna de barro la calle.

Camen le pregunta su nombre, desde la lejanía creo que dice “Sara”. No me importa que no sea cierto: será Sara para mí el resto de mi vida. Y no la olvidaré, especialmente su mirada. Unos ojos negros, redondos, que te miran con dulzura. Una dulzura inocente. Una mirada que te dice: “no soy culpable de esto”. Nos siguió un buen rato. Cuando le dimos una moneda acabó alejándose con el mismo sigilo con el que había llegado, con una ternura en el rostro que nos dejó paralizados.

Al día siguiente, durante la maravillosa cena en el Riad, un arrebato de contradictoria emoción ante el contraste entre nuestra riqueza y la pobreza que habíamos visto evocado por Carmen me recuerda de nuevo el rostro y la mirada de Sara. Durante un instante quedo en silencio, el recuerdo de aquellos ojos, de aquel suave andar sobre la lluvia, y su más que probable miserable futuro me deja sin aliento para seguir la conversación. Hago terapia, no puedo estropear el momento a los demás. Pero es duro pensar en ello.

Había leído que el barrio de los curtidores era sólo para atrevidos olfatos occidentales. Si te planteas la visita como otra parte del tour turístico, sólo tienes que hacer algo de esfuerzo y dar una vuelta con el guía local que te acompaña. Pero este viaje no ha sido para mí como otros viajes turísticos. Cada situación me transportaba a una emoción. En este caso de rabia.

Es como trasladarse al siglo XI en la España medieval más paupérrima. He leído, incluso estudiado, las condiciones de estas gentes; cómo eran apartados del interior de las murallas por el hedor de su trabajo, pero verlo, sentirlo, no es lo mismo. Si alguna vez visitas este sitio no mires únicamente a tu alrededor, observa bien tu entorno. Te ofrecen ramas de hierbabuena a la entrada, aún así el olor se te hará insoportable, pero la vista te será más insufrible si eres capaz de fijarla por un momento en los cuerpos harapientos de los trabajadores que se mueven con total naturalidad entre la inmundicia. Imagina qué cobra por este trabajo repugnante. Y, ahora, si te atreves, vuelve a exclamar “¿a qué vienen estos moros a España?”. Reconozco que yo también he llegado aquí como turista, pero sé que mi pensamiento hacia esta miseria es diferente. Era ya diferente antes de venir. No sé si esto salva mi conciencia. Sé que si me detengo a pensarlo no es así, pero sé que esta visión ha fortalecido mis ideas acerca de la injusticia humana. Contra ella me he revelado siempre. Quizá porque yo provengo, en parte, de un mundo en algo semejante, aunque a muy pequeña escala. A la escala en que estas situaciones son comparables en Occidente.

Tal vez a ello he ido a Marrakech, a reencontrarme. Y a descubrir la mirada de Sara.

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Acerca de José A. Moreno

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3 respuestas a VISIÓN DE MARRAKECH: LA CIUDAD DE LOS SENTIDOS.

  1. Juan Antonio dijo:

    La empatía es una forma de inteligencia. Y la mirada lúcida y reflexiva una manera de vivir que nos evita ese atrincheramiento ideológico que nos convierte en fundamentalistas. Tus alumnos tienen mucha suerte… y tus amigos también.

  2. Elena dijo:

    Gràcies per aquest viatge que acabe de fer amb les teues paraules, molt més enllà del Marroc…

    • Sé com t’haguera agradat estar allí. Quan tingues ocasió no deixes de visitar aqueixa meravellosa ciutat, sé que ho faràs amb la mateixa mirada que jo i que gaudiràs dels mateixos sentiments.

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