RATZINGER Y LA SEGUNDA REPÚBLICA

No creo nada en el destino, pero hay ocasiones en las que parece que diversos elementos se conjugan en una misma dirección.

Estos días estoy iniciando el tema de la II República en mis clases de Segundo de Bachillerato. También he comenzado a leer el libro dirigido por el historiador británico Nigel Townson titulado “¿Es España diferente?”. Concretamente me hallo en la lectura de su artículo sobre el anticlericalismo y secularización en España. Y además, el domingo me desayuno con las declaraciones de Ratzinger sobre España, el laicismo y la II República. Como dice un proverbio gallego (¿otra casualidad?) “”Eu non creo nas meigas, mais habelas, hainas” (“Yo no creo en las meigas, pero haberlas, haylas”).

Pero como tengo alma de investigador, intento poner en relación todos estos elementos y, tras plantearme una serie de hipótesis, se me iluminan varias teorías y algunas dudas.

En la evolución histórica y política pocas cosas son fruto del azar (la teoría de la nariz de Cleopatra de E.H. Carr) y debemos buscar mecanismos de análisis de la realidad.

Por una parte, se me confirma, con la conjunción de estos tres elementos de análisis, que la II República es, como decía estos días a mis alumnos a modo de introducción, un referente histórico de máxima intensidad. Es el inicio de la Historia Contemporánea de España.  Desde hace algún tiempo lo confirman diversas señales. El denominado revisionismo histórico, que en España no ha salido todavía de la caverna neofranquista (alejado del revisionismo académico), ha situado a la II República en el centro de la diana. Sería la culpable de todos los males de España: el “Alzamiento Nacional”, la Guerra Civil, el atraso de los años cuarenta, la pérdida de valores, el laicismo, el relativismo… y podríamos seguir hasta con la muerte de Manolete.

Siempre fue, junto a la Guerra Civil, uno de nuestro iconos historiográficos (¡cuántos hispanistas se han dedicado a estos dos temas!). Para unos era el Edén, la Arcadia Feliz y se desea el Advenimiento de la III República y se ondean banderas republicanas en toda ocasión y lugar. Otros no dejan acercarse a sus hijos a quienes las portan no vaya a ser que se les pegue algo: el progresismo, el laicismo, el relativismo o, quizá peor, la democracia.

Entre estos últimos se sitúa la corriente que desde 1996, año de la victoria del PP con Aznar,  ha querido “revisar” la historia de España, buscando un culpable de la, para ellos, deplorable situación política y moral. Y allí encontraron a la II República. Desde entonces ha sido ingente la producción de títulos para estigmatizar aquella etapa de la historia de España. Los títulos son esclarecedores de su objetivo: “los orígenes de la Guerra Civil” (la revolución de 1934), “el derrumbe de la Segunda República y la guerra civil” (con la misma tesis sobre 1934), “la quiebra de la historia progresista”, “el colapso de la República” (por ella misma).

¿Es por lo tanto casual que Ratzinger en su última visita a España mencione los años treinta (la II República) como el origen del laicismo y el anticlericalismo hispano? Creo que no. Las palabras se produjeron en la tradicional declaración que realiza a los periodistas que le acompañan en el avión durante el viaje y que suelen ser los acreditados oficialmente ante el Vaticano. Es decir, existe un conocimiento previo de quién es el auditorio y la trascendencia de las palabras. En las visitas papales existe un trabajo diplomático anterior. En él participa el Ministerio de Asuntos Exteriores español, pero también la Conferencia Episcopal. Ya conocemos cuál es la postura esta última hacia el gobierno de Rodríguez Zapatero, sólo basta escuchar a sus medios de comunicación. Fue en estos medios donde los dos prohombres del “revisionismo” (César Vidal y Pío Moa) se estrenaron allá por la década de los 90 en la propagación de sus ideas sobre la II República. Ideas que, por otra parte, no eran si no la recuperación de las que Franco y su historia académica habían obligado a estudiar a varias generaciones de españoles. Por lo tanto, nada de revisionismo sólo es retorno de la vieja historia de Ricardo de la Cierva.

De esta forma, cabe muy dentro de lo posible que estas ideas le hayan llegado a Ratzinger a través de estos medios o de la propia Curia Vaticana, tres de cuyos miembros son españoles, quienes suelen patrocinar la beatificación de clérigos españoles muertos durante la Guerra Civil en el bando sublevado (nunca los vascos matados por Franco en su campaña del Norte). ¿Quien duda ahora de que Ratzinger se haya hecho una idea falsa sobre el origen del anticlericalismo en España?

Y es que la teoría del del origen del anticlericalismo, o laicismo radical como se dice ahora, es tan falsa como tantas otras patrocinadas por este revisionismo. El historiador Nigel Townson aclara, en el artículo citado al principio, que el nacimiento del “laicismo radical” en España se sitúa en los mismos inicios del liberalismo en España. La primera víctima mortal del anticlericalismo radical fue un sacerdote conspirador antiliberal en mayo de 1821, durante el Trienio Liberal. La furia anticlerical se desató en 1834 cuando en un solo día murieron 78 curas y frailes en Madrid. No fue la II República quien inició el feroz ataque a la Iglesia. Durante el bienio progresista, entre 1835-1836, los liberales expulsaron a los jesuitas, suprimieron todas las comunidades religiosas masculinas, y parte de las femeninas, y expropiaron la mayoría de las propiedades eclesiásticas (“la desamortización”). Años más tarde, el liberal Canalejas exclamaba en el Congreso “hay que dar la batalla al clericalismo”, mientras rezaba cada mañana en la capilla que se había hecho construir en su casa de Madrid.

Por lo tanto, el “laicismo radical” no nació en España en los años treinta del siglo XX de manos de turbas izquierdistas y pensadores masónicos, si no un siglo antes dentro del liberalismo español que no dejaba de ser católico, pero que quería separar fe y razón, esos dos términos que ahora Ratzinger quiere volver a unir.

Y frente a este “laicismo radical”, ¿qué ha señalado como modelo Ratzinger? Nada más y nada menos que los autores hispanos que han dado “fisonomía al catolicismo moderno” (sic): San Ignacio, Santa Teresa o San Juan de la Cruz. En la Facultad me explicaron (y este punto está sin revisar por Pío Moa, que yo sepa) que los citados santos eran consecuencia del Concilio de Trento, como reacción a la propagación del protestantismo en Europa. También estudié, esto ya por mi cuenta, que existe un catolicismo denominado “teología de la liberación”, pero ésta ha sido estigmatizada por el Papado de Roma desde los tiempos de Karol Wojtyła, por cierto a propuesta del entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe cardenal Ratzinger. En cambio, según sus declaraciones, apoya a los españoles “que en el siglo XX han suscitado nuevas instituciones, grupos y comunidades de vida cristiana y de acción apostólica”, es decir, el Opus Dei de Escrivá de Balaguer, el Neocatecumenado de Kiko Argüello o la Legión de Cristo del mexicano Marcial Maciel, todos ellos de ideología ultraconservadora.

Por tanto, quizá sea cierto que en España, como dice Ratzinger, se libre la principal batalla contra el laicismo y la secularización, pero esperemos que éstos venzan por fin en España. La opción contraria ya la hemos padecido durante demasiado tiempo. En parte, aún permanecen sus rescoldos: el propio Rodríguez Zapatero (el pérfido progresista para la COPE e Intereconomía) anuncia la retirada de la Ley de Libertad Religiosa el día antes de la visita papal no sea que se sienta molesto, institucionaliza en 2007 el sistema de financiación pública de la Iglesia Católica y aparca sine die la reforma del Concordato de origen franquista.

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