EL VERDADERO FINAL DE LA HISTORIA HA LLEGADO: ¡Qué razón tenía el Fukuyama!

A modo de prefacio.

Que conste que escribo todo esto con un profundo desconocimiento de la realidad política más cotidiana de España. Desde mi último escrito aquí, decidí desenchufarme de la corriente diaria que supone leer titulares de periódicos mainstream (hace tiempo que dejé de leer sus contenidos), escuchar noticias radiofónicas (ni siquiera las que con humor cuenta hacia las ocho de la mañana Antonio Vicente en Hoy Empieza Todo de Radio 3) o adentrarme en los diarios digitales (aunque esté pagando con mi aportación alguno de ellos). Fue una decisión de pura salud mental y física. No me pilló en buen momento de lo uno ni de lo otro y ya veía que me estaba afectando a mi equilibrio. Decidí dejarlo estar. Recluirme en otros mundos más interesantes. El tiempo es limitado y, a veces, hay que elegir entre leer otro artículo de Guillem Martínez sobre Cataluña o uno sobre Emilio Bueso y la narrativa de terror en Jot Down.

A modo de antecedentes.

Para los no muy versados en sociología, politología, historiografía o alguna otra ciencia social, el término “final de la historia” (aunque de raíz hegeliana) fue acuñado por Francis Fukuyama (Chicago, 1952) en 1992 a raíz de la publicación de su obra “El fin de la Historia y el último hombre”. La tesis del libro, resumida hasta la píldora, era que la Historia, entendida como cambio de sistemas sociopolíticos, había terminado con el final de los regímenes comunistas al imponerse el sistema liberal como el único capaz de mantenerse “per secula seculorum”.

La obra tuvo un éxito fenomenal. Rápidamente se convirtió en una obra debatida, estudiada y editada en todos los idiomas conocidos. En España, que no se caracteriza por la rapidez en la edición de obras de carácter teórico sobre Historia o cualquier otra ciencia social (“Combates por la Historia” de Lucien Febvre escrita en 1952 no se tradujo en España hasta 1970 por ejemplo), fue traducido y publicado ese mismo año por la editorial Planeta. Era necesario, pues, en aquel entorno de triunfo socialista (del bueno, no del denostado de los países destruidos por el comunismo, el llamado socialismo real), dejar claro que también aquí habían ganado los buenos.

¿De verdad ha acabo la Historia?

Durante años me tocó impartir en la Universidad la asignatura de “Tendencias historiográficas actuales” y aunque muchos de mis colegas dichas “tendencias” se quedaban en los años sesenta, como mucho, yo me empeñaba, y a veces conseguía, adentrarme en los albores del siglo XXI y explicar algo de lo que se mueve por el mundo de la historia en la actualidad. Y, naturalmente, salía el nombre de Fukuyama y su “final de la historia”. Animaba a mis alumnos y alumnas a debatir sobre las teorías de Fukuyama y prácticamente todos, yo incluido, aunque muchas veces hacía de abogado del diablo para animar el debate, negaban la llegada de ningún final de la Historia con la caída del Muro y los países comunistas. Aunque había varias posiciones: de la más izquierdista que abogaba por el retorno de un comunismo más humanista hasta la proliberal que, aun así, consideraba que el liberalismo debía adoptar también un rostro más humano.

Fukuyama se convirtió en uno de los “popes” de la denominada vía neoconservadora (los neocons) que tanto éxito tuvieron en la época de Bush y sus coletazos europeos (Aznar entre ellos). Apoyó una nueva intervención en Irak e impulsó el denominado Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense, con el objetivo de promocionar el liderazgo mundial de los Estados Unidos.

Pero como diría mi abuela, “una cosa es predicar y otra dar trigo”. Una cosa son las teorías políticas o historiográficas y otra la cansina realidad de los hechos. Así, tras lo ocurrido en Irak con la intervención americana, la fracasada política internacional de liderazgo de los Estados Unidos y la adaptación tan particular del liberalismo que han hecho en algunos países del antiguo Telón de Acero (Rusia, sin ir más lejos), el propio Fukuyama ha dado marcha atrás en sus presupuestos (en su obra “América en la encrucijada”, 2007).

Mi visión sobre la obra de Fukuyama también ha sufrido una evolución. Pero en sentido contrario. ¡No des marcha atrás Francis! Creo, ahora, que tenías toda la razón. El final de la Historia ha llegado. Solo hace falta mirar la calle, escuchar las tertulias de las terrazas, oír a tus compañeros en la Sala de Profesorado, ver a personajes varios mientras haces zapping en tu televisor. Y todo ello aun estando desenchufado de la realidad más próxima.

Es cierto que aún quedan algunos frikis que consideran que otro mundo es posible, que las utopías serán realizables algún día, que hablan y hablan de renovar la vida social de este país o de cualquiera. Pero la derrota les espera más pronto que tarde. La victoria es, ha sido hace tiempo, de ellos.

Las empresas capitalistas aprietan cada vez con condiciones más draconianas a sus empleados y no pasa nada. Las grandes empresas controlan las legislaciones de los países denominados liberales y seguimos votando, creyendo que elegimos a quienes nos representan. La justicia se convierte en un apoyo del poder y seguimos pensando en la división de poderes.

Ha llegado el “mundo feliz” que “pronosticaba” Aldous Huxley: la “humanidad es desenfadada, saludable y avanzada tecnológicamente”. ¿Qué más queremos? ¿Para qué queremos la política?

En estos días estamos visionando en casa “1993”, la segunda parte de la “1992”, sobre los procesos judiciales de la denominada “Tangentopolis” y “Manos Limpias” en Italia. Por una parte, da un tanto de envidia que una productora (Sky Atlantic) se atreva a desgranar con toda crudeza la realidad más oscura del poder en la Italia contemporánea, introduciendo personajes reales en ella. Lo más parecido que tuvimos aquí fue “Crematorio” que se adentraba en la España de la corrupción, pero en ella todos los personajes eran ficticios, aunque cada uno buscara paralelismos con su concejal de urbanismo más cercano. En “1992” y “1993” se destripa a Berlusconi, a Craxi, a Umberto Bossi o Giorgio Napolitano, solo por citar los más conocidos entre nosotros. Pero también otros que lo son menos, como Gianfranco Miglio (“il professore”), el que fuera ideólogo de la “Lega Nord”, el grupo secesionista de la Padania (la Italia del Norte), que no se quería mezclar con la chusma del sur y los corruptos políticos de Roma. Aparece “il professore” en la serie como un neofascista pagado de sí mismo, al servicio de ese grupo de demagogos (Bossi ha sido condenado en 2017 a dos años y tres meses de prisión por malversación de fondos de su partido) y racistas (“hay que acabar con los inmigrantes cañoneando las pateras”, U. Bossi). ¿Os imagináis por un momento una serie así en España en la que aparecieran algunos de los ideólogos de nuestro partido gobernante? Pérez Reverte o Vargas Llosa, ahora que están de actualidad. O Laín Entralgo y Cela por hablar de dos ya fallecidos como Gianfranco Miglio. El otro día lo comentaba con mi amigo Joan, ¿os imagináis una serie basada en “El cura y los mandarines” de Gregorio Morán? Al estilo de “Gomorra”, la gran serie italiana basada en el ensayo de Roberto Saviano.

¿Y en qué ha quedado esa Italia? En un país administrado por un grupo de tecnócratas, dirigidos por Paolo Gentiloni, del Partido Democrático, de centro izquierda, que se declara socialista, social-liberal, socialcristiano y ambiental, llegado al poder tras el fracaso de la reforma constitucional de Matteo Renzi. Los italianos se manifestaron en contra de una reforma patrocinada por el establishment, pero éste se reprodujo a sí mismo y continúa gobernando a través de una especie de Gran Coalición formada por el PD de Gentolini, la Alternativa Popolare, de centro derecha, los Centristi per l’Europe y algún independiente (sic), como Pier Carlo Padoan, expresidente del Fondo Monetario Internacional (¡olé! a lo que ahora llaman independencia). ¿Escuchamos algo de la política italiana en la actualidad? No, ha llegado el final de la Historia.

Y mientras tanto, mientras ha finalizado la Historia y ya no existe el peligro de contaminación del comunismo, las ideologías vinculadas al racismo, la xenofobia, la homofobia y todas las fobias que tengan que ver con lo que no valore las esencias nacionales, crecen por Europa y campan a sus anchas, como hemos visto cerca de nosotros hace unas semanas. Lo hemos visto en Holanda, en Francia, y más recientemente en Austria y Alemania. Solo me detengo un momento en este último caso para ilustrar mi teoría de la llegada del fin de la Historia. El partido Alternativa para Alemania (AfD), ya la tercera fuerza política en Alemania, ha obtenido sus mejores resultados en los territorios de la antigua República Democrática de Alemania, aquella que abrazó el comunismo hasta 1991, ésta que sufre las consecuencias de la unificación entre su clase trabajadora, y que culpa ahora a los turcos de sus males. El neoliberalismo ha logrado uno de sus objetivos: desviar el punto de mira de la culpabilidad de ellos mismos y sus políticas económicas hacia los inmigrantes que “nos quitan el trabajo”, ese que ningún “alemán decente” se dignaría a realizar.

Y lo he visto cerca de mi casa. En los balcones de mi antiguo barrio obrero de la Virgen del Remedio, lleno ahora de inmigrantes subsaharianos y magrebíes, como antes lo estuvo de manchegos (como yo mismo), donde ondean banderas rojigualdas que no creo vayan solo contra el independentismo catalán sino contra su vecino magrebí o subsahariano, porque él es “español, español, español”. Como decía aquel agricultor de Marinaleda (refugio de frikis, por cierto) “tú lo que eres es idiota”.

Pero la Historia ha terminado.

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ESPAÑA: Una gran nación, ¿o no?

La primera escena de la serie “The Newsroom” se me quedó grabada para siempre. Creo que no he visto nunca un inicio de serie (diría incluso que de todo el panorama audiovisual) tan espectacular. Si después de ver esos algo menos de diez minutos no te entran ganas de encerrarte en casa hasta consumir una a una las tres temporadas, es que no amas el cine o no tienes espíritu crítico.

Me viene con frecuencia a la mente y mis alumnos de varias latitudes del sistema educativo español tienen que soportar que la recomiende una y otra vez. En estos días se me ha vuelto a aparecer. Primero fue con alguna referencia a la entrevista de Évole a Puigdemont, la cual no vi. Me recordó a la mala leche que el protagonista, Will McAvoy, utiliza con sus propios correlegionarios del partido Republicano, del que se manifiesta votante. Aunque por lo que conozco del periodista español, creo que es una versión un tanto cutre y carnavalesca. Sin embargo, también por lo leído, tanto Évole como McAvoy acaban siendo acusados del mismo mal: creerse que más importantes que la noticia son ellos mismos. Sí, es que en la serie los buenos no siempre son buenos, como en la vida misma. Y cometen errores, como en la vida misma.

La segunda vez que me vino la serie a la mente, concretamente su inicio, fue en el coche mientras escuchaba el discurso de Albert Rivera tras el 1-O. Decía en él, entre otras cosas, que “este es un gran país, España es un gran país…”. Cuando llegué a casa estaba Rajoy en su particular aparición para comentar que bueno, en fin, referéndum, lo que se dice referéndum, no había habido, aunque él dijo que no habría urnas, ni papeletas, colegios abiertos. En un momento de él, también nos quiso alentar, y subir el ánimo, diciendo que “España es una gran nación, de las más antiguas de Europa, democrática, amable y tolerante, pero también firme y determinante”. Voy a dejar de lado el final de su frase, pues no se puede hacer broma de todo, pero decir que esa España que él ha defendido a porrazos es “amable y tolerante”, cuando menos supone un insulto a quienes hemos visto las imágenes que hoy reproducen, para escarnio general, todas las portadas de los periódicos de occidente, y una ofensa para los cientos que acabaron en hospitales y centros de salud a curar sus golpes. Lo que ahora me trae aquí es la coincidencia de planteamiento, también aquí, entre Rivera y Rajoy con que España es una gran nación.

Y si me acordé de la entradilla de The Newsroom es porque esa fue la pregunta que le hicieron, si habéis visto el vídeo, a McAvoy en un debate en una facultad universitaria. Como veréis intenta escaquearse para no decir lo que realmente piensa. Y eso mismo me ocurre a mí. Quizá acabe tan trasquilado como él y quieran defenestrarme o algo peor. Pero es lo que pienso y, como él, os voy a dar argumentos. Y parafrasearé dicha entradilla.

Como dice McAvoy, de verdad señor Rajoy, señor Rivera, podéis decirle a los españoles, especialmente los jóvenes, sin reíros, que España es “tan maravillosa y cuajada de estrellas que somos los únicos que tienen libertad”. Ya lo dice él: Canadá, Japón, Reino Unido, Francia… tienen libertad. Por cierto, McAvoy menciona a España como un país con libertad, pero recordemos que está rodada la escena en 2011, antes que Rajoy entrara en la Moncloa a final de dicho año.

Efectivamente, podríamos decir, aún a riesgo de que nos lapiden, como a McAvoy, de que España no es un gran país, todo lo antigua que Rajoy quiera decirnos, pero de dicha antigüedad apenas unas décadas han sido vividas en democracia. ¿O tenemos que enorgullecernos de nuestra historia? ¿Qué historia? La del franquismo, la del caciquismo de la Restauración, la de la reina ninfómana Isabel II, la del continuo traidor de su padre Fernando VII (que le cae mal hasta a Jiménez Losantos), la de la Inquisición, la del expolio americano, la del “Santiago y cierra España”… Y, tal y como dice McAvoy, deberíamos antes de meternos en un colegio electoral recordar que “no hay una prueba que permita afirmar que somos el primer país del mundo”. Somos el segundo país en paro de la UE, con una tasa que duplica la media, somos el sexto país con menos gasto educativo por alumno de la UE, somos de los últimos según el barómetro de lectura, según un informe de la ONU de 2015 España “suspendía” en derechos humanos, especialmente en “racismo policial, ‘expulsiones en caliente’, desigualdad de género, CIE o discriminación en acceso a viviendas, educación o sanidad”.

Pero, como los Estados Unidos, también nos podemos vanagloriar de acercarnos al número 1 en varios temas: somos el séptimo en venta de armas, especialmente a dictaduras como la saudí, de la que somos su tercer proveedor; somos líderes europeos en precariedad laboral (3,7 millones de españoles cobran menos de 300 €), también en “riesgo de pobreza infantil” (29,6%) y en tasa de abandono escolar antes de lograr el graduado básico (20%).

McAvoy dice que Estados Unidos hubo un tiempo en el que sí fueron referencia mundial en defensa de la libertad (“cuando librábamos guerras contra la pobreza, no contra los pobres”), en ciencia, en moral democrática… ¿Y España? Quizá nunca fuimos esa referencia mundial positiva (lo que muchos recuerdan como glorias hispanas es para echarse a temblar: el Imperio donde no se ponía el sol). Pero hubo un tiempo, no tan lejano, en el que, para un país que vivía en una enorme pobreza estructural, la cosa no pintaba mal: se ha denominado la Edad de Plata de la cultura española (1898-1936).

En 1906 obtuvo su primer, y realmente único, premio Nobel de ciencia (Ramón y Cajal, pues el de Severo Ochoa lo obtuvo en 1959 cuando llevaba veinte años exiliado en Estados Unidos). Florecieron instituciones científicas del calibre de la “Junta de Ampliación de Estudios” y la “Residencia de Estudiantes”, alejadas, como la “Institución Libre de Enseñanza” del yugo clerical. En ese ambiente se produjo la visita de Einstein a España, invitado por el físico Esteve Terradas y el matemático Julio Rey Pastor, dos figuras de calado mundial en su época, el último de ellos inventor de la “preología” que acabó sus días como tantos otros en el exilio (en este caso en Buenos Aires).

Qué decir de aquella “Residencia de Estudiantes” por cuya institución pasaron gente como Dalí, Lorca o Buñuel. Había en la Residencia de Estudiantes una buena biblioteca, clases de idiomas gratuitas y varios laboratorios de ciencia experimental, en los cuales trabajaban hombres como Severo Ochoa, Juan Negrín, Blas Cabrera, Antonio Madinaveitia o Luis Calandre. Allí dieron conferencias, además del citado Einstein, Howard Carter, Marie Curie, el psicólogo alemán Wolfgang Köhler, el físico francés Louis-Victor de Broglie, el arquitecto Le Corbusier, el economista Keynes y tantos otros.

Con la llegada de la dictadura de Franco, la mayor parte de los alumnos y profesores (incluido su director el pedagogo Alberto Jiménez Fraud) se marcharon al exilio extranjero o al no menos ignominioso exilio interior, sin medios y con la libertad de cátedra coartada. La Junta de Ampliación de Estudios se clausuró y se sustituyó por un organismo estatal contralado por el gobierno (el CSIC). Un dato: sobre el Auditorio de la Residencia se construyó la iglesia del Espíritu Santo, controlada por el Opus Dei. Otro dato: en 1943 los 16.000 libros de la biblioteca de la Residencia de Estudiantes fueron trasladados al Colegio Mayor Ximénez de Cisneros. Los libros permanecieron desaparecidos hasta 2010, fecha en la que se rescataron únicamente 2.300.

Y acabo con las palabras de McAvoy en su arenga a los jóvenes periodistas: “el primer paso para resolver un problema es reconocer que existe. Así que América [España] ya no es el mejor país del mundo. ¿Suficiente?”

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CATALUÑA 1-O: Notas dispersas

No es un resultado futbolístico, es una fecha, pero podría ser perfectamente un resultado político.

Quizá alguno de mis habituales lectores estuviera esperando ver aquí algún comentario sobre el asunto catalán. Hasta ahora he tenido una gran pereza en hacerlo. Todo el mundo hablando de lo mismo me ha llegado a provocar hastío. He dejado de visitar el Facebook para desintoxicarme de tanta noticia publicada sobre el asunto. Pero no me he mantenido al margen del tema, aunque ganas me dieron en muchas ocasiones. Pero lo he hecho bajo dos premisas. La primera es la de contemplar el asunto bajo el prisma de una indiferencia intelectualista, como decía Pío Baroja (“El árbol de la ciencia”), a tenor de lo ocurrido en la España de la Restauración; y otra la de procurar leer artículos de fondo, de escritores que iban más allá del panegírico, del artículo del típico enterado que cree saber de lo que habla porque un día leyó en internet un resumen de historia de Cataluña y/o España, la recensión de una tesis de Sociología o la contraportada de cualquier politólogo. Es lo que Sánchez Cuenca ha denominado “La desfachatez intelectual”. También por esta última razón, no convertirme en un intelectual “enterao”, he tardado en ponerme a escribir sobre el asunto. Y si lo hago es por puro desfogo personal. Además, no se tratará en esta ocasión de ninguna entrada de corte político-histórica. Ya mucho se ha escrito sobre ello y si lo hiciera yo, necesitaría un espacio que rebasaría los límites admisibles, y legibles, de una entrada de blog.

Me limitaré por ello a pergueñar notas sueltas que me han venido a la mente estos días.

Primera. Me da la impresión que como esto acabe mal, dentro de varias generaciones volveremos a preguntarnos quién empezó. Nuevamente como en el 36 habrá teorías para todos los gustos. La historia se escribirá y reescribirá a tenor de quién la cuente, pero quizá entonces se nos haya olvidado que hasta 2010 pocos hablaban en Cataluña de independencia y, menos aún, de referéndum. Fue en esa fecha cuando el Tribunal Constitucional español eliminó 14 artículos del Estatuto catalán (y recortó otros 27) reformado en 2006, con el aval del Parlament y de un referéndum legal, tras el recurso puesto por el PP. Se iniciaba así un problema político que nos ha llevado hasta aquí. Quizá desde entonces sean injustificables algunas acciones de los partidarios de la independencia y/o el referéndum, como la pantomima de la reunión del Parlament para aprobar la llamada Ley de desconexión, tal y como ocurrió con el gobierno de la República después de 1936. Pero no debemos olvidar cómo comenzó todo. Luego no vengamos a empreñar con que si octubre del 34, que si las elecciones de febrero del 36. El ambiente social, provocado por la derecha española (entonces y ahora), está en la raíz última del asunto.

Segundo. A buena parte de los españoles les caen mal los catalanes. Y no es de ahora, podría daros bibliografía de cómo este asunto colea desde el siglo XVI. Es un problema emocional que deben asumir una buena parte de los españoles. Si no se soluciona este asunto, da igual lo que pase el 1-O. Sí, ya sé que en contrapartida una parte de los catalanes no quieren ser españoles, pero esa es una decisión personal. Lo otro, el odio a una parte de tu territorio, es para hacérselo mirar: si no te gusta, para qué lo quieres.

Tercero. ¿Alguien ha pensado que esta situación que estamos viviendo es única en las democracias liberales consolidadas europeas? ¿En cuál de ellas, con cuarenta años de democracia ya, ocurriría que, ante el planteamiento de un problema político de tal magnitud, el gobierno conteste que no quiere ni oír hablar del tema? A lo mejor es que, y me apunto a esa idea, España, a pesar de cuarenta años de democracia, no es una democracia liberal consolidada. Quizá es que esos cuarenta años no son nada (como decía Gardel en “Volver”, aunque fueran allí veinte) y que la Dictadura franquista, y sus formas de hacer política, y sus  comportamientos sociales, no están tan lejos.

Cuarto. Gran resultado de la extrema derecha en Alemania. Todos se preguntan por qué en España no existe un partido del estilo del AfD. Es sencillo, ¿habéis visto a esos españoles que despiden a la Guardia Civil que marcha a Cataluña para evitar el referéndum al grito de “a por ellos”? ¿A qué partido creéis que votan mayoritariamente? A Falange ya os digo yo que no. Si queréis leer algo interesante en torno a ello, aquí tenéis un artículo de Gerardo Tecé titulado “Si nos gobiernan ultras…”.

Quinto. Como Dani Rovira con la tauromaquia, opinión que comparto, yo tampoco me siento identificado con un país que disfruta con el maltrato animal y lo llama Fiesta Nacional (yo no quiero formar parte de esa nación), que reacciona visceralmente ante la salida de la policía a reprimir un deseo, que cuelga banderas en el balcón como reacción a su odio (tampoco colgaría ninguna estelada de vivir en Cataluña, pues las banderas me dan alergia, debe ser por haber sido obligado a ponerme firmes durante un año ante una de ellas). Antes de recibir mensajes del tono, pues si no te gusta España, vete de ella, ya dejo dicho que no me gusta “esa España”, me gustaría vivir en un país (sea el que sea) en el que los referentes sean otros. Y tengo derecho a vivir en éste pues pago mis impuestos en él y trabajo para hacer mejor a las personas que me rodean (y a mí mismo el primero), cosa que no hacen buena parte de esos que cuelgan banderas.

Quinto, y último. ¿Qué difícil es en circunstancias como estas situarse frente a posiciones maximalistas de ambos grupos? Lo es siempre cuando la cosa se tensa. Y a mí me está costando. Como les costó a algunos españoles en el 36. Ya he referido en alguna ocasión el caso de Luis Lucia, padre del cineasta del mismo nombre. Encarcelado por los republicanos en Barcelona por su militancia derechista, aunque el mismo 18 de julio del 36 envió un telegrama poniéndose al servicio del presidente de la República y repudiando el golpe, y que acabó sus días en Mallorca, en una cárcel franquista, precisamente por ese apoyo a la República. Lo habéis leído varias veces en este post, pero mis alusiones al 36 no están referidas a que crea que ahora pueda estallar ninguna guerra, sino, más bien, como ejemplo de fractura social. O está conmigo, o estás contra mí. No hay medias tintas. Si dices que apoyas el “derecho a decidir”, entendido como una libertad individual que se traspasa al orden social, eres tachado de antiespañol, nazi y cualquier otra lindeza; si cuestionas el “procés”, y especialmente sus protagonistas, de los cuales no te fías al tratarse de grupos políticos que han protagonizado episodios de corrupción y de recortes sociales de primera magnitud, se te tilda de renegado y, en el colmo de los disparates, de fascista.

P.D. Algunos se apuntan a que la victoria del sí y la independencia de Cataluña provocarían un cataclismo en la sociedad española que provocaría la destrucción del sistema de la Transición e, incluso, el advenimiento de la República. Poco conocen al ser humano: si eso ocurriera, la expansión del sentimiento ultra, llevaría a España a cien años de gobierno de los ultras…, vamos los que ya nos gobiernan o sus acólitos.

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BOLARDOS Y POLÍTICA: Otro debate de altura política

Cuando ya tenía trazado un borrador de este post, cayó en mis manos (es una forma ya incoherente de hablar, pues ya no tenemos en nuestras manos los periódicos, sino aquí, sobre esta pantalla iluminada) un artículo de Jordi Évole titulado “Y cuando despertamos, todo estaba politizado”. Iba a decir un “estupendo” artículo, pero si lo hubiera hecho, este post ya estaría politizado para alguno de mis lectores. ¡Qué digo! Ya está politizado solo por el hecho de mencionar a Jordi Évole. Algunos de los que esto leáis, ya no seguiréis haciéndolo porque hablo bien del antiguo “follonero”, porque sale en La Sexta, porque es catalán, porque parece de izquierdas, porque… qué se yo, porque os cae mal. Otros habréis leído el artículo y, por ello, ya no seguiréis leyendo el mío, porque os parece mal lo que allí se dice, por poner a la par a unos y otros, por quejarse de que aquí, en España, cualquiera de sus partes, que eso sí nos une, ya todo está politizado.

De eso quería yo hablar, antes de que Jordi Évole me pisara gran parte de mis argumentos. Él habla de que hasta las playas están politizadas. Yo abundaré en ello, pero sobre todo me uno a él en el hastío que me provoca ya todo ello. La lectura del artículo me produjo una sensación de alivio: no estoy solo en la galaxia. Menos mal, pues estaba ya a punto de salir al balcón y gritar: “dejadlo ya, no puedo más, quiero respirar”. Y después, coger la maleta y marcharme a Kapingamarangi, que por si no lo sabéis es una isla, al parecer aún bajo soberanía española, en la Micronesia.

Después de una semana de los atentados de Barcelona y Cambrils, el aluvión informativo ha sido de tal signo que la única sensación que parece quedar en gran parte de los españoles es que da igual. Da igual lo que pase, aquí volvemos a lo mismo: convertir en política cualquier acontecimiento. Tiene ello dos consecuencias negativas a mi entender: la primera, la pérdida de perspectiva, pues no todo debe tener una lectura política, entendiendo esta como el enfrentamiento de pareceres, básicamente entre dos grupos (los “míos” y los “otros”) que es en lo que ha acabado derivando el juego político en España; y la segunda, que aquellos temas que verdaderamente deberían tener un contenido político de alto calado social, deja de tenerlo, pues queda diluido en el ruido diario del enfrentamiento, produciendo hastío entre la población en general, que, como vulgarmente se dice, “pasa”, pues es cosa de políticos, cuando a todos debiera interesar.

Me explicaré con algunos ejemplos. La banalización de la política, a la que hemos asistido esta semana de forma supina, provoca que poner unos bolardos, un e-mail, unas rencillas entre cuerpos de seguridad, el idioma en que se da una rueda de prensa, se conviertan en arma arrojadiza dentro del debate político. Se insiste en que debemos estar todos juntos contra el terrorismo, pero esa unidad duró en este caso poco más de unas horas, hasta que a alguien se le ocurrió el tema de los bolardos. Fue patético escuchar al alcalde de Alcorcón y al cura madrileño culpar a la alcaldesa de la masacre por no poner los dichosos bolardos. Llegabas a tomar café con un grupo de amigos y ya sabías su opción política: debió poner los bolardos o no debió poner los bolardos Ada Colau. Después preguntabas qué les parecía su política urbanística y la respuesta era o “magnífica” o “esa es una mamarracha”. Estaba todo dicho, aunque no supieran qué les preguntaba.

Todo eran parabienes a las fuerzas de seguridad, en este caso los “mossos d’esquadra”, hasta que alguien vino y dijo que ello significaba que Cataluña podía actuar como un Estado independiente y vino otro, no sé si antes o después, poco importa (excepto para los que politizan cada acto de su vida), y dijo que no eran tan buenos, pues no se habían enterado de la que estaban preparando en Alcanar o que habían recibido ya hace tiempo un e-mail alertando de la peligrosidad del imán de Ripoll. A ello se sumó el que el jefe de los “mossos” diera las ruedas de prensa en catalán. Lo que faltaba. Para unos era una demostración POLÍTICA de autonomía, para otros, una vergüenza POLÍTICA, que no se diera en el idioma que todos entienden. Y a partir de ahí, en un tema y en otro, un gran debate político en nuestros periódicos y en nuestras cafeterías. Todo el mundo se convirtió en un experto en seguridad ciudadana. Todo el mundo ponía argumentos a favor o en contra. De los suyos, claro.

Por otra parte, esa banalización de la política provoca que los temas de fondo también se banalicen y pasen a formar parte de ese guirigay diario que inunda nuestra prensa, debates televisivos y, por contagio, nuestras calles, plazas, terrazas y cafeterías. ¿Dónde está el origen del actual terrorismo islamista? ¿Cuáles deberían ser las acciones para acabar con él?

Evidentemente se ha escrito y hablado, no sé si asimilado por ese guirigay del que hablaba, de la responsabilidad de Occidente en ello: el origen colonial del conflicto, la complicidad de Occidente con los países árabes que sostienen el yihadismo, especialmente los de la Península Arábiga, los intereses económicos que nos impiden tomar medidas más drásticas… Y también de que el terrorismo islamista quien más lo sufren son los propios musulmanes, receptores de cerca del 90% de los atentados. Pero el problema está en que cuando estos argumentos se esgrimen, ya estamos, para muchos, introduciendo una visión POLÍTICA particular del problema.

A eso me refería con la banalización de la política, o mejor, con la conversión de cualquier asunto en una cuestión de debate político que proviene de una posición de partida. La vida no es tan sencilla. No está compuesta solo del yin y el yang. Existen tonalidades. Y, existen, sobre todo dudas. No soporto ya esas personas que lo tienen todo claro. Que saben que debieron ponerse bolardos o que no debían ponerse. Creo que le habrán caído por todos los lados al bueno de Jordi Évole. Bueno lo sé, porque, en un ejercicio de masoquismo intelectual, además de leer su artículo leí parte de los comentarios de los lectores. No hay nada más descorazonador para conocer en qué país vives que leer los comentarios de cualquier noticia. El tema da para otro post, pero lo dejo para otro día, hasta que digiráis este. Muchos se ponen de su parte, pero otros se limitan a echar pestes de los musulmanes, a los que poco menos que hay que exterminar, y otros dicen que Évole se ha vendido a la prensa de Madrid (el artículo se publicó en El Periódico de Barcelona, pero eso qué más da) porque no le pareció bien que se usara la manifestación del sábado para sacar las esteladas y gritar contra el Rey. Y además, en el colmo del atrevimiento, dijera que todos aquellos que critican que el rey viaje a Arabia Saudita a vender nuestras armas, no se les vio en la puerta del Camp Nou gritando contra la directiva del Barça, cuando a esta se le ocurrió que el club catalán fuera financiado por Qatar Foundation o Qatar Airways. Debió bastar este argumento para que nacionalistas y gentes de alrededor dijeran que se había vendido al enemigo.

Yo no entiendo de bolardos, no entiendo de seguridad ciudadana. Tampoco entiendo mucho de historia, pero a estudiarla he dedicado casi toda mi vida. Y si sobre ella tengo dudas, no comprendo cómo todo el mundo ya tiene una opinión formada sobre los bolardos y la gestión de la seguridad ciudadana y el funcionamiento de Europol, por ejemplo. Bueno, sí lo comprendo. Porque se trata de un debate POLÍTICO y sobre él todos tienen una posición previa. Es mentira, lo digo a cada momento en mis clases, ese dicho tan repetido por el vulgo de que “yo no entiendo de política, eso es cosa de políticos”. ¡Pero si no hacéis otra cosa! Y, claro, la historia también se convierte en política y cualquiera puede esbozar argumentos sobre el origen del islam, sobre Al-Andalus, sobre el ISIS, sobre los imanes, mientras la mayoría de ellos no saben distinguir un árabe de un musulmán.

Cada vez me pasa más y juego con ello, por ejemplo en mis clases. Es hasta divertido soltar alguna frase del estilo “los Reyes Católicos, que de unidad de España nada de nada”, para que el auditorio te clasifique ya entre los votantes socialistas y puede que hasta en los de Podemos. Al día siguiente, aparecer con el argumento de que “Cataluña se equivocó en la revuelta de 1640” para que esos mismos alumnos te encuadren entre los discípulos de Albert Rivera o, incluso, entre los de Vidal-Quadras. Si al tercer día sueltas algo así como “Cataluña ya era un estado en el año 1.000”, el auditorio quedará ojiplático y no sabrá si es que tienes desdoblamiento de personalidad o que estás tan loco como la mayoría del profesorado universitario español. Y, ¿por qué?, pues porque todo está politizado y cualquier cosa que hagas o digas te encasilla. Si estás a favor del reciclaje, de izquierdas, si te gusta Raphael, de derechas.

Por ello, a muchos manifestarse de una u otra manera les ha costado caro. Dos ejemplos. En 2011, la cantante Russian Red decía en la revista Claire, en una entrevista light, típica de revista de peluquería, partidaria de la derecha cuando le lanzaron una de esas preguntas del tipo “¿carne o pescado?”. Se montó la marimorena; cómo era posible que una cantante indie, fuera de derechas. Le cayeron por todos lados: en la prensa progre, entre sus compys del indi, entre los tertulianos de café… A partir de entonces, si te gustaba Russian Red la habías “cagao”. Eras tan de derechas como ella. Sé de algún conocido que debió esconder sus discos en lo más profundo del sótano para que en las reuniones de sábado por la noche para hablar del “procés” nadie las encontrara.  Al final se arrepintió y en otra entrevista en El País Semanal, dónde mejor, se desdijo. Le habían malinterpretado. No sé si tuvo algo que ver, pero Russian Red se fue a los Estados Unidos y abandonó la música (ahora vuelve con un disco de versiones, pero parece que más para seguir viviendo) en 2014 en medio de un concierto. Así sin más. A la mierda con el dichoso mundo de la música. Claro, su marido es también músico y vendedor inmobiliario (cosas de los Estados Unidos).

Otro ejemplo, del otro lado. En mayo de este año, Antena 3 estrenaba la serie “La casa de papel” un ambicioso proyecto al estilo de las series nórdicas tipo “El puente” o “Forbrydelsen”. Justo antes de su estreno, algún intrépido buscador de proetarras descubrió que una de las actrices protagonistas, Itziar Ituño, había participado en una manifestación a favor del acercamiento de los presos vascos. La había “cagao”, pero no sólo la actriz, sino toda la serie (que qué culpa tendría). Rápidamente corrió por ese medio atroz y despiadado que es twitter el lema (hashtag lo llaman) de #BoictotLaCasaDePapel. No parece que tuviera mucho éxito, pues su cuota de pantalla estuvo en un nada desdeñable 16%. La que no sé si se recuperará es la actriz Itziar Ituño, teniendo que volver a ser una actriz apegada al mundo audiovisual vasco como antes de participar en La Casa de Papel. Por tanto, ya lo sabes, si ves La Casa de Papel eres un proetarra.

Así la situación puede llevar a absurdos de lo más estrambótico. Con dos me he encontrado estos días. La Casa Real distribuye una imagen de la manifestación del sábado en Barcelona en la que han borrado con Photoshop las banderas independentistas catalanas que todos vimos. En TV3, la televisión pública catalana, la locutora dice ese mismo día que hay pancartas en todos los idiomas, incluso un grupo de mexicanos traen una escrita en “mexicano”. Ambas estupideces no sé si son comparables, pero lo que deseo explicar aquí es que si vas un día y entras en tu cafetería de siempre, te sientas con tu grupo de colegas de siempre, que por un casual son de derechas y dices, “mira que manipular la Casa Real la foto”, que enseñas en tu móvil, te mirarán con mala cara y te dirán, “que pasa que ahora te has hecho independentista”. Si por esas cosas de la vida tus contertulios son de izquierdas, y dices algo así como “vaya metedura de pata de la presentadora de TV3, parece que le da repelús decir español o castellano”, seguro que te miran como si hubieras asesinado al Ché y espetarán algo como “que pasa, te has vendido a las huestes de Federico Jiménez Losantos”. Porque todos los aspectos de la vida se han politizado y cualquier opinión te encuadra. Decía una amiga mía este verano que me veía taciturno, preocupado y triste. ¡Cómo no quieres que lo esté, si cualquier cosa que uno diga será interpretada bajo este yin y yang en que se ha convertido España! Vaya, se me ocurre aquí otro ejemplo baladí, pero real. Si dices España, eres de derechas, si dices “este país”, eres de izquierdas. Venga otro: en Cataluña, España es siempre el “Estado”, en España, Cataluña es una región. Cosas de la POLÍTICA. Y que no se te ocurra equivocarte.

Y para acabar algo de música, que si no tengo una amiga lectora que no me lo perdonará. Es algo desconcertante, y POLÍTICAMENTE incorrecto, pero qué le vamos a hacer. Así es mi vida, puro desconcierto. Raphael cantando en el Sonorama, festival de culto de la música indie española, junto a Juan Alberto de Los Niños Mutantes:

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APARTHEID Y SALAFISMO: Dos historias, dos posturas occidentales encontradas

  1. En mayo de 1910, la unión de las colonias de El Cabo, Natal, Estado Libre de Orange y el Trasnvaal formaban la Unión Sudafricana, unida como dominio al Reino Unido hasta el Estatuto de Westminster de 1934. En 1948 el Partido Nacional, que había simpatizado con Hitler durante la II Guerra Mundial, llegó al poder y estableció un sistema político y social de apartheid por el que sólo la población blanca tenía derechos ciudadanos completos. La población negra (mayoritaria, más del 70%) no tenía derecho de voto, no podía circular libremente por el país, debía vivir en lugares apartados de la población blanca, debía estudiar en lugares separados, debía trasladarse en medios de comunicación distintos a los de los blancos y tenía restringidos determinados aspectos cotidianos como poder tener carnet de conducir.

En 1961 se proclamaba la República Sudafricana, lo cual significaba su separación completa del Reino Unido, pero no fue admitida en la Commonwealth (una especie de unión de antiguas colonias británicas) como otros territorios por su política de apartheid. A partir de ese momento, la República Sudafricana fue repudiada por la comunidad internacional a todos los niveles: no fue aceptada en la ONU y fue excluida de todos los organismos internacionales o deportivos (Juegos Olímpicos y mundiales). Muchas naciones europeas y americanas prohibían a las compañías de sus países hacer negocios con la República Sudafricana y eran sancionadas si lo hacían. Ni siquiera la existencia de dos materias primas de gran valor como el oro y el platino (las únicas que importaban los países occidentales), y su feroz anticomunismo (en aquellos tiempos de la Guerra Fría) lograron frenar el aislacionismo occidental sobre el país.

La política de perestroika iniciada en 1985 por Gorbachov en la URSS acabó con la única excusa que gobiernos como el americano y el británico tenían para no acabar de aislar definitivamente a la República Sudafricana. La retirada del apoyo soviético a los gobiernos de Angola y Mozambique (que mantenían un largo conflicto territorial con Sudáfrica) y la crisis económica provocada por el aislamiento económico produjeron que, junto con la cada vez mayor protesta de la población negra, cuyo líder Nelson Mandela se había convertido en un icono mundial de la lucha por los derechos humanos desde su prisión en 1962, el apartheid tuviera los días contados.

En 1989 moría el presidente Botha, siendo sustituido por Frederik de Klerk, mientras una oleada de cambios se cernía sobre el panorama internacional: caída del Muro de Berlín, caída de la Unión Soviética, desaparición de los regímenes comunistas en Europa y del Pacto de Varsovia. De Klerk comprendió que eran momentos de cambio y propuso a su partido el abandono del apartheid. En 1990 el Congreso Nacional Africano, principal partido de la mayoría negra, fue legalizado, su líder Nelson Mandela excarcelado, y suprimido el estado de emergencia. Entre 1990 y 1991 fue desmantelado el apartheid y en 1994 se votada una nueva constitución y se elegía el primer presidente por toda la población, precisamente Nelson Mandela. La nueva República Sudafricana, que adoptó una nueva bandera que aunaba los viejos colores (azul, blanco y rojo) con los tradicionales de la lucha nacional africana (negro, verde y amarillo) pudo participar ya en los Juegos Olímpicos de Barcelona como invitada y pasó a convertirse en un país más del concierto internacional.

Mucho más al norte, otro territorio ha tenido hasta cierto punto una historia paralela, aunque con un final diferente, especialmente en su consideración por las grandes potencias, a pesar de que su trato con gran parte de la población no haya sido mejor que el practicado por la República Sudafricana. También a principios del siglo XX se producía en la península arábiga la unificación de diversos territorios dando lugar al denominado Reino del Nechd y del Hiyaz. Igualmente, a principios de la década de los 30 ese estado acabó derivando en otro de corte más contemporáneo, pasando a llamarse Reino de Arabia Saudita. Desde su fundación, el estado se organizó como una monarquía absoluta en torno a la Ley Básica de Arabia Saudita, que está compuesta por la Sharia (o Ley Islámica) y el Corán. Es, además, el principal país que aplica la corriente político-religiosa denominada wahabismo (o salafismo, como a ellos les gusta decir), que preconiza la aplicación estricta de la Sharia, considerando al resto de musulmanes como apóstatas, y persigue la constante expansión de la religión musulmana por el resto del mundo. Uno de los principales elementos del wahabismo es la segregación de una parte de la población, que queda excluida, como la población negra en Sudáfrica, de todos los derechos civiles y políticos: la población femenina.

Las mujeres en Arabia Saudita están excluidas y apartadas de la sociedad. No pudieron votar hasta 2015, pero con limitaciones, no pueden conducir un vehículo, no pueden salir de casa sin estar totalmente cubiertas, no pueden usar el transporte público, excepto que esté íntegramente dedicado a las mujeres, no pueden viajar, abrir una cuenta o trabajar sin permiso de un hombre, la educación está totalmente segregada entre chicos y chicas… Como vemos, una situación semejante, sino peor, que la que sufrió la población negra en Sudáfrica hasta 1989.

La pregunta ahora es, ¿por qué la comunidad internacional no ha reaccionado como lo hizo con Sudáfrica? ¿Por qué no ha practicado una política de aislamiento internacional con Arabia Saudita para presionar al gobierno a fin de eliminar este injusto y degradante trato con una parte de su población? Sí, ya sé que todos conocéis la respuesta: el petróleo. Pero, ahora viene una pregunta más, ¿por qué los gobiernos occidentales dicen que estamos en una guerra contra el yihadismo, islamismo radical, el ISIS, antes Al-Qaeda, si está más que demostrado que la financiación y la fuente ideológica de dichos grupos proviene de jeques, líderes religiosos y grupos de presión sostenidos por Arabia Saudita? Leed sino este artículo en titulado “El dinero del wahabismo de Arabia Saudí y Qatar en España”.

En estos días de conmoción por los atentados de Cataluña, ha sido mucho lo que se ha escrito sobre el asunto. Se han comentado, desde círculos progresistas (poco he visto publicado, por cierto, en los medios mainstream, subvencionados por el gobierno de España), las relaciones amistosas entre España, y en especial su Casa Real, con el reino de Arabia Saudita. Se ha recordado como España, y todos los países occidentales, son el principal soporte de dicho país y su principal suministrador de armas para atacar a sus vecinos (por ejemplo, a Yemen) o defenderse de posibles ataques (el siempre temido en Occidente Irán). Pero a mí, todas esas lecturas me han llevado a un ejercicio de historia comparada. Debe ser deformación profesional. Comparar el sufrimiento que padeció la población negra en Sudáfrica con el que padecen las mujeres saudíes. Comparar cómo se comportó la comunidad internacional en aquel episodio, el apartheid, y cómo lo está haciendo ahora. Porque mucho se habla, desde antaño, de la situación de la mujer en el mundo árabe, y especialmente en Arabia Saudita, pero ¿alguien tiene previsto hacer algo? Evidentemente, no.

Y todos sabemos cuál es la razón, el dichoso petróleo. Pues mejor sería que fueran nuestros políticos claros en sus mensajes, cosa que ya sé no serán nunca, y nos digan: “mirad, sabemos que las mujeres saudíes son tratadas de forma denigrante, sabemos que el yihadismo tiene su fuente de financiación y su origen ideológico allí, pero ¿qué queréis que hagamos?, dependemos de su petróleo”. Yo, al menos, dormiría mejor sabiendo que van a dejar de mentirme cada día.

Mentirme cuando dicen que estamos en guerra contra no sé muy bien quien, cuando el que paga e instruye es nuestro aliado y le vendemos nuestras armas; mentirme cuando dicen que debemos aislar a no sé quien cuando el deporte mundial está pasando a manos de los estados de la península arábiga (Fórmula 1, tenis, golf, ciclismo…); mentirme cuando dicen que no hay que permitirles construir mezquitas, pero les permitimos comprar equipos de fútbol, patrocinar otros y quedarse con la celebración del Mundial de Fútbol, aunque fuera comprando los votos de los compromisarios.

Pero la hipocresía en este tema va mucho más allá de la practicada por nuestro gobierno. Es también personal e intransferible a muchos de nosotros. Me vienen a la memoria casos cercanos sobre los que cada uno de nosotros deberíamos reflexionar. También todos aquellos que estos días inundan las redes con mensajes racistas, xenófobos, fascistas o como queramos llamarles.

¿Salió la población de Cádiz a protestar porque en sus astilleros se vayan a construir cinco fragatas para el reino de Arabia Saudita? No, es más, salió contra las declaraciones de Podemos contrarias a dicha construcción y su alcalde, afín a dicho grupo político, por cierto, llegó a decir que “lo importante es el empleo, venga de Arabia, Venezuela o Alemania”. ¿Si hubieras estado en los años 30 dirías lo mismo de la Alemania de Hitler? Seguro que ahora es uno de los que brama en las redes contra el yihadismo y a cada momento se queja de la situación de la mujer en dicho país. ¡Sé sincero Kichi y dinos que prefieres no tomar una medida impopular a la situación de las mujeres en Arabia Saudí!

Pocos barcelonistas contrarios a la presencia musulmana en sus colegios, en sus calles o en sus trabajos dejaron de asistir a los partidos del Barça, de celebrar sus éxitos, mientras Catar se mantuvo como principal patrocinador del equipo, a pesar de la más que presunta vinculación del reino árabe con Al-Qaeda, el ISIS en Yemen, o sus relaciones amistosas con el ogro Irán (El Barça, més que un club?: Vicenç Navarro). Además, ningún país ha pensado en dejar de acudir al Mundial de fútbol de 2022 a celebrar en Catar. Tampoco lo han hecho los parisinos xenófobos o islamófobos tras la compra del Paris Saint Germain por un fondo de inversión catarí y el acceso a la presidencia del jeque Nasser Al-Khelaïfi. Es más, en 2012 se le concedió el premio Sport Business. ¿Cuántos votantes de Marine Le Pen son socios o simpatizantes del PSG?

Estos días trágicos, en fin, se han hecho virales unas declaraciones vía tweet de la periodista Isabel San Sebastián en las que decía semejante burrada: “Ya os echamos de aquí una vez y lo volveremos a hacer”, refiriéndose a los islamistas, pero atacando a todos los musulmanes como se desprende de su frase. Ya se le ha contestado en diversos medios digitales, pero a mí me gustaría insistir, por el discurso que vengo pergeñando, en un elemento. ¿Piensa Isabel San Sebastián en expulsarlos a todos, todos los musulmanes? ¿También a los jeques árabes que atracan sus yates en Puerto Banús, alquilan villas millonarias en Marbella, invierten millones en lujo en la Costa del Sol? Ya me imagino a Isabel San Sebastián en el puerto de Marbella con una pancarta diciendo “¡moros fuera de España!”.

Pues bien, ¿se podría hacer algo más que llenar nuestra prensa de hipocresía con el tema del islamismo? Necesitaríamos mucha valentía, dosis de unión internacional y una fuerza moral que no nos hemos ganado en Occidente últimamente. Sólo deberíamos repasar la historia y mirar, por ejemplo, con lo ocurrido con Sudáfrica.

Es evidente que no podemos prescindir de su petróleo, pero ellos tampoco de que nosotros se lo compremos. Además, gran parte de su poder económico ya no está en el “oro negro”, sino en el dominio del capitalismo financiero que están logrando con sus beneficios. Por ello, debemos darnos prisa, antes de que sea tarde y ya no necesiten que les compremos el petróleo, pues habrán comprado la economía occidental y el panorama descrito por Houellebecq en “Sumisión” se convierta en realidad.

Podríamos comenzar por limitar nuestro comercio con dichos países al petróleo como ocurrió durante la época del apartheid con Sudáfrica a la cual sólo se le compraba oro y platino en el mercado internacional. Ello debería ir acompañado de una política decidida de sustitución de los hidrocarburos y de la búsqueda de mercados alternativos a ellos, aunque fuera a costa de engrandecer a Rusia o a Irán, razones de geoestrategia por las cuales seguimos prefiriendo el petróleo saudí. Seguro que, al principio, habría presiones económicas sobre Occidente, pero habría que aguantar con una decidida solidaridad internacional. ¿No estamos en guerra según los gobiernos occidentales? Pues en la guerra hay que estar unidos, como en la II Guerra Mundial. Y, después un aislamiento total de dichos países amparándonos en su apoyo al yihadismo y el nulo respeto a los derechos humanos, especialmente con la población femenina, a la que tienen sometida de forma intolerable. Clausura de todos los grandes eventos deportivos en dichos países, entre ellos el Mundial de Catar en 2022, expulsión de todos ellos de los organismos internacionales y deportivos. Negativa a la entrada de sus jeques, reyezuelos e imanes en territorio occidental y rescate de sus propiedades actuales.

Se ha insistido hasta la saciedad que esta guerra es muy compleja pues no es contra un estado o contra una coalición. Pero los servicios secretos occidentales estoy seguro que saben dónde se sitúan sus fuentes de financiación y adoctrinamiento. No es casual que el auge del hiyab entre la población árabe femenina en Occidente desde principios de siglo esté ligada a la expansión del wahabismo (o salafismo, como a ellos les gusta decir). Diferentes autoras árabes, ligadas a movimientos laicos, han insistido en ello y en cómo financian los príncipes árabes (en el sentido territorial, es decir de la península Arábiga) la propaganda salafista en Occidente, la cual nos hace dudar a veces, al considerar que si nos oponemos a ella estamos negando su libertad a la hora de elegir la vestimenta, por ejemplo. Incluso se ha llegado a hablar de “feminismo islámico”, para mantener políticas de dominación en el mundo árabe. Quizá nada mejor que escuchar a algunas luchadoras árabes, libres de la propaganda salafista, como Wassyla Tamzali, que exponía hace ya tiempo (2011) que “el «feminismo islámico» es un oxímoron, una impostura que se ha infiltrado no sólo en las universidades… el feminismo es una ideología de liberación y el islam es de obediencia”. Insistía, además, contra el culturalismo imperante en la izquierda actual que opina que el velo, por ejemplo, es un signo de identidad cultural, exponiendo que realmente es una “forma de terrorismo intelectual, religioso y moral contra la libertad de las mujeres”.

¿Qué opinaríamos de un país que tratara a su población de la forma que lo hacen los países árabes, y especialmente Arabia Saudita, con las mujeres? Imaginaos, por un momento, que un país cualquiera, pongamos por caso España, decidiera que una parte de su población, pongamos por caso los gitanos, dejaran de tener derecho al voto, no pudieran salir de sus casas sin tapar su cuerpo, estuvieran separados en las escuelas, no tuvieran acceso a un carné de conducir o una cuenta corriente sin el aval de un payo y que no pudieran entrar en los mismos transportes públicos. ¿Cuál sería la reacción de la comunidad internacional? ¿Por qué no ocurre lo mismo con Arabia Saudita? ¿Porque tienen petróleo? ¿Porque son mujeres? Quizá este último factor sea más importante de lo que nos hemos parado a pensar. El dominio ideológico del patriarcado es más fuerte de lo que creemos y en Occidente aún lo tenemos más arraigado de lo que pensamos. Creo que estoy convencido de que si no fueran mujeres, sino otro grupo social, la contestación de la comunidad internacional sería más contundente. Lo habría sido desde hace tiempo y no hubiéramos llegado a decir estupideces como que forma parte de su cultura. Creo que esa frase que leo entre mis conocidas feministas (“la revolución será feminista o no será”) tiene más valor que nunca en estos territorios.

Y si no queremos hacer nada, no nos pongamos después tremendos con huecas palabras como “lucha contra el enemigo”, “el terrorismo”, “liberación de la mujer árabe”, “derechos humanos”, etc, mientras permitimos atrocidades como que ese estado al que financiamos a cada momento imponga condenas de lapidación a las mujeres por adulterio. Y no es cierto que las mujeres comulguen con dicho régimen y que les parezca parte de su cultura. Casualmente, la noche anterior a los atentados de Barcelona y Cambrils vimos en casa la conmovedora “La bicicleta verde”, la primera película rodada en Arabia Saudita por una mujer, en la que se observa perfectamente cómo viven su drama las mujeres. El rodaje fue un ejemplo más de la situación de la mujer en dicho país, pues debió filmar los exteriores desde una furgoneta con cristales tintados y a través de walkie talkies ya que no podía reunirse con hombres.

 

 

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TIERRA DE CAMPOS Y LA MEJOR JUVENTUD: El pasado que vivimos

Tiene que ser el verano. Seguro que debe ser eso. El verano o que a estas alturas de la vida el pasado se te acumula, como los libros por leer en la mesita de noche. Tantos que un día, sin querer, los derribas. Como te gustaría derribar tantos de esos recuerdos. ¿Y a qué viene todo esto? Viene a que en las últimas semanas he estado enfrascado en la lectura y el visionado de un libro y una película que recorren, a su manera cada uno, un pasado que me resulta muy cercano. Debe ser también que a esta edad ya los autores consagrados en literatura o cine han llegado a mi edad y se dedican a traernos a la memoria un tiempo pasado que es también el mío.

El libro es “Tierra de Campos” de David Trueba. Llegué a él tras la lectura del excelente ensayo de Sergio del Molino “La España vacía”. La película, o lo que sea, es “La mejor juventud” de Marco Tullio Giordana, cuya referencia recibí a través de Google. Ambas tienen cosas en común a mi modo de ver. O será el verano, que me lleva a ver las cosas bajo un prisma de nostalgia cincuentona. En común tienen el ambiente y la perspectiva que les sirve de punto de partida. El ambiente se sitúa en aquellos momentos en los que creíamos que podíamos cambiar el mundo. En España, tras la muerte del dictador, en Italia tras la revolución de los sesenta. La perspectiva consiste en situar el principio de la trama en los inicios de la juventud y observar cómo todo se va degradando, cómo quienes nos rodean van tomando caminos diversos, dispersos y, en ocasiones, peligrosos.

Sólo para situar a quienes aún no hayáis leído la novela ni visto la película os hago una breve síntesis. En “Tierra de Campos”, el protagonista, Daniel, decide volver a su pueblo de nacimiento (en la comarca de Tierra de Campos) a enterrar a su padre. Y lo hace montado en el coche fúnebre, mientras conversa con el conductor, Jairo, un ecuatoriano atento y paciente. En dicha conversación va desgranándonos Daniel su vida. Y lo hace sin orden ni concierto. Convirtiendo la novela en una especie de puzle sin montar, cuyas piezas vamos conociendo poco a poco. Allí nos aparecen las vicisitudes de Daniel y su grupo de música (es miembro de uno de esos numerosos grupos de música creados en el Madrid de los ochenta), las de sus componentes, las de sus amigos, las de sus amantes (de Daniel y de sus amigos). Y lo hace Trueba con gran maestría. Es lo primero que leo de él y reconozco que me ha sorprendido la agilidad de su discurso y la forma en que te atrapa. Todo ello en una forma literaria que no parece fácil a primera vista.

Pero, reconozco también, que lo que más me ha atrapado ha sido la facilidad con la que me llevaba Trueba a paisajes y situaciones vividas por mí en aquellos mismos años ochenta y en los coletazos posteriores: los fastuosos noventa y los críticos inicios del nuevo milenio. Allí están las mismas fiestas de pueblo que ahora mitificamos, pero que eran bastante palurdas, los mismos escarceos amorosos, igualmente vulgares, los mismos amigos al borde del abismo y, a estas alturas de la vida, la pérdida de algunos de ellos.

Por su parte, “La mejor juventud” (2003) narra, durante seis horas (no en vano se la ha catalogado como la “Novecento” de después de la II Guerra Mundial), la historia de una familia italiana (los Carati) y su entorno: amigos, conocidos y parejas. Comienza en los convulsos años finales de los sesenta y recorre, como el fondo de paisaje diluido de esas pinturas renacentistas italianas, la historia del país transalpino. No es una obra reciente, como habréis observado, pero está considerada por la crítica como la mejor obra cinematográfica italiana de lo que llevamos de siglo. Aunque en su momento tuvo muy poca aceptación de público, a pesar de estrenarse en dos partes de tres horas. Fue su pase en la RAI, en forma de miniserie, lo que le dio mayor popularidad.

A mí me llegó, como dije, por casualidad mientras buscaba obras para ver este verano de solaz vacacional. Decidí adentrarme en cinematografías poco usuales (sin llegar al frikismo de las películas iraníes, coreanas o incluso de Senegal) como la argentina (no conocía la magnífica comedia negra “Esperando la carroza” de 1985, pero con una temática tan actual: qué hacer con nuestros mayores cuando ya no pueden valerse por sí mismos) o la francesa (divertida y también actual “El juego de los idiotas”). Al llegar a la italiana visioné “Il Divo”, la historia de Julio Andreotti contada por Paolo Sorrentino con su particular forma de narrar (fantástica, por cierto, con la insuperable “La Gran Belleza”) y después me encontré con “La mejor juventud”.

Alguien dirá que mis gustos cinematográficos tampoco son tan extraordinarios como para narrarlos en forma de descubridor de talentos ignotos. Quizá, pero no olvidemos que la invasión de la cinematografía estadounidense nos deja huérfanos de obras, muchas no tan lejanas como las de Argentina, Francia o Italia, que pasan sin pena ni gloria por nuestros cines, cuando pasan, a no ser que se introduzcan en el circuito mainstream norteamericano vía los Óscar. Así, la argentina “El secreto de sus ojos” logró su bien merecida fama gracias al premio Óscar obtenido, al igual que las nominadas “El padre de la novia” o “Relatos salvajes”, mientras “Ciudadano ilustre”, una de esas comedias negras que tan bien diseña el cine argentino, apenas si llegó a los cines españoles.

Lo mismo sucede con el cine francés, algunas de cuyas mejores obras del siglo no llegan a estrenarse en España como “Les jours où je n’existe pas”, o el italiano como “I cento passi”, del mismo Marco Tullio Giordana de “La mejor juventud”, o “Si pùo fare” de Giulio Manfredonia. Tal será nuestro desconocimiento de la cinematografía italiana actual (¡qué tiempos aquellos en los que nos vanagloriábamos de conocer toda la obra de Fellini, Antonioni, Pasolini, De Sica, Rossellini, Visconti o Bertolucci!) que me llevé una gran sorpresa cuando me puse a indagar, tras ver “La Gran Belleza”, quién era esa atractiva actriz que acompañaba a Gep Ganbardella en las noches romanas. Era Sabrina Ferilli. Imagino que, excepto aquellos muy puestos en cinematografía europea actual, asiduos a “El Séptimo Vicio”, de Radio 3, pocos habéis oído hablar de ella. Su cinematografía es poco conocida en España, la mayoría ni falta que hace, pues se trata de un cine comercial de consumo, pero es una actriz de primer orden en la Italia actual. En cambio, si queréis conocer más de ella no os acerquéis a la Wikipedia, su página no está traducida a ninguna de la lenguas del Estado español. Al portugués sí, por cierto.

Ambas obras (“La mejor juventud” y “Tierra de Campos”) vistas y leídas a un tiempo, me han llevado, como os decía, a releer mi propia historia. Como pasamos por aquí, vamos generando nuestra biografía, encontramos gente, perdemos gente, nos topamos con la realidad y, de pronto, nos da por mirar atrás y ver que estamos donde estamos por pura casualidad. Y la historia que nos rodea no deja de ser un marco (horrendo en ocasiones) de nuestra propia existencia. Esta última parte tienen en común ambas obras. La reciente historia de Italia y de España se convierte en un escenario que transcurre al lado de los protagonistas, unas veces más cerca, otras más lejos, pero está siempre presente. Me recordaba un poco a cómo estaba presente la voz cansina de Mussolini a través de la radio en la película de Ettore Scola “Una jornada particular” con Mastroianni y Sofía Loren. Así es un poco la realidad en nuestras vidas, un fondo con el que convivimos. A veces alguno de nuestros allegados se adentra más profundamente en ella, como le ocurre a Giulia en “La mejor juventud” cuando ingresa en “Las Brigadas Rojas”, pero tampoco demasiado, pues siempre la vemos como un personaje atrapado por dicha realidad, que modifica su vida para siempre.

Es lo que tiene hacerse mayor. Que te pones muy pesado. Que casi cada cosa que ves, oyes o lees no deja de llevarte a referencias vitales propias, convirtiéndolas unas ahora en absurdas y, adoptando otras, un tinte de tiempo perdido para llegar donde hemos llegado. Así, en “Tierra de Campos” el pasado parece haberse convertido en una especie de comedia al estilo de Paco Martínez Soria, mientras en “La mejor juventud” nos da la impresión de que perdimos el tiempo y la ocasión de cumplir sueños verdaderos más allá de llegar a ser pequeños burgueses.

Ambas obras tienen en común convertirse en la historia de seres comunes. Como nosotros mismos. Envueltos por la realidad. Y los personajes que allí aparecen podríamos ser nosotros mismos. Esto es lo que les da su grandeza. Cuando acabas su lectura o su visionado, te queda la sensación de querer continuar conociendo sus vidas. Son como la tuya. En parte tan desencantada. En “La mejor juventud”, hacia el final, una de las hermanas de Nicola, uno de los protagonistas, le dice que aún conserva una postal que le envió desde Noruega cuando era joven y recuerda que en el texto decía algo así como que en todas las cosas del mundo hay belleza, acabando con tres signos de exclamación. Y le pregunta si aún cree en ello. Nicola contesta que sí, pero que ya no cree en los signos de interrogación. Lo suscribo, yo tampoco.

Quizá sea una sensación bastante común al hecho de cumplir años. Existe una escena bastante conocida de una película de Garci (“Las verdes praderas”) en la que en 1979 ya se manifestaba ese cierto desencanto con el propio pasado. Quizá la escena en su conjunto sea algo sensiblera, como todo el cine de Garci, pero alguna frase podría ser compartida aquí como eslogan. Por ejemplo, esta que también suscribo: “llevo cuarenta y dos años pensando que lo que vivía no era importante porque era como provisional, como si estuviera esperando destino… y ¿sabes qué pasa?, que ya ha llegado”.

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OTRA VEZ CHIRBES: El fango de la orilla de nuestro mundo

Ya dije en mi reseña de lectura de “Crematorio” que la culpa de mi enamoramiento por Chirbes es de mi amigo Joan, y no quiero comenzar estas líneas sin volver a mencionarle. Él, yo mismo, tú que lees este escrito podías haber sido un personaje de las obras de Chirbes, especialmente de la ya citada o de “En la orilla”, la que ahora me trae por aquí. Me animaba Joan a que leyera “Crematorio” porque allí iba a encontrar a muchos personajes conocidos. Ya dije entonces que creía que se refería a personajes públicos, pero no, se refería a los de nuestro entorno cotidiano.

Cuando algún día se escriba la historia de principios del siglo XXI en España, no podrá dejar de citarse a Chirbes como referencia, especialmente las dos obras citadas. No es posible encontrar tal densidad de personajes arquetípicos ni tantas situaciones de nuestra sociedad postransición. Dije entonces que “Crematorio” era LA NOVELA DEL TODO. “En la orilla” abunda en lo mismo, describirnos, a través de una mínima trama, casi innecesaria, porqué estamos donde estamos y quien nos rodea. Podría complementar aquel apelativo diciendo que ambas novelas de Chirbes son LA NOVELA DE TODOS, porque todos estamos allí.

“En la orilla” se desarrolla en el mismo pueblo mediterráneo imaginario, Misent, al cual ha llegado la crisis que aún nos ocupa (excepto para la consideración del presidente Rajoy, quien dice que gracias a él ya salimos de ella). Aparecen personajes semejantes a los de “Crematorio”, pero tamizados por la llegada de la crisis. Aún diría más, ya no están esos grandes corruptos que han convertido la fachada mediterránea española en el paradigma del pelotazo, ahora se centra en personajes del tres al cuarto, pequeños detritus de nuestra sociedad. Ahora viven entre el fango de la orilla de un simbólico pantano: el de Olba. El protagonista no es Rubén, el magnate de la construcción en la costa de Misent, ahora lo es Esteban, dueño de una carpintería familiar, que debe cerrar ante la llegada de la crisis.  A cada paso Chirbes nos recuerda la miseria del personaje. Nunca pasó de un simple carpintero, no llegó a convertirse en un ebanista como pretendía su abuelo, que realizaba trabajos más bien vastos y, desde la llegada de la burbuja inmobiliaria, avituallaba a los constructores de la zona.

Por la novela se pasean personajes de todos conocidos, algunos ya presentes en “Crematorio”, pero, estos, aún menos ilustres: un constructor de medio pelo, casi un albañil con aires de grandeza, de esos que poblaban mi barrio de Virgen del Remedio hace unos años. Esos que sólo piensan en dinero, que cuando ven a una docena de “conguitos” como él dice, sólo piensa en el dinero que le producen en las obras que ejecuta. Esos que se tiraban el día en el bar, haciendo como que trabajaban, con el móvil en la mano a cada momento para dirigir desde allí sus “negocios” mientras caían, una tras otra, copas de “Soberano” y de pacharán. Allí aparece el niño de papá de pueblo que te birló la novia y se marchó con ella del pueblo, y que vuelve ahora convertido en un “intelectual” de poca monta. Un cocinero “intelectual”, esos que tan de moda están ahora.

Pero no sólo están todos los personajes de nuestra vida, la de la generación de la primera Transición, que los hemos visto de cerca, también están todas nuestras situaciones vividas. Particularmente cercana me resultó la descripción de aquellos jóvenes fachas de pueblo (en el mío se llamaban “pepsicolos”, nunca supe porqué), a los que describe crudamente: “y, dale, más banderita española en el llavero que sacan al ir a poner en marcha el coche, y el sonido de llamada en el móvil te suelta a toda pastilla el himno de España en mitad de la comida en el restaurante, y colocan el Cara al sol en el CD en cuanto te subes al todoterreno, sin contar con la ropa de camuflaje con la que se viste en este espacio tan urbanizado, y el gusto por las armas disfrazado de pasión por la caza”.

Esta nueva moda de la banderita española en pulseras y banderitas de coche, a muchos nos retrotrae a aquellos primeros momentos de la Transición, cuando Fraga y los suyos se apropiaron de la bandera para hacer de ella arma arrojadiza para los que deseábamos una España nueva, que, dicho sea de paso, nunca logramos. Como bien nos ilustra Chirbes, lo único que hicimos fue traicionar nuestros orígenes, como me contó Joan que le dijo su profesora de Antropología cuando estudiaba Magisterio, allá por los primeros ochenta. Si me permitís un paréntesis personal, quizá sea un intento de no olvidar dichos orígenes lo que me ha llevado desde hace semanas a embarcarme en una lucha particular por la educación pública y por la recuperación de la Memoria Histórica. Quizá sea porque se lo debo a ellos, a los que lucharon hace tanto tiempo y perdieron. Como, seguramente, perderemos nosotros (no estoy solo en este combate), pues esos personajes de Chirbes son ahora el modelo a seguir por nuestra sociedad postransición.

Algunas frases descriptivas de esa clase media que cree haber ascendido en el escalafón social porque ya no toma cubalibres sino “ron con cola” perfumado con granos de café (pero nada de Baccardí, sino un Matusalem Gran Reserva) ni gin-tonics de Larios sino de Martin Miller con tónicas de importación. Así los describe cuando a Esteban le realizaban “encargos para salir del paso y engatusar a clientes de esos que se creen de clase media porque no trabajan con un pico y una pala y son justo la más triste clase media contemporánea”. Esa clase media que prosperó y se compró un pequeño yate que atracaba en los “pantalanes que construyó el ayuntamiento para los barquitos de la que se define como nueva clase media y es un conglomerado de variantes de la clase obrera sin conciencia que trajo el thatcherismo y se está llevando consigo la crisis actual desarbolándole los humos”. Imposible ser más claro.

Ya lanzaba punzadas a ese socialismo democrático que nos engatusó durante tantos años, pero en “En la orilla” vuelve a describir imágenes que los de nuestra generación hemos observado estupefactos: “y si lo que les llama es el psoe, un estilizado Patek Philippe, que es el que usa Felipe González. Patek Philippe, un buen Cohibas, un trasero brasileño en forma de manzana reineta, y un vermut con oliva rellena y un chorro de ginebra, el cielo. Felipe, el más consecuente: al fin y al cabo, el socialismo es riqueza, bienestar, pasta para todo el mundo”. Brutalmente verídico. Yo, que también frecuento estos ambientes, nunca pregunté qué era un Patek Philippe cuando lo mencionó uno de esos miembros de la clase media, funcionario del aparato socialista él, para no descubrir que yo provenía del Liang Shan Po, quizá como él, pero con menos ínfulas de grandeza. Pues la sociedad de consumo nos ha embaucado a todos, a mí incluido, a pesar de mi resistencia a algunas serpientes tentadoras, tan antiguas como el mundo: “y siguen conservando el valor que tenían el octavo día de la creación del mundo, cuando Eva vio una serpiente y le echó mano creyéndose que era un collar de esmeraldas”.

Así acaba “En la orilla”. Y es una pena. Es una pena que Rafael Chirbes muriera tan joven (66 años) y nos dejara huérfanos a aquellos que amamos la descripción del mundo y sus personajes. Muchos de los personajes con los que nos cruzamos dejarán de ser contados con la maestría que él lo hacía. El otro día, mientras comenzaba mi camino al trabajo en el coche, me crucé con algunos de ellos y no pude dejar de pensar en lo que Chirbes hubiera escrito de ellos. Me rebasó rauda en su Peugeot “crossover” un personaje cada vez más frecuente, la “choni-neofacha”, un poco pasada de peso, que lleva sobre el retrovisor una cinta con la banderita española; también se me cruzó un “cani” conduciendo un Golf GTI, muy bronceado él, que se iba a trabajar seguramente en algún negocio poco claro, también con el consabido colgante rojigualda; y el que podríamos denominar “nen”, de cabeza rasurada y gafas de sol de espejo, al mando de un pseudeportivo de origen japonés, que te mira despreciativamente cuando te adelanta por la autovía.

Son “Cematorio” y “En la orilla” libros para releer habitualmente. No es necesario hacerlo por completo. Son collages sociales. Un buen ejercicio consiste en abrir estos libros por cualquier parte y leer una parte de ellos. Será como sentarte en una terraza de cualquier bar español y ver pasar la gente. Allí están, en Chirbes, todos. Estamos todos.

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