TIERRA DE CAMPOS Y LA MEJOR JUVENTUD: El pasado que vivimos

Tiene que ser el verano. Seguro que debe ser eso. El verano o que a estas alturas de la vida el pasado se te acumula, como los libros por leer en la mesita de noche. Tantos que un día, sin querer, los derribas. Como te gustaría derribar tantos de esos recuerdos. ¿Y a qué viene todo esto? Viene a que en las últimas semanas he estado enfrascado en la lectura y el visionado de un libro y una película que recorren, a su manera cada uno, un pasado que me resulta muy cercano. Debe ser también que a esta edad ya los autores consagrados en literatura o cine han llegado a mi edad y se dedican a traernos a la memoria un tiempo pasado que es también el mío.

El libro es “Tierra de Campos” de David Trueba. Llegué a él tras la lectura del excelente ensayo de Sergio del Molino “La España vacía”. La película, o lo que sea, es “La mejor juventud” de Marco Tullio Giordana, cuya referencia recibí a través de Google. Ambas tienen cosas en común a mi modo de ver. O será el verano, que me lleva a ver las cosas bajo un prisma de nostalgia cincuentona. En común tienen el ambiente y la perspectiva que les sirve de punto de partida. El ambiente se sitúa en aquellos momentos en los que creíamos que podíamos cambiar el mundo. En España, tras la muerte del dictador, en Italia tras la revolución de los sesenta. La perspectiva consiste en situar el principio de la trama en los inicios de la juventud y observar cómo todo se va degradando, cómo quienes nos rodean van tomando caminos diversos, dispersos y, en ocasiones, peligrosos.

Sólo para situar a quienes aún no hayáis leído la novela ni visto la película os hago una breve síntesis. En “Tierra de Campos”, el protagonista, Daniel, decide volver a su pueblo de nacimiento (en la comarca de Tierra de Campos) a enterrar a su padre. Y lo hace montado en el coche fúnebre, mientras conversa con el conductor, Jairo, un ecuatoriano atento y paciente. En dicha conversación va desgranándonos Daniel su vida. Y lo hace sin orden ni concierto. Convirtiendo la novela en una especie de puzle sin montar, cuyas piezas vamos conociendo poco a poco. Allí nos aparecen las vicisitudes de Daniel y su grupo de música (es miembro de uno de esos numerosos grupos de música creados en el Madrid de los ochenta), las de sus componentes, las de sus amigos, las de sus amantes (de Daniel y de sus amigos). Y lo hace Trueba con gran maestría. Es lo primero que leo de él y reconozco que me ha sorprendido la agilidad de su discurso y la forma en que te atrapa. Todo ello en una forma literaria que no parece fácil a primera vista.

Pero, reconozco también, que lo que más me ha atrapado ha sido la facilidad con la que me llevaba Trueba a paisajes y situaciones vividas por mí en aquellos mismos años ochenta y en los coletazos posteriores: los fastuosos noventa y los críticos inicios del nuevo milenio. Allí están las mismas fiestas de pueblo que ahora mitificamos, pero que eran bastante palurdas, los mismos escarceos amorosos, igualmente vulgares, los mismos amigos al borde del abismo y, a estas alturas de la vida, la pérdida de algunos de ellos.

Por su parte, “La mejor juventud” (2003) narra, durante seis horas (no en vano se la ha catalogado como la “Novecento” de después de la II Guerra Mundial), la historia de una familia italiana (los Carati) y su entorno: amigos, conocidos y parejas. Comienza en los convulsos años finales de los sesenta y recorre, como el fondo de paisaje diluido de esas pinturas renacentistas italianas, la historia del país transalpino. No es una obra reciente, como habréis observado, pero está considerada por la crítica como la mejor obra cinematográfica italiana de lo que llevamos de siglo. Aunque en su momento tuvo muy poca aceptación de público, a pesar de estrenarse en dos partes de tres horas. Fue su pase en la RAI, en forma de miniserie, lo que le dio mayor popularidad.

A mí me llegó, como dije, por casualidad mientras buscaba obras para ver este verano de solaz vacacional. Decidí adentrarme en cinematografías poco usuales (sin llegar al frikismo de las películas iraníes, coreanas o incluso de Senegal) como la argentina (no conocía la magnífica comedia negra “Esperando la carroza” de 1985, pero con una temática tan actual: qué hacer con nuestros mayores cuando ya no pueden valerse por sí mismos) o la francesa (divertida y también actual “El juego de los idiotas”). Al llegar a la italiana visioné “Il Divo”, la historia de Julio Andreotti contada por Paolo Sorrentino con su particular forma de narrar (fantástica, por cierto, con la insuperable “La Gran Belleza”) y después me encontré con “La mejor juventud”.

Alguien dirá que mis gustos cinematográficos tampoco son tan extraordinarios como para narrarlos en forma de descubridor de talentos ignotos. Quizá, pero no olvidemos que la invasión de la cinematografía estadounidense nos deja huérfanos de obras, muchas no tan lejanas como las de Argentina, Francia o Italia, que pasan sin pena ni gloria por nuestros cines, cuando pasan, a no ser que se introduzcan en el circuito mainstream norteamericano vía los Óscar. Así, la argentina “El secreto de sus ojos” logró su bien merecida fama gracias al premio Óscar obtenido, al igual que las nominadas “El padre de la novia” o “Relatos salvajes”, mientras “Ciudadano ilustre”, una de esas comedias negras que tan bien diseña el cine argentino, apenas si llegó a los cines españoles.

Lo mismo sucede con el cine francés, algunas de cuyas mejores obras del siglo no llegan a estrenarse en España como “Les jours où je n’existe pas”, o el italiano como “I cento passi”, del mismo Marco Tullio Giordana de “La mejor juventud”, o “Si pùo fare” de Giulio Manfredonia. Tal será nuestro desconocimiento de la cinematografía italiana actual (¡qué tiempos aquellos en los que nos vanagloriábamos de conocer toda la obra de Fellini, Antonioni, Pasolini, De Sica, Rossellini, Visconti o Bertolucci!) que me llevé una gran sorpresa cuando me puse a indagar, tras ver “La Gran Belleza”, quién era esa atractiva actriz que acompañaba a Gep Ganbardella en las noches romanas. Era Sabrina Ferilli. Imagino que, excepto aquellos muy puestos en cinematografía europea actual, asiduos a “El Séptimo Vicio”, de Radio 3, pocos habéis oído hablar de ella. Su cinematografía es poco conocida en España, la mayoría ni falta que hace, pues se trata de un cine comercial de consumo, pero es una actriz de primer orden en la Italia actual. En cambio, si queréis conocer más de ella no os acerquéis a la Wikipedia, su página no está traducida a ninguna de la lenguas del Estado español. Al portugués sí, por cierto.

Ambas obras (“La mejor juventud” y “Tierra de Campos”) vistas y leídas a un tiempo, me han llevado, como os decía, a releer mi propia historia. Como pasamos por aquí, vamos generando nuestra biografía, encontramos gente, perdemos gente, nos topamos con la realidad y, de pronto, nos da por mirar atrás y ver que estamos donde estamos por pura casualidad. Y la historia que nos rodea no deja de ser un marco (horrendo en ocasiones) de nuestra propia existencia. Esta última parte tienen en común ambas obras. La reciente historia de Italia y de España se convierte en un escenario que transcurre al lado de los protagonistas, unas veces más cerca, otras más lejos, pero está siempre presente. Me recordaba un poco a cómo estaba presente la voz cansina de Mussolini a través de la radio en la película de Ettore Scola “Una jornada particular” con Mastroianni y Sofía Loren. Así es un poco la realidad en nuestras vidas, un fondo con el que convivimos. A veces alguno de nuestros allegados se adentra más profundamente en ella, como le ocurre a Giulia en “La mejor juventud” cuando ingresa en “Las Brigadas Rojas”, pero tampoco demasiado, pues siempre la vemos como un personaje atrapado por dicha realidad, que modifica su vida para siempre.

Es lo que tiene hacerse mayor. Que te pones muy pesado. Que casi cada cosa que ves, oyes o lees no deja de llevarte a referencias vitales propias, convirtiéndolas unas ahora en absurdas y, adoptando otras, un tinte de tiempo perdido para llegar donde hemos llegado. Así, en “Tierra de Campos” el pasado parece haberse convertido en una especie de comedia al estilo de Paco Martínez Soria, mientras en “La mejor juventud” nos da la impresión de que perdimos el tiempo y la ocasión de cumplir sueños verdaderos más allá de llegar a ser pequeños burgueses.

Ambas obras tienen en común convertirse en la historia de seres comunes. Como nosotros mismos. Envueltos por la realidad. Y los personajes que allí aparecen podríamos ser nosotros mismos. Esto es lo que les da su grandeza. Cuando acabas su lectura o su visionado, te queda la sensación de querer continuar conociendo sus vidas. Son como la tuya. En parte tan desencantada. En “La mejor juventud”, hacia el final, una de las hermanas de Nicola, uno de los protagonistas, le dice que aún conserva una postal que le envió desde Noruega cuando era joven y recuerda que en el texto decía algo así como que en todas las cosas del mundo hay belleza, acabando con tres signos de exclamación. Y le pregunta si aún cree en ello. Nicola contesta que sí, pero que ya no cree en los signos de interrogación. Lo suscribo, yo tampoco.

Quizá sea una sensación bastante común al hecho de cumplir años. Existe una escena bastante conocida de una película de Garci (“Las verdes praderas”) en la que en 1979 ya se manifestaba ese cierto desencanto con el propio pasado. Quizá la escena en su conjunto sea algo sensiblera, como todo el cine de Garci, pero alguna frase podría ser compartida aquí como eslogan. Por ejemplo, esta que también suscribo: “llevo cuarenta y dos años pensando que lo que vivía no era importante porque era como provisional, como si estuviera esperando destino… y ¿sabes qué pasa?, que ya ha llegado”.

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OTRA VEZ CHIRBES: El fango de la orilla de nuestro mundo

Ya dije en mi reseña de lectura de “Crematorio” que la culpa de mi enamoramiento por Chirbes es de mi amigo Joan, y no quiero comenzar estas líneas sin volver a mencionarle. Él, yo mismo, tú que lees este escrito podías haber sido un personaje de las obras de Chirbes, especialmente de la ya citada o de “En la orilla”, la que ahora me trae por aquí. Me animaba Joan a que leyera “Crematorio” porque allí iba a encontrar a muchos personajes conocidos. Ya dije entonces que creía que se refería a personajes públicos, pero no, se refería a los de nuestro entorno cotidiano.

Cuando algún día se escriba la historia de principios del siglo XXI en España, no podrá dejar de citarse a Chirbes como referencia, especialmente las dos obras citadas. No es posible encontrar tal densidad de personajes arquetípicos ni tantas situaciones de nuestra sociedad postransición. Dije entonces que “Crematorio” era LA NOVELA DEL TODO. “En la orilla” abunda en lo mismo, describirnos, a través de una mínima trama, casi innecesaria, porqué estamos donde estamos y quien nos rodea. Podría complementar aquel apelativo diciendo que ambas novelas de Chirbes son LA NOVELA DE TODOS, porque todos estamos allí.

“En la orilla” se desarrolla en el mismo pueblo mediterráneo imaginario, Misent, al cual ha llegado la crisis que aún nos ocupa (excepto para la consideración del presidente Rajoy, quien dice que gracias a él ya salimos de ella). Aparecen personajes semejantes a los de “Crematorio”, pero tamizados por la llegada de la crisis. Aún diría más, ya no están esos grandes corruptos que han convertido la fachada mediterránea española en el paradigma del pelotazo, ahora se centra en personajes del tres al cuarto, pequeños detritus de nuestra sociedad. Ahora viven entre el fango de la orilla de un simbólico pantano: el de Olba. El protagonista no es Rubén, el magnate de la construcción en la costa de Misent, ahora lo es Esteban, dueño de una carpintería familiar, que debe cerrar ante la llegada de la crisis.  A cada paso Chirbes nos recuerda la miseria del personaje. Nunca pasó de un simple carpintero, no llegó a convertirse en un ebanista como pretendía su abuelo, que realizaba trabajos más bien vastos y, desde la llegada de la burbuja inmobiliaria, avituallaba a los constructores de la zona.

Por la novela se pasean personajes de todos conocidos, algunos ya presentes en “Crematorio”, pero, estos, aún menos ilustres: un constructor de medio pelo, casi un albañil con aires de grandeza, de esos que poblaban mi barrio de Virgen del Remedio hace unos años. Esos que sólo piensan en dinero, que cuando ven a una docena de “conguitos” como él dice, sólo piensa en el dinero que le producen en las obras que ejecuta. Esos que se tiraban el día en el bar, haciendo como que trabajaban, con el móvil en la mano a cada momento para dirigir desde allí sus “negocios” mientras caían, una tras otra, copas de “Soberano” y de pacharán. Allí aparece el niño de papá de pueblo que te birló la novia y se marchó con ella del pueblo, y que vuelve ahora convertido en un “intelectual” de poca monta. Un cocinero “intelectual”, esos que tan de moda están ahora.

Pero no sólo están todos los personajes de nuestra vida, la de la generación de la primera Transición, que los hemos visto de cerca, también están todas nuestras situaciones vividas. Particularmente cercana me resultó la descripción de aquellos jóvenes fachas de pueblo (en el mío se llamaban “pepsicolos”, nunca supe porqué), a los que describe crudamente: “y, dale, más banderita española en el llavero que sacan al ir a poner en marcha el coche, y el sonido de llamada en el móvil te suelta a toda pastilla el himno de España en mitad de la comida en el restaurante, y colocan el Cara al sol en el CD en cuanto te subes al todoterreno, sin contar con la ropa de camuflaje con la que se viste en este espacio tan urbanizado, y el gusto por las armas disfrazado de pasión por la caza”.

Esta nueva moda de la banderita española en pulseras y banderitas de coche, a muchos nos retrotrae a aquellos primeros momentos de la Transición, cuando Fraga y los suyos se apropiaron de la bandera para hacer de ella arma arrojadiza para los que deseábamos una España nueva, que, dicho sea de paso, nunca logramos. Como bien nos ilustra Chirbes, lo único que hicimos fue traicionar nuestros orígenes, como me contó Joan que le dijo su profesora de Antropología cuando estudiaba Magisterio, allá por los primeros ochenta. Si me permitís un paréntesis personal, quizá sea un intento de no olvidar dichos orígenes lo que me ha llevado desde hace semanas a embarcarme en una lucha particular por la educación pública y por la recuperación de la Memoria Histórica. Quizá sea porque se lo debo a ellos, a los que lucharon hace tanto tiempo y perdieron. Como, seguramente, perderemos nosotros (no estoy solo en este combate), pues esos personajes de Chirbes son ahora el modelo a seguir por nuestra sociedad postransición.

Algunas frases descriptivas de esa clase media que cree haber ascendido en el escalafón social porque ya no toma cubalibres sino “ron con cola” perfumado con granos de café (pero nada de Baccardí, sino un Matusalem Gran Reserva) ni gin-tonics de Larios sino de Martin Miller con tónicas de importación. Así los describe cuando a Esteban le realizaban “encargos para salir del paso y engatusar a clientes de esos que se creen de clase media porque no trabajan con un pico y una pala y son justo la más triste clase media contemporánea”. Esa clase media que prosperó y se compró un pequeño yate que atracaba en los “pantalanes que construyó el ayuntamiento para los barquitos de la que se define como nueva clase media y es un conglomerado de variantes de la clase obrera sin conciencia que trajo el thatcherismo y se está llevando consigo la crisis actual desarbolándole los humos”. Imposible ser más claro.

Ya lanzaba punzadas a ese socialismo democrático que nos engatusó durante tantos años, pero en “En la orilla” vuelve a describir imágenes que los de nuestra generación hemos observado estupefactos: “y si lo que les llama es el psoe, un estilizado Patek Philippe, que es el que usa Felipe González. Patek Philippe, un buen Cohibas, un trasero brasileño en forma de manzana reineta, y un vermut con oliva rellena y un chorro de ginebra, el cielo. Felipe, el más consecuente: al fin y al cabo, el socialismo es riqueza, bienestar, pasta para todo el mundo”. Brutalmente verídico. Yo, que también frecuento estos ambientes, nunca pregunté qué era un Patek Philippe cuando lo mencionó uno de esos miembros de la clase media, funcionario del aparato socialista él, para no descubrir que yo provenía del Liang Shan Po, quizá como él, pero con menos ínfulas de grandeza. Pues la sociedad de consumo nos ha embaucado a todos, a mí incluido, a pesar de mi resistencia a algunas serpientes tentadoras, tan antiguas como el mundo: “y siguen conservando el valor que tenían el octavo día de la creación del mundo, cuando Eva vio una serpiente y le echó mano creyéndose que era un collar de esmeraldas”.

Así acaba “En la orilla”. Y es una pena. Es una pena que Rafael Chirbes muriera tan joven (66 años) y nos dejara huérfanos a aquellos que amamos la descripción del mundo y sus personajes. Muchos de los personajes con los que nos cruzamos dejarán de ser contados con la maestría que él lo hacía. El otro día, mientras comenzaba mi camino al trabajo en el coche, me crucé con algunos de ellos y no pude dejar de pensar en lo que Chirbes hubiera escrito de ellos. Me rebasó rauda en su Peugeot “crossover” un personaje cada vez más frecuente, la “choni-neofacha”, un poco pasada de peso, que lleva sobre el retrovisor una cinta con la banderita española; también se me cruzó un “cani” conduciendo un Golf GTI, muy bronceado él, que se iba a trabajar seguramente en algún negocio poco claro, también con el consabido colgante rojigualda; y el que podríamos denominar “nen”, de cabeza rasurada y gafas de sol de espejo, al mando de un pseudeportivo de origen japonés, que te mira despreciativamente cuando te adelanta por la autovía.

Son “Cematorio” y “En la orilla” libros para releer habitualmente. No es necesario hacerlo por completo. Son collages sociales. Un buen ejercicio consiste en abrir estos libros por cualquier parte y leer una parte de ellos. Será como sentarte en una terraza de cualquier bar español y ver pasar la gente. Allí están, en Chirbes, todos. Estamos todos.

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EL PAÍS Y LA CATALUÑA BOLIVARIANA: Necesitáis un abrazo

Debe ser que me ha impresionado tanto el artículo de Joaquín Reyes dedicado al cascarrabias de Javier Marías, o que a los dos nos impele ese ramalazo manchego, pero el titular de hoy de El País me ha provocado unas ganas tremendas de escribirles también, en un tono parecido, una carta a los redactores del periódico otrora “independiente de la mañana” para que se lo tomen con calma y rebajen su nivel de cabreo.

Y es que, efectivamente, no están ustedes bien, señores redactores de El País, y tampoco lo pienso yo sólo, miren sus cifras de ventas y verán como caen en picado. También son muchas las cosas que les hacen sufrir: la derrota de Su Susana y la victoria del “rojo” Pedro Sánchez, el desplante a Su Rey Juan Carlos I, al que no le invitan a la celebración del 40 aniversario de las primeras elecciones tras la dictadura, sí, aquella que el prócer Juan Luis Cebrián ayudó a traer a España, en ese camión que dice el Rey Emérito conducía él, y, como no, el independentismo catalán, que, desde hoy, además es bolivariano.

Creo, como le dice Joaquín a Javier, que también es hora de descansar. Ya trajisteis la democracia, ya mantuvisteis la monarquía en 2014, patrocinando la abdicación sosegada de vuestro Juan Carlos en Felipe VI, ya conseguisteis crear un partido, Ciudadanos, para que los bolivarianos iraníes de Podemos no se alíen con Vuestro PSOE de toda la vida para crear un gobierno al estilo del de Antonio Costa en Portugal, ya le habéis proporcionado a Vuestro Excelso Presidente Ejecutivo Juan Luis Cebrián unos píngües beneficios para vivir como uno de esos príncipes saudíes a los que tanto frecuenta. Por lo tanto, ya podéis dejarlo. Cerrar el quiosco, nunca mejor dicho, y dejadnos en paz.

Valga que os inventéis encuestas, sacando los resultados el mismo día de efectuarlas, valga que pongáis a parir a Pedro Sánchez un día sí y al otro también, pero lo de hoy, como diría Reyes, tal y como se dice por allí, por La Mancha, “pasa de castaño oscuro”.

A ver, que me parece bien, que a la mínima que se os cruce por el camino una noticia tratéis de meteros con la Pérfida Venezuela de Maduro, que truquéis las fotos, como cuando publicasteis en portada una foto falsa de Chaves agonizante, pero este titular no es digno de un diario que tiene entre sus excelsos fundadores y carismáticos dirigentes a todo un miembro de la Real Academia de la Lengua.

“Un foro de modelo bolivariano haría la Constitución catalana”, habéis titulado. Lo he tenido que leer varias veces para entender qué queríais decir. Ya sabía que lo de meter el adjetivo bolivariano era una ocurrencia que quedaba muy bien en vuestra Cruzada anti-Maduro, pero es que no entendía una mierda, como vulgarmente se dice. He tenido que leerme más de la mitad del artículo para ver la semejanza que los señores Javier Casqueiro y Miquel Noguer querían aplicar al “procés” con la Venezuela de Maduro. Os prometo que en lo primero que he pensado, y no es broma, es que los redactores de la futura Constitución catalana iban a hacerlo vestidos con la “chompa” bolivariana, ese jersey a rayas que popularizó Evo Morales desde su llegada al poder. Pero no, al parecer es que los redactores de la Carta Magna catalana lo van a hacer siguiendo el procedimiento que Maduro pretende utilizar para cambiar la Constitución de Venezuela.

Y, ahí, en esa explicación, es cuando los periodistas Casqueiro y Noguer la lían. Dicen que consiste ese procedimiento bolivariano a aplicar en Cataluña en “activar un proceso participativo de base ciudadana”. ¡Acabáramos!, ahora resulta que a El País le produce repelús que los ciudadanos participen en la elaboración de la futura Constitución. Claro, como no se me ocurrió antes, ellos son partidarios del modelo de la Constitución española de 1978 parida por siete padres (debía ser que entonces estaba permitida la paternidad compartida) entre los cuales estaban demócratas de la talla de Manuel Fraga (“la calle es mía”, dijo tras los asesinatos de los sucesos de Vitoria en 1976 a manos de la policía dentro de la iglesia de San Francisco de Asís), Gabriel Cisneros (Delegado Nacional de la Juventud, que controlaba la OJE, sección juvenil de La Falange, entre 1969 y 1972, además de procurador en las Cortes franquistas), Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón (letrado del Consejo de Estado franquista desde 1966 y principal hacedor de la puñalada de UCD a su propio líder Adolfo Suárez) o José Pedro Pérez Llorca (letrado de las Cortes franquistas, esas tan demócratas). Nada mejor que este sistema y que cuando los artículos no salgan los acaben “cocinando”, con agravante de nocturnidad, dos prohombres como Abril Martorell y Alfonso Guerra, como ocurrió con la Constitución española de 1978. ¡Nada de procesos ciudadanos! ¡Pero qué democracia es esa en la que participan los ciudadanos, habiendo prohombres de la citada “categoría” que nos digan lo que hay que poner en la Constitución!

Dicen los articulistas que la futura Ley de Transitoriedad Jurídica catalana “se erige en ‹norma suprema› mientras no haya una Constitución”. A ver esto, a qué me recuerda. Voy a repasar mis apuntes de Historia Contemporánea de España en el tema de la Transición Española. Dicen que en 1976 Suárez presentó una Ley para la Reforma Política (aprobada por las Cortes franquistas, que nada tenían de democráticas) para poder hacer más tarde unas elecciones constituyentes. Y que mientras estas elecciones se producían, la norma que regía la política en transición era la de Reforma Política.

¿Y no es esto lo que pretende el gobierno catalán? Hacer una Ley de Transitoriedad, para hacer unas elecciones, discutir en foros ciudadanos la Constitución y votar en referéndum dicha Constitución. Vale, no os tiréis aún a la yugular, que ya sé que aquella Ley se hizo contra una dictadura, pero, en circunstancias especiales, el sistema democrático debe buscar resquicios para salir de la crisis.

Y no hablo de Venezuela, hablo de Islandia, que, tras la crisis bancaria de 2008 y las consiguientes protestas de la población, decidió modificar su Constitución creando una asamblea popular de 25 miembros sin filiación política para realizar dicho cambio. Claro, es que a los redactores de El País no les habría quedado tan impactante el titular si hubieran dicho “Un foro de modelo islandés haría la Constitución catalana”.

Así que, como dice Joaquín Reyes en su maravilloso artículo, “disfrutad de las pequeñas cosas de la vida”, contadle a los nietos sentados en una fogata otoñal que un día fuisteis diario referente de la progresía, que ayudasteis a traer la democracia a España, que quitabais y poníais ministros con Felipe González, que erais más modernos que una peli de Almodóvar en los ochenta, pero dejadnos ya en paz con vuestros titulares chuscos. ¿Qué será lo próximo, “Cataluña ficha a Pedro Sánchez como asesor, con el beneplácito de Podemos, y se instalan en el consulado de Venezuela en Barcelona”?

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AQUEL VERANO DEL AMOR, ESTE VERANO DEL AMOR: San Francisco 1967/Madrid 2017

Se han cumplido cincuenta años, dicen las crónicas. Pero, qué verano no es el verano del amor? Para los que, como yo, hayáis traspasado con creces la edad juvenil, os parecerá que dicha pregunta no tiene sentido, pero, recordad, cuando erais jóvenes, ¿no eran todos los veranos, tiempo para enamorarse? ¿Cuántas películas italianas, especialmente, o españolas en su versión más kitsch no nos hablaban de veranos llenos de escarceos amorosos en playas y pueblos de interior? Aquellos maravillosos años, como ilustraba la serie americana que tan bien refleja aquellos años finales de los sesenta, estaban plagados de historias de amor. Historias que quedaban en nada con los primeros días de refresco del otoño, pero que era la ilusión para el año siguiente.

Llegaban al pueblo amigos o amigas de tus conocidos, ibas a la playa a pasar unos días, la rutina de tus amistades del resto del año quedaba rota por el caminar solitario en una playa o en una alameda junto a alguien a quien constabas tu vida adornándola con las mayores gestas, explicando tus proyectos vitales como si fueras a convertirte en un nuevo guerrillero por una causa justa o dándotelas de conocer el último disco de Grateful Dead.

Pero dicen las crónicas que aquel verano de 1967 fue especial. Fue el Verano del Amor. San Francisco, explosión hippie. Un preludio musical de lo que al año siguiente acabaría explotando.

Pero aquel Amor que se pregonaba en 1967 no era sino la reacción a un mundo que poco tenía de amoroso. Era un mundo profundamente violento. Violento, especialmente, con los más desfavorecidos. En abril, se inauguraba en Grecia una dictadura militar que perduraría hasta 1974, en junio Israel y los países árabes de la zona (Egipto, Siria y Jordania) se enfrentaban en la denominada Guerra de los Seis Días, mientras la Guerra de Vietnam se encontraba en su momento más álgido. Ese año se inauguraba el denominado Programa Phoenix, consistente en el control de la CIA del sistema de espionaje survietnamita para utilizar cualquier sistema de destrucción del enemigo, incluidos todos aquellos que se situaban fuera de la Convención de Ginebra.

La sociedad americana no podía callar frente a la barbarie que allí se estaba produciendo, especialmente cuando en Estados Unidos una parte de la población, los afroamericanos, no tenían ningún derecho civil garantizado, excepto el de ir a morir a Indochina. Martin Luther King lo expresó en abril de aquel año durante un servicio religioso con estas palabras: “Mandamos los jóvenes negros ya  arruinados por la sociedad a 8.000 millas de aquí para garantizar en el Sudeste asiático las libertades que no disfrutan en Georgia o al Este de Harlem”. Una semana más tarde, varias manifestaciones concentraban a miles de personas en San Francisco y en Nueva York. Las protestas tenían como protagonistas a los estudiantes. En mayo 400 de ellos tomaban el edificio administrativo de la Universidad de Pensilvania.

En realidad el Verano del Amor comenzó en pleno invierno, en enero cuando se celebró el en Golden Gate Park de San Francisco el festival Human Be-In al que acudieron más de 35.000 personas donde tocaron grupos como Jefferson Airplane o The Grateful Dead. Allí también John Phillips (The Mamas & The Papas) cantó por primera vez la canción San Francisco con aquella estrofa que se hizo famosa (Si vas a San Francisco,/asegúrate de llevar flores en el cabello…/ Si vas a San Francisco,/ el verano será una celebración de amor”).

Pero con el final de curso a mediados de junio, San Francisco se convirtió en lugar de peregrinación. Más de cien mil personas invadieron la ciudad (especialmente el campus de la Universidad de Berkeley y los parques aledaños al Golden Gate) y los pueblos cercanos. Allí, en uno de ellos, en Monterrey, se celebró el más conocido de los conciertos. La nómina de artistas es ingente, pues ahí estuvieron The Animals, Simon & Garfunkel, Steve Miller Band, Jefferson Airplane, Otis Redding, Ravi Shankar, Buffalo Springfield, Scott McKenzie, The Who, The Jimi Hendrix Experience, Grateful Dead o The Mamas & the Papas.

Jóvenes adolescentes, estudiantes universitarios, turistas de clase media se sintieron llamados por los vientos contraculturales de San Francisco (la generación beat de Lawrence Ferlinghetti, Allen Ginsberg o Michael McClure o Timothy Leary) y, porqué no decirlo, los efluvios de la marihuana y el sabor del LSD, prohibido en California el año anterior, pero que se convirtió en producto de primera necesidad durante aquel verano.

Hay que recordar que no fue el único gran evento musical de aquel año. Entre finales de julio y principios de agosto se celebró en Cuba el I Encuentro de la Canción Protesta en la que participaron cincuenta músicos de dieciocho países. Quizá no es tan conocido como aquel festival de Monterrey, pero en España los nombres de sus participantes fueron durante años referencia de una lucha contra la dictadura que nos unía a uno y otro lado del Atlántico (Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Daniel Viglietti, Carlos Puebla o nuestro Raimon).

Pero ni la Canción Protesta ni las Flores en el Pelo pudieron frenar la violencia que se cernía sobre el mundo en aquel Violento 1967. El 20 de agosto, en México, pistoleros profesionales contratados por líderes de Unión Regional de Productores de Copra del Estado de Guerrero y por Raymundo Abarca Alarcón mataban, oficialmente, a treinta y dos campesinos y dejaban heridos a un centenar, aunque las cifras extraoficiales parecen más elevadas. Unos días más tarde, en el cerro Pancasán (Nicaragua), la Guardia Nacional del dictador Anastasio Somoza asesinaba a varios guerrilleros del FSLN (Frente Sandinista de Liberación Nacional). Finalmente, concluido aquel Verano del Amor, en octubre agentes de la CIA y oficiales del ejército boliviano mataban al Che Guevara.

¿De poco sirvieron todas aquellas protestas, todas aquellas canciones? Probablemente. La Guerra de Vietnam continuó hasta mediados de la década siguiente, Martin Luther King fue asesinado al año siguiente, el candidato Bob Kennedy, ante el peligro de que acabara con aquella guerra, también fue eliminado en 1968 y nuevas dictaduras se inauguraban en Latinoamérica (Bolivia, Perú, Panamá).

Cincuenta años más tarde, las guerras continúan. El viejo slogan hippie “haz el amor y no la guerra” sigue sin cumplirse, el verano y la vida no son fáciles como nos prometía Janis Joplin en Summertime; sí, ha sido un largo y solitario invierno, pero no ha venido el sol, como auguraban los Beatles (Here comes the Sun).

Cincuenta años más tarde, una ola de Amor recorrerá Madrid este fin de semana. Un amor prohibido hasta hace poco en España, aún prohibido en más de ochenta países del mundo. Y cuando digo prohibido no me refiero a su ilegalidad, sino a la posibilidad de ser asesinados (el Estado lo denomina ejecuciones) por Amor. No serán todos jóvenes, como no lo eran tampoco en aquel Verano del Amor de 1967 (allí le pilló la revuelta hippie a nuestro filósofo José Luis López Aranguren, expulsado por el régimen franquista, que de joven ya tenía poco), pero espero que sean los protagonistas. Sólo ellos, y las mujeres, pueden dar un paso más para convertir este mundo en algo más tolerable.

Será también una celebración muy musical, pero debo reconocer que leído el cartel poco me identifica con lo que ofrecen. Debe ser que cincuenta años no pasan en balde; que entre escuchar a Janis Joplin, como estoy haciendo mientras escribo estas líneas, y a Fangoria no hay color. Donde sí lo habrá y mucho será en las calles de Madrid. Espero que este también sea un verano del amor recordado como aquel de 1967.

Nosotros seguiremos con nuestras innumerables guerras y conflictos, con los derechos civiles recortados en numerosos países donde todavía es delito la homosexualidad o el adulterio. Donde parece que aún el Amor es un delito.

Quiá no será una causa perdida, porque como he tenido ocasión de recordar esta semana a mis más íntimos allegados, hay que recordar las palabras de Gert, uno de los anabaptistas de la novela “Q”, “la derrota no vuelve injusta una causa. No lo olvides jamás”. Y algún día, como decía Janis… “quizás, quizás…” (¡atención a esa entrada de viento, una de las más emocionantes de la historia de la música!)

 

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CARTA DE UN VOTANTE DESPECHADO

Has vuelto a prometerme que vas a cambiar, que vas a dejar tus amantes, esos que viven en el centro de la ciudad e incluso algunos que lo hacen en la margen derecha del río. Lo dices con esa cara angelical que ahora se te ha puesto. Vestido tan moderno, con camisa blanca casi siempre, tan apuesto y tan alto. Me recuerdas a aquellos tiempos del pasado, cuando la moda era de pana y pantalón acampanado, que también te sentaba estupendamente y que provocaban que más de medio país fuera detrás de ti. Incluso cuando decías un día no y al otro sí. Aquella gracia al hablar, tu juventud, tu modernidad nos llevó de calle. Pero yo, después de la primera vez, me sentí engañado, percibí que algo iba mal, que tras aquella fachada de moderno, locuaz y atrayente discurso se escondía un sibilino amante al que había que dejar antes de que me devorara y no pudiera tener vida propia, pensamiento propio.

Veía como año tras año te ibas convirtiendo en un ser poco recomendable. Te veía en las noticias o cuando salías en los periódicos y contaban que cada vez te metías en manejos de lo más turbios. Que si te encontraban dirigiendo tramas oscuras, que si tu contabilidad no era del todo limpia, que si al hermano de un íntimo amigo tuyo lo detenían, que si traicionabas a tus antaño colegas… Pero, no sé como, siempre salías indemne. Siempre estabas rodeado de tus fieles votantes. Yo dejé de serlo, hasta que…

Hasta que nos dijeron que había que salvarnos del caos. Entonces apareciste nuevamente con tu cara más angelical. Algunos decían que eras el nuevo Peter Pan, por lo buenazo que parecías y por la candidez de tus promesas. Y volví contigo. Me prometiste que todo iba a ser distinto. Que ahora sí ibas a olvidarte de tus malas compañías, malas y ricas compañías. Que te ibas a venir a vivir conmigo a este barrio de clase media de las afueras, que ibas a sacar a tus niños del colegio concertado, que incluso dejarían de ir a catequesis para hacer la primera comunión. Que ya no ibas a salir por la noche a juntarte con tus amigotes banqueros, periodistas de postín, turbios jerifaltes extranjeros y gente que vive más allá de la ley. Incluso me prometiste que te ibas a venir a vivir conmigo aquí, a nuestro barrio en el que cada vez queda menos gente, situado a la izquierda del río.

Pero no. Volviste a caer en tus viejos vicios y me volviste a engañar. No era verdad que ibas a sacar a los niños del colegio y desapuntarlos de catequesis, no era cierto que te ibas a venir a mi barrio. Lo más que hiciste es hacerme una visita de cuando en cuando, sobre todo si había cámaras por medio para hacerte una foto en él. Y cuando llegaron los problemas económicos no hiciste nada por nosotros. Al principio dijiste que no era nada, que nos recuperaríamos enseguida. Después volviste a echarte en brazos de tus amigos de siempre: banqueros, constructores, industriales. Todos de ese club, al que a ti tanto te gustaba acudir a tomarte caros whiskys con ellos. IBEX, creo que lo llaman.

Y ahora, cuando has visto que todos esos amigotes te han abandonado vuelves a mí. Prometes que te vienes, ahora sí, en serio, a vivir a nuestro barrio a la izquierda del río. Ahora que te insultan tus viejos amigos en periódicos, televisiones y cadenas de radio, ahora pides que te vuelva a creer. Que eres de los míos, que no me vaya con esos nuevos vecinos que han llegado al barrio y dicen que van a salvar la ciudad. Mira, yo, a mi edad, sé que no van a salvar la ciudad. Que esta ciudad ya tiene mala solución. Está llena de agujeros profundísimos en todas las calles. Está completamente abarrotada de basura que a nadie le interesa recoger, pues las ratas la han inundado y viven de ella. Sé que estos nuevos habitantes del barrio no son sino cuentistas a los que les gusta que la televisión les venga a entrevistar. Algunos parecen gente sana. Me recuerdan incluso a ti, cuando eras joven. Pero yo ahora vivo aquí, tranquilo, con mis lecturas, mis pequeños trabajos para el barrio. Pero nada de pretender cambiar la ciudad y convertirla en una Copenhague del sur. Lo único que me interesa es que el vecino de al lado se sienta más feliz, aunque sólo sea dándole una charla sobre sus antepasados.

No. No te voy a hacer caso esta vez. Ahora no. No creo en tus promesas, aunque me digas que si no tus amigotes de antaño se comerán esta ciudad. Sé que vendrás a prometerme lo de siempre, pero yo ya estoy mayor para creerte. Seguro que te saldrán amigos aquí, a la izquierda del río, donde dices que te vienes a vivir. Pero la familia no sé si te va a dejar. Llevas tantos años viviendo en los barrios altos, que quienes allí dejas seguro que te piden cuentas. Y no sé si aguantarás mucho tiempo por aquí, sin hacer caso a los cantos de sirena de tus viejos y ruines amigos.

Que te vaya bien. No puedo desearte nada malo. Ya sabes, a los primeros amores nunca se les olvida ni se les desea nada malo, aunque se hayan portado como tú. Pero nuestro momento pasó. No me pidas que vuelva.

Afectuosamente, tu antiguo y despechado votante.

P.D. Ah! Escucha esta bellísima canción, quizá entiendas lo que te he querido decir:

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SUSANA LA CANDIDATA: De la foto de la Tortilla a Ifema, más de 40 años os contemplan

Es una lástima que a mis alumnos y alumnas de bachillerato de la Comunidad Valenciana no les pueda salir en el examen de Selectividad el comentario de fotos históricas, como sí ocurre en otras comunidades, por ejemplo en la de mi España vacía. Hay algunas que dan mucho juego para explicar la historia.

En realidad, en la famosa foto llamada “de la tortilla”, aquellos cachorros del socialismo andaluz no comían tortilla sino naranjas, pero es éste un detalle sin importancia histórica. La transcendencia de aquella foto es que en ella se encuentran algunos de los que acabaron dirigiendo la barca de la Transición a buen puerto. Por orden de categoría: Felipe González (10), Alfonso Guerra (7) y Manuel Chaves (12). La foto la completaban los menos conocidos Juan Antonio Barragán (1), que llegó a director de la Sociedad para el Desarrollo Energético de Andalucía, una empresa pública de la Junta andaluza que presidía su amigo Manuel Chaves; Pablo Juliá (3), que acabó trabajando de fotógrafo en El País (¡qué menos!, pues suya era la cámara con la que se hizo la inmortal foto) y desde 2007 dirige el Centro Andaluz de la Fotografía de Almería, de la Junta; Josele Amores (4), empleado en el bufete de González, al que acompañó a Suresnes para que fuera elegido Secretario General del PSOE y que acabó jubilado en la Obra Social de Caja San Fernando, absorbida por CaixaBank; y Luis Yáñez (11), diputado hasta 2014, candidato no electo a la alcaldía de Sevilla y Secretario de Estado para la Cooperación Internacional e Iberoamérica, entre otros cargos. Y también las chicas, antes de que mi hija me mate, con razón, por olvidarme de ellas: la primera, Carmen Romero (6), la “primera dama” y también primera mujer de Felipe González, además de diputada (1989-2004) y eurodiputada (2009-2014); Isabel Pozuelo (2), mujer de Pablo Juliá, diputada desde 1996 a la actualidad, funcionaria del INEM en excedencia, vicepresidenta de la Asamblea Parlamentaria de la OSCE y vocal del patronato de la Fundación Persan, la empresa sevillana de productos de limpieza; Carmen Hermosín, (8), esposa de Luis Yáñez y la que más lejos llegó políticamente, pues además de diputada hasta 2011, fue  miembro de la ejecutiva federal y de la Junta de Chaves, con la que fue consejera de Asuntos Sociales, Gobernación y Justicia, y Administración Pública; y Rosa Rodríguez (5) y María Martín (9), menos conocidas, la primera trabajó en la embajada francesa y la segunda es la mujer del senador Curro Rodríguez. Tras la Cámara, haciendo la foto, Manuel del Valle, alcalde de Sevilla entre 1983 y 1991.

Como se ve, pura historia del socialismo español y andaluz durante la Transición.

El pasado domingo asistimos a otra foto, que puede convertirse en histórica. ¿Quién sabe por dónde nos llevarán los procelosos caminos de la Historia? No tiene un aire tan hippie, es lo que pasa cuando llegas al poder, que pasas de hacerte fotos campestres comiendo tortilla (o naranjas) a tomar canapés en IFEMA, todo un recinto ferial de 200.000 m2.

Allí se presentó, por fin, la candidata Susana Díaz (Susanyaju, según los bordes de LPD). Hay varias fotos que merecerían un comentario, como ésta en la que Alfonso Guerra está agarrado a una barra invisible de autobús (¡ah, no!, perdón, que me dicen que lo que hacía era levantar el puño en plan revolucionario).

Pero creo que la que tenéis a continuación, es la que pasará a la Historia. Y la que merece un comentario, para ir adelantando faena a futuras generaciones y que se lo encuentren ya hecho cuando tengan que examinarse de la Selectividad, pues al paso que vamos, dentro de otros cuarenta años seguiremos con ella, aunque hayan parido nuestros políticos otra docena de reformas educativas.

Ahí están los apoyos de la futura Secretaria General del PÉSOE (pronúnciese con fuerte acento en la primera e, como hace la candidata) y, quién sabe, quizá un día presidenta de la nación, bueno de EJPAÑA (como pronuncia Pepe Bono, otro de los apoyos de la candidata), no vaya a ser que le estropeemos la portada al ABC que ya el lunes se apresuró a titular en su portada que Susana se presentaba por el PSOE y por ESPAÑA. Ahí queda eso, uno de los tradicionales periódicos de la derecha patrocinando a una candidata socialista. ¡A ver cómo se lo montan los futuros profesores de Historia para explicar esto al alumnado!

Es la candidatura de la renovación del PÉSOE. Es como si en Suresnes la candidatura de Felipe González hubiera sido apoyada por Ramón Rubial y Rodolfo Llopis, viejos luchadores socialistas en el exilio y que se manifestaban en contra de la llamada Declaración de Septiembre, que propugnaba la “ruptura democrática”, el primer invento semántico del socialismo español para encantar al electorado postfranquista. En esa declaración se exponía, en once puntos, las reclamaciones de ese nuevo socialismo, la última de ellas el, es textual, “reconocimiento del derecho de autodeterminación de todas las nacionalidades ibéricas”. Sí, que nadie se espante, Felipe González y Alfonso Guerra llegaron al poder socialista en 1974 solicitando el derecho a que cada nacionalidad ibérica (ni siquiera hablaban entonces de EJPAÑA, que era una cosa muy facha) pudiera quedarse o no en el nuevo estado democrático. O sea, en román paladino, un REFERÉNDUM (¡va de retro, Satanás!).

A la izquierda de la foto de los apoyos de la renovadora Susana, Rubalcaba (alias Rubalcadáver) como parodió de forma extraordinaria mi paisano Joaquín Reyes. Parece pensativo, quizá acaba de leer el editorial de El País (“Rajoy, segunda parte”), de cuyo Consejo Editorial es miembro, y no acaba de entender muy bien su significado. Justo a la izquierda de Susana, Felipe González, el intocable, el eterno icono del socialismo español, por el que he oído a viejos socialistas decir, como a Belén Esteban, que por Andreíta, mato. Se ha puesto su traje de mitinero. Nada de trajes de sastrería cortados a medida, como cuando visita a sus colegas de Endesa o a amigos ricachones como Carlos Slim. Ataviado como en los viejos tiempos, cuando gritaba “OTAN, de entrada No” (y pensaba, “y de salida, tampoco”). Vaqueros modernos, jersey azul, con una camisa de cuadros bajo él. Seguro que no los ha comprado en Alcampo, como dice que lo hace Pablo Iglesias, quizá en Maximo Dutty o en la más exclusiva tienda de Boggi Milano en la calle Serrano de Madrid. Sonríe y mira hacia la izquierda, como Susana, quizá haya entrado en ese momento su viejo enemigo Eduardo Madina, ahora adepto a la causa susanista. A la derecha (si esta palabra se puede decir en un comentario socialista) de la candidata el otro presidente socialista de la Transición, Rodríguez Zapatero. Tiene el mismo aire candoroso que le valió el apelativo de Peter Pan de la política. Efectivamente, mirad la foto y no me digáis que no tiene una cara candorosa y de peluche de tienda del Disneyland Store. Esa mirada, esas manos cruzadas… dan ganas de abrazarlo.

Y a su lado, el mejor, mi favorito en la foto, el que ha salido con una naturalidad pasmosa en ella: Alfonso Guerra. Por favor, volved a mirarle en la foto. Su imagen no tiene precio. Es clavado a mi vecino Matías, cuando la familia lo sacaba al fresco en mi pueblo en las noches manchegas de verano. La familia le acompañaba llevándolo del brazo para sentarlo en una silla de anea, para que no se marchara al bar más próximo. Así me parece que han dejado ahí a Guerra. Él ya está retirado de todo, pero lo ha traído la familia política socialista y le ha dicho, “Alfonso, te tienes que sentar aquí, junto a Zapatero”. No creo que se hubiera marchado a ningún bar, como mi vecino, pues nunca ha sido Guerra amigo de vicios mundanos y del populacho, pero a algún concierto de música clásica o recital de poesía, seguro. Ahí lo tenéis, sentado, con las piernas abiertas, como mi vecino Matías, con una vieja chaqueta de rayas, que ya no se lleva ni en los mangos de los paraguas, y con un rictus en la boca de solemne aburrimiento. Estará pensando, “pero qué hago yo aquí, con toda esta gente mitinera, pudiendo estar escuchando a Mahler. Y todo por unas primarias. Hay que joderse. Cuando yo dirigía este partido, no había primarias ni leches, recordad, el que se movía no salía en la foto. ¡Ay, si yo fuera más joven! Se iban a enterar. Formaba yo una ejecutiva, como en los viejos tiempos, y al que no le gustara lo metía en un cineclub a ver en modo bucle “Muerte en Venecia”, hasta que se le pasara la tontería”.

Como en los cuadros de Velázquez, también es importante lo que no se ve en la foto. Lo que está frente a los retratados. Quizá en ese preciso instante estén escuchando a Estela Goichoetxea, la joven preparada que abrió el mitin, para no dar la impresión de que aquello era una vieja reunión de viejos socialistas de la vieja política. Susana llamó personalmente por teléfono a Goikoetxea, directora del Observatorio de Salud Pública del Gobierno de Cantabria, la semana pasada para pedirle que interviniera en su presentación. Su discurso se centró en los jóvenes preparados que, a pesar de su buen currículum, como el suyo, tienen que salir de España por la falta de perspectivas: “Hay miles de jóvenes en este país que están desesperados, indignados, porque a toda nuestra generación se nos prometió que si estudiábamos, que si nos formábamos, tendríamos el futuro asegurado y se nos engañó”. Lástima que al día siguiente se descubriera que su licenciatura en Biotecnología, de la que alardeaba en su currículum, no fuera tal, pues no la ha acabado. Pero bueno, sus palabras no dejan de ser verdad. Ella decía que los jóvenes si se forman, si estudian, tendrán un futuro asegurado. No dijo que aprobaran o titularan, sino que se formaran para asegurarse el futuro, por ejemplo entrando en las juventudes de un partido español, medrar, chaquetear, trepar y prosperar en el aparato. Como la propia Susana Díaz, miembro de las Juventudes Socialistas desde los 17 años y concejala de Sevilla desde los 25; o como Emiliano García-Page (otro apoyo de Susana), presidente de la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha, miembro también de las Juventudes antes de la mayoría de edad, concejal de Toledo con 19 años y teniente alcalde de la capital manchega con 23. ¿Quién ha dicho que los jóvenes españoles no tienen futuro? Tengo que decir que, en un gesto inaudito, la tal Estela Goicoetxea dimitió al día siguiente. Pero le seguiré la pista no vaya a ser que su futuro esté en Nueva York, como el de Leire Pagín, asesora de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) de la ONU, con un sueldo de más de 100.000 euros, sin contar gastos extraordinarios, dietas, billetes de avión, plan de pensiones, seguro médico privado y hasta 40 días de vacaciones remuneradas al año; o el de Bibiana Aído (la de los “miembros y miembras”), asesora de programas para la Región de las Américas y el Caribe en la ONU Mujeres, con otro sueldo cercano a los 150.000 euros anuales.

Y, ¿con qué canción ilustro yo todo esto? ¡Ya lo tengo!, con unos jóvenes verdaderamente preparados, que quizá nunca lleguen a Nueva York  a ninguna oficina de la ONU, aunque quizá el que canten en un idioma tan minoritario, pero hermoso, no les impida visitar Knitting Factory, la mítica sala de Manhattan algún día:

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NOSTRA CULPA: Ahora lo entiendo todo, señor Cebrián

juan-luis-cebrian-felipe-gonzalez_914618556_1297716_1020x574Los católicos, cuando aún la misa se hacía en latín, como Dios mandaba, entonaban durante la oración del Confiteor el “Mea Culpa” para confesar sus pecados. En la letra de la canción Gloria, del último disco de León Benavente, titulado “2”, en un momento de ella se dice “ahora lo entiendo todo”. Yo también, yo también lo entiendo todo ahora y entono el mea culpa, que debería ser asumido por todos los que nos formamos en la Transición y convertirlo en un coro que entone la “nostra culpa”. En otro momento de la misma canción, León Benavente dicen “tengo la cara que me merezco, tengo el país que me merezco”. Pues de eso vengo a hablaros hoy. De eso y de las declaraciones de mi tan citado aquí Juan Luis Cebrián: “La izquierda actual no entiende lo que fue el franquismo… El franquismo no fue una junta militar, sino la mitad de España. La España profunda”. Fuera máscaras, se acabó la comedia. Como dice León Benavente, “ahora lo entiendo todo”. Ahora entiendo por qué tengo el país que me merezco.

En primer lugar, me gustaría tener cerca al señor Cebrián para que me explique, él que se sienta en el sillón “V” de la Real Academia de la Lengua Española, qué entiende con el término “España profunda”, que según él fue la esencia del franquismo. Puede referirse a la acepción 5ª (“Intenso, o muy vivo y eficaz”) y querernos indicar que el franquismo significaba lo más intenso y verdadero de España, pues lo contrapone a “junta militar”, que parece tener una connotación negativa; o puede que esté hablando de la acepción 10ª (“Dicho de una comunidad: Conservadora, tradicional, resistente a la influencia externa”). Con Cebrián nunca se sabe. Él estaba allí, dirigiendo TVE y en los periódicos del Régimen, así que quizá debamos quedarnos con la primera, pues no creo que él se considere un retrógrado, sino la “crême de la crême”. No en vano estudió en el Colegio del Pilar. Lo más del Madrid megapijo.

Y es que me pilla de nuevo Cebrián en mis clases de Historia de España en plena explicación de otro cambio de régimen: el producido el 14 de abril de 1931 con el advenimiento de la República. En aquella ocasión, no hubo transición. Al rey se le dio la patada, electoralmente, tras su derrota en las municipales producida dos días antes. No se esperó a que muriera tranquilamente en la cama. Los españoles, y españolas, de aquellos primeros años treinta decidieron dar por finalizada la farsa democrática de la Restauración y su epílogo dictatorial con Primo de Rivera, padre. Y se pusieron manos a la obra: reforma agraria, supresión de privilegios de la Iglesia, laicismo educativo, autonomías, voto femenino, reforma militar… Todo ello acabó en fracaso. Fracaso de las propias reformas, bien por mala aplicación, bien por la presión de las fuerzas antisistema (antisistema republicano, claro), bien porque los tiempos no estaban en Europa para ensayos democráticos. Ese es un largo debate, pero lo que sí ocurrió fue un intento por dar la vuelta a más de un siglo de falso liberalismo “a la española”.

Cuando llegó el 20 de noviembre de 1975, la lección estaba aprendida. Nos dijeron que era mejor que ellos condujeran la nave, que no hubiera excesos. Nada de laicismo, nada de reformas económicas anticapitalistas, nada de modificación de la estructura territorial del Estado (vía federalismo), nada de depuración militar, nada de supresión de los privilegios de la Iglesia. Por eso dice Cebrián que la actual izquierda no sabe lo que fue el franquismo. Él sí lo sabe. Él sabe que cuando llegó la muerte del dictador, quienes estaban bajo su paraguas, quienes habían mamado de su ubre, no iban a quedarse a “cuerpo gentil” o huérfanos del poder. Había que reinventarse.

Cuenta Gregorio Morán en su biografía sobre Adolfo Suárez (“Adolfo Suárez, ambición y destino”) que nada más producirse el nombramiento del abulense como presidente del gobierno, hubo una reunión de los más importantes banqueros españoles en un chalet del barrio de Salamanca para dilucidar qué derroteros podía tomar España tras la designación regia. Nada sabemos de lo que allí se habló, pero como aquella hubo otras reuniones semejantes: entre Suárez y Carrillo, entre Suárez y Felipe González… Ellos condujeron la Transición, nada de algaradas populares, nada de “excesos” como en 1931. Sí, hubo mucha manifestación al grito de “libertad, amnistía y estatuto de autonomía”, pero sólo sirvieron para amedrentar a los incautos y que los “conductores”, entre los que situaba el propio Cebrián, al mando de El País, tiraran de las cinchas y frenaran las ansias de “galopar” como decía Alberti y cantaba Paco Ibáñez.

Y nos creímos que estábamos haciendo algo grande. O nos dedicábamos a disfrutar de nuestra recién estrenada juventud y divertirnos a los acordes de La Movida. Sí, fue divertido y yo sigo tarareando muchas de aquellas canciones y me hacen vibrar. Pero reconozco que nos ocultaron gran parte de la verdad. Nos ocultaron que aquella música copiada de los estilos británicos (el punk, new wave, ska…) encerraba en su versión original un mensaje subversivo que aquí, nuestros modernos, no solo no quisieron imitar, sino que odiaban profundamente.

Siempre tuvimos indicios, ahora tenemos pruebas. Ahora sabemos que quienes creímos eran los adalides del progresismo, ocultaban su verdadero rostro: arribistas que por alcanzar una cuota de poder (nacional, autonómico, local, universitario, cultural…) eran capaces de mutar como el virus de la gripe cada otoño. Ahora entendemos que viejos, y nuevos, comunistas se transformaran en historiadores ultras, en profesores universitarios adalides del neoliberalismo, en políticos más conservadores que la Thatcher. Ahora entendemos por qué el íntimo amigo de Cebrián, Felipe González, ha pasado de propugnar la nacionalización de la banca a sentarse en el consejo de administración de una empresa privatizada, por qué se muestra tan preocupado por los opositores venezolanos y caya con las tropelías de los jeques árabes que azotan y encarcelan a los suyos.

Efectivamente, tiene razón el señor Cebrián. La izquierda actual no entiende lo que fue el franquismo. Las bondades que les produjo a ellos y toda su caterva de adláteres que se fueron pegando a sus faldones. Y todo con nuestra aquiescencia. Con la connivencia de varias generaciones. La que llegó madura a la Transición y no quería excesos, la que llegó joven y queríamos diversiones que antes no nos podíamos permitir, la que se crió con Ella y le dijeron, y creyó, que vivía en la Arcadia feliz.

Y llegó 2007 y con ella la crisis económica y la crisis política. Y llegó 2014 y las elecciones europeas de mayo que hicieron temblar las cimientos del Régimen. A ello se refiere Cebrián con la “izquierda actual”, pues la vieja él sabe que ya había quedado engullida por los resortes del sistema, por la corrupción que todo lo puede, por los sillones que otorgan pingües beneficios. Pero esa izquierda se ha creído que el cielo está al alcance de la mano, que sólo basta con sentarse en un plató de televisión, sacar unos miles de personas a la calle o hacerse unas risas con las parodias de “El Intermedio” para destruir lo que las huestes de “El Pilar” y sus compinches urdieron durante más de medio siglo.

Efectivamente, Cebrián no es ningún cazurro y sabe bien que todo comenzó en 1951, cuando Franco quiso dejar de dar la imagen de una junta militar a su gobierno y dio una mano de pintura a su gobierno para quedar bien a los ojos de los Estados Unidos, a los que procedió inmediatamente a lanzarse a sus brazos. A aquel gobierno llegaron el almirante opusdeista Carrero Blando (como Subsecretario de la Presidencia, algo así como un presidente del gobierno en la sombra), los nacionalcatólicos Ruiz-Giménez (que acabaría expulsado en 1956 por no reprimir las primeras protestas estudiantiles) y Alberto Martín-Artajo (que logró el ingreso de España en la ONU), y los tecnócratas Manuel Arburúa (ministro de Comercio) y Francisco Gómez de Llano (de Hacienda), que propugnaban la liberalización de la falangista economía española de posguerra. Y siguió vendiéndonos el franquismo que era el símbolo de la “España profunda”, la auténtica, hasta su muerte y más allá de ella.

Por todo ello, creo que esta nueva izquierda, como la llama Cebrián, son una panda de ilusos. Inocentes que se creen que por que logren aprobar Proposiciones No de Ley en las Cortes para que la Iglesia pague impuestos, para paralizar la LOMCE, para declarar a las mascotas como seres inembargables ya están haciendo la revolución. Muchas de esas medidas no tienen ninguna transcendencia práctica y otras son preciosos gestos que contentan electorados marginales.

Soy pesimista, diréis. Quizá no tanto. Quizá ya sólo me contente con pequeñas victorias cotidianas. Con que mis hijos ya no lean su panfleto, señor Cebrián. Con que no les importe lo que usted dice o piensa del franquismo. Con que reconozcan que es usted tan poco de fiar como siempre creímos que era su archienemigo PedroJ. Con que no les engañe su aspecto de progre de otra época, una que ellos ya no reconocen. Me siento aliviado por ello. Que logren un día que este país se parezca al que imaginan en sus sueños, ya lo dudo más. Quizá busquen infructuosamente la “Gloria”, como León Benavente, pero no seré yo el que les diga que lo hacen en vano. ¡Qué lo intenten, que demonios! Mientras lo hacen, al señor Cebrián y al señor González se les agría cada vez más el semblante.

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