ORDESA (Manuel Vilas): El libro que todos deberíamos escribir

OrdesaEn la vorágine social que nos inunda estas semanas, estos tiempos, pues ya no recuerdo desde cuando es tan penoso acercarse a la realidad, leí Ordesa de Manuel Vilas. Venía precedido de unas críticas excelentes de autores a los que admiro. Pero confieso que tenía un poco de miedo de adentrarme en su lectura que presumía densa, al no haber trama novelística alguna. Son libros que se disfrutan si tienes largos momentos para su lectura, no los pocos más de quince o veinte minutos de que yo dispongo entre quehacer diario y quehacer diario.

Temía que me ocurriera como con otros libros que he tenido que dejar a medias a mi pesar ante la falta de concentración para disfrutar verdaderamente de ellos. Pero no fue el caso. A pesar de mi lectura intermitente he podido disfrutar de él y me ha acompañado durante buena parte de este final del invierno. Quizá así lo he disfrutado más. Dejando depositar algunos de sus pensamientos hasta convertirlos en un limo fértil para mi propia vida.

Durante las primeras páginas me asaltó la tentación de anotar aquellas cosas significativas, especialmente las que me recordaban a mi propia vida. Pero desistí enseguida o hubiera rellenado tantas páginas como el propio autor. No sé si se debe a que somos de la misma quinta, como se decía entonces, la del 62, o que su perfil emocional o vital está muy próximo al mío, pero ha habido tantos momentos que me han recordado a mi propia existencia que sería cargante ponerme aquí a relatarlos.

Quizá no solo fuera el hecho de pertenecer a la misma generación sino una forma de entender la existencia que nos lleva en exceso hacia la reflexión sobre uno mismo y lo que nos rodea. Es por ello que durante su lectura se me ocurrió esa frase que intitula este post: es un libro que todos deberíamos escribir al llegar cierto momento en nuestras vidas. Pero esta mañana, mientras decidía si escribía de nuevo aquí, tras tanto tiempo de silencio, escuché cierto comentario en la radio que me hizo pensar en cuan alejada está cierta parte de la sociedad de cosas como la lectura de Ordesa. Estos nunca se plantearán escribir algo como Ordesa, es más no creo que se detengan nunca a pensar en estas cosas.

Se habla mucho estos días de la unidad de España. Propongo que en lugar de preservar la unidad de España, la dividamos en dos. A los que le importa ello sobremanera y a los que nos importa bien poco. Pero no me confundáis, pues sí nos preocupa el bienestar de nuestros conciudadanos. Nos preocupa que sean cada vez más cultos, más libres, más solidarios, menos violentos, menos injustos, menos autoritarios. Es por ello, que creo que solo éstos entenderán porqué tienen que plantearse escribir en algún momento de su vida un libro como Ordesa. Para la otra España, supongo que mis palabras resultarán ininteligibles. Así me quedó corroborado cuando comenté con una compañera que estaba acabando de leer Ordesa y me contestó que ella ya lo había leído. No me extrañó, ella pertenece a esa España (o mundo, como mejor os parezca) a la que sí me siento unido.

Y es que Manuel Vilas ha hecho aquello que yo llevo tanto tiempo pensando. Sentarme ante el teclado y dejar por escrito tantos pensamientos y vivencias que me han perseguido desde el principio de mi conciencia. No sé si lo haré alguna vez, pues no sé si tiene algún sentido, pero Manuel Vilas lo ha hecho y se lo agradezco.

Ya dije que no debería repetir aquí las cosas que me unían emocionalmente y vitalmente a este libro, pero algunas mencionaré por si tú, lector, también te encuentras entre los míos. Algunas eran generacionales como el hecho de que mi madre nunca ha tenido lavavajillas (yo tampoco lo tengo quizá por pura manía de mantener una vieja tradición familiar). O aquellos baños semanales, no estas duchas diarias tan modernas, calentando en ollas el agua para bañarse en una caldera. Aún recuerdo cuando mi padre construyó en nuestra casa del pueblo el primer cuarto de baño con agua corriente y calentador. Pero el baño siguió siendo semanal, recuerdo que escuchando “Los Clásicos Populares”, aquel programa de Radio Nacional que presentaba Fernando Argenta. Es posible que fuera durante aquellos tiempos cuando mi afición a la radio se gestó. O la existencia de ese salón enorme, era el cuarto más amplio de la casa, en el que nunca entraba nadie. Solo estaba para enseñar a las visitas. Yo acabé durmiendo en él, cuando mi hermana y yo nos convertimos en adolescentes y tuvimos que separarnos de la habitación común en la que dormíamos. Como no había más habitaciones dormí desde entonces en el salón en una cama mueble. Y lo hice en otra y en otro salón cuando nos trasladamos a la gran ciudad.

Otras cosas que me han identificado con el libro han sido emocionales, aunque no sé si también se unirá a lo generacional. Como el recuerdo de la firma de mi padre, elegante a pesar de sus pocos estudios, y que yo admiraba, pues la mía era infantil y poco personal. También aquellos veranos eternos y luminosos a la llegada del mes de julio o la presencia de las fotografías familiares en blanco y negro. Fotografías que mantienes en el recuerdo, había infinitamente menos que actualmente, y sobre las que has reflexionado tantas veces.

Foto familia

Los temas que trata son todos aquellos sobre los que yo debería escribir un día: la relación con los demás, con tu familia, con tu padre, con tu madre, la muerte siempre presente, siempre ausente, los proyectos vitales que dejas atrás sin darte cuenta…

Irrepetible. Es el calificativo que mejor le viene a Ordesa. Existe literatura a la que puedes sentirte adicto, pues puedes leer uno y otro libro semejante (novela histórica, novela negra, novela de ciencia ficción), pero literatura como Ordesa creo que es irrepetible. Aunque cada uno de nosotros deberíamos escribir nuestro Ordesa para congraciarnos con nuestros monstruos y poder vivir un poco más en paz. Confieso que algo en mi vida ha cambiado desde la lectura de Ordesa: relativizar más el éxito y el fracaso, relativizar más las pequeñas miserias diarias, en el trabajo, en la familia, con la sociedad. Intentar disfrutar de los buenos momentos mucho más y hacer a quienes me rodean la vida un poco más feliz. Al final, ninguna de nuestras miserias nos sobrevivirá.

Y mientras escucha cosas como éstas que te harán más feliz:

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FLOR DE PASIÓN: El jubileo de Juan de Pablos

tumblr_inline_p2pzosyjEh1sd1erw_250En las madrugadas de finales de los ochenta, quien me acompaña desde entonces en mi vida y yo buscábamos aparcamiento en aquel barrio de trabajadores en el que nuestras familias vivían. La España del bienestar había hecho crecer el parque automovilístico y cada vez era más complicado encontrar un sitio a altas horas de la madrugada cuando regresábamos de pasar una noche juntos. Una de esas noches donde todo comenzó. Y allí, en su Alfa Romeo nos acompañaba la voz susurrante de Juan de Pablos. No recuerdo si su programa ya comenzaba con la sintonía que ahora tiene:

Lo que sí recuerdo es que finalizaba con aquella arenga en italiano que a ella tanta gracia le hacía, el “Azzurro” de Adriano Celentano:

No nos importaba tener que dar vueltas y vueltas al barrio, pues ello nos permitía escuchar alguna canción más de Flor de Pasión. Quizá alguna de Françoise Hardy como “Tous les garçons et les filles “:

O quizá alguna triste melodía de la música Du duá americana como esta “Mr Lonely” de Bobby Vinton:

O tal vez alguna de reminiscencia hippie sesentera como la clásica e inigualable “California Dreaming” de The Mamas And The Papas:

O, por qué no, alguna española de aquella misma época de algún grupo conocido solo entre los más iniciados como este Sandro y los Fuego, cantando “Sospecha”:

Pero también, grupos españoles de última hornada, que yo, y Juan de Pablos, le hacíamos conocer como aquellos Nikis de letras absurdas:

Y entre canción y canción la voz susurrante, poco radiofónica si te pones purista, de Juan de Pablos. Y nosotros, dando vueltas y vueltas a aquel barrio, entonces lleno de trabajadores y sus jóvenes hijos, unos votantes del obrero PSOE y otros de opciones más extremas como la ORT. Ahora está lleno de inmigrantes extranjeros que han venido, como nosotros lo hicimos entonces, a buscar una vida mejor. Mientras, quizá, aquellos viejos obreros, ahora jubilados, hayan acabado cayendo en las redes de VOX.

Pero no nos pongamos tremendos. Hoy 19 de enero de 2019 se jubila Juan de Pablos, el día que cumple 71 años.

No sé qué me ha movido más a abandonar mi silencio en este rincón de mis miserias, si el final de Flor de Pasión o el hecho de su jubilación. La mía dicen que se aproxima y no sé aún si será jubilosa, dichosa, o tormentosa, insidiosa y deprimente. Dicen que la jubilación te permite dedicarte a lo que siempre has querido hacer y el tiempo no te ha dejado. Quizá. No lo descarto. Pero soy el hermano gemelo del rey ciclotímico del cuento de Bucay y un día estoy deseando que llegue el día para tener tiempo de acabar alguno de los proyectos que tengo a medias, compartido alguno con otra futura jubilada, e iniciar otros que quizá ahora ni se me ocurran. Y poder compartir el tiempo que ahora no nos deja nuestra ajetreada vida con aquella conductora del Alfa Romeo de los ochenta que aún me soporta, lo que ya tiene mérito. Y poder dejar atrás esos padres y madres consentidores y esos alumnos y alumnas cada vez más desmotivados y más tecnologizados.

Otros en cambio, pienso que fuera de ese ámbito en el que he convivido durante casi treinta años no soy nada o casi nada. Que poco tengo más allá de esos alumnos y alumnas, que de vez en cuando te dan una alegría cuando entras en clase y Paula te dice “hoy estoy contenta”. Y tú, que has pasado el día anterior un día de perros, le sonríes y le contestas “me alegro”. Y el día ya es algo mejor.

Y en estos días me persigue una imagen. En realidad lleva tiempo siendo “la imagen”. Jubilado, aquí, en este rincón donde escribo mis miserias, escucho mis programas de radio preferidos. Y es que la radio ha sido mi compañera durante toda mi vida. No percibo el mundo sin ella. Nada me hace más compañía desde que, cuando era joven, me quedaba solo en casa, a petición propia, mientras mis padres salían a visitar la familia. Ya entonces encendía aquella radio negra a pilas y perseguía en el dial cualquier programa que me acompañara. Esa es la palabra clave: ACOMPAÑAR. Pocas cosas me acompañan más que la radio. Escuchar. Esa es la otra clave. No tener que hablar, soltar incongruencias una tras otra, parlotear sin sentido, interrumpir con absurdos argumentos el discurso del otro. Cuando escucho la radio dejo de hacer semejantes estupideces que llevo años intentando evitar. Ahí, en la radio, solo ellos hablan. Y a mí me acompañan. La radio está a cada momento conmigo: me levanto y pongo la radio mientras desayuno, cojo el coche y pongo la radio; si tengo un rato libre entre clase y clase y estoy en soledad, pongo la radio; vuelvo a coger el coche y vuelvo a poner la radio; nos ponemos a comer y la radio está con nosotros; salgo a correr y la radio está conmigo en el MP3; trabajo por la tarde y la radio está en mi ordenador (como ahora mientras escribo); me pongo a hacer la comida para el día siguiente y allí está cualquier postcast de mis programas favoritos. ¡El postcast! Ese gran invento. Es, quizá, el invento digital que más agradezco.

Por eso, espero que cuando llegue ese tiempo de la jubilación, sea más pronto o más tarde, estéis aún allí: Javier Gallego, Ángel Carmona, con sus colaboradores Toño Pérez, Antonio Vicente y Pere Aznar, Marta Echevarría y Jorge Barriuso, Juan Pablo Silvestre o Carlos Galilea, entre otros. Y si no, que descubra otros que llenéis mis silencios con vuestra voz y música.

Así es que “Forza, saluti a tutti, bacioni, auguri, in bocca al lupo, arrivederci e a presto pino!”

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CUANDO EL SOCIALISMO DE SALÓN ROMPIÓ LA BOLA DE CRISTAL: Homenaje a Lolo García

lolo-ricoHabrá quien piense que la generación que nos acercamos a la jubilación idolatramos aquella década prodigiosa que fueron los ochenta. Quizá lo ejemplar de esa generación, en la que me incluyo, es que hemos llegado a reconocer que no fue tan prodigiosa. Que realmente fue un engaño. ¿Una oportunidad perdida? Ni eso. Nunca hubo tal oportunidad. Ni siquiera hubiéramos tenido la ocasión de lograrlo.

La tan cacareada Movida quedó circunscrita a un puñado de grupos que apenas pudieron superar el par de LP’s. La otra imagen de aquella modernidad, la televisión innovadora de los ochenta, tampoco llegó más allá. “La Edad de Oro” es el gran icono de aquella televisión, pero apenas cumplió los dos años de emisión. El año pasado nos dejó su presentadora y directora, Paloma Chamorro, que tuvo que lidiar programa sí y programa también contra las fuerzas reaccionarias y contra el propio gobierno ¿progresista? del PSOE. El segundo programa referencia de la modernidad de aquellos años fue “La bola de cristal”. Ayer nos dejó su directora, Lolo Rico.

“La bola de cristal” tuvo una vida más longeva, cumpliendo las cinco temporadas, pero durante ella sufrió críticas y recortes, especialmente desde el propio gobierno socialista, que se encontraba entre 1984 y 1988 en la cresta de la ola de su poder.

Aquellos años fueron para muchos los años del “desencanto”, emulando lo que Jaime Chavarri había rodado en 1976 en la piel de los Panero. Muchos de mi generación no nos recuperamos de ello y nuestra visión pesimista del mundo quedó marcada para siempre.

Nunca podremos olvidar aquellas consignas que nos vendía el “socialismo de salón”, eso que los franceses denominaron “izquierda caviar” y los barceloneses “gauche divine”: “OTAN NO, Bases fuera”, “a este país no lo va a conocer ni la madre que lo parió”, “nosotros somos los descamisados”. Para luego mantenernos en la OTAN, potenciar una reconversión salvaje o realizar una de las reformas laborales más injustas que ha conocido la democracia.

En aquel ambiente nació “La bola de cristal” y aquella directora marxista, que nunca dejó de serlo, se empeñó en realizar un programa para niños y adolescentes que no les tratara como estúpidos. Yo ya no era una cosa ni otra, pero me tiraba las mañanas de los sábados ante el televisor, absorto mientras mi madre limpiaba la casa. Cosas de una educación que no pasó por las consignas de “La bola de cristal”.

Cierto es que ahora sería impensable un programa como aquel. Sería catalogado de sectario y de adoctrinador. Es curioso que estos términos sean usados con frecuencia por quienes quieren imponernos su forma de pensar, véase sectas religiosas tipo Opus Dei o neofranquistas. Quizá es mejor lo que ocurre ahora que los niños y niñas son libres horas y horas ante la Play, con el Fortnite. Lo curioso del caso de “La bola de cristal” es que Lolo Rico tuviera que lidiar contra los socialistas que querían “modernizar” España. Pero lo que no tenían aquellos socialistas de mayorías absolutas era capacidad de aguantar ningún tipo de crítica.

Resulta paradigmático que aquellos socialistas no aguantaran la burla que en el programa se realizaba de Roland Reagan y de Margareth Thatcher, paladines del neoliberalismo económico, tan alejado del “socialismo en libertad” que vendía Felipe González. Aunque mucho se ha escrito sobre ello, nunca podremos “agradecer” suficiente lo que Felipe González hizo por cargarse el socialismo democrático y la izquierda en su conjunto. Lolo Rico mucho sabía sobre ello.

El programa tenía un mensaje claro: dejar pensar a los ciudadanos, en este caso a los niños, fomentando la lectura y el visionado responsable de la televisión. “Tienes 15 segundos para imaginar, si no se te ocurre algo, quizá deberías ver menos la televisión”, decían. Y os aseguro que treinta años después, tenía razón. Cuando propongo a mis alumnos y alumnas que imaginen algo, dicen que no se les ocurre nada. Ahora no solo tienen la televisión, tienen el móvil, el ordenador, la Play, la tableta… Patrocinaba la solidaridad: “solo no puedes, con amigos sí”. Y la rebeldía: “hay que desaprender a desenseñar cómo se deshacen las cosas”.

Cuenta Lolo Rico que los primeros años del programa, en la era de Calviño como director de RTVE, apenas si hubo injerencias, aunque la embajada americana e iraní se quejaban de las apariciones sarcásticas de Reagan y el ayatolá Jomeini. La primera crítica dura vino del escritor Xavier Domingo, otro “luchador” antifranquista que acabó durante la Transición escribiendo artículos a favor de La Contra nicaragüense, grupo de extrema derecha que luchaba contra el gobierno sandinista. Curioso, ¿no?

Pero en 1986 llegó Pilar Miró. El papel de esta mediocre directora de cine, subida a los altares por ese socialismo de salón y por haber sido perseguida por el fascismo postfranquista tras el rodaje de “El crimen de Cuenca”, en la liquidación del socialismo democrático y en la propaganda de las bondades del felipismo no ha sido suficientemente relatada aún. Su veneración por Felipe González hay quien la ha catalogado de patológica. Recordemos que su único hijo se llama Gonzalo. ¿Cabe más homenaje de admiración? Durante los dos años que estuvo al frente de RTVE se dedicó a propagar las bondades del felipismo y a censurar cualquier crítica al presidente. Renombrada es la censura que realizó de la canción “Cuervo ingenuo”, de Javier Krahe y Joaquín Sabina, durante la retransmisión del concierto en favor de la salida de España de la OTAN.

No se libró “La bola de cristal” de las iras de Pilar Miró. Cuentan que un día se levantó y vio a su hijo Gonzalo frente al televisor y no podía creer lo que veía. Cambió a los responsables de programas infantiles y colocó a dos comisarios que vigilaban los contenidos del programa, incluso dentro de la misma sala de montaje. Finalmente, la sección “Los electroduendes”, dirigida a los más pequeños, fue recortada.

Lolo Rico transigió, pero a mediados de 1988 ya no pudo más. El director de programas, José Antonio Abellán, un pinchadiscos que se hizo famoso por sus programas de música “Los 40 principales” y “Tocata” (¡qué nivel!, verdad), prohibió que se emitiera un sketch en el que se criticaba a la enseñanza privada y se ensalzaba la pública. Lolo presentó su dimisión a Pilar Miró, que no se la aceptó. Hay que tener en cuenta que en aquel momento el programa tenía una audiencia de cinco millones de espectadores, cuando había comenzado con 100.000. Lo que hizo Pilar Miró fue engañarla. Le propuso cerrar el programa y hacer una versión española de Spitting Image, unas marionetas satíricas que eran famosas en Gran Bretaña, bajo el nombre de “Los pepones”. Accedió, pero el proyecto nunca se llevó a cabo. Así se las gastaban los socialistas de los ochenta.

Pero quien liquidó el equipo de “La bola de cristal” fue el inefable Javier Solana, que sustituyó a Pilar Miró, después de la forzada dimisión de ésta por unos vestidos comprados con dinero público. Es Javier Solana uno de los ejemplos más acabados del “socialismo de salón”. De buena familia (hijo de un eminente pedagogo y una reconocida economista, emparentado con el filósofo Salvador de Madariaga), alumno del superelitista colegio de El Pilar de Madrid, apuntado al socialismo en los sesenta, encumbrado a puestos de responsabilidad en Suresnes en 1974 (donde Felipe se convirtió en Secretario General), ministro desde el primer gobierno felipista que prometía la salida de la OTAN y que acabó como Secretario General de la organización atlántica. Fue también ministro de Educación patrocinando la LOGSE, seguramente el intento más profundo de reforma educativa de este país, para acabar siendo profesor de Liderazgo y Gobernanza Democrática en ESADE, el elitista centro propiedad de la Compañía de Jesús.

La historia de “Los Pepones” es particularmente estrambótica y los propios electroduendes no la hubieran realizado de forma más esperpéntica.  En marzo de 1989 Javier Solana acudió a una comisión del congreso como nuevo director de RTVE y manifestó que los muñecos del programa “Los pepones” sobrepasaban la sátira y rozaban la agresión personal. Lo curioso es que el programa aún no se había emitido. Lolo Rico pidió una entrevista con Javier Solana, pero éste le contestó que su agenda estaba “permanentemente completa”. Todo un señor. Ya digo, así se las gastaban aquellos socialistas de los ochenta, con su mayoría absoluta bajo el brazo.

El 25 de junio se emitió el último programa de “La bola de cristal”. Lolo Rico se despachó a gusto. Es un ejemplo de libertad, de contrapoder, de sátira, de ironía, burla y mordacidad. Programas como ese había en la británica BBC de Thatcher, pero en la RTVE de Felipe González no se podían permitir.

No os lo perdáis. El guion de este último programa se basa en que el gobierno (Solana era su portavoz y quien daba la noticia) había decidido humanizar a los electroduendes. Quien se encargaría de ello no sería otro que Ronald Reagan, el presidente americano, “primero serán los electroduendes, después los comunistas, vamos a humanizar a todo el mundo”, decía su guiñol. La Bruja Avería, icono del programa, se negaba a ser humanizada pues con ello sería obligada a vender armas, invadir países y disolver manifestaciones, cuando lo que a ella le gustaría “es cantar canciones”. Cuando va al psicoanalista, Ronald Reagan, le pregunta qué puede hacer para no convertirse en humana y éste le contesta, “la solución es bombardear Nicaragua”. La culpa de todo la tiene el guionista, decían. Y ¿sabéis quien es? Lenin, que acaba diciendo que su único propósito ha sido que los niños no sean como sus padres y que se rebelen para no ser humanoides. Completa su arenga con un “electroduendes de todo el mundo y humanoides, uníos”. Cuando Reagan se decide a apretar el botón de la humanización dice que ahora se va a producir el CAMBIO y la MORALIDAD y de repente… BOOM… sale la imagen del gobierno de Felipe González de 1982 en su toma de posesión. Esa era Lolo Rico en toda su esencia. Sería interminable contar toda la “maldad” que destila el último programa de “La bola de cristal”. Lo mejor es verlo. Pero antes, una última frase de rabiosa actualidad: “Si no hago nada bien, lo mejor que puedo hacer es ser político”.

http://www.rtve.es/alacarta/videos/la-bola-de-cristal/bola-cristal-ultimo-capitulo/635564/

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TAMBIÉN NOS ROBAN EL FLAMENCO: Y que viva Andalucía y viva la revolución!

bandera-andaluza-libertariaA mis amigos Isabel y Pepe, en Almería, que tanto deben estar sufriendo.

Es el título trasunto del libro que hace unos años publicara Ángel Cappa, entrenador que fue de fútbol, “También nos roban el fútbol”. En él expone cómo el sistema capitalista se ha apropiado de un deporte que comenzó siendo popular y del pueblo. De cómo el deporte rey se ha convertido en el deporte de derechas por excelencia, cuando, en su origen, estuvo ligado a los movimientos populares de los barrios más desfavorecidos en Europa, en América o en África.

Así le ocurre al flamenco en España. Estos días el partido situado más a la ultraderecha en España (no les gusta que les digan que son de ultraderecha, aunque yo creo que en España toda la derecha está cercana en lo más ultra –véase política inmigratoria, de libertades, de visión de la Historia reciente de España, etc-, en relación con la derecha europea), ha incluido entre sus propuestas programáticas la defensa del flamenco. Decía la otra mañana Ángel Carmona, en “Hoy empieza todo”, Radio 3, que pedir la defensa del flamenco es como pedir la defensa de la radio o de la pintura. Están ahí y no necesitan defensa. No solo es absurdo defender un arte vivo, cuya vigencia dependerá de sus manifestaciones, sino que con ese apoyo, la ultraderecha pretende apropiarse, de nuevo, de un elemento de la cultura, la identidad de España.

Es España un país extraño en cuanto a sus señas de identidad. Resulta curioso que la gran mayoría de ellas han acabado apropiadas por la derecha. Una derecha montaraz, que aún defiende la dictadura franquista, que aún defiende la expulsión indiscriminada de inmigrantes, que aún defiende los privilegios de la Iglesia católica, que aún defiende una educación privada pagada por todos bajo la excusa de la libertad educativa. Desde la Restauración, ese remedo de democracia que era más falsa que “una película de chinos”, como se decía en mi época, la derecha se fue apropiando de las fiestas, convirtiendo el 12 de octubre en la Fiesta de la Raza, del ejército, al que utilizaba para mantenerse en el poder (Primo de Rivera, Sanjurjo, Franco), de la bandera… La dictadura franquista no hizo sino agravar ese proceso. Convirtió en “Nacional”, nombre que se dio a sí mismo el bando rebelde, todos los símbolos e identidades que debían pertenecer a todos: la Enseña Nacional, la Selección Nacional, la Radio Nacional, la Lotería Nacional…

Y ahora esta derecha renacida que desea recuperar las esencias “Nacionales” también quiere apropiarse del flamenco, diciendo que hay que defenderlo. ¿Defenderlo de quién? ¿Qué flamenco? ¿Quieren decir que ahora invitarán a sus mítines y subvencionarán a El Cabrero, Manuel Gerena o El Niño de Elche? ¿Va la nueva Junta de Andalucía a reeditar a sus expensas la discografía completa de Curro Albaycín, Luis Marín o el Piki? Es casi seguro que no. Es probable que cuando hablan de flamenco estén pensando en José Manuel Soto y la Pantoja.

El flamenco, como el fútbol, es en origen y por definición popular, es un estilo musical nacido del pueblo, como el jazz. El jazz que nació en Nueva Orleans y que se desarrolló en los barrios negros de Nueva York, no ese remedo que crearon las bandas de Bebop. El flamenco que nació en los barrios gitanos de Andalucía, que se desarrolló más tarde en el campo andaluz y en las minas de Almería o Murcia. No ese remedo que creó el franquismo, hay quien lo ha llamado el nacionalflamenco, en películas, escenarios y festivales. Hay quien dirá que los cantaores flamencos siempre agasajaron a los señoritos en sus fiestas, incluso a Franco. Sobre este último ya dijo Félix Grande, poeta y flamencólogo, que cuando Franco llamaba a un artista para que le cantara algo, “¡A ver quién le decía que no!”. Recuerda también que, en las fiestas de señoritos, los flamencos eran en muchos casos humillados y sufrían terribles desconsideraciones. Eran objeto de burla y menosprecio por su pobreza, lanzándoles unas monedas para demostrar su situación de dominio económico.

Y es que tiene cierto parecido el jazz con el flamenco. Nacidos como arte popular e incluso de lucha y protesta (“el quejío”), poco a poco la industria lo domesticó y las clases dirigentes, blancos de Brooklyn o señoritos de cortijo, se lo apropiaron.

Quizá estos nuevos nacionalistas españoles (bueno, no tan nuevos) no han leído ni escuchado “Las voces que no callaron. Flamenco y revolución”, de Juan Pinilla, un audio-libro que hace un recorrido por los artistas flamencos que siguieron durante una parte de su vida la senda de reivindicación social o directamente comprometidos con la II República. Ahí aparecen Guerrita, Corruco de Algeciras, Antonio Mairena, José Cepero, La Niña de los Peines (que defendió el ideal de mujer libre y republicana), o el Chato de las Ventas, que murió fusilado en Badajoz y que creó los llamados Fandangos Republicanos, un tipo de cante de naturaleza reivindicativa.

Como ocurrió con otras ramas del arte, muchos de estos cantaores tuvieron que tomar el camino del exilio (exterior o interior). Angelillo, cantaor vinculado a la CNT, se fue a Argentina. Otros a Francia o a Portugal. Juanito Valderrama, que había combatido en el bando republicano, los homenajeó en “El emigrante”. Dicen que cuando Franco escuchó la canción se la hizo repetir al cantaor jienense, pues no entendía la letra (recordemos que en el 59 aún no había emigración económica a Europa). Juanito se temió lo peor: “Esto es para enterarse bien de lo que dice y meterme preso”, pero tuvo suerte. Peor suerte corrió Miguel de  Molina, aunque éste era más bien un cantaor de copla. Combatió con el ejército republicano y al final de la guerra sufrió persecución y tortura por su condición de republicano y homosexual. Exiliado en Buenos Aires, la embajada española presionó al régimen de Perón para que lo expulsara. Acabó en México, pero decidió volver a España en 1957. Fue breve su estancia en España pues no se olvidaba su pasado ni su condición. Decidió acabar con su carrera artística en 1960 a los 52 años de edad.

Durante el final de franquismo y la Transición, el flamenco participó en la protesta contra un régimen agonizante y en la reivindicación de las libertades perdidas. El listado sería interminable y no dudo que la nueva Junta de Andalucía quiera reivindicar este flamenco. Enrique Morente, cantaor muy comprometido, sufrió la censura por un disco homenaje a Miguel Hernández, en el que no se permitió incluir el poema “Andaluces de Jaén”. Defendió siempre el andalucismo, cantó también a García Lorca y grabó en 1996 con el grupo rock “Lagartija Nick” un disco mítico (polémico para los puristas del flamenco), “Omega”, con canciones de Cohen, poemas de García Lorca y letras anticapitalistas. No os perdáis el documental sobre la grabación del disco. Por cierto, si tuviera que elegir diez discos para llevarme a una isla desierta y escuchar en bucle, ahí estaría “Omega”. Canciones como “Manhattan” ponen los pelos de punta:

 

La derecha, ultra o no, los persiguió en aquellos años, más negros de lo que nos ha pintado la historiografía oficial de la Transición. Curro Albaycín, que aparecía en todas las inauguraciones de locales del PCE, cantando sus “Tangos obreros”, fue atacado por un miembro de Fuerza Nueva, que le disparó al grito de “ya no cantarás más a García Lorca”. Manuel Gerena sufrió múltiples detenciones y cancelación de actuaciones, Luis Marín militó en la ORT, y El Piki grabó un homenaje a Luis Infante. Los dos últimos murieron atropellados. El Piki en 1980, siendo arrojado su cuerpo a una cuneta (¡qué manía tienen los fascistas con las cunetas!) en la carretera de Barajas.

Un caso excepcional es el de José Domínguez, El Cabrero. Pastor de cabras desde su infancia, oficio que siguió ejerciendo a pesar de su fama mundial, se convirtió en un mito durante el tardofranquismo, llegando a debutar en toda Europa. Artista global, llegó a garbar con Gilberto Gil, Chick Corea o Peter Gabriel. Su nivel de compromiso social es incomparable. No creo que la nueva Consejería de Cultura de Andalucía llame para esa defensa del flamenco a El Cabrero, un artista cuyo disco “Chiapas, ritmos del espejo” fue editado por el sindicato anarquista CGT, que ha colaborado con el grupo de rock radical “Reincidentes” y que tiene a gala ser íntimo del eterno alcalde comunista de Marinaleda Sánchez Gordillo. Por supuesto, aún con 74 años, El Cabrero, sigue en activo y sigue activista. Su último disco se titula “Ni rienda ni jierro encima”, ¿hace falta ser más explícito?

Y sigue el flamenco, ortodoxo y heterodoxo, produciendo especímenes que no creo que la nueva Junta de Andalucía quiera reivindicar. El Niño de Elche es mi preferido de todos ellos. Es un artista quizá inclasificable y en los ambientes puristas no es bien considerado. Pero su obra es para mí, espectacular. En el siglo XXI sobran las purezas: raciales, sociales, nacionales o artísticas. Tiene El Niño de Elche su obra más conocida en la “Antología del cante flamenco heterodoxo”, una obra que incluye temas de todo tipo de reivindicación: social, política, de género… ¿Qué dirá la nueva Junta de la letra de “Fandangos y canciones del exilio”?: «¿Cuándo querrá el Dios del cielo / Que la tortilla se vuelva / Que los pobres coman pan / Y los ricos mierda, mierda?»

Ahora acaba de unirse a Los Planetas, mítico grupo indie granadino, en un proyecto denominado “Fuerza Nueva”. Seguro que algún incauto votante de Vox va rápido a El Corte Inglés a comprarse el disco. Aún sólo está disponible en plataformas digitales, pero que tengan cuidado no se lleven una sorpresa, pues la canción elegida, “Los campanilleros”, no es la versión navideña que el franquismo popularizó. Lo cuentan, en extenso, en el disco: la melodía es un pastiche en clave de tango y farruca, cuya letra fue variando con el tiempo y que acabó cantando y registrando Manuel de la Torre, pero que popularizó en los años 30 La Niña de la Puebla. Pero lo que les interesa a Los Planetas y el Niño de Elche (Fuerza Nueva) es el mito que cuenta que la canción era cantada por la Niña de la Puebla en el frente, durante la Guerra Civil, cambiando la letra para arengar y motivar a las tropas republicanas. Se cuenta que cantaba cosas como éstas: “Y en la cárcel están sin comida / los anarquistas que un día / a la España esclava querían libertar (…) / Anarquía, sublime palabra / la idea más hermosa de la Humanidad”.

 

Si queréis disfrutar de El Niño de Elche en toda su esencia provocativa y subversiva, tenéis que ver su actuación en el homenaje al 40 aniversario que Radio 3 montó a las puertas del Congreso de los Diputados. Su primera pieza fue una obra titulada “Recitando a Eugenio Noel”, autor marginado e inclasificable, que se manifestó antitaurino en una época en la que hasta los poetas más insignes lo eran. Continuó con una adaptación del poema de Antidio Cabal, poeta canario exiliado en 1948 con 23 años, titulado “Epitafio para una democracia (Informe para Costa Rica)”, que El Niño de Elche acabó con esta frase que suscribimos muchos: “Antes de que tengas asesinos sociales / quiero aprovechar para pronunciar tu nombre sin pena ni asco / España”. Acabó con un homenaje al cantaor jienense Rafael Romero, El Gallina, tras una introducción en la que arremete contra “lo peor de España”, el fútbol, los toros y el flamenco. Disfrutadlo:

 

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EL DÍA DE MAÑANA: Crónica de una España real

mañanagrandeConfieso que tengo cierto apego a los personajes un tanto bordes, ya sean reales (Petrovic, Dino Meneghin…) o imaginarios (El libanés, de “Roma Criminal”, Gio, de “Gomorra”). En la serie “El día de mañana”, basada en la novela del mismo nombre de Ignacio Martínez de Pisón, aparece uno nuevo, que está a medio camino entre lo real y lo imaginario, y de mote ya de por sí definitorio, “El Rata” (Justo Gil). Real porque es muy probable que hubiera viarios individuos como él en la época de la historia de España que retrata la serie y la novela, e imaginario porque, al fin y al cabo, se trata de un personaje ficticio y, quizá, al paso que llevábamos con la desmemoria histórica en este país, cuando pase una generación, la gente no diga sino “bueno, eso solo ocurría en las novelas”.

La historia de Justo Gil, El Rata” debió ser la de muchos españoles de aquella época de mediados de los sesenta en la que un país atrasado económica y socialmente despertaba a marchas forzadas y muchos querían aprovechar la ocasión para salir de la pobreza, del pueblo, del paletismo (como dice la serie) y marchar a la ciudad (Barcelona en este caso), a hacerse un lugar en el mundo. Pero no de forma decente, trabajando duramente. Así no se salía de la pobreza. Había que convertirse en un arribista, un listo, aprovecharse de los demás hasta conseguir embaucar a los incautos, hasta entrar en los círculos sociales más selectos. Vamos, lo que ahora se llama un “emprendedor”. Pero eran aquellos años unos años difíciles. El poco versado en historia contemporánea cree que aquella España de fines de los sesenta y principios de los setenta, convertida en 8ª potencia industrial del mundo, la del turismo, el seiscientos y el destape, era un país de “jauja”, que decía mi abuela y que la dictadura había aflojado la correa. Quien eso crea que vean la serie, o que le pregunten a cualquier abuelo o abuela de Barcelona de qué les suena la Comisaría de Vía Layetana (o a los vascos el cuartel de Intxaurrondo).

Es Justo Gil (“El Rata”) el prototipo de individuo con el que todos nos hemos topado alguna vez y de los que siguen existiendo numerosos especímenes. Cuando te los encuentras, la escena puede ser más o menos ésta: “Hola, mira te presento a Justo, Justo Gil”. Él nos da la mano y la mejor y más cautivadora de sus sonrisas. Poco a poco se va introduciendo en la conversación y nos embauca con su biografía, casi toda inventada, y con sus proyectos, casi todos fuera de su alcance, pero que, a poco que nos descuidemos, nos embarcará para sacarnos todo lo que pueda.

Como su arribismo no tiene límites, una cosa le lleva a la otra y pasa de vender productos por catálogo, defraudando al más pintado, a convertirse en delator de la policía. Simplemente porque siempre consigue salvar el pellejo y si un día es detenido, pasa rápidamente de acusado a acusador. Es una estrategia muy utilizada por estos personajes, y me refiero ahora a los reales. Pasar a convertirse en víctimas cuando son pillados in franganti en algún renuncio.

La serie sigue bastante fielmente la trama de la novela de Martínez de Pisón, quizá el mejor retratista de esa época situada entre el franquismo y la Transición, aunque en alguno de los últimos capítulos a los guionistas de la serie se les va la mano con la trama amorosa. El Justo Gil que yo recuerdo de la novela era menos romántico. También la serie acierta con la factura formal de convertir la trama en el relato de los que conocieron a Justo Gil desde el presente. Un presente que se sitúa, no de forma arbitraria, en 1979. Justo cuando la Transición se considera finiquitada, al menos en lo más esencial: ya había una Constitución, ya se habían celebrado dos elecciones y, lo que nos quiere con mucha sutileza transmitir la serie, y la novela, cuando aquellos personajes siniestros que poblaron el franquismo final y la primera Transición se habían convertido en demócratas de toda la vida o, al menos, en personas de orden.

A este respecto existen dos escenas que ilustran perfectamente este proceso tan importante en la historia reciente de España. El primero se produce durante las entrevistas que el supuesto narrador hace a quienes conocieron a “El Rata”. La que fue una de sus amantes, hija bien de la Barcelona de la gauche divine, le dice al entrevistador: “sí, yo le conocí, pero yo ahora soy una mujer casada, de buena posición”. Es la historia tantas veces repetida, y que a mí me apasiona, de aquella burguesía progre, que se hizo maoísta y trotskista en el tardofranquismo y que acabó formando una buena familia, con una buena carrera, en una buena casa y pasándose a la derecha, cuando no a la ultraderecha, y de luchar contra Franco a luchar por Franco y su memoria (vid. Conversos).

En la otra escena, Mateo Moreno, policía de tres al cuarto y torturador, que intenta disimular su comportamiento con el entrevistador, ha acabado saliéndose de la policía y casándose con una chica decente, de pueblo, que ha montado en una ciudad del “cinturón rojo” de Barcelona un bar que es la sede del PSOE, donde ella milita. Cuando Justo vuelve a ver a Mateo, le pregunta: “pero, ¿tu mujer sabe lo que hacías antes”? Y le responde: “claro, lo sabe todo”. Efectivamente, lo sabía ella todo, lo sabíamos todos. Lo que pasaba en aquellas comisarías. Lo sabían quienes condecoraron a Billy el Niño o a Melitón Manzanas.

Me encantan estos relatos de malvados y me fascinan las crónicas de aquella Barcelona del tardofranquismo y la primera Transición. Desde que hace ya muchos años leí las novelas de Manuel Vázquez Montalbán, con ese comisario desencantado y gourmet que era Carvallo, quedé prendado. No sé lo que tiene aquella Barcelona imaginada por mí, pues yo nunca viví allí, pero creo que si algún lugar ilustra la transformación, falsa y artificial, de nuestra historia entre los sesenta y los setenta, ese es Barcelona. Una burguesía que quería aparentar  modernidad y europeidad, un mundo ilustrado y dado a la lujuria, las drogas blandas y la música psicodélica. Ese ambiente pop, tan… Pippermint Frappé.

Hace un tiempo escribí que en España aún nos quedaba para poder relatar con acidez esa época en que todo cambió, porque toda la ilusión quedó en un bluf, que tan bien hacía “La mejor juventud” para el caso italiano. No conocía entonces la novela “El día de mañana” de Martínez de Pisón, ni se había rodado la serie. También “La mejor juventud” estaba envuelta en un romanticismo de otra época y también ilustraba en qué había quedado la ilusión de aquellos que querían cambiar el mundo. También aquella apenas si tuvo repercusión en los cines, pero se convirtió en viral, que se dice ahora, cuando se estrenó por la RAI. Aquí ha pasado casi desapercibido este excelente trabajo de Mariano Barroso, estrenado por Movistar sin mucho bombo. No sé si será casualidad. No quiero pensar mal, pero ahora que se escuchan cada vez más voces que nos quieren hacer ver que “con Franco las patatas eran más gordas”, no estaría mal contar a las nuevas generaciones que aquello fue real, que no fue un cuento, una novela, la invención de un cineasta.

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UN FANTASMA RECORRE EUROPA: y ya lo tenemos aquí

220px-wandering_jew“¿Qué partido de oposición no ha sido motejado de comunista por sus adversarios en el poder?”

Estas palabras no las he extraído de ningún medio digital, escrito o audiovisual actual. Tienen más de ciento cincuenta años. Fueron escritas en febrero de 1848 en Londres por Marx y Engels. Ya en aquella época reconocían los inventores del socialismo científico, como ellos mismos definieron su pensamiento, que el poder burgués estaba asustado ante la presencia de elementos que pretendían la destrucción del sistema liberal-burgués. Por ello, la primera frase del denominado “Manifiesto Comunista”, que es como ha pasado a la posteridad el texto, es la que encabeza esta entrada: “Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: el Papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes.”

Más de ciento cincuenta años han transcurrido y parecen no haber perdido vigencia estas palabras. Solo deberíamos cambiar a los personajes unidos contra el comunismo. No sé si deberíamos dejar al Papa, pero ahora podríamos cambiar al resto por Bolsonaro, Santiago Abascal, Matteo Salvini  o los periodistas españoles tipo Jiménez Losantos o Herrera. Diréis que no tienen estos la talla política del zar, de Metternich o Guizot, ni la influencia de los radicales franceses o los denominados polizontes alemanes, pero dejadles tiempo. Al menos ya Jiménez Losantos vende miles de ejemplares de su libro “Memoria del comunismo” y Herrera es líder de audiencia en la radio. Al resto, ya digo, dejadles tiempo. En Latinoamérica, durante años se subestimó la fuerza de Pinochet, que había llegado solo para eliminar al comunista Allende, y acabó siendo alabado por la jefa del neoliberalismo europeo, Margaret Thatcher, con quien tomaba café en 1998 durante la huida del dictador chileno, acusado por el juez Garzón ante la justicia internacional. En Italia o España muchos fueron los que se rieron de las bravuconadas de Mussolini o la voz atiplada y porte poco gallardo del general Franco y mirad cómo acabaron.

Ahora bien, el resto del párrafo que Marx y Engels dedican al florecimiento del comunismo en 1848 ha perdido toda su vigencia. Decían entonces: “De este hecho [el temor de las clases dirigentes] resulta una doble enseñanza: Que el comunismo está ya reconocido como una fuerza por todas las potencias de Europa. Que ya es hora de que los comunistas expongan a la faz del mundo entero sus conceptos, sus fines y sus tendencias, que opongan a la leyenda del fantasma del comunismo un manifiesto del propio partido”. Todos sabemos, incluso quienes azuzan el fantasma del comunismo, que éste ya no es una fuerza en Europa, ni prácticamente en ningún lugar del mundo (¿es China un país comunista?) ni van a exponer al mundo entero su ideología. Pero, desde un tiempo a esta parte, en España o Francia (donde Marine Le Pen lo utilizó en la campaña de 2017), y por lo leído estos días en Brasil, las fuerzas más reaccionarias  asustan al electorado con el rebrote del comunismo.

Cuando llegó la primera posguerra del siglo XX, tras la I Guerra Mundial, el fantasma había cobrado corporeidad y el susto se convirtió en miedo atávico. En Rusia había triunfado en 1917 la Revolución y nacía el primer estado que se declaraba comunista. La posibilidad de extensión del comunismo se consideraba entonces muy cercana. Basta recordar la denominada revolución espartaquista que a principios de 1918, en el final de la guerra, tuvo asustada a Alemania, o la efímera República Soviética Húngara de Béla Kun. Obreros y campesinos se hallaban muy alterados en la Europa de entreguerras y el fantasma del comunismo parecía poder acabar con el dominio social y político de la clase burguesa.

Por ello, cuando, durante los años veinte y treinta, otro movimiento patrocinaba el final de la democracia burguesa las élites no le dieron importancia. Era cosa de unos cuantos jóvenes desencantados por cómo se había resuelto el final de la I Guerra Mundial y no había que hacerles mucho caso. Era el fascismo o su versión alemana, el nazismo. Hablaban de patria, exclusión de las minorías, exaltación de la masculinidad, la familia y la natalidad, la supresión de la vieja política, lucha contra el marxismo y admiración del fundamentalismo religioso. Bertolucci, un comunista por cierto, lo retrató de forma admirable en una obra imprescindible si se quiere conocer la historia del siglo XX, Novecento:

Nadie o casi nadie les tomó en serio. Y eso que proliferaron partidos de semejante cariz por toda Europa, tanto la vieja Europa liberal (Croix de Feu, en Francia, o Unión Británica de Fascista), en la Europa nórdica (Partido Nacional Socialista de los Trabajadores de Suecia o Partido Nacional Socialista de Dinamarca), en la Europa oriental (Partido Nacional Socialista de Obreros y Campesinos Húngaros), e incluso fuera de Europa, incluidos los Estados Unidos (la Silver Legion) o Australia (la New Guard). En España también tuvimos lo nuestro con las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista de Onésimo Redondo y Ramiro Ledesma o la Falange Española de José Antonio Primo de Rivera, unificadas en 1934.

Hubo voces que advirtieron de que la situación podía pasar de la simple bufonada a adquirir dimensiones preocupantes. Y no solo desde las filas del comunismo o la izquierda más o menos radical. El 24 de noviembre de 1923 el periodista Eugeni Xammar publicó en La Veu de Catalunya una entrevista que, en compañía de Josep Pla, mantuvo con Hitler, que acababa de protagonizar un golpe de Estado de opereta en una cervecería de Múnich: “Herido y encarcelado, Hitler sigue siendo para nosotros el mismo que, intacto y en libertad, era: el necio más sustancioso que, desde que estamos en el mundo, hemos tenido el gusto de conocer. Un necio cargado de empuje, de vitalidad, de energía; un necio sin medida ni freno. Un necio monumental, magnífico y destinado a hacer una carrera brillantísima”. ¿Era Eugeni Xammar un visionario? Seguramente no. Seguramente solo era un buen conocedor de la sociedad de su época y qué sencillo iba a ser que calara un mensaje tan simple.

Ahora, ciento cincuenta años después, volvemos a las mismas. Se nos amenaza, especialmente me refiero ahora a España, con el comunismo. Podemos son comunistas, la Junta de Andalucía está llena de comunistas, ha dicho Abascal, el cine español está lleno de comunistas (para los lectores de Libertad Digital, Javier Bardem es un comunista), las feministas son comunistas, los animalistas son comunistas. Ya lo decía, vuelve el fantasma. Pero existe aún más. Existe un nuevo argumentario dentro de la derecha española más rancia (¿existe alguna otra en España?): la lucha contra lo que denominan el “buenismo”, la superioridad ética de la socialdemocracia, en resumen, lo que denominan “la progresía”. En artículos y comentarios de El Mundo, El Español, ABC o La Razón y de los, cada vez más abundantes, medios digitales se extiende esta idea que lucha contra el feminismo, el animalismo, la diversidad LGTBI, los derechos de los inmigrantes, la escuela laica… Antes todo era ETA, ahora todo es comunismo.

Y mientras tanto, esa tendencia “fascistoide” (no sé si es muy históricamente correcto llamarles fascistas) se hace más presente, más manifiesta. Se apoyan en una falacia: que quieren hacer “visible” la opinión de la gente. Es una falacia en tanto que en España siempre ha estado visible. ¿Estaban escondidos en España los amantes de la caza o de la tauromaquia? Yo les he visto incluso portar camisetas a favor de los toros. Por no hablar de la existencia en la televisión pública de un programa sobre la caza y otro sobre los toros (bueno, las corridas de toros). Pero ellos vociferan sus lemas en mítines y las masas aplauden y gritan enfervorizadas: “”Quién no le guste que no vaya”. Quizá a lo que quieran referirse es que lo que pretenden es eliminar (¿digo bien en todo su sentido?) es a quienes propugnamos la eliminación de la tauromaquia y la regulación de la caza para que deje de ser recreación abusiva. Quizá deseen volver a aquellos tiempos franquistas en los que hablar contra los toros o la caza era sinónimo de, cuando menos, una advertencia administrativa y pasar a engrosar la lista de sospechosos. Sospechosos de comunismo, por cierto.

Y de los toros y la caza a negar la violencia de género o la existencia de las autonomías, a patrocinar una política natalista y de familia (¿qué familia?, pues muchos de sus dirigentes, votantes y simpatizantes están separados o divorciados) o la recuperación de la soberanía española en materia exterior (¿Brexit a la española?). Una España que solo puede ser católica (“Que Dios bendiga a España”, se dijo en Vistalegre). ¿Quién desea ahora romper el consenso de la Transición? ¿Quién se sitúa ahora fuera de la Constitución del 78? Pocas voces se han oído contra ello (¿Rosa Díez, dónde estás ahora?) y ninguna mención del Rey en su discurso navideño. Quizá a Felipe VI le han explicado que en la Italia de los años veinte y treinta o en la España de Primo de Rivera, el monarca mantuvo su puesto. Por tanto, no hay miedo.

Muchos dicen que el peso de VOX nunca será suficiente para gobernar. Y que en Europa esto ya ocurre y no pasa nada. Que grupos de centroderecha gobiernan  en coalición o con el apoyo de grupos de ultraderecha. Por cierto, los medios de derechas dicen que VOX no es de ultraderecha como en los años treinta decían, ellos mismos y sus amigos, que el fascismo italiano y el nazismo alemán no eran ni de derechas ni de izquierdas. Pero esto es España, amigos. Aquí nunca, en toda la Transición, hemos tenido una derecha que reniegue del franquismo. Aquí no hemos tenido un Adenauer, un De Gasperi, fundadores de la Democracia Cristiana alemana e italiana, respectivamente, que supieron cerrar ese pasado tan humillante. Aquí, docenas de alcaldes de partidos de derechas hacen homenajes al dictador o exhiben sus símbolos en público y en privado, varios periódicos de derechas dan voz a organizaciones (subvencionadas por el Estado, por cierto) que recuerdan la memoria del dictador. Por cierto, ¿VOX también pretende eliminar esta “memoria histórica”?. Seguro que no.

Así es que, ciertamente, un fantasma recorre Europa y aquí ya lo tenemos. O mejor dicho, como en las malas películas de terror de serie B, siempre estuvo aquí, solo que ahora se ha manifestado. España es, realmente, como ese viejo castillo encantado inglés que no puede serlo si no tiene su fantasma. La España de la Transición siempre tuvo ese fantasma en su seno, y no, no era el comunismo.

Para finalizar, unos comunistas que sí invadieron con su música las pistas de bailes en los ochenta, pero nosotros, incultos, no nos habíamos fijado ni en el comienzo del vídeo, preocupados como estábamos de saltar a la pista de baile:

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WHATSAPP, ESE GRAN INVENTO EMOCIONAL

imagesDefinitivamente el whatsapp es un gran invento. No porque nos permita estar comunicados a distancia, por su inmediatez, sus posibilidades de intercambiar información. Es un gran invento por cómo ha mejorado nuestras relaciones sociales.

Se acabó tener que visitar al vecino cuando está enfermo. Se acabó tener que ir a los velatorios para pasar el mal rato de dar el pésame a los deudos. Se acabó tener que llamar por teléfono a las amistades por su cumpleaños e incluso besarles con lo peligroso que es esto en tiempos de infecciones emocionales. Se acabó tener que excusarte cuando faltas a una cita porque… en realidad porque no te apetece verle o porque has quedado con él/ella por pur obligación. Se acabó tener que cumplir con tantos compromisos sociales, emocionales, personales. Whatsapp te lo pone fácil.

Whatsapp te lo pone tan fácil que si eres un poco torpe con la escritura, te ofrece una oferta de emoticonos que expresarán todas tus emociones en toda ocasión. ¿No os habíais dado cuenta de qué quiere decir “emoticono”? Un icono que expresa una emoción. Creo que en mis clases de tutoría voy a dejar de teorizar con mis chicos y chicas sobre educación emocional: identificar emociones, cómo distinguir unas de otras, cómo expresarlas. Debería abrir la galería de whatsapp y explicarles la diferencia entre 🙂 y (: cuando enviar un ♥ a una amistad sin que piense que te la quieres follar, cuando poner el emoticono de la bailarina flamenca, sin que tu interlocutor piense que te has pasado a las huestes de VOX.

También se deberían abandonar las lecciones de urbanidad social por otras de urbanidad con el whatsapp: no utilizarlo en la mesa durante las comidas familiares para no poner esa risita estúpida cuando abres otro meme enviado por ese amigo tan gracioso que está todo el día reenviándolos; poner un sonido lo menos estridente posible que no haga sobresaltar a tu suegra cuando tu cuñado te reenvía el enésimo chiste sobre “el coletas”; no llevarte el teléfono al baño a cagar para no tener que decir la verdad a tu último ligue nocturno, esa rubia despampanante, cuando te pregunte “qué haces, cari”; no participar en grupos familiares para no quedarte, a la primera que contestes sinceramente, con menos familia que Marco antes de encontrar a su madre en los Andes; a no enviar whatsapps a nadie antes de una hora prudente o después de una hora decente, que las personas tienen que dormir por la noche y no despertarse sobresaltadamente con el dichoso pitido.

¡Qué gran invento es el whatsapp!, insisto. No tener que mirar a los ojos a la otra persona cuando conversas con ella, no tener que hacer más teatro que Héctor Alterio para poner una excusa y no ir a una cita, que no se note que ese tkiero, esa risa jejejejeje, esos emoticonos con llantos, son más falsos que un político en campaña electoral. Incluso me han contado que hay quien ha roto su matrimonio por whatsapp. ¡Ahora sí que es un gran adelanto!: “cari, lo siento, tenemos que darnos un tiempo, ya no siento lo de antes, no hay otra, es que estoy confuso”. Y si añades un emoticono llorón, ya te evitas la posible hostia que te debería haber arrimado tu pareja por falso, cabrón y bastante hijoputa.

Pero si el whatsapp es sobre todo un gran invento durante la Navidad. Se terminó tener que enviar cursis postales de Navidad, ahora envías cursis grafismos con árboles navideños, paisajes nórdicos nevados, de antes del calentamiento global, o frases de Paulo Coelho y quedas tan bien. Se acabó tener que tirarte todas las Navidades tirando de agenda para quedar con los amigos o gastarte una pasta en teléfono. Te pones como loco a enviar whatsapp la Nochevieja, hasta de que pete el sistema o se te bloquee el wifi o te quedes sin datos y tan contentos todos.

¡Qué futuro emocional más fantástico nos espera! No tener que mirar a los ojos de la gente, como decían Golpes Bajos en los ochenta y repite ahora Iván Ferreiro. Yo también he sufrido la epidemia del whatsapp navideño, pero nada he leído tan bueno como esto de un amigo que casi seguro no conocerá nunca que he abusado de su confianza para hacer públicas tan verdaderas palabras. Os las dejo en su idioma original, el gallego; no sé por qué pero así me parecen incluso más bonitas, quizá porque cuando las escucho en mi interior le noto más cercano:

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