¿A CASADO O A MÍ?: Reflexiones de un listillo desde el púlpito

descubrimiento-de-americaSoy hombre de poca palabra. Dije que no volvería a meterme en estos líos de la política cotidiana, pero, ya sabéis, “la carne es débil”. La verdad es que ¿qué necesidad tengo yo? ¿O sí?

Vamos, a saco. Sin anestesia. Si lo transcribo no sería igual que escuchar de viva voz el corte del mitin del presidente del PP el pasado domingo 14 de octubre como colofón a una semana de fastos dedicados a la denominada Fiesta Nacional de España (valga la redundancia, pero así lo dice el BOE):

¿Cómo se han quedado ustedes?

Pues supongo que habrá de todo. Estarán los adeptos que habrán entrado a este blog conociendo un poco, o un mucho, a su autor y ya imaginan de qué va el rollo. Pero habrá otros que habrán entrado googleando algún término del estilo “Pablo Casado” o quizá “púlpito” y, en cuanto lean unas líneas más, espetarán “pero, ¿qué me está contando el listillo este?”

Sí. Lo primero que pensé tras ver, por pura casualidad (ya hay otro programa –Late Motiv- que puede que deje de ver –como El Intermedio- para no tropezarme con semejantes individuos), es la cantidad de gente que cree las palabras de Pablo Casado. Que piensa que el Descubrimiento de América (¿descubrimiento para quién?) fue una gran obra española, que somos, por ello, la mejor y más antigua nación del mundo. Que cientos de obras sesudas, tesis doctorales (con tribunal de prestigio y publicadas, no como otros) y seminarios y congresos no han servido de nada. Frente a ello, frases simples, contundentes, que todo el mundo comprende y que todos están dispuestos a creer: “¿Qué otro país puede decir que un nuevo mundo fue descubierto por ellos?”, “La Hispanidad celebra el hito más importante de la humanidad, solo comparable a la romanización”, “No somos conscientes a veces de que un pueblo milenario y una nación centenaria ha hecho tanto por toda la humanidad”. Quizá incluso más de uno, quizá cientos, miles o millones, haya derramado alguna lágrima al escucharlas o, incluso, se le haya henchido el pecho y haya corrido a los chinos a comprarse una bandera (constitucional, por supuesto) para poner en el balcón.

Y es que, mientras pensaba esta mañana en si escribir algo sobre ello o no, he mirado a los ojos de la gente (como decía Coppini) y he visto que ¿a quién van a creer? ¿A Pablo Casado y su mensaje claro y enorgullecido o a mí y todas mis lecturas, investigaciones y análisis?

Han salido a la palestra historiadores de más prestigio que yo, como Ian Gibson, que ha recordado que ni somos la nación más antigua del mundo, ni falta que hace, pues aunque lo fuéramos ello no nos adjudicaría ninguna situación de orgullo si nos comportamos como estúpidos o hemos arrasados pueblos, naciones o culturas a nuestro paso. ¿Y qué? ¿Cuántos se van a leer el libro de Álvarez Junco “Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX? En él dice, por ejemplo, que los saguntinos, tan admirados por la historiografía franquista (y supongo que, por ende, también por el señor Casado), tenían poco, o nada, de españoles, pues eran de origen y cultura básicamente griegos. ¿Quién se va a ver la hora larga de conferencia que el mismo Álvarez Junco dedica, en este vídeo que os enlazo, a explicar el concepto moderno de nación? ¿A quién de esas personas a las que miraba a los ojos esta mañana le va a interesar el comentario de la profesora Mirta Núñez, de la  Universidad Complutense de Madrid, respecto al tufo franquista de estas ideas? ¿Y qué? Te dirán.

¿De qué sirve que yo le comente al señor Casado que su referencia a la introducción de la religión en América (la católica, aunque no lo dijera) me recuerda a lo que sus votantes, simpatizantes y adláteres dicen que hacen los inmigrantes musulmanes en España? ¿Nosotros sí podíamos eliminar sus religiones ancestrales, bajo el término “evangelización”, y los musulmanes no pueden abrir una mezquita porque ello es “islamización”? Claro, se me olvidaba el argumento de que aquellas eran religiones sanguinarias que hacían sacrificios humanos y no como la suya (la cristiana) que… vaya, había borrado de mi memoria la Inquisición.

¿De qué sirve que yo contradiga las palabras del señor Casado acerca de que somos el único pueblo que puede seguir teniendo esos vínculos lingüísticos y culturales con un tercio de otro mundo? El inglés es idioma oficial en 57 estados de todo el mundo, frente a los veinte del español. Y que existe una cosa llamada la Commonwealth que agrupa a 53 países para mantener lazos culturales, económicos e incluso políticos (la reina del Reino Unido es la soberana oficial en dieciséis de ellos) entre antiguas colonias británicas.

Hay quien ha hecho chanzas, incluso, con los conocimientos históricos del señor Casado, indicando que quizá también le hayan regalado el título de Graduado Escolar o que le quedó pendiente la materia de Historia. ¿Estáis seguros de qué tipo de Historia se explica en los Hermanos Maristas, donde estudió Casado? Civilización, Religión, todo uno. Esa fue nuestra aportación a América. De leer a Eduardo Galeano y su “Las venas abiertas de América Latina”, supongo que nada. Debe ser libro prohibido para los Hermanos.

Ahora entiendo, por fin, cuál es el verdadero sentido de la frase “por una derecha sin complejos” que el ABC propugnaba este verano y que el señor Casado no tardó en hacer suya como lema de su desembarco como líder del PP. Sin complejos a decir lo que han pensado toda la vida: una España Grande y Libre. España, una Unidad de Destino en lo Universal (José Antonio, dixit).

Ya, todo esto son cosas de listillos. Es lo que pensarán algunos de los que hayan llegado hasta aquí con su lectura y lo que he visto esta mañana en el rostro de la gente, quizá debería hacer como aconsejaba Coppini y no mirar a los ojos de la gente (Versión viejuna, 1984):

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SOBRE VOX, SERGIO DEL MOLINO Y OTRAS HISTORIAS: Huir

4781043Después de más de un mes sin asomarme por aquí, creo que de esto es de lo último que pensaba que escribiría. Desde que el fenómeno Vox se ha hecho viral, como se dice ahora, me he apartado de todas las noticias sobre ello de forma consciente. He pasado ligero, sin leer apenas los titulares de las noticias, bien fuera en papel o digitales, he zapeado en la TV cuando hablaban de ellos, me costó entender qué tenía que ver Coque Malla con ellos, pues no leía nada, corría el cursor o el dedo, según el caso, de forma rápida por el Facebook, en las noticias incrustadas por mis contactos. Pero hoy he leído el artículo de Sergio del Molino sobre ellos: “Entender a Vox”.

Reconozco que lo hice por un poco de morbo, pues mi ya tan citado aquí amigo Joan me había pasado un artículo de Del Molino en el que decía haber quedado extasiado por una corrida de toros a la que le invitaron. No compartí nada de lo que allí decía. Me había encantado su “La España vacía” y me había emocionado su “La mirada de los peces”. Temía volver a estar ante otro caso de escritor lúcido con el que no comparto comportamiento más o menos privado. Por ello comencé a leer su escrito sobre Vox, alentado por un título que sugería “entender” como “compartir”.

No es el caso y tengo que decir que comparto casi cada línea de su artículo. ¿Y por qué escribo yo sobre ello? Pues dice Sergio que lo decía Pla, “si quieres saber algo, escribe un libro sobre ese algo”. Y además, creo que también escribir me produce cada vez más la sensación de olvidarme de ello.

Tres sensaciones me han producido el artículo de Del Molino: compartir, dudar y huir.

Compartir su acertadísimo análisis del fenómeno Vox (similar al de otros muchos en Europa). Efectivamente, no es nada nuevo que nos riamos de estos fenómenos y después ellos, cuando alcanzan el poder, nos eliminen a nosotros. Ya ocurrió en los años veinte del siglo pasado cuando en Alemania se reían del NSDAP y de su líder, bajito, de bigote ridículo, y gestos exagerados. La culta Alemania de posguerra, con toda su intelectualidad con movimientos artísticos como la Nueva Objetividad, la música de Furtwängler y Otto Klemperer, la arquitectura de la Bauhaus, la literatura de Alfred Döblin y Thomas Mann y a una cultura popular en torno al teatro de Bertolt Brecht y el cine de Max Reinhardt.  Poco a poco, los mensajes simples de aquel ridículo señor comenzaron a penetrar en capas cada vez más extensas de la población. Como dice Del Molino, apuntarse al NSDAP o darle la razón en tertulias dejó de convertirte en un paria para pasar a ser uno más en un grupo emergente: “Nada cohesiona tanto un grupo como el rechazo de un grupo contrario que se cree moralmente superior”.

Nosotros, desde nuestra posición de supuesta progresía mainstream, nos reímos de ellos (de momento). Programas como El Intermedio (que dejé de ver hace tiempo precisamente por este motivo) se ríen de la señora franquista que quiere mantener el Valle de los Caídos, se ríen de quienes colocan banderas nacionales en el balcón, se ríen de la señora que piropea a Paco Cascos o de la última boutade de Aznar. Mientras, cada vez más españoles lo sienten “como una humillación más del establishment progresista que está destruyendo su patria” (Del Molino).

Y el fenómeno se extiende como la pólvora. Ya no son cuatro tardofranquistas que se niegan a reconocer la muerte del abuelo. Señoras en terrazas desayunando, chonis que llevan a los niños al colegio concertado de la esquina, canis tatuados que se apoyan en su BMW tuneado. Ahora también parados de larga duración que toman cervezas compradas en la tienda de la esquina y antiguos sindicalistas, con sus chanclas quechua del Decathlon y mochila en bandolera, se apuntan poco a poco al fenómeno, quizá, como dijo Rosa Díez con UPyD, sin saberlo. Y es que, nuevamente, no hay nada como un mensaje sencillo para aglutinar las masas: “la culpa es de los inmigrantes”, “la culpa es de los catalanes”, “la culpa es de Podemos”. Para todos ellos, Vox es una alternativa. Ya ni siquiera les dirige un señor con bigote ridículo (recordad al Blas Piñar de los ochenta). Ahora su líder se ha europeizado. Ha adoptado la imagen de la derecha más ultra: traje de corte juvenil y barba bien recortada (véase el italiano Salvini o el sueco Jimmie Åkesson). Y se ha rodeado de una intelectualidad que a muchos les da risa (Hermann Tertsch, Fernando Sánchez Dragó y hasta el torero Morante de la Puebla) por su carácter histriónico, pero tienen miles de lectores, seguidores y admiradores. Muchos más que Sergio del Molino, por ejemplo.

Dije que compartía “casi” cada línea, porque la sentencia final (“la mirada ingenua del cronista que intenta entenderlo es más recomendable y sana que la del militante combativo que, intentando apagar un pequeño fuego, puede acabar avivando las llamas de un incendio inextinguible”) me deja, nuevamente, con la duda. ¿Quiere decir Sergio del Molino que no debemos combatir a la ultraderecha a fuer de no hacer crecerla aún más? ¿Qué significa el término “entender” en su frase? Quizá es que los de mi generación (como se trasluce en su última novela La mirada de los peces), y aún más los de una mayor que la mía, hemos quedado fuera de juego. Nuestras luchas ya son historias del Abuelo Cebolleta. Lo veo cada vez más en esa generación situada en torno a los treinta y tantos. Y si hemos fracasado es porque nuestra sociedad occidental post Estado del Bienestar basada en un modelo de convivencia, integración, diversidad, igualdad y cohesión social ya solo se la creen una docena. Son precisamente esos ideales los que combate esta nueva ultraderecha y el mundo que ellos identifican con ellos: feminismo, diversidad sexual, libertad sexual, convivencia, en suma, con el diferente. ¿Diferente, a qué? Ellos inculcaron ese concepto, el diferente, en los años veinte, hasta que decidieron acabar con ellos.

Duda. Esa fue la segunda sensación. ¿Qué hacer? Con nuestros sesudos análisis de intelectual progre. ¿Para quién van dirigidos? ¿Para amigos convencidos de que tenemos razón? ¿Será cierta esa afirmación de Del Molino?: “la mirada ingenua del cronista que intenta entenderlo es más recomendable y sana que la del militante combativo que, intentando apagar un pequeño fuego, puede acabar avivando las llamas de un incendio inextinguible.” Observo últimamente que tiene razón. Cuanto más les combatimos, más fuertes se hacen. Ya ocurrió en la Alemania de los años veinte. Estos fenómenos tienen la característica de retroalimentarse de la oposición del enemigo. Y, sobre todo, llega un momento, no siempre fácil de detectar, en el que de tanto reírnos de ellos, se convencen más y más personas de que si nosotros, “intelectuales de mierda”, “listillos de tres al cuarto”, nos creemos tan poseedores de la razón, quizá ésta sea de ellos que dicen cosas que todo el mundo entiende, sin frases subordinadas, sin referencias culturales a pie de página: “nos están invadiendo”, “que se vayan al chalet de Pablo Iglesias”, “España, lo primero”. De nada nos servirán nuestros análisis y críticas a su líder en sentido de que se trata de un señor que propugna la libertad de empresa y el final del Estado protector mientras lleva desde los 18 años viviendo de un sueldo público. Eso no vende, llega un momento que la respuesta es ¿”y qué?, “¿qué pasa, pues anda que el Pedro Sánchez?”

Y, por fin, la última sensación. Quizá solo quede huir. Físicamente no queda mucho donde hacerlo, no quedan muchas fuerzas tampoco a mi edad. Quizá la única huida sea la que proponía Baroja en 1911 en El árbol de la ciencia para aquella España del caciquismo: “la indiferencia intelectualista, hasta disfrutar contemplando estas expansiones, estas formas violentas de la vida.”

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LA GUERRA SACARÁ LO PEOR DE NOSOTROS: A propósito de “Hijos del Tercer Reich” y cierta actualidad

No me es posible ya, a estas alturas de mi vida, tras tantas lecturas, tras tantas vivencias, ver, leer sin poner ciertas frases, ciertas situaciones en contexto con el mundo que tengo a mi alrededor. No es un ejercicio muy saludable, aunque me permite ver las cosas desde otra perspectiva.

Acabo de ver la extraordinaria miniserie “Hijos del Tercer Reich” (Unsere Mütter, unsere Väter, “nuestros padres, nuestras madres”, en el original, lo cual es más significativo) y durante su visionado no me ha quedado más remedio que poner alguna de sus frases en relación con dos acontecimientos que en este momento son noticia en España: la cuestión de Cataluña y la exhumación del dictador Franco, o más genérico el debate sobre la Memoria Histórica.

Para los desconocedores de la serie, haré un resumen rápido, ya que en la red tenéis bastantes artículos que analizan la obra. En el verano de 1941, en Berlín, cinco amigos se despiden en una fiesta íntima ya que a tres de ellos les espera el frente ruso. Los hermanos Wilhem y Friedhelm Winter, y la enfermera voluntaria Charlotte, secretamente enamorada del primero. En Berlín quedarán Greta, que desea ser cantante y superar a Marlene Dietrich , y su novio Viktor, judío que trabaja en el taller de sastrería de su padre. Entre risas se citan en ese mismo lugar para Navidad cuando creen que la guerra habrá terminado. Aquí surgió mi primera digresión a la realidad, cuando recordé a todos aquellos conocidos partidarios de la secesión catalana, que, emocionados, colgaban en la red alegres comentarios e ilusionados anuncios sobre la proclamación de la República catalana tras el 1-O. Aún recuerdo a aquellas señoras que instantes antes de la proclamada de Puigdemont tras los resultados ya se veía en su rostro la alegría, demudada en decepción cuando en lugar de una proclamación unilateral, pospuso la misma a algo así como las circunstancias más proclives.

Y los cinco amigos se hicieron una foto, la cual se convierte en el hilo conductor de la miniserie. A partir de entonces, no os la quiero destripar, la serie narra las peripecias de cada uno de ellos desde ese momento hasta el final de la guerra. Y cada uno de ellos se va transformando a lo largo de la contienda conforme van descubriendo la realidad de la guerra. Algunas frases definen perfectamente a qué me estoy refiriendo. La más impactante es, sin duda, la que titula este comentario: “la guerra sacará lo peor de nosotros”. Se lo dice el hermano pequeño Friedhelm, un simple soldado nada imbuido del nacionalsocialismo alemán del momento, a su hermano mayor Wilhem, teniente de la Wehrmacht, cuando éste le dice a su apocado hermano que la guerra hará de él un hombre.

Otra frase, pronunciada por el teniente Wilhem, en una trinchera, cuando ya ha visto morir a muchos de los suyos, cuando ya ha matado a muchos de sus enemigos, es igualmente demoledora: “Cuando vas a la guerra, al principio luchas por la patria. Más tarde, cuando empiezas a dudar, luchas por los camaradas, para no dejarles en la estacada. ¿Pero qué ocurre cuando ya no queda nadie? ¿Cuando estás solo? ¿Cuando ya sólo puedes mentirte a ti mismo? ¿Por qué luchas entonces?”

Quizá el mejor resumen de estas dos cuestiones lo he leído en el artículo que Ricardo de Querol dedicó en 2013 en el momento de su estreno:

“Lo más inquietante de Hijos del Tercer Reich es darte cuenta de que serías capaz de lo peor. De que dispararías a personas como tú en el frente, fusilarías a familias enteras de inocentes a la orden de “fuego”, delatarías a una judía que lo oculta, quemarías casas de civiles, dejarías pasar los trenes de la muerte. Lo harías, sí, aunque ahora no lo creas, aunque te resulte inconcebible, lo harías si la circunstancia te empujara a ello, si el contexto no te diera elección, si estuvieras bajo gran presión y temieras por tu supervivencia”. Esa es la cuestión. La película refleja muy bien como en todo conflicto hay gente ruin, probablemente el nacismo inauguró un grado de vileza, que posteriormente otros grupos (los entonces perseguidos judíos, o más concretamente el gobierno israelí, por ejemplo), se han encargado de continuar. Gente que es capaz de llevar a cabo asesinatos de lo más cruel (la serie tiene varios ejemplos que no os quiero adelantar). Pero, en el fragor de la batalla, cualquiera puede ser capaz de llevar a cabo actos que nunca hubiera pensado que realizaría, ni nosotros que lo hiciera.

Este es el terrible pensamiento que me llevó a la exhumación del dictador Franco y, por ende, a la Guerra Civil, y al actual conflicto catalán. En el primer caso, llevo un tiempo introduciéndome en la investigación de la época de la Segunda República, la Guerra Civil y la posguerra en Alicante y, más concretamente, en mi localidad de trabajo (Castalla). Aquella guerra y, sobre todo, la posguerra fueron terribles. Muchos dejaron de comportarse como sus vecinos preveían: campesinos y obreros que sacaban de sus casas a terratenientes para asesinarlos, ricos propietarios y gente “de bien” que delataba a sus vecinos, que robaba sus propiedades, que alentaba y, en ocasiones, perpetraba crímenes disfrazados de juicios sumarísimos. No quiero que estas palabras sean interpretadas como un signo de ese concepto que ahora se denomina “equidistancia” ante el conflicto, ante aquel conflicto en particular. Mi posición es clara respecto al origen del mismo: un golpe de estado militar contra una democracia que pretendía reformar siglos de atraso a todos los niveles. Lo que ahora me ocupa es la violencia con que se desarrolló. Un escritor nacido en Castalla (el mejor que ha dado la localidad), Enric Valor, nada sospechoso de “equidistante”, lo expone también en su obra “Temps de batuda”, que se desarrolla durante los primeros años de la guerra: la revolución, la esperada, necesaria revolución, a su entender, perdía parte de su sentido ante los crímenes que por parte de elementos radicales se estaban produciendo.

Y la frase que titula este comentario, y la idea que subyace en la serie, también me llevó al actual conflicto catalán, mientras la veía. He visto, he oído, he leído a mucha gente, cada vez más gente lanzar improperios al contrario. Ya se ha pasado incluso a la agresión. Y lo he visto en gente aparentemente normal, no hablo de violentos grupos radicalizados. El colmo de mi estupor me lo produjeron las imágenes de la agresión al cámara de Telemadrid, confundido con otro de TV3, durante una manifestación pacífica (sic), convocada por el partido político denominado Ciudadanos, en protesta de otra agresión contra una mujer que retiraba lazos amarillos. Ha colmado el vaso de mi capacidad de auto-agredirme con noticias sobre el asunto. Tengo bastante. Mi posición es clara, mis amigos y conocidos la conocen. Aquí la he expuesto, en ocasiones. No necesito más dosis de violencia. Si tengo que posicionarme lo haré, pero desde el civismo y la convicción de que el desprecio al adversario como si de un enemigo destruible se tratara, no es el camino. No puedo soportar la deriva violenta que está tomando el asunto. Aquellos gritos de “a por ellos” con los que se alentaba a la Guardia Civil y la Policía Nacional que era enviada a Cataluña días antes del “referéndum”, me enervó más de lo deseable. Yo también lancé algún improperio poco correcto hacia aquellas turbas. Y no eran dirigentes ruines y descerebrados que buscan votos o poder, eran gente normal, como yo digo, gente que se sienta cada mañana a desayunar en una terraza. Me niego a pensar que son tan descerebrados como aparentan.

Otra cosa son los dirigentes, los inconscientes dirigentes políticos que pugnan por una idea, sea esta más o menos espuria, más o menos confesable. Ya no se miden las palabras, todo vale. Lo importante es que los que nos apoyan lo hagan cada vez más incondicionalmente, que les sigan hasta… “el infinito y más allá”. Vale cualquier “meme”, ¡qué asco me está dando ya el concepto!, comparando a unos con el Ku Klux Klan, a otros con los nazis, o con los campos de concentración. Vale cualquier apelativo (nazionalista, fascista…), curiosamente utilizados tanto por uno como por otro grupo. No solo supone una falta de respeto hacia quienes sufrieron, en verdad, los ataques del Ku Klux Klan, de la SS o la Gestapo, y pagaron con su vida, sino que forma parte de una escalada de violencia, verbal, gestual o literaria, que solo sirve para agravar más el asunto. Consigue que los adeptos cada vez sean más adeptos y sumisos, pero aleja cualquier posibilidad de solución. Durante este pensamiento me vino a la memoria el principio de la película “Feliz Navidad” (Christian Carion, 2005) en la que tres niños (un alemán, un británico y un francés) arengan, con palabras enseñadas por sus dirigentes, a sus compatriotas contra el enemigo al principio de la I Guerra Mundial. Es una pena no tener un vídeo disponible para que veáis las imágenes, pues he visto pocas cosas más terribles en mi vida, pero os transcribo las palabras:

Niño francés: “niño, mira en el mapa el punto negro que hay que borrar, remárcalo con tus deditos y píntalo de rojo, si se trata de pintar”.

Niño británico (escocés, para más señas): “Para borrar del mapa todo rastro de Alemania, debemos exterminar su raza, no debe quedar ni uno; ignora los gritos de sus bebés, mátalos a todos, a sus mujeres también, o algún día se alzarán, cosa que si están muertos no harán”.

Niño alemán: “Un único enemigo tenemos en la tierra que cava la tumba de Alemania; le embarga el odio, la amargura, la envidia y la saña; un único enemigo tenemos en la tierra… y su nombre es Inglaterra”.

 

Durante la serie me asaltó una pregunta, una duda sobre un futurible. ¿Y si yo hubiera vivido aquellos años de la Guerra Civil? ¿Qué hubiera hecho? ¿Y si ahora se produjera un conflicto armado, qué haría? Cualquier cosa que diga no tiene sentido. Puedo expresar mi deseo de lo que hubiera querido hacer, de lo que ahora haría, pero reconozco que es solo una teoría que únicamente ilustra cual es mi postura. Por ello me identifiqué al principio con Friedhelm, el hermano pequeño del teniente Wilhem Winter, que no encuentra sentido a aquella guerra, que se niega a matar a ningún enemigo durante el principio del conflicto. Pero, pronto, me asustó que yo también pudiera derivar, como él, en un sanguinario salvaje (siento el spoiler). Por ello, he decido decir basta. No alentar ninguna posición que tenga como objetivo el insulto, el menosprecio, incluso la broma de mal gusto. Dejaré de ver “memes”, de leer comentarios en noticias, de ver incluso noticias tergiversadas por el contrario. Lo hago por pura autodefensa, no quiero convertirme en Friedhelm Winter.

Y, por fin, un comentario sobre el título. En castellano se tradujo como “Hijos del Tercer Reich”, al parecer con un objetivo puramente comercial (el término Tercer Reich vende), pues eso de Nuestros padres, nuestras madres, podía no entenderse: ¿o quizá sí y por ello se hizo? En inglés utilizaron el término Generation War, que también ocultaba, en parte, uno de los objetivos de la serie: reflexionar sobre cómo, a veces, los países, en este caso Alemania, hunden sus raíces en episodios históricos absolutamente repudiables. Otra frase de la serie ilustra este objetivo: “Muy pronto solo habrá alemanes y ningún nazi en este país”. La frase queda corroborada con una escena terrible para la historia de la posterior República Federal Alemana, pero ésta no os la voy a revelar, pues estropearía gran parte de la trama de la serie. Ya vi en “El lector” (Stephen Daldry, 2008) una tesis semejante: ¿qué ocurrió con todos aquellos alemanes que alentaron, justificaron, o algo peor, el nacismo en la posterior reconstrucción de Alemania?

Aunque no siempre de forma directa, buena parte de los alemanes, al menos, “los padres y las madres” de aquella época tuvieron claro que habían cometido muchos errores y crearon un estado en el que se prohibía toda simbología que recordara aquella época y que parecía vacunado contra el resurgir de aquella barbarie. Pero algo hicieron mal aquellos “padres y madres” cuando vemos rebrotar aquella ideología en la Alemania del siglo XXI. Pero, al menos, durante décadas supieron que, como pueblo, alguna culpabilidad les atañía. En cambio, en España, nada de eso hemos tenido.

Aquí vino mi siguiente reflexión al ver la serie. ¿Cómo es posible que aún, al socaire de la exhumación del dictador Franco, exista un grupo numeroso, cada vez más me temo, que no asuma que fue un sanguinario militar? Recordemos que solo Camboya tiene más desaparecidos que España en la historia contemporánea. Pero, es más, ¿cómo es posible que partidos que se denominan democráticos sigan sin aceptar que la dictadura fue el más horrible periodo de la historia contemporánea de  España? Al menos, en Alemania ocultaron sus vergüenzas convirtiéndose muchos en miembros de la reconstrucción de la nueva Alemania. Como decía, ya solo había alemanes, ya no quedaban nazis. Aquí se quiso hacer lo mismo con la Transición, pero no se abjuró del pasado. Aquí, después de la Transición, no sólo había españoles, había franquistas orgullosos de serlo. Aún pululan políticos de la derecha democrática española que adoran en privado, y algunos en público, al dictador Franco: exhiben su simbología, asisten a algunos actos, se niegan a aprobar mociones contra el dictador… Todo esto era inimaginable en la Alemania de posguerra.

Quizá, simplemente, es que aquí no tuvimos una refundación del Estado, una reconstrucción de las instituciones. Y, así, en la hora actual, deberíamos analizar a “aquellos padres, aquellas madres”, de nuestro posfranquismo y la Transición. Quizá así entenderíamos algo.

P.D. musical. ¿Quién dice que la música actual no conserva el carácter combativo de los cantautores? Ya he puesto aquí otros ejemplos. Ayer mientras pensaba en este post, escuché esta canción del excelente grupo murciano “Viva Suecia” una de cuyas estrofas dice así: “Hemos ganado tiempo/hemos aprendido a ser violentos/hemos ganado tiempo/hemos ganado tiempo/hemos renunciado al intelecto”.

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LOS CAMEROS A SUS MAESTROS: Otros tiempos, otros lugares

Existe una comarca en esa España que Sergio del Molino denominó “vacía” (hoy apenas si llega a los 4 habitantes por kilómetro cuadrado) en la que he descubierto una característica común en su callejero y arquitectura urbana: el reconocimiento a los maestros que llevaron la alfabetización allí en tiempos pasados.

Es difícil encontrar un pequeño pueblo (en invierno apenas si superan algunos el centenar de habitantes) en los que una plaza, con su monumento, una placa que recuerde donde vivió o el nombre de una calle no rinda homenaje a quienes desde fines del siglo XVIII llevaron la enseñanza a aquellas tierras que, como hoy, debieron estar alejadas del desarrollo que la modernidad capitalista introducía entonces en el resto de España.

Mi curiosidad científica me ha llevado a averiguar la razón de tan singular hecho. Al parecer (existe una tesis doctoral incluso) a ello contribuyó el buen hacer de los indianos (emigrados a América en busca de fortuna) que desde finales del siglo XVIII decidieron invertir una parte de sus ganancias en la educación de las tierras que les vieron nacer. Con ello lograron un hecho singular. Esta región, Los Cameros, una de las más apartadas de la industrialización española y menos pobladas, consiguió situarse por delante a nivel educativo del resto de España. En 1900 el porcentaje de analfabetos en España era del 63,7% y en La Rioja el 51%, mientras en Los Cameros era del 36%. Sorprendente y aleccionador. Hubo un tiempo en el que quienes se enriquecían invertían en la educación de sus congéneres. Que mejor frase para resumirlo que la que adorna, nunca mejor dicho, la plaza donde se sitúa el edificio de las primeras escuelas de San Román de Cameros: “Niños de San Román: aquí os doy el pan de la inteligencia”. Ello permitió la llegada de maestros que dedicaron su tiempo y esfuerzo a hacer progresar intelectualmente a aquellos vecinos dedicados, principalmente, a la ganadería.

Fueron aquellos tiempos, desde la Ilustración hasta principios del siglo XX, años de transformación económica en gran parte de España, pero esa misma transformación estaba comenzando a crear una España dual: la del desarrollo económico y la del “atraso”. Consecuencia de ello fue el traslado de la población hacia la primera, habitualmente situada en la periferia, a excepción de algunas áreas interiores que atrajeron a la población rural (especialmente Madrid, pero también Zaragoza o Valladolid). En general, la población se trasladaba allá donde la industria y las actividades terciarias daban oportunidades de salir de la miseria que el trabajo agrícola producía. Así, había una emigración que podríamos llamar gradual: primero a la capital de la provincia, después, si allí dejaba de haber oportunidades, a esa periferia en expansión y, más tarde, si la crisis azotaba a España o a Europa, allende los mares.

Esta preciosa comarca de Los Cameros, que tantas ganas tenía de conocer, llevó a sus gentes a Logroño, a Cataluña, el País Vasco y Madrid, y, también, a América, especialmente a Chile. Pero, quienes pudieron, no olvidaron que dejaban una tierra detrás en la que debían invertir en lo mejor: la educación. Este proceso también se dio en otros lugares de España, pero lo que me ha sorprendido en mi reciente viaje es el reconocimiento que a ellos y los maestros se ha hecho en Cameros. Es un reconocimiento antiguo, no es reciente, pues la mayoría de placas, nombres y monumentos, tienen muchos años. Ahora, su escasa población, quizá ya no se acuerden de ellos. Quizá ahora sólo sean una placa que nadie mira, un monumento alrededor del cual se reúnen los niños y adolescentes en verano, o una calle perdida en la que apenas vive nadie en invierno.

Debió ser dura la vida de aquellos maestros, pero seguro que reconfortante al ver cómo era de apreciado su trabajo. Su integración con la sociedad rural de la época debió formar parte de su cotidianidad y quizá fueran algo más que simples maestros. Pero también debieron aprender y comprender la sociedad en la que se desarrollaba su trabajo. Apreciar una comida sencilla y frugal, un paisaje hermoso y cambiante en cada estación, unas gentes preocupadas por el acontecer meteorológico. Apreciar un ritmo de vida lento, pausado, sin la celeridad que ya en aquella época se veía en la ciudad.

Quiero imaginarme cómo sería la vida de estos maestros. Levantarse con los primeros rayos del sol (como los que por esa montaña asoman mientras esto escribo), notar el fresco o el frío (según la época del año) de la mañana. Preparar un tazón de leche para rellenar con sopas de pan del día anterior, como tanto le gustaba a mi abuelo. Asomar la cabeza por la ventana y ver y escuchar (como estoy haciendo yo ahora mismo) las primeras golondrinas que anidan en los aleros de las casas. En unas semanas comenzará un nuevo curso en Los Cameros, entonces también debían tener las mismas ilusiones que yo quiero experimentar al comienzo del mío. También debían esperar la llegada de los nuevos alumnos, como yo espero este año. También debían tener ilusión por ordenar todo el material, tenerlo a punto para el principio de las clases. Quizá ilusionarse porque vieran el nuevo globo terráqueo, las nuevas láminas del cuerpo humano o el nuevo mapa de Europa que habían comprado en la capital. Se vestirían con uno de los pocos trajes que su escaso sueldo permitía, sin tener que cambiar cada día de vestuario como nuestra obsesión actual produce. Saldrían a la calle y marcharían, andando, tranquilamente, saludando a los vecinos, recibiendo y acompañando a algún alumno hasta la escuela, sin tener que hacer decenas de kilómetros en un coche que nos ata a su frenético ritmo. Llegarían a la escuela, algunos alumnos ya estarían dentro, otros entrarían con ellos, algunos llegarían más tarde, unos pocos muy tarde, pues había que recoger la leña, ayudar a sacar el ganado, acompañar al padre a abrir el riego. Pero no habría ningún timbre que les marcara, a intervalos precisos como en la fábrica, qué había que hacer a cada momento. Solo una hora pactada para comenzar y otra para finalizar. Esto si no tenía que marcharse alguno a recoger el ganado, cuidar de la madre o el padre enfermo o encender el fuego.

Al final de su jornada, el maestro recogería sus cosas o quizá se quedara un rato más a corregir los trabajos, a ordenar la clase, a preparar la lección del día siguiente o a charlar con ese padre que, apenado él, había venido a justificar los días que llevaba sin venir el niño porque en casa había muchas cosas que hacer antes de la llegada del invierno. El padre lo decía apesadumbrado porque quería que su hijo aprendiera del maestro lo que él no había aprendido nunca. Y si era tan listo como el maestro le decía (como mi madre, orgullosa, me contaba que le decía don Bruno cuando yo apenas había comenzado el colegio) poder algún día dejar el campo, estudiar en el Seminario de Logroño y ser, en un futuro, maestro (como mi madre pensaba que podría hacer yo para no tener que pasar los fríos que mi padre pasaba en la obra).

Hoy esta comarca de los Cameros tendrá otros maestros (seguro que maestras la mayoría). No creo que ninguna viva en estos pueblos. Es probable que vengan cada día de Logroño, de Haro, de Calahorra u otro pueblo más “cómodo”. Pero quisiera pensar que siguen teniendo la misma ilusión por enseñar a los pocos niños y niñas que aún quedan. Quiero pensar que las madres y los padres aún piensan que aprender es una buena manera de progresar, aunque no les aconsejaría que dejaran nunca su pueblo. Sé que es una postura tal vez hipócrita, de urbanitas desclasado, de moderno civilizado, pero no es mejor la vida que les espera fuera de este bello territorio. Es una contradicción que nos agobia a quienes dedicamos algún tiempo a pensar en el mundo que nos rodea y a rumiar, como las vacas de Cameros, en las contradicciones de nuestra vida y nuestros propios pensamientos. ¿Qué nos lleva a los humanos a abandonar nuestras raíces, a despoblar nuestros lugares ancestrales y a marcharnos a superpoblar ciudades cada vez más impersonales? Y nos atamos a nuestras comodidades, a nuestras cotidianidades absurdas, a una vida frenética y vacía.

Yo lo haré en unas horas. Dejaré Cameros, no sin un nudo en la garganta o algo más. Por eso quería escribir esto antes de partir. Aquí, donde los maestros un día trajeron la cultura, pero también donde ellos conocieron que había un mundo que debía no perderse, donde estas gentes reconocieron su labor. Aquí, donde los niños juegan en la calle aún, donde van con la bicicleta a todas partes, donde las vacas no te dejan seguir tu camino con tu coche último modelo, donde todo el mundo te saluda cuando se cruza contigo, donde puedes ver las estrellas cada noche despejada, donde puedes beber en cada fuente, donde las rosas aún tienen olor, donde la preocupación más grande durante la comida es que no te caiga una mosca en el plato, o cuando caminas no pisar la mierda de una vaca, donde seguro dejaría de marearme por qué hacer, qué no hacer, cómo hacerlo, y si…

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ITALIA CRIMINAL: Perché ti amo?

Los psicólogos analizan con denuedo las razones de porqué en ocasiones nos enamoramos de la maldad. Porqué un hombre o, en más ocasiones, una mujer no deja de estar enamorado/a de alguien que claramente representa la maldad. No es fácil la solución. Unos dicen que esta atracción proviene de algún sentimiento arcano del ser humano, otros de una especie de muro sentimental que nos impide ver la realidad, otros, más materialistas, del apego que el dinero y el poder tienen para hacer olvidar cualquier oprobio que nos haga nuestro malvado amante.

Quizá con alguna de estas claves psicológicas deba yo entender la marca emocional que me han dejado El Libanés, El Frío y El Dandi, los tres principales miembros de la banda de La Magliana, en la serie Roma Criminal. Enorme, no se me ocurre otro apelativo para la serie que acabo de completar en sus dos temporadas. Reconozco que tenía un poco de aversión a lanzarme a su visionado, pues, a pesar de sus excelentes críticas, sabía que era de una violencia extrema y temía que a mi pareja, con quien comparto tantas noches de series, no le agradara tanto muerto a tiro limpio. Pero sé que comparte conmigo ese sentimiento de simpatía hacia muchos de los personajes, a pesar de su comportamiento violento. Ese es el gran hallazgo de la serie: que personajes sacados de lo más profundo del hampa acaben formando parte de tu vida por muy burguesa que sea y por muy perversas que sean sus acciones. Reconozco que durante el primer o segundo capítulo creí que tanta violencia me iba a impedir engancharme, pero poco a poco El Libanés (¡qué cara de mala hostia tiene siempre!) se convirtió en ese líder que te atrapa a pesar de su vida disoluta, El Frío en lo que su apelativo significa, el miembro de la pandilla que siempre parece estar fuera de ella, y El Dandi en el colega gigoló que en nuestras pandillas estaba siempre pensando en las chicas, los coches, su vestuario y en gastar el dinero en cualquier cosa que demostrara que podía derrochar cualquier suma de dinero. El resto de personajes miembros de la banda se van convirtiendo poco a poco en una galería de figuras más o menos entrañables que cada noche entraban en nuestras vidas como si nosotros mismos formáramos parte de las suyas: el desequilibrado y primitivo Búfalo, el simple de Fideo, los siempre dispuestos hermanos Buffoni… Como alguien ha escrito, la serie provoca que desees que esos narcos sean tus “mejores amigos”.

Poco a poco te vas identificando con los personajes y, como en la vida misma, acabas queriendo más a unos que a otros: observas la caída a los infiernos de El Libanés y deseas que alguien le haga parar, crees que El Frío no es como los demás y podrá rehacer una vida fuera del crimen, y odias cada vez más a El Dandi por cómo trata a la Banda y a su amante Patrizia. Anonadado me quedé cuando leí la historia de Enrico di Pedis, el verdadero El Dandi, y como casi logra su sueño de que sus restos reposaran en la basílica de San Apolinar (gestionada por el Opus Dei), cosa que está reservada en Roma solo a los cardenales con autorización papal. Pero estamos hablando de El Dandi, de cuyo personaje real decía Andreotti “quizá De Pedis no ha sido un benefactor para la humanidad, pero desde luego ha sido un gran benefactor para Sant’Apollinare”. Casi, porque el caso del secuestro y, al parecer, ya que el cuerpo nunca apareció, asesinato de Emanuela Orlandi, de 15 años e hija de un funcionario del Vaticano que trabajaba directamente con el Papa, lo impidió. Su investigación llevó a abrir la cripta y trasladar sus restos al cementerio de Prima Porta para ser incinerados más tarde y lanzados al mar. Ahora mi mujer estará más contenta, pues le había tomado cierta aversión a El Dandi.

La serie está basada en la verdadera historia de la banda de la Magliana y queda ambientada en aquellos finales de los setenta y principios de los ochenta en los que hablar de Italia era hablar de todo tipo de aferes turbios: las Brigadas Rojas, el terror negro fascista, el atentado de la estación de Bolonia, la Mafia siciliana controlando el crimen y la política, el asesinato de Pasolini, el secuestro y asesinato de Aldo Moro, las relaciones de Andreotti con la Mafia, la turbia vida del cardenal Marcinkus, las finanzas de la Santa Sede, la quiebra del Banco Ambrosiano, el asesinato de Roberto Calvi…

Y es que con la convulsa vida política y social italiana me ocurre como con la serie “Roma Criminal”, cuanto más turbia es, más me atrae. Y conforme pasa el tiempo, aún más. Quizá por ello aquel malvado pívot italiano llamado Meneghin que machacaba con su juego sucio al Real Madrid y la selección española de aquella misma época en que se desarrolla la serie, ha acabado cayéndome simpático. No es de extrañar, por tanto, que en dicha época, que se alarga incluso hasta mediados de los noventa, hayan encontrado los cineastas y escritores italianos un filón para escribir historias. Y siempre me ha maravillado cómo son capaces de convertir su propia historia, turbulenta a más no poder, en obras de arte. Incluso, diría más, cómo se atreven a ello, máxime cuando estamos hablando de las relaciones entre grupos mafiosos, política, banca, la iglesia católica, judicatura, servicios secretos… Verdaderamente hay que tener una gran dosis de valentía para llevar a la pantalla o al papel estas historias, cuando la mayoría de los personajes están aún vivos. Recordemos que Roberto Saviano, autor de “Gomorra”, relato sobre la Camorra napolitana que ha dado lugar a una película y otra excelente serie que incluye otro malvado al que acabas amando (Ciro), se encuentra escondido de la Camorra y con permanente escolta. Por cierto, escolta que ahora le quiere eliminar el nuevo presidente Salvini.

Es difícil entender cómo un país puede radiografiarse a sí mismo con tanta crudeza para contar hasta dónde puede llegar la degradación social (incluyendo aquí todo tipo de poder legal, ilegal o alegal). Como he leído estos días “Italia era un polvorín. El laboratorio del mundo moderno. La vanguardia cultural y política. Plena guerra fría, los años de plomo”. Efectivamente, el mundo moderno (en Occidente), nacido después de la crisis del estado del bienestar en los años setenta y el fin de las ilusiones creadas durante los felices 60, tan bien retratadas, por cierto, en la excelente serie italiana (¡cómo no!) “La mejor juventud”, tuvo en el país transalpino su más culminado ejemplo. Pero ellos han hecho de ello terapia a través del cine. A las citadas anteriormente, debemos añadir otras grandes series como “El capo de Corleone”, sobre la vida de Il cap dei capi (que fue su título original) Totó Riina, “La mafia sólo mata en verano”, sobre la Mafia siciliana, “1992” y “1993”, sobre la época del proceso de Manos limpias, o “Suburra”, más cercana en la época de su desarrollo, principios del siglo XXI, pero con los mismos protagonistas: el crimen organizado, políticos corruptos y el Vaticano. Y también películas como “Los Cien Pasos”, acerca de aquel joven que se atrevió a luchar contra Tano Badalamenti, “La familia” sobre la burguesía romana desde principios de siglo hasta esa época de decadencia, “Il Divo”, con la vida de Andreotti como argumento (¡qué interpretación la de Toni Servillo”) e, incluso, en clave de sarcástico humor y verídica irrealidad, “Viva la libertad”, donde un candidato a perpetuar la farsa de la política italiana decide abandonarlo todo y marcharse a la Costa Azul, con el consiguiente disgusto de su partido a días de las elecciones con los carteles ya preparados y sin solución posible; ¿o sí?, no os cuento más.

¿Es Italia un caso especial? Seguramente no. Es posible que su propia historia (recordemos la tardía formación de un estado unificado -1861-, y  los más de veinte años de fascismo), su configuración económica (norte industrializado, capitalista y burgués, y sur rural, agrario y campesino), su carácter visceralmente latino o cualquier otro elemento que se nos escape haya provocado este gusto por psicoanalizar sus traumas histórico-sociales a través del cine y la literatura.

En otras ocasiones me he preguntado por qué nuestra propia historia y devenir social no ha dado lugar a obras de este estilo. Reconozco que, últimamente, algo se está haciendo, pero ni está teniendo la transcendencia mediática que en Italia ni, al parecer de la crítica, sus cotas de excelencia. Sobre el narcotráfico gallego tenemos series como “Matalobos” o la reciente “Fariña”, acerca de la corrupción inmobiliaria valenciana “Crematorio”, basada en la sublime obra de Chirbes, y películas que se adentran en la reciente política española como “El hombre de las mil caras” con la vida de Luis Roldán y el espía Paesa como argumento. Quizá ETA ha sido el único acontecimiento que ha merecido la atención de escritores y cineastas. Se cuentan por docenas las obras literarias que tratan el tema, más o menos directamente, desde “Operación Ogro”, de Eva Forest, publicada en 1974, a la reciente “Los turistas desganados” de Katixa Agirre, pasando por el boom editorial de “Patria” de Fernando Aramburu; y también las obras cinematográficas (de “Comando Txikia”, 1977, de José Luis Madrid, a la última “Cuando dejes de quererme”, de Igor Legarreta) que tratan aspectos políticos, sociales y hasta personales del tema.

Pero nuestra historia reciente, más o menos desde el principio de la Transición, da para mucho más. Lo poco que se ha hecho han sido biopics, más o menos hagiográficos de personajes de dicho periodo: Adolfo Suárez, el rey Juan Carlos, el cardenal Tarancón y, incluso, sobre Leticia y Felipe VI. Y no será porque no tenemos una política y una sociedad tan indecente como la italiana. Me gustaría ver series y películas sobre el papel de la prensa española en la política. En Italia se han atrevido incluso a ello en la serie “1992” y “1993”, en la que aparece retratado el poder de Berlusconi. ¿Alguien sería capaz de hacer aquí lo mismo con los Polanco, Losantos, Herrera, PJ o los Godó? O viejas historias nunca aclaradas en las que se mezcla poder, crimen, sordidez y alta sociedad (por ejemplo, acaba de publicarse “El asesino íntimo” por Clara Usón, sobre actriz de destape Sandra Mozarovski). Y, cómo no, con los cientos de casos de corrupción, pero con nombres y apellidos como en la citada serie italiana.

No sé, quizá sea por pensar mal. Quizá sea otro de los demonios personales que cada uno tenemos, como esta semana hablábamos mi querido Joan y yo, pero tal vez la fuerza de la justicia española para paralizar cualquiera de estos intentos esté en el origen de la falta de atrevimiento de nuestros autores. Lo hemos visto recientemente con la novela y serie “Fariña”. Nuestra justicia es, dicho en forma políticamente correcta y para no meterme en problemas, bastante garantista con los derechos de determinados personajes. En Italia ni Berlusconi pudo parar “1992” y “1993”. O quizá que ninguno de ellos desee llevar la vida semiclandestina de Roberto Saviano,.

En conclusión, algo me atrae de esa Italia malvada. Pero sobre todo, la clase que tienen incluso para mirarse el sucio ombligo. Aquí os presento a La Banda del Libanés:

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LAS CORRECCIONES DE J. FRANZEN: Todos somos los Lambert

Cuando uno se lanza a la lectura de un libro que ha sido calificado como “obra maestra”, “la mejor novela americana del siglo XXI”, “el libro que destripa la sociedad americana contemporánea” o “la mejor obra de la denominada Gran Novela Americana”, te asaltan las dudas de que al final, si llegas pues el libro tiene más de 600 páginas, puedas decir “pues no era para tanto”.

No me gustan los calificativos magnificentes y no voy a romper ahora esta regla. Sólo deseo, a los lectores que en algo aprecian lo que escribo, animar a quienes tengan dudas a la hora de ponerse ante tamaña obra. Tampoco voy a hacer aquí una disección de la misma, comentarios tenéis por la red a centenares si queréis llegar con algo de información sobre ella. Lo único que pretendo con esta entrada es… tampoco lo sé muy bien, quizá convertirme en uno de los Lambert y realizar alguna “corrección”, otra más, en mi devenir biográfico.

Quizá, al finalizar su lectura, la impresión que me dejó el libro era que aquello de La Gran Novela Americana, término acuñado, por cierto, ya en el siglo XIX, o la obra como retrato de la sociedad americana en decadencia, se quedaba corto. No creo que refleje “Las correcciones” solo la sociedad americana, sino el conjunto de la sociedad occidental en la que nos encontramos inmersos y en la que sufrimos, en silencio muchas veces como las hemorroides, sus consecuencias sin ser capaces de corregir sus consecuencias. Sobre todo las que afectan a nuestra vida más personal. Preferimos, como decía el otro día, pasarnos el día en twitter, Facebook, Instagram alimentándonos con nuestra dosis diaria de noticias de importancia capital, las cuales no duran más de una semana en su transcendencia, y retroalimentando con ellas nuestra forma de pensar o de odiar al otro. Meme tras meme, titular tras titular, comentario tras comentario.

Y, mientras tanto, seguimos perdidos dentro de nosotros mismos, como los Lambert. Porque todos somos un poco los Lambert o estamos rodeados por ellos: Alfred, el abuelo en situación física de total decrepitud (depresión, Parkinson, senilidad), Enid, la abuela más preocupada por sus relaciones sociales que por cuidar a su marido, Gary, el hijo mayor, un triunfador en los negocios que es un fracaso en su vida marital y familiar (ni su mujer ni sus hijos lo soportan), Chip, el hijo predilecto de la madre por su supuesto aire de triunfador urbano (profesor universitario y escritor de guiones que nunca se rodarán), pero que huye lo más lejos posible (a Lituania) para perderse de vista, y Denise, la hija chef de cocina que, tras fracaso en fracaso, no termina de aclararse ni siquiera con su identidad sexual.

Es “Las correcciones” también la historia del fracaso de la familia como entidad social en el mundo contemporáneo occidental. Es por ello que la obra centra su trama, y desde ahí nos retrotrae al pasado, el origen, las peripecias de cada uno de los personajes, en la idea de Enid, la madre septuagenaria, de celebrar, todos juntos, una última Navidad juntos. Piensan que el abuelo Alfred ya no disfrutará de muchas más, al menos en sus cabales, y desea juntar a todos sus hijos y nietos en fechas tan señaladas para “corregir” una vida llena de desencuentros.

Aquí fue donde la novela me tocó emocionalmente: Navidad, familia, ser felices porque toca, corregir todos tus errores pasados en un momento tan señalado. Fue uno de mis primeros post (hace ya más de siete años: https://joanmonie.wordpress.com/2010/12/18/el-pastel-de-navidad-o-la-navidad-pastel/) y quizá haya recurrido en alguna otra ocasión a mi aversión por la Navidad, que no viene de ahora, sino del principio de los tiempos, cuando Nosotros (mi familia) teníamos en Navidad que “corregir” todos los errores del año. Mi familia también se juntaba en aquella fecha señalada, como lo hacía durante la Feria (quizá aquí alguien encontraría la razón de porqué, como los Lambert, llevo un par de años escaqueándome de volver a mi pueblo en esas fechas), y aparentaban ser una familia. Dispersa por toda la geografía española, como los Lambert por la americana, volvíamos a mi pueblo (el St. Jude de los Lambert) y recordábamos quienes habíamos sido en otro tiempo y nos poníamos al día de las miserias cotidianas. Por eso yo también hui, como Chip, o sigo haciéndolo. Incluso la escena en la que Chip cuida de su padre moribundo, me resultó muy familiar.

No me extraña que mi amiga Carmen se quedara prendada del libro sólo con su portada y que fuera ella, la portada o la contraportada, como tantas otras veces según me cuenta, la que le llamara y obligara a comprar el libro. La versión española de la portada es un retal de la versión americana, que a su vez es un recorte de una posible escena del libro. En la original americana un niño rubio observa cómo, ante una mesa llena de viandas, las manos de una madre se aprestan a servir más comida. Pone cara de que nada de lo hay allí le gusta, y no me refiero solo a la comida, sino a la situación misma. Parece una celebración, probablemente Navidad, en la que el niño está bastante a disgusto. A su lado, otro niño, algo mayor, de hecho vestido como un mayor con corbata y todo, pone cara de felicidad ante la escena. Diversas versiones de un mismo evento, como tantas veces hemos visto en nuestra vida familiar: hay quien disfruta de esos momentos de “felicidad pastelera” ya hay quienes quisiéramos huir de esa escena. En la versión española, en la portada solo se ve en primer plano al repeinado pequeño niño rubio con cara de desear que todo aquello pase cuanto antes y una parte, pero no el rostro, de su hermano. Un error del editor español, pues la escena perdía así todo su encanto. Pero comprendo porqué mi amiga se prendó del libro. La cara de pequeño niño rubio es encantadora.

Quien no ha dicho alguna vez “desde mañana ya no haré más…”, “seré un hombre/mujer nuevo/a”, “ya nunca más diré…”. Quien no ha pensado alguna vez en su fracaso como padre, como amigo, como amante, como hijo… Pues de ello va el libro. De que nuestra vida consiste en intentar corregir continuamente nuestra propia vida, o la de los demás.

Prometo que no sabía muy bien por donde me llevaría el comentario de “Las correcciones”, pero veo que me ha llevado a mi vida personal. Tampoco deseo continuar por aquí. A veces, corregir ya no es posible. Pasarse una vida pensando en por dónde te hubiera llevado la vida ( a ti a quienes te rodean) si aquel día hubiera comprado aquel décimo de lotería, si aquel día el camión hubiera ido más rápido, si ella se hubiera ido el fin de semana lejos de la ciudad, si hubiera cambiado el orden de determinada lista, si… Creo que estoy llegando con demasiada premura a la situación de Alfred. Mi Enid me lo dice con frecuencia, no me puedo dejar llevar por el deseo del placer de quedarte aquí, contemplando el mundo pasar, sin interés por corregir ya nada. Quizá escribir esto no sea sino un intento más, con poco interés la verdad, por corregir algo. Porque, además, cada línea está llena de autocensuras y así no hay manera de hacer corrección alguna. Solo esperar a que alguien en el final de mis días se atreva a soltar algo parecido al penúltimo, y brutal, penúltimo párrafo de “Las correcciones”. Todo aquello que un día debieron decirte y no se atrevieron a hacerlo:

“Tenía que decirle, mientras aún estaba a tiempo, lo mal que lo había hecho él y lo bien que lo había hecho ella. Lo mal que lo había hecho no queriéndola más, lo mal que lo había hecho no tratándola con cariño y no aprovechando todas las oportunidades para tener relaciones sexuales con ella, lo mal que había hecho no confiando en su instinto financiero, lo mal que había hecho pasando tanto tiempo en el trabajo y tan poco con sus hijos, lo mal que había hecho siendo tan negativo, lo mal que había hecho siendo tan melancólico, lo mal que había hecho escapando de la vida, lo mal que había hecho diciendo una y otra vez que no, en lugar de sí: tenía que decirle todo eso, todos los días, sin faltar ni uno. Aunque no la escuchara, tenía que decírselo”.

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EL VERANO: ¡Qué lejos queda su solaz!

Hoy comienza, extraoficialmente, mi descanso estival. ¿Por qué extraoficialmente? Pues porque desde que trabajo en el mundo de la educación no sé muy bien cuándo comienzo verdaderamente las vacaciones. Me lo preguntan a diario mis conocidos que desconocen la vida escolar actual. Les contesto que aún no estoy de vacaciones, que ahora, como dice un chiste antifuncionarial, es cuando no voy.

¡Qué lejos quedan ya aquellos veranos cuando uno era estuadiante! Claro, buen estudiante, como yo, que no debía recuperar en septiembre. Ahora, todos, buenos y malos estudiantes, se han quedado sin septiembre. ¡Con la gozada que era ver a tus amigos que se habían pasado todo el año de cantina en cantina, de novia en novia, de billar en billar, tener que acudir a clases particulares o quedarse en casa estudiando! Les  mirabas con cierta condescendencia, un poco devolviéndoles la frase que a ti tantas veces te habían dicho durante el curso: “¡eh, pringao! qué haces que no sales. Era una de las pocas satisfacciones que te otorgaba ser buen estudiante. Ahora ni eso. El “¡eh, pringao!, qué haces que no sales” te lo repiten de curso en curso, sin solución de continuidad.

Aquellos veranos sí que eran verdaderos veranos de “dolce far niente”. Ahora son veranos por etapas: esperando el final de las actividades escolares administrativas, esperando la llamada de algún viejo amigo, esperando algún viaje, esperando ponerte a hacer alguna reforma en la casa, esperando que tus hijos se vayan de festival… También se divide, así lo es en mis últimos veranos, en el tiempo transcurrido entre una lectura y otra, generalmente de libros gruesos y densos libros que durante el curso no pude acometer. Y. si la cosa se pone mal, algún estropicio, propio o ajeno, que dará nombre al verano. El verano que enfermó fulano, el que murió mengano, en el que se accidentó zutano.

¡Qué lejos quedan ya aquellos veranos del “dolce far niente”! Planos, largos, calurosos como etapas del Tour de Francia en su primera semana. A lo sumo, un puerto de montaña corto, pero duro, como esos “muros” de las etapas flamencas o del Macizo Central francés.

No me gustaban las fiestas populares, y menos las estivales (la famosa Feria). Rompían mi monotonía estival. Era mucho más cómodo refugiarse en el centro del pelotón y dejarse llevar. Levantarse tarde, cuando el sol ya comenzaba a calentar la estepa manchega; perder el tiempo por la casa; ir a la biblioteca, donde se estaba más fresco, para continuar la lectura de los clásicos rusos o a los premios Nobel por orden alfabético (hubo un verano dedicado enteramente a Pearl S. Buck); comer, perder más tiempo en una siesta sin sueño y mucha lectura; visitar a los amigos o a los primos por la tarde; esperar la llegada de la tormenta vespertina, tan frecuente en los veranos castellanos; ver los acontecimientos deportivos en blanco y negro (el Tour, campeonatos de atletismo, mundiales y europeos diversos y, si tocaba en el calendario, las olimpiadas).

Las fiestas del pueblo eran una cesura en el verano. Cuando acababan, el verano anunciaba su final. Y con él una de las actividades más odiadas por mí, cuya espera se hacía agónica y deterioraba “il dolce far niente”: la vendimia. Entonces no sabía ponerle nombre a aquel proceso de desesperación. Ahora los sociólogos y psicólogos lo llaman salir de la zona de confort. Eso era. Yo llevaba varios meses en mi zona de confort, incluso evitaba muchas reuniones familiares en salidas a las Lagunas de Ruidera, a las ferias de los pueblos cercanos, a cualquier zona de esparcimiento campestre (Sotuélamos o las denominadas “Celaillas”).

Pero llegaba la Feria y con ella se acercaba el final de la zona de confort. Ya de por si la Feria era un puerto de montaña a veces infranqueable para quienes no éram

os duchos en el baile, en el tiro de feria, en el manejo de los coches de choque, en el ligoteo… A mí lo que me gustaba era leer cómo Raskólnikov se deshacía de Aliona y Lizaveta Ivanovna en “Crimen y castigo”.

La vendimia no era solo aborrecida por el duro trabajo, sino por sentirme tan extraño en aquel mundo. Era un mundo “pre-chony” y “pre-chulaco” en el que primaban las canciones de Juanito Valderrama y las conversaciones picantes, de un machismo que ahora provocaría denuncias, y con razón. Y, mientras, yo leyendo a Hermann Hesse en los momentos de asueto.

A mí, lo que de verdad me hubiera gustado es pasar un verano “dolce far niente” a la italiana. Me encantaba, aún lo hace, la estética de las películas de los sesenta y setenta ambientadas en la Italia marítima estival: gafas Ray-ban, motos Vespa, chicas con pañuelo recogiendo el pelo, chicos con camisa blanca medianamente desabrochada y un fondo musical de cantante melódico italiano, cantando apasionadamente (como solo un italiano sabe hacer) a amores perdidos, imposibles, pasajeros, como el verano.

Impresionante la interpretación de Gianni Morandi de “In ginocchio da te”, de la película del mismo nombre (1964):

 

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