SUSANA LA CANDIDATA: De la foto de la Tortilla a Ifema, más de 40 años os contemplan

Es una lástima que a mis alumnos y alumnas de bachillerato de la Comunidad Valenciana no les pueda salir en el examen de Selectividad el comentario de fotos históricas, como sí ocurre en otras comunidades, por ejemplo en la de mi España vacía. Hay algunas que dan mucho juego para explicar la historia.

En realidad, en la famosa foto llamada “de la tortilla”, aquellos cachorros del socialismo andaluz no comían tortilla sino naranjas, pero es éste un detalle sin importancia histórica. La transcendencia de aquella foto es que en ella se encuentran algunos de los que acabaron dirigiendo la barca de la Transición a buen puerto. Por orden de categoría: Felipe González (10), Alfonso Guerra (7) y Manuel Chaves (12). La foto la completaban los menos conocidos Juan Antonio Barragán (1), que llegó a director de la Sociedad para el Desarrollo Energético de Andalucía, una empresa pública de la Junta andaluza que presidía su amigo Manuel Chaves; Pablo Juliá (3), que acabó trabajando de fotógrafo en El País (¡qué menos!, pues suya era la cámara con la que se hizo la inmortal foto) y desde 2007 dirige el Centro Andaluz de la Fotografía de Almería, de la Junta; Josele Amores (4), empleado en el bufete de González, al que acompañó a Suresnes para que fuera elegido Secretario General del PSOE y que acabó jubilado en la Obra Social de Caja San Fernando, absorbida por CaixaBank; y Luis Yáñez (11), diputado hasta 2014, candidato no electo a la alcaldía de Sevilla y Secretario de Estado para la Cooperación Internacional e Iberoamérica, entre otros cargos. Y también las chicas, antes de que mi hija me mate, con razón, por olvidarme de ellas: la primera, Carmen Romero (6), la “primera dama” y también primera mujer de Felipe González, además de diputada (1989-2004) y eurodiputada (2009-2014); Isabel Pozuelo (2), mujer de Pablo Juliá, diputada desde 1996 a la actualidad, funcionaria del INEM en excedencia, vicepresidenta de la Asamblea Parlamentaria de la OSCE y vocal del patronato de la Fundación Persan, la empresa sevillana de productos de limpieza; Carmen Hermosín, (8), esposa de Luis Yáñez y la que más lejos llegó políticamente, pues además de diputada hasta 2011, fue  miembro de la ejecutiva federal y de la Junta de Chaves, con la que fue consejera de Asuntos Sociales, Gobernación y Justicia, y Administración Pública; y Rosa Rodríguez (5) y María Martín (9), menos conocidas, la primera trabajó en la embajada francesa y la segunda es la mujer del senador Curro Rodríguez. Tras la Cámara, haciendo la foto, Manuel del Valle, alcalde de Sevilla entre 1983 y 1991.

Como se ve, pura historia del socialismo español y andaluz durante la Transición.

El pasado domingo asistimos a otra foto, que puede convertirse en histórica. ¿Quién sabe por dónde nos llevarán los procelosos caminos de la Historia? No tiene un aire tan hippie, es lo que pasa cuando llegas al poder, que pasas de hacerte fotos campestres comiendo tortilla (o naranjas) a tomar canapés en IFEMA, todo un recinto ferial de 200.000 m2.

Allí se presentó, por fin, la candidata Susana Díaz (Susanyaju, según los bordes de LPD). Hay varias fotos que merecerían un comentario, como ésta en la que Alfonso Guerra está agarrado a una barra invisible de autobús (¡ah, no!, perdón, que me dicen que lo que hacía era levantar el puño en plan revolucionario).

Pero creo que la que tenéis a continuación, es la que pasará a la Historia. Y la que merece un comentario, para ir adelantando faena a futuras generaciones y que se lo encuentren ya hecho cuando tengan que examinarse de la Selectividad, pues al paso que vamos, dentro de otros cuarenta años seguiremos con ella, aunque hayan parido nuestros políticos otra docena de reformas educativas.

Ahí están los apoyos de la futura Secretaria General del PÉSOE (pronúnciese con fuerte acento en la primera e, como hace la candidata) y, quién sabe, quizá un día presidenta de la nación, bueno de EJPAÑA (como pronuncia Pepe Bono, otro de los apoyos de la candidata), no vaya a ser que le estropeemos la portada al ABC que ya el lunes se apresuró a titular en su portada que Susana se presentaba por el PSOE y por ESPAÑA. Ahí queda eso, uno de los tradicionales periódicos de la derecha patrocinando a una candidata socialista. ¡A ver cómo se lo montan los futuros profesores de Historia para explicar esto al alumnado!

Es la candidatura de la renovación del PÉSOE. Es como si en Suresnes la candidatura de Felipe González hubiera sido apoyada por Ramón Rubial y Rodolfo Llopis, viejos luchadores socialistas en el exilio y que se manifestaban en contra de la llamada Declaración de Septiembre, que propugnaba la “ruptura democrática”, el primer invento semántico del socialismo español para encantar al electorado postfranquista. En esa declaración se exponía, en once puntos, las reclamaciones de ese nuevo socialismo, la última de ellas el, es textual, “reconocimiento del derecho de autodeterminación de todas las nacionalidades ibéricas”. Sí, que nadie se espante, Felipe González y Alfonso Guerra llegaron al poder socialista en 1974 solicitando el derecho a que cada nacionalidad ibérica (ni siquiera hablaban entonces de EJPAÑA, que era una cosa muy facha) pudiera quedarse o no en el nuevo estado democrático. O sea, en román paladino, un REFERÉNDUM (¡va de retro, Satanás!).

A la izquierda de la foto de los apoyos de la renovadora Susana, Rubalcaba (alias Rubalcadáver) como parodió de forma extraordinaria mi paisano Joaquín Reyes. Parece pensativo, quizá acaba de leer el editorial de El País (“Rajoy, segunda parte”), de cuyo Consejo Editorial es miembro, y no acaba de entender muy bien su significado. Justo a la izquierda de Susana, Felipe González, el intocable, el eterno icono del socialismo español, por el que he oído a viejos socialistas decir, como a Belén Esteban, que por Andreíta, mato. Se ha puesto su traje de mitinero. Nada de trajes de sastrería cortados a medida, como cuando visita a sus colegas de Endesa o a amigos ricachones como Carlos Slim. Ataviado como en los viejos tiempos, cuando gritaba “OTAN, de entrada No” (y pensaba, “y de salida, tampoco”). Vaqueros modernos, jersey azul, con una camisa de cuadros bajo él. Seguro que no los ha comprado en Alcampo, como dice que lo hace Pablo Iglesias, quizá en Maximo Dutty o en la más exclusiva tienda de Boggi Milano en la calle Serrano de Madrid. Sonríe y mira hacia la izquierda, como Susana, quizá haya entrado en ese momento su viejo enemigo Eduardo Madina, ahora adepto a la causa susanista. A la derecha (si esta palabra se puede decir en un comentario socialista) de la candidata el otro presidente socialista de la Transición, Rodríguez Zapatero. Tiene el mismo aire candoroso que le valió el apelativo de Peter Pan de la política. Efectivamente, mirad la foto y no me digáis que no tiene una cara candorosa y de peluche de tienda del Disneyland Store. Esa mirada, esas manos cruzadas… dan ganas de abrazarlo.

Y a su lado, el mejor, mi favorito en la foto, el que ha salido con una naturalidad pasmosa en ella: Alfonso Guerra. Por favor, volved a mirarle en la foto. Su imagen no tiene precio. Es clavado a mi vecino Matías, cuando la familia lo sacaba al fresco en mi pueblo en las noches manchegas de verano. La familia le acompañaba llevándolo del brazo para sentarlo en una silla de anea, para que no se marchara al bar más próximo. Así me parece que han dejado ahí a Guerra. Él ya está retirado de todo, pero lo ha traído la familia política socialista y le ha dicho, “Alfonso, te tienes que sentar aquí, junto a Zapatero”. No creo que se hubiera marchado a ningún bar, como mi vecino, pues nunca ha sido Guerra amigo de vicios mundanos y del populacho, pero a algún concierto de música clásica o recital de poesía, seguro. Ahí lo tenéis, sentado, con las piernas abiertas, como mi vecino Matías, con una vieja chaqueta de rayas, que ya no se lleva ni en los mangos de los paraguas, y con un rictus en la boca de solemne aburrimiento. Estará pensando, “pero qué hago yo aquí, con toda esta gente mitinera, pudiendo estar escuchando a Mahler. Y todo por unas primarias. Hay que joderse. Cuando yo dirigía este partido, no había primarias ni leches, recordad, el que se movía no salía en la foto. ¡Ay, si yo fuera más joven! Se iban a enterar. Formaba yo una ejecutiva, como en los viejos tiempos, y al que no le gustara lo metía en un cineclub a ver en modo bucle “Muerte en Venecia”, hasta que se le pasara la tontería”.

Como en los cuadros de Velázquez, también es importante lo que no se ve en la foto. Lo que está frente a los retratados. Quizá en ese preciso instante estén escuchando a Estela Goichoetxea, la joven preparada que abrió el mitin, para no dar la impresión de que aquello era una vieja reunión de viejos socialistas de la vieja política. Susana llamó personalmente por teléfono a Goikoetxea, directora del Observatorio de Salud Pública del Gobierno de Cantabria, la semana pasada para pedirle que interviniera en su presentación. Su discurso se centró en los jóvenes preparados que, a pesar de su buen currículum, como el suyo, tienen que salir de España por la falta de perspectivas: “Hay miles de jóvenes en este país que están desesperados, indignados, porque a toda nuestra generación se nos prometió que si estudiábamos, que si nos formábamos, tendríamos el futuro asegurado y se nos engañó”. Lástima que al día siguiente se descubriera que su licenciatura en Biotecnología, de la que alardeaba en su currículum, no fuera tal, pues no la ha acabado. Pero bueno, sus palabras no dejan de ser verdad. Ella decía que los jóvenes si se forman, si estudian, tendrán un futuro asegurado. No dijo que aprobaran o titularan, sino que se formaran para asegurarse el futuro, por ejemplo entrando en las juventudes de un partido español, medrar, chaquetear, trepar y prosperar en el aparato. Como la propia Susana Díaz, miembro de las Juventudes Socialistas desde los 17 años y concejala de Sevilla desde los 25; o como Emiliano García-Page (otro apoyo de Susana), presidente de la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha, miembro también de las Juventudes antes de la mayoría de edad, concejal de Toledo con 19 años y teniente alcalde de la capital manchega con 23. ¿Quién ha dicho que los jóvenes españoles no tienen futuro? Tengo que decir que, en un gesto inaudito, la tal Estela Goicoetxea dimitió al día siguiente. Pero le seguiré la pista no vaya a ser que su futuro esté en Nueva York, como el de Leire Pagín, asesora de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) de la ONU, con un sueldo de más de 100.000 euros, sin contar gastos extraordinarios, dietas, billetes de avión, plan de pensiones, seguro médico privado y hasta 40 días de vacaciones remuneradas al año; o el de Bibiana Aído (la de los “miembros y miembras”), asesora de programas para la Región de las Américas y el Caribe en la ONU Mujeres, con otro sueldo cercano a los 150.000 euros anuales.

Y, ¿con qué canción ilustro yo todo esto? ¡Ya lo tengo!, con unos jóvenes verdaderamente preparados, que quizá nunca lleguen a Nueva York  a ninguna oficina de la ONU, aunque quizá el que canten en un idioma tan minoritario, pero hermoso, no les impida visitar Knitting Factory, la mítica sala de Manhattan algún día:

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

NOSTRA CULPA: Ahora lo entiendo todo, señor Cebrián

juan-luis-cebrian-felipe-gonzalez_914618556_1297716_1020x574Los católicos, cuando aún la misa se hacía en latín, como Dios mandaba, entonaban durante la oración del Confiteor el “Mea Culpa” para confesar sus pecados. En la letra de la canción Gloria, del último disco de León Benavente, titulado “2”, en un momento de ella se dice “ahora lo entiendo todo”. Yo también, yo también lo entiendo todo ahora y entono el mea culpa, que debería ser asumido por todos los que nos formamos en la Transición y convertirlo en un coro que entone la “nostra culpa”. En otro momento de la misma canción, León Benavente dicen “tengo la cara que me merezco, tengo el país que me merezco”. Pues de eso vengo a hablaros hoy. De eso y de las declaraciones de mi tan citado aquí Juan Luis Cebrián: “La izquierda actual no entiende lo que fue el franquismo… El franquismo no fue una junta militar, sino la mitad de España. La España profunda”. Fuera máscaras, se acabó la comedia. Como dice León Benavente, “ahora lo entiendo todo”. Ahora entiendo por qué tengo el país que me merezco.

En primer lugar, me gustaría tener cerca al señor Cebrián para que me explique, él que se sienta en el sillón “V” de la Real Academia de la Lengua Española, qué entiende con el término “España profunda”, que según él fue la esencia del franquismo. Puede referirse a la acepción 5ª (“Intenso, o muy vivo y eficaz”) y querernos indicar que el franquismo significaba lo más intenso y verdadero de España, pues lo contrapone a “junta militar”, que parece tener una connotación negativa; o puede que esté hablando de la acepción 10ª (“Dicho de una comunidad: Conservadora, tradicional, resistente a la influencia externa”). Con Cebrián nunca se sabe. Él estaba allí, dirigiendo TVE y en los periódicos del Régimen, así que quizá debamos quedarnos con la primera, pues no creo que él se considere un retrógrado, sino la “crême de la crême”. No en vano estudió en el Colegio del Pilar. Lo más del Madrid megapijo.

Y es que me pilla de nuevo Cebrián en mis clases de Historia de España en plena explicación de otro cambio de régimen: el producido el 14 de abril de 1931 con el advenimiento de la República. En aquella ocasión, no hubo transición. Al rey se le dio la patada, electoralmente, tras su derrota en las municipales producida dos días antes. No se esperó a que muriera tranquilamente en la cama. Los españoles, y españolas, de aquellos primeros años treinta decidieron dar por finalizada la farsa democrática de la Restauración y su epílogo dictatorial con Primo de Rivera, padre. Y se pusieron manos a la obra: reforma agraria, supresión de privilegios de la Iglesia, laicismo educativo, autonomías, voto femenino, reforma militar… Todo ello acabó en fracaso. Fracaso de las propias reformas, bien por mala aplicación, bien por la presión de las fuerzas antisistema (antisistema republicano, claro), bien porque los tiempos no estaban en Europa para ensayos democráticos. Ese es un largo debate, pero lo que sí ocurrió fue un intento por dar la vuelta a más de un siglo de falso liberalismo “a la española”.

Cuando llegó el 20 de noviembre de 1975, la lección estaba aprendida. Nos dijeron que era mejor que ellos condujeran la nave, que no hubiera excesos. Nada de laicismo, nada de reformas económicas anticapitalistas, nada de modificación de la estructura territorial del Estado (vía federalismo), nada de depuración militar, nada de supresión de los privilegios de la Iglesia. Por eso dice Cebrián que la actual izquierda no sabe lo que fue el franquismo. Él sí lo sabe. Él sabe que cuando llegó la muerte del dictador, quienes estaban bajo su paraguas, quienes habían mamado de su ubre, no iban a quedarse a “cuerpo gentil” o huérfanos del poder. Había que reinventarse.

Cuenta Gregorio Morán en su biografía sobre Adolfo Suárez (“Adolfo Suárez, ambición y destino”) que nada más producirse el nombramiento del abulense como presidente del gobierno, hubo una reunión de los más importantes banqueros españoles en un chalet del barrio de Salamanca para dilucidar qué derroteros podía tomar España tras la designación regia. Nada sabemos de lo que allí se habló, pero como aquella hubo otras reuniones semejantes: entre Suárez y Carrillo, entre Suárez y Felipe González… Ellos condujeron la Transición, nada de algaradas populares, nada de “excesos” como en 1931. Sí, hubo mucha manifestación al grito de “libertad, amnistía y estatuto de autonomía”, pero sólo sirvieron para amedrentar a los incautos y que los “conductores”, entre los que situaba el propio Cebrián, al mando de El País, tiraran de las cinchas y frenaran las ansias de “galopar” como decía Alberti y cantaba Paco Ibáñez.

Y nos creímos que estábamos haciendo algo grande. O nos dedicábamos a disfrutar de nuestra recién estrenada juventud y divertirnos a los acordes de La Movida. Sí, fue divertido y yo sigo tarareando muchas de aquellas canciones y me hacen vibrar. Pero reconozco que nos ocultaron gran parte de la verdad. Nos ocultaron que aquella música copiada de los estilos británicos (el punk, new wave, ska…) encerraba en su versión original un mensaje subversivo que aquí, nuestros modernos, no solo no quisieron imitar, sino que odiaban profundamente.

Siempre tuvimos indicios, ahora tenemos pruebas. Ahora sabemos que quienes creímos eran los adalides del progresismo, ocultaban su verdadero rostro: arribistas que por alcanzar una cuota de poder (nacional, autonómico, local, universitario, cultural…) eran capaces de mutar como el virus de la gripe cada otoño. Ahora entendemos que viejos, y nuevos, comunistas se transformaran en historiadores ultras, en profesores universitarios adalides del neoliberalismo, en políticos más conservadores que la Thatcher. Ahora entendemos por qué el íntimo amigo de Cebrián, Felipe González, ha pasado de propugnar la nacionalización de la banca a sentarse en el consejo de administración de una empresa privatizada, por qué se muestra tan preocupado por los opositores venezolanos y caya con las tropelías de los jeques árabes que azotan y encarcelan a los suyos.

Efectivamente, tiene razón el señor Cebrián. La izquierda actual no entiende lo que fue el franquismo. Las bondades que les produjo a ellos y toda su caterva de adláteres que se fueron pegando a sus faldones. Y todo con nuestra aquiescencia. Con la connivencia de varias generaciones. La que llegó madura a la Transición y no quería excesos, la que llegó joven y queríamos diversiones que antes no nos podíamos permitir, la que se crió con Ella y le dijeron, y creyó, que vivía en la Arcadia feliz.

Y llegó 2007 y con ella la crisis económica y la crisis política. Y llegó 2014 y las elecciones europeas de mayo que hicieron temblar las cimientos del Régimen. A ello se refiere Cebrián con la “izquierda actual”, pues la vieja él sabe que ya había quedado engullida por los resortes del sistema, por la corrupción que todo lo puede, por los sillones que otorgan pingües beneficios. Pero esa izquierda se ha creído que el cielo está al alcance de la mano, que sólo basta con sentarse en un plató de televisión, sacar unos miles de personas a la calle o hacerse unas risas con las parodias de “El Intermedio” para destruir lo que las huestes de “El Pilar” y sus compinches urdieron durante más de medio siglo.

Efectivamente, Cebrián no es ningún cazurro y sabe bien que todo comenzó en 1951, cuando Franco quiso dejar de dar la imagen de una junta militar a su gobierno y dio una mano de pintura a su gobierno para quedar bien a los ojos de los Estados Unidos, a los que procedió inmediatamente a lanzarse a sus brazos. A aquel gobierno llegaron el almirante opusdeista Carrero Blando (como Subsecretario de la Presidencia, algo así como un presidente del gobierno en la sombra), los nacionalcatólicos Ruiz-Giménez (que acabaría expulsado en 1956 por no reprimir las primeras protestas estudiantiles) y Alberto Martín-Artajo (que logró el ingreso de España en la ONU), y los tecnócratas Manuel Arburúa (ministro de Comercio) y Francisco Gómez de Llano (de Hacienda), que propugnaban la liberalización de la falangista economía española de posguerra. Y siguió vendiéndonos el franquismo que era el símbolo de la “España profunda”, la auténtica, hasta su muerte y más allá de ella.

Por todo ello, creo que esta nueva izquierda, como la llama Cebrián, son una panda de ilusos. Inocentes que se creen que por que logren aprobar Proposiciones No de Ley en las Cortes para que la Iglesia pague impuestos, para paralizar la LOMCE, para declarar a las mascotas como seres inembargables ya están haciendo la revolución. Muchas de esas medidas no tienen ninguna transcendencia práctica y otras son preciosos gestos que contentan electorados marginales.

Soy pesimista, diréis. Quizá no tanto. Quizá ya sólo me contente con pequeñas victorias cotidianas. Con que mis hijos ya no lean su panfleto, señor Cebrián. Con que no les importe lo que usted dice o piensa del franquismo. Con que reconozcan que es usted tan poco de fiar como siempre creímos que era su archienemigo PedroJ. Con que no les engañe su aspecto de progre de otra época, una que ellos ya no reconocen. Me siento aliviado por ello. Que logren un día que este país se parezca al que imaginan en sus sueños, ya lo dudo más. Quizá busquen infructuosamente la “Gloria”, como León Benavente, pero no seré yo el que les diga que lo hacen en vano. ¡Qué lo intenten, que demonios! Mientras lo hacen, al señor Cebrián y al señor González se les agría cada vez más el semblante.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

A DONALD TRUMP: Desde este lado del muro

trump-admite-equivocacion-sobre-dinero-entregado-a-iran-por-eeuuSoy consciente de que el destinatario de esta misiva no la leerá nunca, pero, ¿quién sabe? Quizá ese algoritmo matemático que tiene instalado Google y que controla qué, cómo y cuándo debemos leer una información le envíe a alguno de los asesores internáuticos de Donald Trump un informe de qué se cuenta en la red sobre él y Un Club Sin Socios se convierta en viral. ¡De ilusión también se vive! En realidad sólo se vive de ella a estas alturas del camino.

No es que desee amargarle la toma de posesión al que será el 45º presidente de los Estados Unidos a partir de mañana. Insisto, seguro que este mensaje nunca llegará a sus manos. Seguro que tampoco sirve para mucho, pero se queda uno descansando. Como escuché el otro día que decía el escritor italiano Erri de Luca, a veces uno escribe para no pegarse un tiro. Y en este caso está justificado, pues si las cosas se ponen como la llegada de Trump al poder nos anuncian, será para hacerlo, antes de que él nos lo pegue a nosotros.

Señor Trump, cada vez estoy más convencido de que debe usted construir ese muro en la frontera con México. Es más, creo que debe construirlo también en la frontera con Canadá. No para que no entremos ninguno de nosotros, los de este lado del muro, sino para que ninguno de sus “locos” votantes y usted mismo puedan salir de allí. Sugiero, por tanto, que construya una barrera de hormigón en el Atlántico y el Pacífico, para evitar la salida por mar, y que llene de baterías antiaéreas ambas costas por si un avión americano piensa en salir de esa tierra prometida que un día fueron los Estados Unidos.

Estoy seguro que un día fue al colegio, al instituto, incluso a la Universidad, bueno a una escuela de negocios de Pensilvania, que debe ser algo así como la FP en España, tampoco nos pongamos espléndidos con el sistema educativo americano, que es lo que es, un poco “tocomocho”. Seguro que allí tuvo clases de Historia de América (o sea, de los Estados Unidos), pero creo que debió estar bastante despistado y no se enteró de mucho. Creo que incluso ha olvidado la historia de su propia familia.

¿Por qué, explíqueme, qué sería de los Estados Unidos sin la llegada de inmigrantes? Un territorio poblado por infinidad de pueblos dedicados a la apacible vida campestre hasta que llegaron esos colonos malcarados y ávidos de riqueza. No estaría mal que leyera algo en su tiempo libre, seguro que se le pasa esa tontería de construir un muro para que no entre nadie. ¿Qué tal “Manituana” del colectivo italiano Wu Ming? Sí, los mismos de “Q”, aunque entonces se llamaran Luther Blissett. El subtítulo ya es sugerente: “Una historia del lado equivocado de la Historia”. Y es que es lo que tienen los muros. Que los construyes y ya no sabes cuál es el lado bueno de él. Recuerde usted quién construyó el muro más famoso de la Historia y dónde estábamos los buenos y dónde los malos. ¿O era al revés? Es lo que tiene la Historia, señor Trump, que tiene dos caras por mucho que siempre intentemos ver la mism. Como la luna.

Por si no se lo han contado o no se acuerda, Estados Unidos tenía menos de cuatro millones de habitantes en 1790, recién inaugurada su independencia. En 1870 había multiplicado por diez su población. ¿Es que los americanos criaban como conejos? No, pues además el puritanismo era la versión predominante del cristianismo entre la población blanca y sólo había que acostarse con la propia (follar, vamos) para procrear. Entre esas dos fechas unos ocho millones de inmigrantes llegaron a los Estados Unidos. Claro, seguro que dirá que no eran pordioseros mexicanos como ahora. Pues se equivoca. Eran pordioseros irlandeses, que huían de la famosa “crisis de la patata”, hambrientos alemanes expulsados por la industrialización del campo de los principados germanos, ingleses expulsados por la reconversión industrial de mediados del XIX y escandinavos y rusos de similar ralea. Y estos sí que criaban como conejos. Es lo que tiene ser pobre, aunque cristiano, que haces poco caso a tu pastor o al Papa y no se te ocurre otra cosa que hacer por la noche. Eso y que cuántos más hijos tengas, más sueldos entran en casa. Sobre todo si se permite el trabajo infantil como ocurría en aquella Arcadia feliz que eran los Estados Unidos del XIX. Y todo ello sin mencionar los cientos de miles de esclavos importados de África por los propietarios de plantaciones (futuros miembros del KKK).

Entre 1870 y la posguerra de la Segunda Guerra Mundial (1950), la población se multiplicó por cuatro, pasando a más de ciento cincuenta millones. Continuó el flujo irlandés y británico (inglés y escocés), pero ahora los protagonistas de la inmigración eran europeos del Mediterráneo (especialmente italianos) y Oriente (rusos, lituanos, polacos…). Otra vez no estamos hablando de diseñadores italianos, ajedrecistas rusos o modelos eslavas. Eran campesinos expulsados de su país por la industrialización. También se inició la llegada de asiáticos, especialmente chinos y japoneses. Como eran gente rara, “inasimilable” decía la Gentlemen’s Agreement (1908), el primer muro legal, se procuraba que vivieran apartados de la población wasp (White, Anglo-Saxon and Protestant). Ahí nacieron los guetos italianos, polacos o chinos.

No se crea usted, señor Trump que ha inventado algo nuevo con el muro antimexicano. Ya en esa época, como ya no eran necesarios como mano de obra barata para su floreciente industria, se comenzaron a aprobar leyes antiemigración, como la citada Gentlemen’s Agreement, específicamente contra japoneses, o la aprobada en 1917 por el Congreso para que no entrara en los Estados Unidos, cito textual, “personas que pudieran convertirse en una carga pública”. Mano de obra sí, pensionistas no.

Entre 1950 y 2010, la población estadounidense volvió a duplicarse. En esta época el protagonismo de la emigración recayó sobre la población latinoamericana. Otra vez se reprodujo el proceso: necesidad de mano de obra barata y salida de los países de origen debido a la pobreza extrema que en esos países situados al sur de frontera americana provocaban las propias empresas americanas.

Y es que será usted muy cristiano, seguro que mañana jura su cargo sobre una Biblia, seguro que pide una oración por los americanos caídos en “sus” guerras contra nosotros, los que vivimos al otro lado del muro. Pero quizá no sepa que la hipocresía es un pecado. Que no lo digo yo, que lo dice su Iglesia y su mentor Jesucristo: “Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. Nada hay encubierto que no haya de ser descubierto ni oculto que no haya de saberse. Porque cuanto dijisteis en la oscuridad, será oído a la luz, y lo que hablasteis al oído en las habitaciones privadas, será proclamado desde los terrados”. (Lucas 12, 1-3).

¿Porqué, vamos a ver, cuáles son sus orígenes familiares? Su madre, Mary Anne MacLeod, era una emigrante escocesa proveniente de las más que pobres islas Hébridas. Llegó a Estados Unidos como inmigrante (aunque cuando se enriqueció dijo que fue como turista) con 50$ en el bolsillo, teniendo que dedicarse a trabajos domésticos en sus primeros años. Su abuelo, Frederick Trump, era un emigrante alemán que llegó a Nueva York, en 1885 desde Kallstadt, aunque durante años dijo que era de origen sueco, ya que muchos de los primeros inquilinos de su incipiente negocio de alquiler de viviendas eran judíos y no eran buenos momentos para ser alemán en Estados Unidos.

Así que, ¿ahora quiere usted construir un muro y que lo paguen los inmigrantes? Pues podían haberlo construido los amerindios en el siglo XVIII y que no hubieran entrado esos WASP. ¿Se imagina dónde estaría usted? ¿A lo mejor ni estaría? Es “la otra cara de la Historia”, que dicen Wu Ming.

Y, claro, nosotros no podremos entrar, pero, y ustedes, ¿podrán salir? Pues mejor no. Mejor se quedan ahí, pues cada vez que se les ocurre salir la “lían parda”. ¿Quiere que le recuerde cuantas veces han salido con sus aviones y barcos de guerra a invadir países? Sólo en Latinoamerica, el propio Congreso de los Estados Unidos contabiliza veintiséis. Ah, claro, que venían a traer la democracia. ¿Pinochet? Hipocresía, que le repito que eso se llama hipocresía.

Pues tenga cuidado, ya hace muchos años uno de nuestros bardos proféticos más abyectos, pendencieros, camorristas y cachondos cantó lo que les podría pasar a los Estados Unidos si se empeñan en cabrear a los pobres espaldas mojadas:

Ya, ya, que hipócritas hay en todas partes. No se lo niego. Esta semana, sin ir más lejos, aquí, a este lado del muro, al otro lado del Atlántico, en este trozo de la vieja Europa que se llama España, hemos tenido un buen ejemplo. El rey Felipe VI ha decidido visitar a uno de sus mejores amigos, el rey de Arabia Saudí Salmán bin Abdulaziz. Es un amigo de la familia. Su padre le tiene entre los íntimos: le visita en Mallorca en verano y le pagó el famoso viaje a Botsuana con su querida Corina. Y se preocupa por españoles en apuros inmobiliarios: compró al expresidente Felipe González su casa a medio hacer en Tánger por 2,5 millones de euros. Y es que Arabia Saudí es un gran país: 2.208 decapitaciones, la mayoría en público desde 1985, algunas por delitos como apostasía, brujería o adulterio; inexistente libertad de expresión; derechos para las mujeres o los homosexuales que son considerados delincuentes y castigados con pena de latigazos. Todo muy moderno, democrático y avanzado. Nada que ver con esa dictadura abyecta que es Venezuela.

De hecho, El País no le ha dedicado ni un solo editorial a la visita del rey Felipe VI a Arabia Saudí. Todo lo contrario, el día 15, cuando ya estaba el rey allí, su editorial (“Enroque venezolano”) se lo dedicó a ese terrible gobierno que es el de Venezuela y no a Arabia Saudí. Tampoco creo que entre los planes de Albert Rivera esté marchar a ese país árabe a abrazar al bloguero Raif Badawi, condenado a diez años de prisión y 600 latigazos. El rey tampoco ha tratado el tema de los derechos humanos en Arabia Saudí. El amigo de papá no se puede enfadar, sino no le hubiera regalado esa tan alta distinción. El País dice que esto es Realpolitik. Lo de reclamar todos los días democracia en Venezuela un acto de justicia. ¡La hipocresía es un pecado tan extendido!

Y es que en Arabia Saudí son ricos. No se les puede llamar “moros” sino “árabes”. Ya lo decía el excelente libro “El florido pensil” de Andrés Sopeña. En la historia de España cuando nos invaden les llamamos “moros”, cuando construyen la Alhambra son “árabes”. Son ricos y “compran cosas” como diría nuestro presidente Rajoy. Cosas como infraestructuras y armas. Bueno, armas no, los diarios españoles les llaman material de Defensa. Por cierto, la ministra del ramo no ha ido en la visita oficial, ¿será porque es mujer? No, seguro que no. En Arabia Saudí todos sabemos que las mujeres son… nada, no son nada más que procreadoras. Y el rey se ha rodeado de lo más preclaro de nuestro empresariado: hasta veintidós empresas se encontraban entre el séquito de Felipe VI. Organizaciones por los derechos humanos, ninguna. Hay que ir a ese país a invertir lo que aquí no invertimos para eliminar el paro, y molestar lo menos posible.

Así que Donald, tampoco te agobies mucho con las críticas, que en “todos sitios cuecen habas”, que decía mi abuela. Y para acabar te dedico una canción para que veas que esto del mestizaje no es tan malo, puede crear cosas tan interesantes como esta canción del anglo-irlandés Morrissey transformada en un corrido mexicano, ¡que lo disfrutes! ¡Viva México! Y mueran todos los hipócritas:

 

Publicado en Uncategorized | 1 Comentario

2016: Au revoir, ciao, in memoriam

descargaEn estos días no hay web que se precie que no haga un resumen del año que hoy se acaba. Llevo días en la contradicción, una más en mi vida, de hacer la mía propia en esta que abrí hace tiempo, cuando comencé a dejar de tener otros lugares en los que contar todo lo que por mi mente y mi mundo sucede. La gran contradicción consiste en dejarlo estar, no escribir con el corazón lleno de lágrimas, guardarlo todo para mí, como mi gran amiga, que tanto ha paseado por estas páginas, de forma a veces corpórea y a veces etérea, dice, o pasar a la acción, derramar letras, espacios, signos de puntuación por una página en blanco que después es un mensaje a quienes no debéis tener mucho que hacer para entreteneros y convertirlo en parte de vosotros.

Hace unos días otra gran amiga, ausente en el día a día, pero próxima en el pensamiento, escribía algo un su blog que me animó a convertir algunos de los pensamientos que me asaltan estos días en palabras, para ver si se convierten en luz. “La necesidad de la palabra. La urgencia de la escritura. La vida necesita de la palabra. La vida es palabra, y la palabra es luz. Escribir para descubrirme, ante una misma y ante el mundo. Palabras para decirme ante los demás, para nombrarme una misma con lo que soy como ser diferenciado de una realidad aparentemente dada, una realidad ajena hasta que no me muestro. Escribir, nombrar, para inscribirme, como tatuaje en la piel del mundo”. Esas son sus hermosas palabras. Esa la luz que me ha llevado a sentarme hoy, a pocas horas de que concluya 2016, a hacer lo que ahora hago y para lo que no sabía si tendría fuerzas.

Cuando tu mundo más cercano deja de ser el mismo ante la pérdida de personas muy cercanas, es difícil hacer balance de un año que se ha llevado a una parte de ti. Ya comparé la vida con unos pantalones a los que se les han roto los bolsillos y vamos perdiendo poco a poco las cosas que más queremos. Y nunca somos ya los mismos. Habrá cosas que ya dejarán de tener el significado que tenían. Aquí van dos que han sido comentadas por mí y que estarán siempre marcadas por su ausencia:

Y cuando escuche una canción como ésta, otra ausencia de 2016 vendrá a mi mente:

Hecho esto, cumplido con mis ausencias, que han marcado 2016, repaso parte de lo vivido en este año que se acaba. Todo el mundo dice que ha sido un año de grandes pérdidas, lo de grandes será por su valor mediático, pues no hay pérdida más grande que la que te arranca un trozo de tu mundo. Pero cierto es que el mundo de uno mismo son también las referencias a ese envoltorio cultural e intelectual que nos creamos desde que tenemos uso de razón. Entre las que forman parte del mío, he sentido profundamente las de Leonard Cohen, con quien intenté aprender inglés allá por mi adolescencia, la de Umberto Eco, que me proporcionó horas de placer lector, la de Dario Fo, que me descubrió un teatro combativo y la de Muhammad Alí, al que usé en tantas clases como ejemplo de lucha y no hablo del ring.

Todas esas páginas que hacen recuentos del año que se acaba, también suelen recopilar lo mejor del año. Yo quiero dejar aquí el mío, quizá para que un día pueda alguien, en mi desmemoria, recitarme todo lo que un día fui. O simplemente porque en algo tiene uno que consumir las últimas horas del año.

No fue un referente musical para mí, pero quizá uno de los mejores discos que escuché este año fue el último de David Bowie, “Blackstar”, que, además de su atractivo musical, ofrece una visión de la muerte, de la propia muerte, que no me ha quedado más remedio que compartir este año. El vídeo de “Lazarus” no me es posible visionarlo ahora, es demasiado impactante para mis emociones actuales, así que tendréis que conformaros con escuchar esta preciosa “I can’t give everythig away”:

En la escena hispana, dos discos he escuchado hasta la saciedad. El segundo LP de León Benavente, titulado “Dos” y el grabado por un grupo de mexicanos amantes, como yo, de la música de The Smiths y Morrissey, que han titulado “Mexrrissey”, que han hecho versiones tan emotivas como esta “Estuvo bien” del clásico “Suedehead”, cuya letra tan próxima me era ya en su original inglés.

Como ya es sabido por los que leéis con frecuencia este rincón de mi vida, en literatura no suelo estar demasiado al día, aunque intento cada vez leer cosas de más actualidad, gracias a las recomendaciones de mis amigos, entre los que cuento grandes y buenos lectores. Por cierto, este año recuperé a uno perdido hace veinte años y que ahora vuelve de su exilio interior. Por ello, mis mejores libros de 2016 no están escritos este año, pero yo los leí en él. Indescriptible, aunque lo intenté, el impacto que me produjo “Crematorio” de Rafael Chirbes. En él se unen mis sentimientos más tristes, pues ya nunca podré compartir la lectura de “En la orilla”, con quien me la aconsejó, o no podrá leer, “La batalla de Madrid”, la cual compré pensando en que un día la leyera.

En el mundo del cine, poco me ha impactado en este año, aunque por la cercanía a mis recuerdos de adolescencia y a la España que con frecuencia gloso aquí, quizá “Cien años de perdón” es la que más huella me ha dejado.

Y poco más. Poco más, pues cada vez estoy más atado a recuerdos lejanos y no a los más cercanos como los de este año. Por ello veo películas antiguas, series antiguas, libros antiguos, discos antiguos y amigos antiguos.

Y para finalizar la canción que quizá más haya escuchado este año, aunque sea de 2014. No os perdáis el final, aunque sepáis poco inglés, y comprenderéis la razón por la que ha llegado a enamorarme de esta canción.

 

Publicado en Uncategorized | 2 comentarios

DÍA DE LA CONSTITUCIÓN (Lección 3): Teatro, puro teatro

MADRID 06/12/2016 Política. Recepción día de la Constitución. FOTO de AGUSTIN CATALAN

MADRID 06/12/2016 Política. Recepción día de la Constitución.
FOTO de AGUSTIN CATALAN

De nuevo me pilla metido en faena otra celebración cívica en España. Mientras se celebran los fastos anuales del aniversario de la Constitución española de 1978, tengo a mis alumnos que explicarles el inicio de la Restauración y la Constitución de 1876. Comienza mal el día, pues no se me ocurre otra cosa que poner la radio y oír como un periodista se dedica a estropearme el principio de mi lección del día. Dice que debemos amar la Constitución de 1978 porque, entre otras cosas, por algo será la más longeva de la Historia de España. ¡Pues no tenía yo previsto decirles esto mismo de la de 1876! ¡Cómo me van a creer ahora mis alumnos, que a la mínima están pendientes de si uno comete un error! Ya les puedo sacar las cuentas: de 1876 a 1923 van 47 años y de 1978 a 2016 van 38. Seguro que soy menos creíble que las matemáticas y, por supuesto, que ese periodista que pontifica desde su tribuna radiofónica. Y, lo peor, si pudiera desdecir al susodicho periodista, seguro que encuentra algún argumento para no decir que se ha equivocado y que está en un error. En este país, como decía mi abuela, nadie “se baja del burro”, algunos ni aunque les empujes. Seguro que dirá que yo no tengo en cuenta que… o que él se refiere a… o que hay que tener en consideración que… El caso es no decir “lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir”. ¡Pero si hasta el venerado rey constitucional Juan Carlos I lo dijo! Pero, ¡qué os cuesta! Pero nada, aquí no se desdice un periodista o político (a estos los entiendo, pues su oficio consiste en la defensa a ultranza de las posiciones actuales, aunque sean contrapuestas a las de días atrás) ni con las matemáticas.

Se han mencionado con frecuencia los parecidos entre aquella Restauración borbónica (1875) y ésta otra restauración borbónica (1975), con lo que llevamos tres, si contamos la primera producida en 1814, tras la ocupación francesa, con el retorno de Fernando VII, con lo que deberían plantearse los republicanos que aún les queda cuerda a los borbones, pues parecen tener siete vidas como los gatos. A una restauración borbónica cada cien años aproximadamente, aún quedarían unos cuatrocientos años de dinastía. En ambas restauraciones (la de 1875 y la de 1975) se aprobó una longeva Constitución, se instauró un bipartidismo basado en un sistema electoral acorde con él (el “pucherazo” y la Ley d’Hondt, respectivamente), la periferia (léase Cataluña y País Vasco) comenzó a pensar en abandonar el barco, el poder económico era el que realmente controlaba el sistema (entonces los caciques y ahora, dicen, el IBEX35), tras las crisis no paraba de hablarse de “regeneracionismo”, mientras la gente estaba más preocupada por quién era mejor si Joselito o Belmonte entonces y ahora por saber si lo es Messi o Cristiano.

Dejando de lado semejanzas constitucionales o institucionales, lo que me ha llamado la atención estos días de fastos son las posiciones de unos y de otros ante el evento. ¡Tan diferentes de aquellas de hace un siglo! Entonces la política se cocinaba en privado, como mi abuela hacía el puchero. No le gustaba que nosotros, especialmente los elementos masculinos de la casa (mi abuelo, mi padre y yo mismo) nos metiéramos a “cocinicas” y entráramos a preguntar qué estaba haciendo, qué le había echado o cuánto le quedaba. Y menos aún, levantar la tapa del puchero o hacer alguna observación sobre cocción o posibles alternativas culinarias. Aquello era cosa de mi abuela y nadie tenía derecho a intervenir. Luego nos lo comíamos y comentábamos lo bueno que estaba. Lo cual siempre era cierto, todo sea dicho. Ahora la política es todo espectáculo. Como la cocina. Todo es público, como esos cocineros que te guisan sus estrambóticos platos delante de ti. ¿No habéis visto esas cocinas acristaladas en las que desde las mesas o la barra se ve al cocinero en plena faena? Hay incluso platos que el cocinero elabora delante de ti: allí flambea un postre, lanza hidrógeno sobre una reducción de cualquier excentricidad o te deja la carne cruda para que tú te la hagas a la piedra. O seguro que habéis tenido ocasión de escuchar como el “maître” os describe el plato con pelos (¡esperemos que no!) y señales: “Huevo con temblor de tierra: huevo cocido a baja temperatura con trufa, hongos y bolitas de plata que simulan la tierra que se mueve sobre la textura “de gelatina” del huevo”.

Alguno dirá que es mejor así. Saber lo que uno se come. Que la política sea pública y transparente. Quizá. Pero la verdad, no sé qué elegir. Si ver lo que me cocinan y cómo lo hacen, como engañan los sabores con texturas y reducciones o abrir el puchero y comerme lo que me pongan. Que el político se oculte en su cubículo y me haga un “buen guiso” o que esté todo el día de tertulia en tertulia, de radio amiga en radio amiga, de periódico fiel en periódico fiel, haciendo política espectáculo y después el “guiso” quede muy aparente, pero indigerible.

En estos días de fastos constitucionales hemos tenido buena ración de ello. Los unos, los constitucionalistas, pregonando las bondades de la Constitución de 1978. Que si el consenso, que si es la que nos dimos todos los españoles, que si un nuevo proceso constitucional acabaría poco menos que en guerra civil. Es curioso que este argumento lo defienda, a capa y espada, un partido (el PP), fundado sobre las cenizas de AP, que durante la votación de la Constitución en el Congreso en octubre de 1978 dio libertad de voto a sus 16 diputados, votando sólo ocho a favor, con cinco votos en contra y tres abstenciones. Además, el refundador del partido en 1989 con su actual denominación, José María Aznar, decía en mayo de 1979, una vez aprobada ya por referéndum, que “vientos de revancha son los que parecen traer algunos ayuntamientos. Las calles dedicadas a Franco y a José Antonio lo estarán a partir de ahora a la Constitución”. Ahora siguen sin desear que se eliminen las calles dedicadas a franquistas y falangistas, pero se han hecho “constitucionales de toda la vida”. Y se les ve en tertulias diversas machacando a quienes osan decir que la Constitución necesita un “apaño”.

Pero el espectáculo va por barrios. Los líderes de Podemos se ponen bravos con la Constitución a la que acusan de todos los males del mundo. A poco debió ser la culpable de la muerte de JFK o de Malcom X, que les pilla más próximo intelectualmente. Se niegan a acudir a los fastos de la Constitución, como esos niños desobedientes que no querían ir a ver al abuelo enfermo (¡vaya, qué bien me ha quedado el símil!): “es que huele mal, es que me da cachetes, es que no se le entiende cuando habla, es que no se acuerda de mí”. Sin embargo, se enfadan en Podemos porque a los diputados que han enviado en lugar de sus líderes mediáticos (Iglesias y Errejón) no les dejan entrar en la sala VIP. ¿En qué quedamos, hay que ir a ver al abuelo o no hay que ir? Claro, Zipi y Zape no quieren ir porque están con el twitter debatiendo sobre desarrollo estratégico de la consideración puntual de aplicar una especial retrospectiva al análisis de la superestructura habitacional. O sea, como los platos de los restaurantes finos y caros, que no sabes si comes carne o pescado.

Y en la periferia también nos dan una buena dosis de política espectáculo. En más de 300 ayuntamientos de Cataluña deciden ir a trabajar el 6 de diciembre porque no se sienten identificados con la Constitución de 1978. ¡Si al final va a ser verdad que los catalanes son diferentes! ¡Ir a trabajar un día de fiesta! Eso sí que no es nada “español”. Pero la excusa sí que es buena: no se sienten identificados con lo que se celebra. Supongo que los de la CUP, ateos todos ellos (supongo) también irán a trabajar el día 8 de diciembre que es el día de la Purísima Concepción.  Y el día 6 de enero que es la Epifanía del Señor, y Viernes Santo (bueno, éste a lo mejor sí en 2017, ya que cae el 14 de abril), y el 15 de agosto, Día de la Ascensión de la Virgen. Puro espectáculo, “teatro, puro teatro” como cantaba La Lupe.

Por su parte, los socialistas no se sabe muy bien a qué carta juegan. En privado los oyes decir que si hay que reformar esto y aquello, que si la Constitución debe eliminar el tratamiento dispar de la religión católica, que si hay que poner en práctica su política social (vivienda digna, incluida), todo muy progre, muy “ochentero”, de cuando ganaban las elecciones. Pero en público se suman al coro de “constitucionalistas” de pro. Quizá en una futura votación de reforma de la Constitución le pidan a Antonio Hernando que salga al estrado y haga otra pirueta dialéctica y justifique la abstención que significará un NO a la reforma y un SÍ al cambio constitucional.

Los nuevos “regeneracionistas” de Ciudadanos, que tanto recuerdan a aquellos de principios del siglo XX, con sus líderes provenientes de escisiones varias y de restos de naufragios políticos, se han apuntado a la reforma constitucional, pero sólo de aquello que mejoren sus expectativas electorales. Nada de federalismos que rompan España o de consultas sobre la forma de Estado (monarquía o república). Para ello llevan a los platós televisivos a sus huestes más “guays” y “guapetonas”: Arrimadas, Rivera, Cantó. Dan un buen primer plano. Lo dicho, como esos platos que da gusto verlos salir de la cocina, pero que no tienen gusto a nada.

Mientras tanto, Marhuenda e Inda harán subir las audiencias poniendo a parir a todo el espectro político, a excepción de Rajoy, que les subvenciona sus tan “leídos” periódicos, y Wyoming hará unas gracietas en La Sexta, mientras Planeta se hace más y más poderoso.

Lo dicho, todo “teatro, puro teatro”:

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

LECCIONES DE HISTORIA (2): La trampa de la victoria de Trump

20734761216_5b331d16e9_bMucho se ha escrito estos días sobre la victoria de Trump en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos. Poco original puedo aportar a lo que tertulianos, analistas y periodistas más o menos informados han expuesto. Por cierto, si queréis análisis que se sitúan más allá de los lugares comunes que hemos oído, os aconsejo la serie de artículos de una de mis nuevas páginas de referencia en cuanto al análisis de la actualidad, y que le debo, como tantas cosas, a mi amigo Joan. Se trata de la página Contextos, que ha realizado un especial sobre el triunfo de Trump. De todas formas, me he sentado a juntar unas ideas que me recorren desde aquel miércoles por la cabeza por si a alguno de mis aún seguidores les apetece escucharlas. No son muy positivas, lo advierto, por lo que si lo queréis dejar aquí estáis en vuestro derecho.

Lo primero que a todos nos produjo aquella noticia en la mañana del miércoles 9 de noviembre es un sentimiento de incredulidad. Aunque algunos lo habíamos vaticinado en tertulias de café, en el fondo pensábamos que el establishment se haría con las riendas del asunto. Más tarde hubo palabras de enfado contra el electorado americano que había cometido semejante “locura”. Después siguieron palabras de apaciguamiento, pues no creen muchos que las “sandeces” que ha expuesto Trump en campaña sea capaz de ponerlas en práctica, bien por irrealizables, bien porque dicho establishment no le dejará. Luego vinieron las comparaciones con el Brexit, la subida de la ultraderecha en Europa (y el temor a que se amplíe en las próximas elecciones francesas o alemanas) e, incluso, la victoria del corrupto PP en España.

Desde mis conocimientos de la historia americana y desde el análisis de quien no deja, en parte, de formar parte de ese establishment (en mi condición de intelectual, lo quiera uno o no), contra el que parece que se rebela el electorado, creo que se debe poner en su justo término algunos de estos comentarios.

En primer lugar, debemos tener en cuenta el peculiar sistema electoral americano. No únicamente en cuanto a su técnica (el que se asignen todos los votos electorales de un estado aunque ganes por un solo voto), pues si la elección se hubiera hecho de forma directa hubiera ganado Hilary Clinton (según el último recuento por el 0,2% de los votos), sino por como conciben la propia elección. Recordemos que para poder votar es necesario, en la mayoría de los estados, desplazarse a la oficina electoral e inscribirse en el censo; además de que la votación se realiza en un día laborable y, tal y como funciona el tejido empresarial americano, dudo que el tiempo perdido en la votación sea sufragado por la empresa o el Estado. Por lo tanto, cuidado con “fliparse” con análisis del estilo de “la clase trabajadora, desesperada, ha votado a Trump”, pues habría de preguntarse cuánta de dicha clase trabajadora se ha molestado en ir al censo y después en ir a votar. ¿Cuántos españoles dejarían de ir a la oficina censal para poder ejercer su derecho al voto? Daos una vuelta por las terrazas, los centros comerciales o las paradas de autobús y contestad. Recordemos que la participación no ha llegado al 57%, aunque ha subido dos puntos respecto a la de 2012 y ha sido casi semejante a la de 2008, con el ciclón Obama en pleno desarrollo. Además, cuidado con sospechar que el electorado americano es más “estúpido” que el europeo.

Yo también pensé como Iñaqui Gabilondo que este resultado suponía, como dijo hace casi cien años Ortega y Gasset, “la rebelión de las masas”. Pero ya no estoy tan seguro. ¿De qué masas hablamos? ¿Nuevamente de esos “incultos” trabajadores de fábricas casi desmanteladas por la globalización o “pueblerinos” granjeros que se dedican a mascar tabaco en las mecedoras de los porches del Medio Oeste? Para contestar a dichas preguntas deberíamos echar un vistazo al mapa de los resultados electorales y a sus cifras, pues quizá todo sea más sencillo.

electoralcollege2012-svg

electoralcollege2016-svg

Si nos fijamos en los mapas que comparan las elecciones de 2012, ganadas por Obama, y las de 2016, observamos cuánto se parecen ambos mapas, ya que el electorado americano es sumamente fiel a su partido, casi como a su Alma Mater universitaria a la que siguen en sus partidos de basket o beisbol como aquí al Barça o al Madrid, y no se cambian de equipo aunque lo dirija un inútil o fichen a un “tuercebotas”. Allí, demócratas y republicanos votan a su partido casi “religiosamente”, aunque se presente “un negro” o “una mujer” o un “loco”. Vamos, como aquí dicen que lo hacen los votantes del PP (o del PSOE en Andalucía, no se me enfade nadie).

En 2012, Obama ganó en 26 estados, mientras en 2016 Clinton ha ganado en 20, pero estos son los mismos en los que ganó Obama. Por su parte, la victoria de Trump se ha fundamentado no en una derrota total de Clinton, que es lo que parece que nos publicitan los medios de comunicación. Lo que ha ocurrido es que le ha “robado” seis estados respecto a las elecciones de 2012 a los demócratas. Y estos se sitúan en una zona muy concreta, además de Florida, el área de los Grandes Lagos: Iowa, Wisconsin, Michigan, Ohio, Pensilvania. En muchos casos, la victoria de Trump ha sido “por los pelos” en muchos de dichos estados. En Michigan, estado que todo el mundo pone como ejemplo de ese voto “obrero desindustrializado” a Trump, sólo ha ganado por 12.000 votos. En Florida, otro ejemplo, en este caso del voto del “jubilado blanco”, Trump se ha llevado los 29 votos electorales por 120.000 votos (un 1.15%). Sólo con esos dos estados, a Hilary le hubieran faltado tres más para ser elegida presidenta. Por lo tanto, no nos “flipemos” tanto, como decía, con la victoria de Trump. Seguramente, cualquier otro candidato republicano, hubiera derrotado a la Clinton y por mayor margen de voto popular y de votos electorales.

No olvidemos que Trump ha perdido el 1,1% del electorado total republicano respecto al candidato de 2012, Mitt Romney, unos 700.00 votos. El problema es que Hilary Clinton ha perdido el 7,7% del electorado demócrata, es decir cinco millones de votos. Ahí ha estado la clave de la derrota demócrata: en su candidata. Mientras la fiereza de Trump ha permitido mantener casi todo el electorado republicano, la tibieza de Hilary, su convencimiento de que “nadie” iba a votar a un “loco” como Trump, y la connivencia del establishment (los grandes medios de comunicación, fundamentalmente) alejaron al tradicional electorado demócrata. Hemos oído en diversos foros que Hilary representaba el “pijismo” intelectual que muchos odian en Estados Unidos y en la propia Europa, España sin ir más lejos. ¿Cuánto votante del PP no se ha mofado de las camisas blancas impolutas de Pedro Sánchez o de esos intelectuales podemitas de la Complutense?

Por último, no debemos olvidar el mensaje de Trump, que no es tan “estúpido” como hemos querido interpretar. Además debe explicarse en clave americana, aunque, en cierta manera, ya ha llegado a esa Europa que creíamos vivía en el Olimpo de la diversidad, la interculturalidad y la “alta cultura”. Ese eslogan tan repetido por Trump de “América Primero” es bastante antiguo en la política americana. Es la denominada cultura del “aislacionismo”, que se hunde en el mismo nacimiento de los Estados Unidos. El propio Thomas Paine o George Washington ya mostraron sus deseos de no intervenir en la política europea: “Europa tiene unos intereses prioritarios, de los cuales nosotros no compartimos ninguno, o muy pocos. Los europeos están sumidos en controversias frecuentes, las causas de las cuales son esencialmente ajenas a nuestras preocupaciones. Por lo tanto, es una imprudencia para nosotros implicarnos de forma artificial en los entresijos de su política, o en las alianzas y las rupturas entre ellos”, dijo este último en su discurso de despedida de su mandato presidencial.

Desde entonces el aislacionismo está fuertemente arraigado en la cultura del americano medio. Fuera de Estados Unidos se distribuye un mundo que sólo debe servir a sus intereses, pero al que consideran ajeno. Tampoco desde Europa hemos ayudado mucho, pues hemos considerado al americano medio como un ser paleto y sin cultura, rico, pero ignorante. En infinidad de análisis de estos días se insiste en tildar de “paleto” al votante de Trump. Recordemos que esa América amante de la libertad y la democracia se mantuvo al margen de ambas guerras mundiales del siglo XX hasta que sus intereses se vieron amenazados y eso que en ambas ocasiones gobernaban presidentes demócratas, menos proclives al aislacionismo (Wilson y Roosevelt). La política aislacionista americana cambió a partir de 1947 con la llegada de la Guerra Fría. Estados Unidos dijo convertirse en el gendarme de la democracia y la libertad y se embarcó en todos los conflictos en los que decía que el comunismo las amenazaba: Corea, Vietnam, Sudamérica… Pero ahora ya no hay Guerra Fría, ya no hay que “vender” una América garante de la democracia y la libertad, ahora toca replegarse sobre sí mismos y dejar que los europeos se busquen la vida con sus problemas. Que no son pocos, por cierto.

En realidad, como se ha señalado en diversos lugares, pero sin insistir demasiado por el peligro de contagio que genera, el triunfo de Trump es el triunfo de la antiglobalización, de quienes están en contra de un mundo diverso, de quienes se miran el ombligo nacional para “cerrar filas” ante lo extraño. Es un tipo de nacionalismo que ha dejado de parecerse al que surgió en el siglo XIX y buscaba la identificación de Estado con Nación. Lo que ahora está de moda es la potenciación de lo propio frente a lo ajeno. Al tratarse de un sentimiento mucho más primario que el “nacionalismo” político del siglo XIX es mucho más fácil de arraigar en diversas capas sociales (transversalidad, se llama ahora). Es la defensa de la tortilla de patatas frente al “cous-cous”, es la defensa de los toros, que acaba de ratificar el Tribunal Supremo, es la defensa del Ford frente al Hyundai, en el caso americano, la defensa de la Sachertorte, en el caso austríaco, y así hasta la saciedad. Ese mensaje cala hondo en cualquier ciudadano, sea trabajador mal asalariado, profesor universitario, taxista autónomo, escritor de novelas policiacas o granjero del Medio Oeste o de la Vega Baja. Ese es parte del discurso de Trump que ha triunfado: no quiere una América llena de coches coreanos, de restaurantes mexicanos, de tiendas de chinos. La política internacional pasa a segundo orden. Ha llegado a amenazar con la salida de Estados Unidos de la OTAN, que ellos crearon en 1949 para evitar la extensión del comunismo. Exactamente lo mismo hizo el aislacionista Woodrow Wilson en 1919 cuando se creó, a su instancia, la Sociedad de Naciones, antesala de lo que fue la ONU. Una vez instituida, Estados Unidos no se integró en la SDN, pues el Senado americano consideraba que Europa debía solucionar ella misma sus problemas, cosa que hizo como sabemos haciendo estallar Hitler la Segunda Guerra Mundial.

Por tanto, ni todos los americanos están tan “locos” como parece con la victoria, por los pelos, de Trump, ni nosotros lo estamos menos que ellos, ni estamos vacunados contra un mundo que ha decidido encerrarse en sí mismo por miedo al “otro”.

Si queréis pasar un buen rato conociendo los entresijos de las ideas aislacionistas en Estados Unidos y esta oleada de ideología “nacional”, podéis leer la magnífica novela de Philip Roth “La conjura contra América”, que se basa en la idea contrafactual (que pudo ocurrir si…) de que Roosevelt hubiera perdido las elecciones contra Charles Lindbergh, el famoso aviador americano admirador de Hitler, en 1940. La novela parte de un hecho real y es la idea de algunos senadores de que Lindbergh se presentara a las primarias del partido demócrata, pues el aviador se había convertido en el portavoz del America First Committee (Comité de América Primero, término usado también por Trump en la campaña). No deseo haceros spoiler, pero la novela, que se centra en la vida de la familia Roth durante el supuesto mandato de Lindbergh, es un buen ejemplo de lo que puede ocurrir con Trump y cómo puede reaccionar la sociedad americana ante sus políticas.

P.D. musical. Por si todavía está por aquí una de mis amigas lectoras a la que le gusta que acabe con una canción mis escritos, qué mejor que acabar con una canción que nos recuerda a quienes lucharon por la libertad hace tanto tiempo, cuando la gente, y los americanos también, pensaban que pertenecíamos a un mismo mundo, con problemas semejantes. A ella y a Leonard Cohen, con quien comencé a aprender el poco inglés que se.

Publicado en Uncategorized | 2 comentarios

ASESINATO EN EL COMITÉ FEDERAL (Lecciones de Historia 1): La defección del progresismo comenzó en 1837

el-liberalismo-conservadorEn diversos blogs se ha puesto de moda la aparición de series de entradas sobre temas de una forma u otra relacionados. Tienen por costumbre numerarse para que el lector no pierda la referencia de que está leyendo una serie que pertenece a un mismo tema. Creo que me voy a apuntar a la moda. Ya he utilizado este blog para comentarios históricos sobre la política actual, pero ahora lo haré de una forma más habitual. Supongo que tendrá que ver con el deseo de compartir ideas y pensamientos ya que cada vez tengo menos ocasión de hacerlo “en vivo y en directo”, como se decía en los primeros tiempos de la televisión.

Y es que a un historiador nos cuesta ver la realidad sin el filtro de nuestros conocimientos del pasado, lo cual no siempre es grato, pues acaba provocándote un sentimiento de hartazgo al observar cómo no aprendemos de lo ocurrido.

Estaba estos días impartiendo el tema de la Regencia de Mª Cristina, esposa de Fernando VII, y la implantación del liberalismo en España y no he podido dejar de relacionarlo con lo que sucede en España en estos días.

Haré primero un resumen apresurado de la situación para los menos avezados en la Historia de España. El final del Antiguo Régimen (feudalismo, Inquisición, señoríos, gremios, privilegios de la nobleza y el clero, etc) no acababa de producirse aunque ya estábamos bien entrados en el siglo XIX. El liberalismo, que pretendía abolir este Antiguo Régimen, había ingresado en la península a través de los invasores franceses en 1808, pero España se había revelado contra ellos el famoso 2 de mayo. En realidad, lo que se formó es un gobierno (la Junta Suprema Central) en Cádiz que pretendía implantar el liberalismo, pero a su manera. De ahí nació la Constitución de Cádiz en 1812, un modelo para el liberalismo europeo y americano de la época ya que instauraba la soberanía nacional entre otras cosas. Limitaba los poderes de la monarquía, aunque aún eran amplios, dotaba de igualdad a todos los ciudadanos y establecía la división de poderes y el sufragio universal (aunque sólo masculino). Lo único que no tocaba era la religión: España se mantenía católica “perpetuamente”.

Tras la derrota de los franceses, estos liberales propusieron a Fernando VII, instituido como nuevo rey, que firmara la Constitución de Cádiz, pero se negó, aceptando en 1814, en cambio, un documento (“El Manifiesto de los Persas”) que habían elaborado los nobles, por el cual se reinstauraba el Antiguo Régimen y se anulaba la Constitución de Cádiz. Los liberales no cejaron en su intento de obligar al rey a aceptar la Constitución (que ya era modelo a imitar en las nuevas repúblicas que se estaban creando en América y en algunos lugares de Europa) y así lo lograron en 1820, tras el pronunciamiento del coronel liberal Riego. A Fernando VII le faltó tiempo para traicionar su juramento de la Constitución y llamar a los aliados europeos que habían impuesto el absolutismo otra vez en toda Europa tras la derrota de Napoleón. Enviaron unas tropas de ocupación en ayuda del rey español, contra el gobierno liberal, conocidos como los Cien Mil Hijos de San Luis: unas tropas francesas enviadas por el rey borbón de Francia Luis XVIII. Fernando VII volvió a reinstaurar el absolutismo, aunque no lograba tener hijos. Fernando volvió a casar, por cuarta vez. Ahora con una italiana Mª Cristina de Borbón-Dos Sicilias, con la que sí consiguió tener descendencia: dos niñas, Isabel y Luisa Fernanda. Se abrió entonces un debate sobre si las mujeres podían reinar o no en España. En realidad lo que había era una pugna palaciega entre los absolutistas más intransigentes (llamados ya “realistas” o “apostólicos”), partidarios de que la sucesión recayera en el hermano del rey, Carlos María Isidro, y los partidarios de que reinara la hija mayor, Isabel, a la que apoyaban un grupo de reformistas moderados que pretendían una transición tranquila desde el Antiguo Régimen a un liberalismo muy suavizado. ¿Os suena a algo? ¿Os acordáis de 1975 y la pugna entre los franquistas aperturistas (Fraga y los suyos) contra los “ultras”, también denominado “búnker” de Blas Piñar o Girón de Velasco? Pues, lo mismo.

Finalmente el rey murió en 1833 y su hija de tres años, Isabel, fue nombrada sucesora, gobernando mientras alcanzaba la mayoría de edad su madre Mª Cristina como regente, aunque una parte del país no la aceptó y abrazó la causa de Carlos María Isidro, llamándose ahora “carlistas”, que pretendían mantener el absolutismo más rancio al grito de “Dios, Patria y Rey”. A Mª Cristina no le quedó más remedio que buscar apoyo en los reformistas y en los liberales, a los que llamó desde el exilio. Entre ellos estaban un núcleo de militares de primera categoría, ahora necesarios para luchar contra su cuñado, el autoproclamado Carlos V de España. Sin embargo, Mª Cristina no tenía nada de liberal y concedió el gobierno al ala más moderada de los liberales que pensaban que la Constitución de Cádiz era demasiado radical e instituyeron un régimen basado en la Carta Otorgada (1834), un documento que confería poderes omnímodos a la Regente. Entre ellos nombrar los ministros y el presidente del gobierno y presentar leyes a las Cortes, constituidas por dos Cámaras, una de ellas elegida por ella totalmente y la otra por votación de las primeras fortunas del país (menos del 2% de la población tenía derecho a voto).

Los liberales más radicales, conocidos ya entonces como “progresistas”, suspiraban por la reinstauración de la Constitución de Cádiz y presionaban a la regente para que la jurara: son los conocidos “pronunciamientos militares”. Ninguno de ellos tuvo éxito, pero la guerra carlista iba de mal en peor, especialmente por la situación de la hacienda pública, en total ruina. Tuvo Mª Cristina que ceder ante los liberales progresistas y buscar a uno de sus principales representantes, Juan Álvarez Mendizábal, que había hecho una buena fortuna en el pleito sucesorio de Portugal, lo cual le granjeó importantes relaciones con la banca británica. Mendizábal fue nombrado ministro de Hacienda y, más tarde, presidente del gobierno. Desde dichos cargos inició un proceso de destrucción del Antiguo Régimen y de reformas liberales de signo progresista para lograr mejorar la hacienda pública y ganar la guerra carlista. La más conocida de sus reformas fue la denominada “desamortización” de los bienes de la Iglesia, que lleva su nombre. El procedimiento consistió en suprimir todas las órdenes religiosas de carácter no benéfico, nacionalizar todas sus propiedades (tierras y edificios) y ponerlas en venta en pública subasta para obtener dinero con el que sufragar la guerra.

Mendizábal, como liberal progresista y, a la vez, masón, era profundamente anticlerical, que no ateo, y pensaba que el poder de la Iglesia era incompatible con un estado liberal, además de que una parte de ella había abrazado la causa carlista. Desde aquel entonces, Mendizábal ha sufrido las críticas y el escarnio de gran parte de la historiografía española más reaccionaria. Lo curioso es que aún lo sea y que determinados círculos, que se autodenominan “liberales” lo critiquen como si del demonio se tratara. En estos días, mientras buscaba información sobre el personaje, me encontré con una entrada del diario digital Libertaddigital (que se autoproclama defensor de la “Nación y la Libertad”) titulada “1836: Da comienzo el desastre de la desamortización de Mendizábal”, escrita por Pedro García Luances, miembro de uno de los colectivos más peligrosos de este país, el de los periodistas metidos a historiadores. Tilda el autor la desamortización de “injusta y fracasada”. Lo de injusta no sé a qué se debe, quizá a que le parezca “justo” que determinados monasterios tuvieran en propiedad pueblos enteros y que administraran las fincas con mano de hierro frente a unos campesinos miserables que apenas si producían para comer; quizá a que la Iglesia cobrara el 10% de toda la producción agraria (el diezmo) para que sus jerarcas vivieran a cuerpo de rey. Sí, también realizaban labor asistencial, pero esa podría hacerla el Estado a un precio inferior, como estaba sucediendo en la Francia del XIX, desde la Revolución Francesa. Lo de fracasada se refiere a que no logró Mendizábal crear un grupo de medianos propietarios agrícolas con aquellas tierras expropiadas, pero la culpa de aquello fue de un gobierno moderado que prefirió sacar a subasta las fincas en lotes completos para que sólo la alta burguesía y la nobleza pudieran comprarlas.

Mendizábal duró poco en el gobierno, pues la regente Mª Cristina no aceptaba la intención de volver al régimen de la Constitución de Cádiz. Por ello, saltándose los resultados de las elecciones de 1836, ganadas por los progresistas, nombró un presidente moderado, Istúriz. Los progresistas, ya divididos en aquel momento entre quienes preferían sustituir a la regente o quienes pretendían que aceptara la Constitución de Cádiz, impulsaron diversas protestas populares que derivaron en una nueva revuelta militar. En este caso en el lugar de veraneo de la familia real, la Granja de San Ildefonso, es la conocida como “Sargentada” de 1836. La regente cedió manu militari y volvió a firmar la Constitución de Cádiz, colocando nuevamente a Mendizábal como ministro de Hacienda.

Y aquí llegó el momento clave. Mendizábal y el presidente del gobierno, el también progresista José María Calatrava, pensaban que la Constitución de Cádiz estaba superada y que tanto cambio de gobierno (entre moderados y progresistas) no era bueno para el país. Era necesario un acuerdo para que los moderados aceptaran las reformas más radicales del liberalismo: el “consenso”, vamos. ¿Os suena? Por ello, iniciaron la redacción de una nueva Constitución que agradara a los moderados y a la regente. En dicha nueva Constitución (1837), los progresistas cedieron una parte de los que eran sus principios: dejaba de hacerse referencia a la soberanía nacional, la Corona asumía el poder ejecutivo nombrando a su voluntad al presidente del gobierno y los ministros, las Cortes unicamerales se dividían en dos Cámaras, una de ellas controlada absolutamente por la Corona (el Senado), que nombraba a todos los senadores, y la otra elegida con un sufragio muy censatario (sólo votaban los más ricos contribuyentes, aproximadamente el 5% de la población), desistiendo así de imponer el mítico sufragio universal masculino progresista. A cambio, los progresistas impusieron una declaración de derechos más amplia, pero que después las leyes tenían que desarrollar, y la eliminación de la religión católica como religión de Estado, pero manteniendo el sostenimiento con fondos públicos del culto y sus “ministros” (sacerdotes, obispos, arzobispos, etc).

El objetivo ya lo hemos expuesto: integrar a los elementos más conservadores del liberalismo en el sistema constitucional y a los restos del Antiguo Régimen (nobleza, especialmente) dentro del liberalismo. Fue la primera vez, pero no la última en la que lo que podríamos considerar ideal progresista cedió parte de sus principios para no “hacer la revolución”, como se decía entonces. Hablamos de una “revolución”, la liberal, que consistía en implantar un sistema de libertades amplio, el sufragio universal masculino, la soberanía nacional, la separación de poderes y la aconfesionalidad del Estado, frente al poder de la Iglesia. Es decir, lo que en Francia acabó derivando en un régimen republicano, cuando comprobó que ninguna monarquía aceptaba estos principios, y en países como como Bélgica, Holanda o los escandinavos en monarquías parlamentarias liberales. En España se optó por un sí, pero no. Un sistema liberal bajo control político de la monarquía y bajo control económico de las clases aristocráticas que fueron, al fin y a la postre, las que lograron beneficiarse de la desamortización de la Iglesia, de las supresión de los señoríos y de la venta de los bienes de los municipios.

Aquellos primeros progresistas confiaban en que los moderados les dejarían gobernar cuando ganaran las elecciones y que la regente no abusaría de su poder. Nada de eso ocurrió. La regente procuraba apartar a los progresistas del poder y abusar de sus prerrogativas constitucionales. Por ello, los progresistas tuvieron que volver a las andadas y sublevarse contra la regente. En 1840 una nueva rebelión extendida por todo el país y apoyada por el principal líder progresista, el general Espartero, obligó a la regente a abdicar en la persona del propio Espartero, héroe de la victoria liberal frente a los carlistas. Pero los progresistas tampoco salieron perdiendo demasiado a nivel personal o en sus carreras políticas. Muchos cedieron sus ideas para lograr el poder durante el reinado de Isabel II y la mayoría se convirtieron en ricos propietarios. El propio Espartero, nombrado duque de la Victoria, duque de Morella, conde de Luchana y vizconde de Banderas, se convirtió en un rico propietario, desde sus modestos orígenes como hijo de un carpintero manchego, al casarse precisamente en 1837 con una riquísima propietaria riojana cuyo patrimonio consistía en un mayorazgo y diversos bienes vinculados donde se encontraban importantes fincas rústicas y urbanas y cerca de un millón y medio de reales procedentes también de los beneficios en las inversiones que los tutores de su esposa habían realizado durante la minoría de edad de ésta.

Ésta fue la primera defección del progresismo español. Muchos años más tarde, otros progresistas (conocidos como socialistas) durante la redacción de otra constitución, la de 1978, también cedieron parte de sus principios para no forzar la “revolución”, la “ruptura” se llamaba entonces, todo para que el franquismo sociológico se integrara en el nuevo sistema. También entonces se llegó a un pacto con la monarquía para no tocar sus privilegios, asumiendo que no se pasaría de la raya en sus atribuciones públicas; igualmente se consideró intocable el dominio de la Iglesia en algunos ámbitos como la educación. Todo en beneficio de la “democracia”, trasunto de lo que en el siglo XIX se llamaba “liberalismo”. En beneficio de ella y a beneficio del poder que estos nuevos progresistas iban a obtener y de los riquísimos patrimonios que iban a lograr en forma de puestos en consejos de administración, comisiones legales e ilegales, y cualquier otra prebenda que les convirtió de hijos de pequeños propietarios ganaderos con una modesta carrera de abogado laboralista en líder intocable del progresismo, rico propietario de mansiones en España y Marruecos, con asiento en exempresas públicas privatizadas por sus gobiernos en las que cobra unos emolumentos que envidiaría hasta el mismo conde de Romanones.

Hoy, 23 de octubre de 2016, en un Comité Federal los progresistas han vuelto a ceder al conservadurismo en aras de la democracia, “la gobernabilidad”, “España”, dirán. Seguirán abanderando causas perdidas como la sanidad pública o la escuela pública, se harán fotos con antiguos luchadores de la guerra civil, volverán a prometer la revisión del Concordato con el Vaticano cuando llegue la campaña electoral, pero se plegarán a los intereses del IBEX 35, al mantenimiento de las prerrogativas de la Iglesia, a las privatizaciones, a las reformas laborales, a la subida de tasas universitarias… Todo por “España” y la “democracia”. Prometen que con su abstención técnica a favor de un nuevo gobierno moderado (esta vez el de corrupto PP de Rajoy) vigilarán su labor y le harán la vida imposible. Quizá igual que se la hizo Espartero a Narváez con quien se repartió el poder y otras prevendas en el siglo XIX. Dentro de unos años veremos hasta dónde ha llegado la fortuna de Susana Díaz, en qué consejo de administración se sienta, qué residencia se ha construido (quizá en suelo protegido como Pepiño Blanco, que hoy presidía dicho Comité Federal, en la denominada Villa PSOE en la isla de Arosa).

Lecciones de la Historia. De las que no aprendemos, por cierto.

P.D. musical. Aquella Mª Cristina con la que lucharon los liberales es la de la famosa canción que compusieron los exiliados españoles en Cuba

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario