BOLARDOS Y POLÍTICA: Otro debate de altura política

Cuando ya tenía trazado un borrador de este post, cayó en mis manos (es una forma ya incoherente de hablar, pues ya no tenemos en nuestras manos los periódicos, sino aquí, sobre esta pantalla iluminada) un artículo de Jordi Évole titulado “Y cuando despertamos, todo estaba politizado”. Iba a decir un “estupendo” artículo, pero si lo hubiera hecho, este post ya estaría politizado para alguno de mis lectores. ¡Qué digo! Ya está politizado solo por el hecho de mencionar a Jordi Évole. Algunos de los que esto leáis, ya no seguiréis haciéndolo porque hablo bien del antiguo “follonero”, porque sale en La Sexta, porque es catalán, porque parece de izquierdas, porque… qué se yo, porque os cae mal. Otros habréis leído el artículo y, por ello, ya no seguiréis leyendo el mío, porque os parece mal lo que allí se dice, por poner a la par a unos y otros, por quejarse de que aquí, en España, cualquiera de sus partes, que eso sí nos une, ya todo está politizado.

De eso quería yo hablar, antes de que Jordi Évole me pisara gran parte de mis argumentos. Él habla de que hasta las playas están politizadas. Yo abundaré en ello, pero sobre todo me uno a él en el hastío que me provoca ya todo ello. La lectura del artículo me produjo una sensación de alivio: no estoy solo en la galaxia. Menos mal, pues estaba ya a punto de salir al balcón y gritar: “dejadlo ya, no puedo más, quiero respirar”. Y después, coger la maleta y marcharme a Kapingamarangi, que por si no lo sabéis es una isla, al parecer aún bajo soberanía española, en la Micronesia.

Después de una semana de los atentados de Barcelona y Cambrils, el aluvión informativo ha sido de tal signo que la única sensación que parece quedar en gran parte de los españoles es que da igual. Da igual lo que pase, aquí volvemos a lo mismo: convertir en política cualquier acontecimiento. Tiene ello dos consecuencias negativas a mi entender: la primera, la pérdida de perspectiva, pues no todo debe tener una lectura política, entendiendo esta como el enfrentamiento de pareceres, básicamente entre dos grupos (los “míos” y los “otros”) que es en lo que ha acabado derivando el juego político en España; y la segunda, que aquellos temas que verdaderamente deberían tener un contenido político de alto calado social, deja de tenerlo, pues queda diluido en el ruido diario del enfrentamiento, produciendo hastío entre la población en general, que, como vulgarmente se dice, “pasa”, pues es cosa de políticos, cuando a todos debiera interesar.

Me explicaré con algunos ejemplos. La banalización de la política, a la que hemos asistido esta semana de forma supina, provoca que poner unos bolardos, un e-mail, unas rencillas entre cuerpos de seguridad, el idioma en que se da una rueda de prensa, se conviertan en arma arrojadiza dentro del debate político. Se insiste en que debemos estar todos juntos contra el terrorismo, pero esa unidad duró en este caso poco más de unas horas, hasta que a alguien se le ocurrió el tema de los bolardos. Fue patético escuchar al alcalde de Alcorcón y al cura madrileño culpar a la alcaldesa de la masacre por no poner los dichosos bolardos. Llegabas a tomar café con un grupo de amigos y ya sabías su opción política: debió poner los bolardos o no debió poner los bolardos Ada Colau. Después preguntabas qué les parecía su política urbanística y la respuesta era o “magnífica” o “esa es una mamarracha”. Estaba todo dicho, aunque no supieran qué les preguntaba.

Todo eran parabienes a las fuerzas de seguridad, en este caso los “mossos d’esquadra”, hasta que alguien vino y dijo que ello significaba que Cataluña podía actuar como un Estado independiente y vino otro, no sé si antes o después, poco importa (excepto para los que politizan cada acto de su vida), y dijo que no eran tan buenos, pues no se habían enterado de la que estaban preparando en Alcanar o que habían recibido ya hace tiempo un e-mail alertando de la peligrosidad del imán de Ripoll. A ello se sumó el que el jefe de los “mossos” diera las ruedas de prensa en catalán. Lo que faltaba. Para unos era una demostración POLÍTICA de autonomía, para otros, una vergüenza POLÍTICA, que no se diera en el idioma que todos entienden. Y a partir de ahí, en un tema y en otro, un gran debate político en nuestros periódicos y en nuestras cafeterías. Todo el mundo se convirtió en un experto en seguridad ciudadana. Todo el mundo ponía argumentos a favor o en contra. De los suyos, claro.

Por otra parte, esa banalización de la política provoca que los temas de fondo también se banalicen y pasen a formar parte de ese guirigay diario que inunda nuestra prensa, debates televisivos y, por contagio, nuestras calles, plazas, terrazas y cafeterías. ¿Dónde está el origen del actual terrorismo islamista? ¿Cuáles deberían ser las acciones para acabar con él?

Evidentemente se ha escrito y hablado, no sé si asimilado por ese guirigay del que hablaba, de la responsabilidad de Occidente en ello: el origen colonial del conflicto, la complicidad de Occidente con los países árabes que sostienen el yihadismo, especialmente los de la Península Arábiga, los intereses económicos que nos impiden tomar medidas más drásticas… Y también de que el terrorismo islamista quien más lo sufren son los propios musulmanes, receptores de cerca del 90% de los atentados. Pero el problema está en que cuando estos argumentos se esgrimen, ya estamos, para muchos, introduciendo una visión POLÍTICA particular del problema.

A eso me refería con la banalización de la política, o mejor, con la conversión de cualquier asunto en una cuestión de debate político que proviene de una posición de partida. La vida no es tan sencilla. No está compuesta solo del yin y el yang. Existen tonalidades. Y, existen, sobre todo dudas. No soporto ya esas personas que lo tienen todo claro. Que saben que debieron ponerse bolardos o que no debían ponerse. Creo que le habrán caído por todos los lados al bueno de Jordi Évole. Bueno lo sé, porque, en un ejercicio de masoquismo intelectual, además de leer su artículo leí parte de los comentarios de los lectores. No hay nada más descorazonador para conocer en qué país vives que leer los comentarios de cualquier noticia. El tema da para otro post, pero lo dejo para otro día, hasta que digiráis este. Muchos se ponen de su parte, pero otros se limitan a echar pestes de los musulmanes, a los que poco menos que hay que exterminar, y otros dicen que Évole se ha vendido a la prensa de Madrid (el artículo se publicó en El Periódico de Barcelona, pero eso qué más da) porque no le pareció bien que se usara la manifestación del sábado para sacar las esteladas y gritar contra el Rey. Y además, en el colmo del atrevimiento, dijera que todos aquellos que critican que el rey viaje a Arabia Saudita a vender nuestras armas, no se les vio en la puerta del Camp Nou gritando contra la directiva del Barça, cuando a esta se le ocurrió que el club catalán fuera financiado por Qatar Foundation o Qatar Airways. Debió bastar este argumento para que nacionalistas y gentes de alrededor dijeran que se había vendido al enemigo.

Yo no entiendo de bolardos, no entiendo de seguridad ciudadana. Tampoco entiendo mucho de historia, pero a estudiarla he dedicado casi toda mi vida. Y si sobre ella tengo dudas, no comprendo cómo todo el mundo ya tiene una opinión formada sobre los bolardos y la gestión de la seguridad ciudadana y el funcionamiento de Europol, por ejemplo. Bueno, sí lo comprendo. Porque se trata de un debate POLÍTICO y sobre él todos tienen una posición previa. Es mentira, lo digo a cada momento en mis clases, ese dicho tan repetido por el vulgo de que “yo no entiendo de política, eso es cosa de políticos”. ¡Pero si no hacéis otra cosa! Y, claro, la historia también se convierte en política y cualquiera puede esbozar argumentos sobre el origen del islam, sobre Al-Andalus, sobre el ISIS, sobre los imanes, mientras la mayoría de ellos no saben distinguir un árabe de un musulmán.

Cada vez me pasa más y juego con ello, por ejemplo en mis clases. Es hasta divertido soltar alguna frase del estilo “los Reyes Católicos, que de unidad de España nada de nada”, para que el auditorio te clasifique ya entre los votantes socialistas y puede que hasta en los de Podemos. Al día siguiente, aparecer con el argumento de que “Cataluña se equivocó en la revuelta de 1640” para que esos mismos alumnos te encuadren entre los discípulos de Albert Rivera o, incluso, entre los de Vidal-Quadras. Si al tercer día sueltas algo así como “Cataluña ya era un estado en el año 1.000”, el auditorio quedará ojiplático y no sabrá si es que tienes desdoblamiento de personalidad o que estás tan loco como la mayoría del profesorado universitario español. Y, ¿por qué?, pues porque todo está politizado y cualquier cosa que hagas o digas te encasilla. Si estás a favor del reciclaje, de izquierdas, si te gusta Raphael, de derechas.

Por ello, a muchos manifestarse de una u otra manera les ha costado caro. Dos ejemplos. En 2011, la cantante Russian Red decía en la revista Claire, en una entrevista light, típica de revista de peluquería, partidaria de la derecha cuando le lanzaron una de esas preguntas del tipo “¿carne o pescado?”. Se montó la marimorena; cómo era posible que una cantante indie, fuera de derechas. Le cayeron por todos lados: en la prensa progre, entre sus compys del indi, entre los tertulianos de café… A partir de entonces, si te gustaba Russian Red la habías “cagao”. Eras tan de derechas como ella. Sé de algún conocido que debió esconder sus discos en lo más profundo del sótano para que en las reuniones de sábado por la noche para hablar del “procés” nadie las encontrara.  Al final se arrepintió y en otra entrevista en El País Semanal, dónde mejor, se desdijo. Le habían malinterpretado. No sé si tuvo algo que ver, pero Russian Red se fue a los Estados Unidos y abandonó la música (ahora vuelve con un disco de versiones, pero parece que más para seguir viviendo) en 2014 en medio de un concierto. Así sin más. A la mierda con el dichoso mundo de la música. Claro, su marido es también músico y vendedor inmobiliario (cosas de los Estados Unidos).

Otro ejemplo, del otro lado. En mayo de este año, Antena 3 estrenaba la serie “La casa de papel” un ambicioso proyecto al estilo de las series nórdicas tipo “El puente” o “Forbrydelsen”. Justo antes de su estreno, algún intrépido buscador de proetarras descubrió que una de las actrices protagonistas, Itziar Ituño, había participado en una manifestación a favor del acercamiento de los presos vascos. La había “cagao”, pero no sólo la actriz, sino toda la serie (que qué culpa tendría). Rápidamente corrió por ese medio atroz y despiadado que es twitter el lema (hashtag lo llaman) de #BoictotLaCasaDePapel. No parece que tuviera mucho éxito, pues su cuota de pantalla estuvo en un nada desdeñable 16%. La que no sé si se recuperará es la actriz Itziar Ituño, teniendo que volver a ser una actriz apegada al mundo audiovisual vasco como antes de participar en La Casa de Papel. Por tanto, ya lo sabes, si ves La Casa de Papel eres un proetarra.

Así la situación puede llevar a absurdos de lo más estrambótico. Con dos me he encontrado estos días. La Casa Real distribuye una imagen de la manifestación del sábado en Barcelona en la que han borrado con Photoshop las banderas independentistas catalanas que todos vimos. En TV3, la televisión pública catalana, la locutora dice ese mismo día que hay pancartas en todos los idiomas, incluso un grupo de mexicanos traen una escrita en “mexicano”. Ambas estupideces no sé si son comparables, pero lo que deseo explicar aquí es que si vas un día y entras en tu cafetería de siempre, te sientas con tu grupo de colegas de siempre, que por un casual son de derechas y dices, “mira que manipular la Casa Real la foto”, que enseñas en tu móvil, te mirarán con mala cara y te dirán, “que pasa que ahora te has hecho independentista”. Si por esas cosas de la vida tus contertulios son de izquierdas, y dices algo así como “vaya metedura de pata de la presentadora de TV3, parece que le da repelús decir español o castellano”, seguro que te miran como si hubieras asesinado al Ché y espetarán algo como “que pasa, te has vendido a las huestes de Federico Jiménez Losantos”. Porque todos los aspectos de la vida se han politizado y cualquier opinión te encuadra. Decía una amiga mía este verano que me veía taciturno, preocupado y triste. ¡Cómo no quieres que lo esté, si cualquier cosa que uno diga será interpretada bajo este yin y yang en que se ha convertido España! Vaya, se me ocurre aquí otro ejemplo baladí, pero real. Si dices España, eres de derechas, si dices “este país”, eres de izquierdas. Venga otro: en Cataluña, España es siempre el “Estado”, en España, Cataluña es una región. Cosas de la POLÍTICA. Y que no se te ocurra equivocarte.

Y para acabar algo de música, que si no tengo una amiga lectora que no me lo perdonará. Es algo desconcertante, y POLÍTICAMENTE incorrecto, pero qué le vamos a hacer. Así es mi vida, puro desconcierto. Raphael cantando en el Sonorama, festival de culto de la música indie española, junto a Juan Alberto de Los Niños Mutantes:

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APARTHEID Y SALAFISMO: Dos historias, dos posturas occidentales encontradas

  1. En mayo de 1910, la unión de las colonias de El Cabo, Natal, Estado Libre de Orange y el Trasnvaal formaban la Unión Sudafricana, unida como dominio al Reino Unido hasta el Estatuto de Westminster de 1934. En 1948 el Partido Nacional, que había simpatizado con Hitler durante la II Guerra Mundial, llegó al poder y estableció un sistema político y social de apartheid por el que sólo la población blanca tenía derechos ciudadanos completos. La población negra (mayoritaria, más del 70%) no tenía derecho de voto, no podía circular libremente por el país, debía vivir en lugares apartados de la población blanca, debía estudiar en lugares separados, debía trasladarse en medios de comunicación distintos a los de los blancos y tenía restringidos determinados aspectos cotidianos como poder tener carnet de conducir.

En 1961 se proclamaba la República Sudafricana, lo cual significaba su separación completa del Reino Unido, pero no fue admitida en la Commonwealth (una especie de unión de antiguas colonias británicas) como otros territorios por su política de apartheid. A partir de ese momento, la República Sudafricana fue repudiada por la comunidad internacional a todos los niveles: no fue aceptada en la ONU y fue excluida de todos los organismos internacionales o deportivos (Juegos Olímpicos y mundiales). Muchas naciones europeas y americanas prohibían a las compañías de sus países hacer negocios con la República Sudafricana y eran sancionadas si lo hacían. Ni siquiera la existencia de dos materias primas de gran valor como el oro y el platino (las únicas que importaban los países occidentales), y su feroz anticomunismo (en aquellos tiempos de la Guerra Fría) lograron frenar el aislacionismo occidental sobre el país.

La política de perestroika iniciada en 1985 por Gorbachov en la URSS acabó con la única excusa que gobiernos como el americano y el británico tenían para no acabar de aislar definitivamente a la República Sudafricana. La retirada del apoyo soviético a los gobiernos de Angola y Mozambique (que mantenían un largo conflicto territorial con Sudáfrica) y la crisis económica provocada por el aislamiento económico produjeron que, junto con la cada vez mayor protesta de la población negra, cuyo líder Nelson Mandela se había convertido en un icono mundial de la lucha por los derechos humanos desde su prisión en 1962, el apartheid tuviera los días contados.

En 1989 moría el presidente Botha, siendo sustituido por Frederik de Klerk, mientras una oleada de cambios se cernía sobre el panorama internacional: caída del Muro de Berlín, caída de la Unión Soviética, desaparición de los regímenes comunistas en Europa y del Pacto de Varsovia. De Klerk comprendió que eran momentos de cambio y propuso a su partido el abandono del apartheid. En 1990 el Congreso Nacional Africano, principal partido de la mayoría negra, fue legalizado, su líder Nelson Mandela excarcelado, y suprimido el estado de emergencia. Entre 1990 y 1991 fue desmantelado el apartheid y en 1994 se votada una nueva constitución y se elegía el primer presidente por toda la población, precisamente Nelson Mandela. La nueva República Sudafricana, que adoptó una nueva bandera que aunaba los viejos colores (azul, blanco y rojo) con los tradicionales de la lucha nacional africana (negro, verde y amarillo) pudo participar ya en los Juegos Olímpicos de Barcelona como invitada y pasó a convertirse en un país más del concierto internacional.

Mucho más al norte, otro territorio ha tenido hasta cierto punto una historia paralela, aunque con un final diferente, especialmente en su consideración por las grandes potencias, a pesar de que su trato con gran parte de la población no haya sido mejor que el practicado por la República Sudafricana. También a principios del siglo XX se producía en la península arábiga la unificación de diversos territorios dando lugar al denominado Reino del Nechd y del Hiyaz. Igualmente, a principios de la década de los 30 ese estado acabó derivando en otro de corte más contemporáneo, pasando a llamarse Reino de Arabia Saudita. Desde su fundación, el estado se organizó como una monarquía absoluta en torno a la Ley Básica de Arabia Saudita, que está compuesta por la Sharia (o Ley Islámica) y el Corán. Es, además, el principal país que aplica la corriente político-religiosa denominada wahabismo (o salafismo, como a ellos les gusta decir), que preconiza la aplicación estricta de la Sharia, considerando al resto de musulmanes como apóstatas, y persigue la constante expansión de la religión musulmana por el resto del mundo. Uno de los principales elementos del wahabismo es la segregación de una parte de la población, que queda excluida, como la población negra en Sudáfrica, de todos los derechos civiles y políticos: la población femenina.

Las mujeres en Arabia Saudita están excluidas y apartadas de la sociedad. No pudieron votar hasta 2015, pero con limitaciones, no pueden conducir un vehículo, no pueden salir de casa sin estar totalmente cubiertas, no pueden usar el transporte público, excepto que esté íntegramente dedicado a las mujeres, no pueden viajar, abrir una cuenta o trabajar sin permiso de un hombre, la educación está totalmente segregada entre chicos y chicas… Como vemos, una situación semejante, sino peor, que la que sufrió la población negra en Sudáfrica hasta 1989.

La pregunta ahora es, ¿por qué la comunidad internacional no ha reaccionado como lo hizo con Sudáfrica? ¿Por qué no ha practicado una política de aislamiento internacional con Arabia Saudita para presionar al gobierno a fin de eliminar este injusto y degradante trato con una parte de su población? Sí, ya sé que todos conocéis la respuesta: el petróleo. Pero, ahora viene una pregunta más, ¿por qué los gobiernos occidentales dicen que estamos en una guerra contra el yihadismo, islamismo radical, el ISIS, antes Al-Qaeda, si está más que demostrado que la financiación y la fuente ideológica de dichos grupos proviene de jeques, líderes religiosos y grupos de presión sostenidos por Arabia Saudita? Leed sino este artículo en titulado “El dinero del wahabismo de Arabia Saudí y Qatar en España”.

En estos días de conmoción por los atentados de Cataluña, ha sido mucho lo que se ha escrito sobre el asunto. Se han comentado, desde círculos progresistas (poco he visto publicado, por cierto, en los medios mainstream, subvencionados por el gobierno de España), las relaciones amistosas entre España, y en especial su Casa Real, con el reino de Arabia Saudita. Se ha recordado como España, y todos los países occidentales, son el principal soporte de dicho país y su principal suministrador de armas para atacar a sus vecinos (por ejemplo, a Yemen) o defenderse de posibles ataques (el siempre temido en Occidente Irán). Pero a mí, todas esas lecturas me han llevado a un ejercicio de historia comparada. Debe ser deformación profesional. Comparar el sufrimiento que padeció la población negra en Sudáfrica con el que padecen las mujeres saudíes. Comparar cómo se comportó la comunidad internacional en aquel episodio, el apartheid, y cómo lo está haciendo ahora. Porque mucho se habla, desde antaño, de la situación de la mujer en el mundo árabe, y especialmente en Arabia Saudita, pero ¿alguien tiene previsto hacer algo? Evidentemente, no.

Y todos sabemos cuál es la razón, el dichoso petróleo. Pues mejor sería que fueran nuestros políticos claros en sus mensajes, cosa que ya sé no serán nunca, y nos digan: “mirad, sabemos que las mujeres saudíes son tratadas de forma denigrante, sabemos que el yihadismo tiene su fuente de financiación y su origen ideológico allí, pero ¿qué queréis que hagamos?, dependemos de su petróleo”. Yo, al menos, dormiría mejor sabiendo que van a dejar de mentirme cada día.

Mentirme cuando dicen que estamos en guerra contra no sé muy bien quien, cuando el que paga e instruye es nuestro aliado y le vendemos nuestras armas; mentirme cuando dicen que debemos aislar a no sé quien cuando el deporte mundial está pasando a manos de los estados de la península arábiga (Fórmula 1, tenis, golf, ciclismo…); mentirme cuando dicen que no hay que permitirles construir mezquitas, pero les permitimos comprar equipos de fútbol, patrocinar otros y quedarse con la celebración del Mundial de Fútbol, aunque fuera comprando los votos de los compromisarios.

Pero la hipocresía en este tema va mucho más allá de la practicada por nuestro gobierno. Es también personal e intransferible a muchos de nosotros. Me vienen a la memoria casos cercanos sobre los que cada uno de nosotros deberíamos reflexionar. También todos aquellos que estos días inundan las redes con mensajes racistas, xenófobos, fascistas o como queramos llamarles.

¿Salió la población de Cádiz a protestar porque en sus astilleros se vayan a construir cinco fragatas para el reino de Arabia Saudita? No, es más, salió contra las declaraciones de Podemos contrarias a dicha construcción y su alcalde, afín a dicho grupo político, por cierto, llegó a decir que “lo importante es el empleo, venga de Arabia, Venezuela o Alemania”. ¿Si hubieras estado en los años 30 dirías lo mismo de la Alemania de Hitler? Seguro que ahora es uno de los que brama en las redes contra el yihadismo y a cada momento se queja de la situación de la mujer en dicho país. ¡Sé sincero Kichi y dinos que prefieres no tomar una medida impopular a la situación de las mujeres en Arabia Saudí!

Pocos barcelonistas contrarios a la presencia musulmana en sus colegios, en sus calles o en sus trabajos dejaron de asistir a los partidos del Barça, de celebrar sus éxitos, mientras Catar se mantuvo como principal patrocinador del equipo, a pesar de la más que presunta vinculación del reino árabe con Al-Qaeda, el ISIS en Yemen, o sus relaciones amistosas con el ogro Irán (El Barça, més que un club?: Vicenç Navarro). Además, ningún país ha pensado en dejar de acudir al Mundial de fútbol de 2022 a celebrar en Catar. Tampoco lo han hecho los parisinos xenófobos o islamófobos tras la compra del Paris Saint Germain por un fondo de inversión catarí y el acceso a la presidencia del jeque Nasser Al-Khelaïfi. Es más, en 2012 se le concedió el premio Sport Business. ¿Cuántos votantes de Marine Le Pen son socios o simpatizantes del PSG?

Estos días trágicos, en fin, se han hecho virales unas declaraciones vía tweet de la periodista Isabel San Sebastián en las que decía semejante burrada: “Ya os echamos de aquí una vez y lo volveremos a hacer”, refiriéndose a los islamistas, pero atacando a todos los musulmanes como se desprende de su frase. Ya se le ha contestado en diversos medios digitales, pero a mí me gustaría insistir, por el discurso que vengo pergeñando, en un elemento. ¿Piensa Isabel San Sebastián en expulsarlos a todos, todos los musulmanes? ¿También a los jeques árabes que atracan sus yates en Puerto Banús, alquilan villas millonarias en Marbella, invierten millones en lujo en la Costa del Sol? Ya me imagino a Isabel San Sebastián en el puerto de Marbella con una pancarta diciendo “¡moros fuera de España!”.

Pues bien, ¿se podría hacer algo más que llenar nuestra prensa de hipocresía con el tema del islamismo? Necesitaríamos mucha valentía, dosis de unión internacional y una fuerza moral que no nos hemos ganado en Occidente últimamente. Sólo deberíamos repasar la historia y mirar, por ejemplo, con lo ocurrido con Sudáfrica.

Es evidente que no podemos prescindir de su petróleo, pero ellos tampoco de que nosotros se lo compremos. Además, gran parte de su poder económico ya no está en el “oro negro”, sino en el dominio del capitalismo financiero que están logrando con sus beneficios. Por ello, debemos darnos prisa, antes de que sea tarde y ya no necesiten que les compremos el petróleo, pues habrán comprado la economía occidental y el panorama descrito por Houellebecq en “Sumisión” se convierta en realidad.

Podríamos comenzar por limitar nuestro comercio con dichos países al petróleo como ocurrió durante la época del apartheid con Sudáfrica a la cual sólo se le compraba oro y platino en el mercado internacional. Ello debería ir acompañado de una política decidida de sustitución de los hidrocarburos y de la búsqueda de mercados alternativos a ellos, aunque fuera a costa de engrandecer a Rusia o a Irán, razones de geoestrategia por las cuales seguimos prefiriendo el petróleo saudí. Seguro que, al principio, habría presiones económicas sobre Occidente, pero habría que aguantar con una decidida solidaridad internacional. ¿No estamos en guerra según los gobiernos occidentales? Pues en la guerra hay que estar unidos, como en la II Guerra Mundial. Y, después un aislamiento total de dichos países amparándonos en su apoyo al yihadismo y el nulo respeto a los derechos humanos, especialmente con la población femenina, a la que tienen sometida de forma intolerable. Clausura de todos los grandes eventos deportivos en dichos países, entre ellos el Mundial de Catar en 2022, expulsión de todos ellos de los organismos internacionales y deportivos. Negativa a la entrada de sus jeques, reyezuelos e imanes en territorio occidental y rescate de sus propiedades actuales.

Se ha insistido hasta la saciedad que esta guerra es muy compleja pues no es contra un estado o contra una coalición. Pero los servicios secretos occidentales estoy seguro que saben dónde se sitúan sus fuentes de financiación y adoctrinamiento. No es casual que el auge del hiyab entre la población árabe femenina en Occidente desde principios de siglo esté ligada a la expansión del wahabismo (o salafismo, como a ellos les gusta decir). Diferentes autoras árabes, ligadas a movimientos laicos, han insistido en ello y en cómo financian los príncipes árabes (en el sentido territorial, es decir de la península Arábiga) la propaganda salafista en Occidente, la cual nos hace dudar a veces, al considerar que si nos oponemos a ella estamos negando su libertad a la hora de elegir la vestimenta, por ejemplo. Incluso se ha llegado a hablar de “feminismo islámico”, para mantener políticas de dominación en el mundo árabe. Quizá nada mejor que escuchar a algunas luchadoras árabes, libres de la propaganda salafista, como Wassyla Tamzali, que exponía hace ya tiempo (2011) que “el «feminismo islámico» es un oxímoron, una impostura que se ha infiltrado no sólo en las universidades… el feminismo es una ideología de liberación y el islam es de obediencia”. Insistía, además, contra el culturalismo imperante en la izquierda actual que opina que el velo, por ejemplo, es un signo de identidad cultural, exponiendo que realmente es una “forma de terrorismo intelectual, religioso y moral contra la libertad de las mujeres”.

¿Qué opinaríamos de un país que tratara a su población de la forma que lo hacen los países árabes, y especialmente Arabia Saudita, con las mujeres? Imaginaos, por un momento, que un país cualquiera, pongamos por caso España, decidiera que una parte de su población, pongamos por caso los gitanos, dejaran de tener derecho al voto, no pudieran salir de sus casas sin tapar su cuerpo, estuvieran separados en las escuelas, no tuvieran acceso a un carné de conducir o una cuenta corriente sin el aval de un payo y que no pudieran entrar en los mismos transportes públicos. ¿Cuál sería la reacción de la comunidad internacional? ¿Por qué no ocurre lo mismo con Arabia Saudita? ¿Porque tienen petróleo? ¿Porque son mujeres? Quizá este último factor sea más importante de lo que nos hemos parado a pensar. El dominio ideológico del patriarcado es más fuerte de lo que creemos y en Occidente aún lo tenemos más arraigado de lo que pensamos. Creo que estoy convencido de que si no fueran mujeres, sino otro grupo social, la contestación de la comunidad internacional sería más contundente. Lo habría sido desde hace tiempo y no hubiéramos llegado a decir estupideces como que forma parte de su cultura. Creo que esa frase que leo entre mis conocidas feministas (“la revolución será feminista o no será”) tiene más valor que nunca en estos territorios.

Y si no queremos hacer nada, no nos pongamos después tremendos con huecas palabras como “lucha contra el enemigo”, “el terrorismo”, “liberación de la mujer árabe”, “derechos humanos”, etc, mientras permitimos atrocidades como que ese estado al que financiamos a cada momento imponga condenas de lapidación a las mujeres por adulterio. Y no es cierto que las mujeres comulguen con dicho régimen y que les parezca parte de su cultura. Casualmente, la noche anterior a los atentados de Barcelona y Cambrils vimos en casa la conmovedora “La bicicleta verde”, la primera película rodada en Arabia Saudita por una mujer, en la que se observa perfectamente cómo viven su drama las mujeres. El rodaje fue un ejemplo más de la situación de la mujer en dicho país, pues debió filmar los exteriores desde una furgoneta con cristales tintados y a través de walkie talkies ya que no podía reunirse con hombres.

 

 

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TIERRA DE CAMPOS Y LA MEJOR JUVENTUD: El pasado que vivimos

Tiene que ser el verano. Seguro que debe ser eso. El verano o que a estas alturas de la vida el pasado se te acumula, como los libros por leer en la mesita de noche. Tantos que un día, sin querer, los derribas. Como te gustaría derribar tantos de esos recuerdos. ¿Y a qué viene todo esto? Viene a que en las últimas semanas he estado enfrascado en la lectura y el visionado de un libro y una película que recorren, a su manera cada uno, un pasado que me resulta muy cercano. Debe ser también que a esta edad ya los autores consagrados en literatura o cine han llegado a mi edad y se dedican a traernos a la memoria un tiempo pasado que es también el mío.

El libro es “Tierra de Campos” de David Trueba. Llegué a él tras la lectura del excelente ensayo de Sergio del Molino “La España vacía”. La película, o lo que sea, es “La mejor juventud” de Marco Tullio Giordana, cuya referencia recibí a través de Google. Ambas tienen cosas en común a mi modo de ver. O será el verano, que me lleva a ver las cosas bajo un prisma de nostalgia cincuentona. En común tienen el ambiente y la perspectiva que les sirve de punto de partida. El ambiente se sitúa en aquellos momentos en los que creíamos que podíamos cambiar el mundo. En España, tras la muerte del dictador, en Italia tras la revolución de los sesenta. La perspectiva consiste en situar el principio de la trama en los inicios de la juventud y observar cómo todo se va degradando, cómo quienes nos rodean van tomando caminos diversos, dispersos y, en ocasiones, peligrosos.

Sólo para situar a quienes aún no hayáis leído la novela ni visto la película os hago una breve síntesis. En “Tierra de Campos”, el protagonista, Daniel, decide volver a su pueblo de nacimiento (en la comarca de Tierra de Campos) a enterrar a su padre. Y lo hace montado en el coche fúnebre, mientras conversa con el conductor, Jairo, un ecuatoriano atento y paciente. En dicha conversación va desgranándonos Daniel su vida. Y lo hace sin orden ni concierto. Convirtiendo la novela en una especie de puzle sin montar, cuyas piezas vamos conociendo poco a poco. Allí nos aparecen las vicisitudes de Daniel y su grupo de música (es miembro de uno de esos numerosos grupos de música creados en el Madrid de los ochenta), las de sus componentes, las de sus amigos, las de sus amantes (de Daniel y de sus amigos). Y lo hace Trueba con gran maestría. Es lo primero que leo de él y reconozco que me ha sorprendido la agilidad de su discurso y la forma en que te atrapa. Todo ello en una forma literaria que no parece fácil a primera vista.

Pero, reconozco también, que lo que más me ha atrapado ha sido la facilidad con la que me llevaba Trueba a paisajes y situaciones vividas por mí en aquellos mismos años ochenta y en los coletazos posteriores: los fastuosos noventa y los críticos inicios del nuevo milenio. Allí están las mismas fiestas de pueblo que ahora mitificamos, pero que eran bastante palurdas, los mismos escarceos amorosos, igualmente vulgares, los mismos amigos al borde del abismo y, a estas alturas de la vida, la pérdida de algunos de ellos.

Por su parte, “La mejor juventud” (2003) narra, durante seis horas (no en vano se la ha catalogado como la “Novecento” de después de la II Guerra Mundial), la historia de una familia italiana (los Carati) y su entorno: amigos, conocidos y parejas. Comienza en los convulsos años finales de los sesenta y recorre, como el fondo de paisaje diluido de esas pinturas renacentistas italianas, la historia del país transalpino. No es una obra reciente, como habréis observado, pero está considerada por la crítica como la mejor obra cinematográfica italiana de lo que llevamos de siglo. Aunque en su momento tuvo muy poca aceptación de público, a pesar de estrenarse en dos partes de tres horas. Fue su pase en la RAI, en forma de miniserie, lo que le dio mayor popularidad.

A mí me llegó, como dije, por casualidad mientras buscaba obras para ver este verano de solaz vacacional. Decidí adentrarme en cinematografías poco usuales (sin llegar al frikismo de las películas iraníes, coreanas o incluso de Senegal) como la argentina (no conocía la magnífica comedia negra “Esperando la carroza” de 1985, pero con una temática tan actual: qué hacer con nuestros mayores cuando ya no pueden valerse por sí mismos) o la francesa (divertida y también actual “El juego de los idiotas”). Al llegar a la italiana visioné “Il Divo”, la historia de Julio Andreotti contada por Paolo Sorrentino con su particular forma de narrar (fantástica, por cierto, con la insuperable “La Gran Belleza”) y después me encontré con “La mejor juventud”.

Alguien dirá que mis gustos cinematográficos tampoco son tan extraordinarios como para narrarlos en forma de descubridor de talentos ignotos. Quizá, pero no olvidemos que la invasión de la cinematografía estadounidense nos deja huérfanos de obras, muchas no tan lejanas como las de Argentina, Francia o Italia, que pasan sin pena ni gloria por nuestros cines, cuando pasan, a no ser que se introduzcan en el circuito mainstream norteamericano vía los Óscar. Así, la argentina “El secreto de sus ojos” logró su bien merecida fama gracias al premio Óscar obtenido, al igual que las nominadas “El padre de la novia” o “Relatos salvajes”, mientras “Ciudadano ilustre”, una de esas comedias negras que tan bien diseña el cine argentino, apenas si llegó a los cines españoles.

Lo mismo sucede con el cine francés, algunas de cuyas mejores obras del siglo no llegan a estrenarse en España como “Les jours où je n’existe pas”, o el italiano como “I cento passi”, del mismo Marco Tullio Giordana de “La mejor juventud”, o “Si pùo fare” de Giulio Manfredonia. Tal será nuestro desconocimiento de la cinematografía italiana actual (¡qué tiempos aquellos en los que nos vanagloriábamos de conocer toda la obra de Fellini, Antonioni, Pasolini, De Sica, Rossellini, Visconti o Bertolucci!) que me llevé una gran sorpresa cuando me puse a indagar, tras ver “La Gran Belleza”, quién era esa atractiva actriz que acompañaba a Gep Ganbardella en las noches romanas. Era Sabrina Ferilli. Imagino que, excepto aquellos muy puestos en cinematografía europea actual, asiduos a “El Séptimo Vicio”, de Radio 3, pocos habéis oído hablar de ella. Su cinematografía es poco conocida en España, la mayoría ni falta que hace, pues se trata de un cine comercial de consumo, pero es una actriz de primer orden en la Italia actual. En cambio, si queréis conocer más de ella no os acerquéis a la Wikipedia, su página no está traducida a ninguna de la lenguas del Estado español. Al portugués sí, por cierto.

Ambas obras (“La mejor juventud” y “Tierra de Campos”) vistas y leídas a un tiempo, me han llevado, como os decía, a releer mi propia historia. Como pasamos por aquí, vamos generando nuestra biografía, encontramos gente, perdemos gente, nos topamos con la realidad y, de pronto, nos da por mirar atrás y ver que estamos donde estamos por pura casualidad. Y la historia que nos rodea no deja de ser un marco (horrendo en ocasiones) de nuestra propia existencia. Esta última parte tienen en común ambas obras. La reciente historia de Italia y de España se convierte en un escenario que transcurre al lado de los protagonistas, unas veces más cerca, otras más lejos, pero está siempre presente. Me recordaba un poco a cómo estaba presente la voz cansina de Mussolini a través de la radio en la película de Ettore Scola “Una jornada particular” con Mastroianni y Sofía Loren. Así es un poco la realidad en nuestras vidas, un fondo con el que convivimos. A veces alguno de nuestros allegados se adentra más profundamente en ella, como le ocurre a Giulia en “La mejor juventud” cuando ingresa en “Las Brigadas Rojas”, pero tampoco demasiado, pues siempre la vemos como un personaje atrapado por dicha realidad, que modifica su vida para siempre.

Es lo que tiene hacerse mayor. Que te pones muy pesado. Que casi cada cosa que ves, oyes o lees no deja de llevarte a referencias vitales propias, convirtiéndolas unas ahora en absurdas y, adoptando otras, un tinte de tiempo perdido para llegar donde hemos llegado. Así, en “Tierra de Campos” el pasado parece haberse convertido en una especie de comedia al estilo de Paco Martínez Soria, mientras en “La mejor juventud” nos da la impresión de que perdimos el tiempo y la ocasión de cumplir sueños verdaderos más allá de llegar a ser pequeños burgueses.

Ambas obras tienen en común convertirse en la historia de seres comunes. Como nosotros mismos. Envueltos por la realidad. Y los personajes que allí aparecen podríamos ser nosotros mismos. Esto es lo que les da su grandeza. Cuando acabas su lectura o su visionado, te queda la sensación de querer continuar conociendo sus vidas. Son como la tuya. En parte tan desencantada. En “La mejor juventud”, hacia el final, una de las hermanas de Nicola, uno de los protagonistas, le dice que aún conserva una postal que le envió desde Noruega cuando era joven y recuerda que en el texto decía algo así como que en todas las cosas del mundo hay belleza, acabando con tres signos de exclamación. Y le pregunta si aún cree en ello. Nicola contesta que sí, pero que ya no cree en los signos de interrogación. Lo suscribo, yo tampoco.

Quizá sea una sensación bastante común al hecho de cumplir años. Existe una escena bastante conocida de una película de Garci (“Las verdes praderas”) en la que en 1979 ya se manifestaba ese cierto desencanto con el propio pasado. Quizá la escena en su conjunto sea algo sensiblera, como todo el cine de Garci, pero alguna frase podría ser compartida aquí como eslogan. Por ejemplo, esta que también suscribo: “llevo cuarenta y dos años pensando que lo que vivía no era importante porque era como provisional, como si estuviera esperando destino… y ¿sabes qué pasa?, que ya ha llegado”.

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OTRA VEZ CHIRBES: El fango de la orilla de nuestro mundo

Ya dije en mi reseña de lectura de “Crematorio” que la culpa de mi enamoramiento por Chirbes es de mi amigo Joan, y no quiero comenzar estas líneas sin volver a mencionarle. Él, yo mismo, tú que lees este escrito podías haber sido un personaje de las obras de Chirbes, especialmente de la ya citada o de “En la orilla”, la que ahora me trae por aquí. Me animaba Joan a que leyera “Crematorio” porque allí iba a encontrar a muchos personajes conocidos. Ya dije entonces que creía que se refería a personajes públicos, pero no, se refería a los de nuestro entorno cotidiano.

Cuando algún día se escriba la historia de principios del siglo XXI en España, no podrá dejar de citarse a Chirbes como referencia, especialmente las dos obras citadas. No es posible encontrar tal densidad de personajes arquetípicos ni tantas situaciones de nuestra sociedad postransición. Dije entonces que “Crematorio” era LA NOVELA DEL TODO. “En la orilla” abunda en lo mismo, describirnos, a través de una mínima trama, casi innecesaria, porqué estamos donde estamos y quien nos rodea. Podría complementar aquel apelativo diciendo que ambas novelas de Chirbes son LA NOVELA DE TODOS, porque todos estamos allí.

“En la orilla” se desarrolla en el mismo pueblo mediterráneo imaginario, Misent, al cual ha llegado la crisis que aún nos ocupa (excepto para la consideración del presidente Rajoy, quien dice que gracias a él ya salimos de ella). Aparecen personajes semejantes a los de “Crematorio”, pero tamizados por la llegada de la crisis. Aún diría más, ya no están esos grandes corruptos que han convertido la fachada mediterránea española en el paradigma del pelotazo, ahora se centra en personajes del tres al cuarto, pequeños detritus de nuestra sociedad. Ahora viven entre el fango de la orilla de un simbólico pantano: el de Olba. El protagonista no es Rubén, el magnate de la construcción en la costa de Misent, ahora lo es Esteban, dueño de una carpintería familiar, que debe cerrar ante la llegada de la crisis.  A cada paso Chirbes nos recuerda la miseria del personaje. Nunca pasó de un simple carpintero, no llegó a convertirse en un ebanista como pretendía su abuelo, que realizaba trabajos más bien vastos y, desde la llegada de la burbuja inmobiliaria, avituallaba a los constructores de la zona.

Por la novela se pasean personajes de todos conocidos, algunos ya presentes en “Crematorio”, pero, estos, aún menos ilustres: un constructor de medio pelo, casi un albañil con aires de grandeza, de esos que poblaban mi barrio de Virgen del Remedio hace unos años. Esos que sólo piensan en dinero, que cuando ven a una docena de “conguitos” como él dice, sólo piensa en el dinero que le producen en las obras que ejecuta. Esos que se tiraban el día en el bar, haciendo como que trabajaban, con el móvil en la mano a cada momento para dirigir desde allí sus “negocios” mientras caían, una tras otra, copas de “Soberano” y de pacharán. Allí aparece el niño de papá de pueblo que te birló la novia y se marchó con ella del pueblo, y que vuelve ahora convertido en un “intelectual” de poca monta. Un cocinero “intelectual”, esos que tan de moda están ahora.

Pero no sólo están todos los personajes de nuestra vida, la de la generación de la primera Transición, que los hemos visto de cerca, también están todas nuestras situaciones vividas. Particularmente cercana me resultó la descripción de aquellos jóvenes fachas de pueblo (en el mío se llamaban “pepsicolos”, nunca supe porqué), a los que describe crudamente: “y, dale, más banderita española en el llavero que sacan al ir a poner en marcha el coche, y el sonido de llamada en el móvil te suelta a toda pastilla el himno de España en mitad de la comida en el restaurante, y colocan el Cara al sol en el CD en cuanto te subes al todoterreno, sin contar con la ropa de camuflaje con la que se viste en este espacio tan urbanizado, y el gusto por las armas disfrazado de pasión por la caza”.

Esta nueva moda de la banderita española en pulseras y banderitas de coche, a muchos nos retrotrae a aquellos primeros momentos de la Transición, cuando Fraga y los suyos se apropiaron de la bandera para hacer de ella arma arrojadiza para los que deseábamos una España nueva, que, dicho sea de paso, nunca logramos. Como bien nos ilustra Chirbes, lo único que hicimos fue traicionar nuestros orígenes, como me contó Joan que le dijo su profesora de Antropología cuando estudiaba Magisterio, allá por los primeros ochenta. Si me permitís un paréntesis personal, quizá sea un intento de no olvidar dichos orígenes lo que me ha llevado desde hace semanas a embarcarme en una lucha particular por la educación pública y por la recuperación de la Memoria Histórica. Quizá sea porque se lo debo a ellos, a los que lucharon hace tanto tiempo y perdieron. Como, seguramente, perderemos nosotros (no estoy solo en este combate), pues esos personajes de Chirbes son ahora el modelo a seguir por nuestra sociedad postransición.

Algunas frases descriptivas de esa clase media que cree haber ascendido en el escalafón social porque ya no toma cubalibres sino “ron con cola” perfumado con granos de café (pero nada de Baccardí, sino un Matusalem Gran Reserva) ni gin-tonics de Larios sino de Martin Miller con tónicas de importación. Así los describe cuando a Esteban le realizaban “encargos para salir del paso y engatusar a clientes de esos que se creen de clase media porque no trabajan con un pico y una pala y son justo la más triste clase media contemporánea”. Esa clase media que prosperó y se compró un pequeño yate que atracaba en los “pantalanes que construyó el ayuntamiento para los barquitos de la que se define como nueva clase media y es un conglomerado de variantes de la clase obrera sin conciencia que trajo el thatcherismo y se está llevando consigo la crisis actual desarbolándole los humos”. Imposible ser más claro.

Ya lanzaba punzadas a ese socialismo democrático que nos engatusó durante tantos años, pero en “En la orilla” vuelve a describir imágenes que los de nuestra generación hemos observado estupefactos: “y si lo que les llama es el psoe, un estilizado Patek Philippe, que es el que usa Felipe González. Patek Philippe, un buen Cohibas, un trasero brasileño en forma de manzana reineta, y un vermut con oliva rellena y un chorro de ginebra, el cielo. Felipe, el más consecuente: al fin y al cabo, el socialismo es riqueza, bienestar, pasta para todo el mundo”. Brutalmente verídico. Yo, que también frecuento estos ambientes, nunca pregunté qué era un Patek Philippe cuando lo mencionó uno de esos miembros de la clase media, funcionario del aparato socialista él, para no descubrir que yo provenía del Liang Shan Po, quizá como él, pero con menos ínfulas de grandeza. Pues la sociedad de consumo nos ha embaucado a todos, a mí incluido, a pesar de mi resistencia a algunas serpientes tentadoras, tan antiguas como el mundo: “y siguen conservando el valor que tenían el octavo día de la creación del mundo, cuando Eva vio una serpiente y le echó mano creyéndose que era un collar de esmeraldas”.

Así acaba “En la orilla”. Y es una pena. Es una pena que Rafael Chirbes muriera tan joven (66 años) y nos dejara huérfanos a aquellos que amamos la descripción del mundo y sus personajes. Muchos de los personajes con los que nos cruzamos dejarán de ser contados con la maestría que él lo hacía. El otro día, mientras comenzaba mi camino al trabajo en el coche, me crucé con algunos de ellos y no pude dejar de pensar en lo que Chirbes hubiera escrito de ellos. Me rebasó rauda en su Peugeot “crossover” un personaje cada vez más frecuente, la “choni-neofacha”, un poco pasada de peso, que lleva sobre el retrovisor una cinta con la banderita española; también se me cruzó un “cani” conduciendo un Golf GTI, muy bronceado él, que se iba a trabajar seguramente en algún negocio poco claro, también con el consabido colgante rojigualda; y el que podríamos denominar “nen”, de cabeza rasurada y gafas de sol de espejo, al mando de un pseudeportivo de origen japonés, que te mira despreciativamente cuando te adelanta por la autovía.

Son “Cematorio” y “En la orilla” libros para releer habitualmente. No es necesario hacerlo por completo. Son collages sociales. Un buen ejercicio consiste en abrir estos libros por cualquier parte y leer una parte de ellos. Será como sentarte en una terraza de cualquier bar español y ver pasar la gente. Allí están, en Chirbes, todos. Estamos todos.

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EL PAÍS Y LA CATALUÑA BOLIVARIANA: Necesitáis un abrazo

Debe ser que me ha impresionado tanto el artículo de Joaquín Reyes dedicado al cascarrabias de Javier Marías, o que a los dos nos impele ese ramalazo manchego, pero el titular de hoy de El País me ha provocado unas ganas tremendas de escribirles también, en un tono parecido, una carta a los redactores del periódico otrora “independiente de la mañana” para que se lo tomen con calma y rebajen su nivel de cabreo.

Y es que, efectivamente, no están ustedes bien, señores redactores de El País, y tampoco lo pienso yo sólo, miren sus cifras de ventas y verán como caen en picado. También son muchas las cosas que les hacen sufrir: la derrota de Su Susana y la victoria del “rojo” Pedro Sánchez, el desplante a Su Rey Juan Carlos I, al que no le invitan a la celebración del 40 aniversario de las primeras elecciones tras la dictadura, sí, aquella que el prócer Juan Luis Cebrián ayudó a traer a España, en ese camión que dice el Rey Emérito conducía él, y, como no, el independentismo catalán, que, desde hoy, además es bolivariano.

Creo, como le dice Joaquín a Javier, que también es hora de descansar. Ya trajisteis la democracia, ya mantuvisteis la monarquía en 2014, patrocinando la abdicación sosegada de vuestro Juan Carlos en Felipe VI, ya conseguisteis crear un partido, Ciudadanos, para que los bolivarianos iraníes de Podemos no se alíen con Vuestro PSOE de toda la vida para crear un gobierno al estilo del de Antonio Costa en Portugal, ya le habéis proporcionado a Vuestro Excelso Presidente Ejecutivo Juan Luis Cebrián unos píngües beneficios para vivir como uno de esos príncipes saudíes a los que tanto frecuenta. Por lo tanto, ya podéis dejarlo. Cerrar el quiosco, nunca mejor dicho, y dejadnos en paz.

Valga que os inventéis encuestas, sacando los resultados el mismo día de efectuarlas, valga que pongáis a parir a Pedro Sánchez un día sí y al otro también, pero lo de hoy, como diría Reyes, tal y como se dice por allí, por La Mancha, “pasa de castaño oscuro”.

A ver, que me parece bien, que a la mínima que se os cruce por el camino una noticia tratéis de meteros con la Pérfida Venezuela de Maduro, que truquéis las fotos, como cuando publicasteis en portada una foto falsa de Chaves agonizante, pero este titular no es digno de un diario que tiene entre sus excelsos fundadores y carismáticos dirigentes a todo un miembro de la Real Academia de la Lengua.

“Un foro de modelo bolivariano haría la Constitución catalana”, habéis titulado. Lo he tenido que leer varias veces para entender qué queríais decir. Ya sabía que lo de meter el adjetivo bolivariano era una ocurrencia que quedaba muy bien en vuestra Cruzada anti-Maduro, pero es que no entendía una mierda, como vulgarmente se dice. He tenido que leerme más de la mitad del artículo para ver la semejanza que los señores Javier Casqueiro y Miquel Noguer querían aplicar al “procés” con la Venezuela de Maduro. Os prometo que en lo primero que he pensado, y no es broma, es que los redactores de la futura Constitución catalana iban a hacerlo vestidos con la “chompa” bolivariana, ese jersey a rayas que popularizó Evo Morales desde su llegada al poder. Pero no, al parecer es que los redactores de la Carta Magna catalana lo van a hacer siguiendo el procedimiento que Maduro pretende utilizar para cambiar la Constitución de Venezuela.

Y, ahí, en esa explicación, es cuando los periodistas Casqueiro y Noguer la lían. Dicen que consiste ese procedimiento bolivariano a aplicar en Cataluña en “activar un proceso participativo de base ciudadana”. ¡Acabáramos!, ahora resulta que a El País le produce repelús que los ciudadanos participen en la elaboración de la futura Constitución. Claro, como no se me ocurrió antes, ellos son partidarios del modelo de la Constitución española de 1978 parida por siete padres (debía ser que entonces estaba permitida la paternidad compartida) entre los cuales estaban demócratas de la talla de Manuel Fraga (“la calle es mía”, dijo tras los asesinatos de los sucesos de Vitoria en 1976 a manos de la policía dentro de la iglesia de San Francisco de Asís), Gabriel Cisneros (Delegado Nacional de la Juventud, que controlaba la OJE, sección juvenil de La Falange, entre 1969 y 1972, además de procurador en las Cortes franquistas), Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón (letrado del Consejo de Estado franquista desde 1966 y principal hacedor de la puñalada de UCD a su propio líder Adolfo Suárez) o José Pedro Pérez Llorca (letrado de las Cortes franquistas, esas tan demócratas). Nada mejor que este sistema y que cuando los artículos no salgan los acaben “cocinando”, con agravante de nocturnidad, dos prohombres como Abril Martorell y Alfonso Guerra, como ocurrió con la Constitución española de 1978. ¡Nada de procesos ciudadanos! ¡Pero qué democracia es esa en la que participan los ciudadanos, habiendo prohombres de la citada “categoría” que nos digan lo que hay que poner en la Constitución!

Dicen los articulistas que la futura Ley de Transitoriedad Jurídica catalana “se erige en ‹norma suprema› mientras no haya una Constitución”. A ver esto, a qué me recuerda. Voy a repasar mis apuntes de Historia Contemporánea de España en el tema de la Transición Española. Dicen que en 1976 Suárez presentó una Ley para la Reforma Política (aprobada por las Cortes franquistas, que nada tenían de democráticas) para poder hacer más tarde unas elecciones constituyentes. Y que mientras estas elecciones se producían, la norma que regía la política en transición era la de Reforma Política.

¿Y no es esto lo que pretende el gobierno catalán? Hacer una Ley de Transitoriedad, para hacer unas elecciones, discutir en foros ciudadanos la Constitución y votar en referéndum dicha Constitución. Vale, no os tiréis aún a la yugular, que ya sé que aquella Ley se hizo contra una dictadura, pero, en circunstancias especiales, el sistema democrático debe buscar resquicios para salir de la crisis.

Y no hablo de Venezuela, hablo de Islandia, que, tras la crisis bancaria de 2008 y las consiguientes protestas de la población, decidió modificar su Constitución creando una asamblea popular de 25 miembros sin filiación política para realizar dicho cambio. Claro, es que a los redactores de El País no les habría quedado tan impactante el titular si hubieran dicho “Un foro de modelo islandés haría la Constitución catalana”.

Así que, como dice Joaquín Reyes en su maravilloso artículo, “disfrutad de las pequeñas cosas de la vida”, contadle a los nietos sentados en una fogata otoñal que un día fuisteis diario referente de la progresía, que ayudasteis a traer la democracia a España, que quitabais y poníais ministros con Felipe González, que erais más modernos que una peli de Almodóvar en los ochenta, pero dejadnos ya en paz con vuestros titulares chuscos. ¿Qué será lo próximo, “Cataluña ficha a Pedro Sánchez como asesor, con el beneplácito de Podemos, y se instalan en el consulado de Venezuela en Barcelona”?

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AQUEL VERANO DEL AMOR, ESTE VERANO DEL AMOR: San Francisco 1967/Madrid 2017

Se han cumplido cincuenta años, dicen las crónicas. Pero, qué verano no es el verano del amor? Para los que, como yo, hayáis traspasado con creces la edad juvenil, os parecerá que dicha pregunta no tiene sentido, pero, recordad, cuando erais jóvenes, ¿no eran todos los veranos, tiempo para enamorarse? ¿Cuántas películas italianas, especialmente, o españolas en su versión más kitsch no nos hablaban de veranos llenos de escarceos amorosos en playas y pueblos de interior? Aquellos maravillosos años, como ilustraba la serie americana que tan bien refleja aquellos años finales de los sesenta, estaban plagados de historias de amor. Historias que quedaban en nada con los primeros días de refresco del otoño, pero que era la ilusión para el año siguiente.

Llegaban al pueblo amigos o amigas de tus conocidos, ibas a la playa a pasar unos días, la rutina de tus amistades del resto del año quedaba rota por el caminar solitario en una playa o en una alameda junto a alguien a quien constabas tu vida adornándola con las mayores gestas, explicando tus proyectos vitales como si fueras a convertirte en un nuevo guerrillero por una causa justa o dándotelas de conocer el último disco de Grateful Dead.

Pero dicen las crónicas que aquel verano de 1967 fue especial. Fue el Verano del Amor. San Francisco, explosión hippie. Un preludio musical de lo que al año siguiente acabaría explotando.

Pero aquel Amor que se pregonaba en 1967 no era sino la reacción a un mundo que poco tenía de amoroso. Era un mundo profundamente violento. Violento, especialmente, con los más desfavorecidos. En abril, se inauguraba en Grecia una dictadura militar que perduraría hasta 1974, en junio Israel y los países árabes de la zona (Egipto, Siria y Jordania) se enfrentaban en la denominada Guerra de los Seis Días, mientras la Guerra de Vietnam se encontraba en su momento más álgido. Ese año se inauguraba el denominado Programa Phoenix, consistente en el control de la CIA del sistema de espionaje survietnamita para utilizar cualquier sistema de destrucción del enemigo, incluidos todos aquellos que se situaban fuera de la Convención de Ginebra.

La sociedad americana no podía callar frente a la barbarie que allí se estaba produciendo, especialmente cuando en Estados Unidos una parte de la población, los afroamericanos, no tenían ningún derecho civil garantizado, excepto el de ir a morir a Indochina. Martin Luther King lo expresó en abril de aquel año durante un servicio religioso con estas palabras: “Mandamos los jóvenes negros ya  arruinados por la sociedad a 8.000 millas de aquí para garantizar en el Sudeste asiático las libertades que no disfrutan en Georgia o al Este de Harlem”. Una semana más tarde, varias manifestaciones concentraban a miles de personas en San Francisco y en Nueva York. Las protestas tenían como protagonistas a los estudiantes. En mayo 400 de ellos tomaban el edificio administrativo de la Universidad de Pensilvania.

En realidad el Verano del Amor comenzó en pleno invierno, en enero cuando se celebró el en Golden Gate Park de San Francisco el festival Human Be-In al que acudieron más de 35.000 personas donde tocaron grupos como Jefferson Airplane o The Grateful Dead. Allí también John Phillips (The Mamas & The Papas) cantó por primera vez la canción San Francisco con aquella estrofa que se hizo famosa (Si vas a San Francisco,/asegúrate de llevar flores en el cabello…/ Si vas a San Francisco,/ el verano será una celebración de amor”).

Pero con el final de curso a mediados de junio, San Francisco se convirtió en lugar de peregrinación. Más de cien mil personas invadieron la ciudad (especialmente el campus de la Universidad de Berkeley y los parques aledaños al Golden Gate) y los pueblos cercanos. Allí, en uno de ellos, en Monterrey, se celebró el más conocido de los conciertos. La nómina de artistas es ingente, pues ahí estuvieron The Animals, Simon & Garfunkel, Steve Miller Band, Jefferson Airplane, Otis Redding, Ravi Shankar, Buffalo Springfield, Scott McKenzie, The Who, The Jimi Hendrix Experience, Grateful Dead o The Mamas & the Papas.

Jóvenes adolescentes, estudiantes universitarios, turistas de clase media se sintieron llamados por los vientos contraculturales de San Francisco (la generación beat de Lawrence Ferlinghetti, Allen Ginsberg o Michael McClure o Timothy Leary) y, porqué no decirlo, los efluvios de la marihuana y el sabor del LSD, prohibido en California el año anterior, pero que se convirtió en producto de primera necesidad durante aquel verano.

Hay que recordar que no fue el único gran evento musical de aquel año. Entre finales de julio y principios de agosto se celebró en Cuba el I Encuentro de la Canción Protesta en la que participaron cincuenta músicos de dieciocho países. Quizá no es tan conocido como aquel festival de Monterrey, pero en España los nombres de sus participantes fueron durante años referencia de una lucha contra la dictadura que nos unía a uno y otro lado del Atlántico (Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Daniel Viglietti, Carlos Puebla o nuestro Raimon).

Pero ni la Canción Protesta ni las Flores en el Pelo pudieron frenar la violencia que se cernía sobre el mundo en aquel Violento 1967. El 20 de agosto, en México, pistoleros profesionales contratados por líderes de Unión Regional de Productores de Copra del Estado de Guerrero y por Raymundo Abarca Alarcón mataban, oficialmente, a treinta y dos campesinos y dejaban heridos a un centenar, aunque las cifras extraoficiales parecen más elevadas. Unos días más tarde, en el cerro Pancasán (Nicaragua), la Guardia Nacional del dictador Anastasio Somoza asesinaba a varios guerrilleros del FSLN (Frente Sandinista de Liberación Nacional). Finalmente, concluido aquel Verano del Amor, en octubre agentes de la CIA y oficiales del ejército boliviano mataban al Che Guevara.

¿De poco sirvieron todas aquellas protestas, todas aquellas canciones? Probablemente. La Guerra de Vietnam continuó hasta mediados de la década siguiente, Martin Luther King fue asesinado al año siguiente, el candidato Bob Kennedy, ante el peligro de que acabara con aquella guerra, también fue eliminado en 1968 y nuevas dictaduras se inauguraban en Latinoamérica (Bolivia, Perú, Panamá).

Cincuenta años más tarde, las guerras continúan. El viejo slogan hippie “haz el amor y no la guerra” sigue sin cumplirse, el verano y la vida no son fáciles como nos prometía Janis Joplin en Summertime; sí, ha sido un largo y solitario invierno, pero no ha venido el sol, como auguraban los Beatles (Here comes the Sun).

Cincuenta años más tarde, una ola de Amor recorrerá Madrid este fin de semana. Un amor prohibido hasta hace poco en España, aún prohibido en más de ochenta países del mundo. Y cuando digo prohibido no me refiero a su ilegalidad, sino a la posibilidad de ser asesinados (el Estado lo denomina ejecuciones) por Amor. No serán todos jóvenes, como no lo eran tampoco en aquel Verano del Amor de 1967 (allí le pilló la revuelta hippie a nuestro filósofo José Luis López Aranguren, expulsado por el régimen franquista, que de joven ya tenía poco), pero espero que sean los protagonistas. Sólo ellos, y las mujeres, pueden dar un paso más para convertir este mundo en algo más tolerable.

Será también una celebración muy musical, pero debo reconocer que leído el cartel poco me identifica con lo que ofrecen. Debe ser que cincuenta años no pasan en balde; que entre escuchar a Janis Joplin, como estoy haciendo mientras escribo estas líneas, y a Fangoria no hay color. Donde sí lo habrá y mucho será en las calles de Madrid. Espero que este también sea un verano del amor recordado como aquel de 1967.

Nosotros seguiremos con nuestras innumerables guerras y conflictos, con los derechos civiles recortados en numerosos países donde todavía es delito la homosexualidad o el adulterio. Donde parece que aún el Amor es un delito.

Quiá no será una causa perdida, porque como he tenido ocasión de recordar esta semana a mis más íntimos allegados, hay que recordar las palabras de Gert, uno de los anabaptistas de la novela “Q”, “la derrota no vuelve injusta una causa. No lo olvides jamás”. Y algún día, como decía Janis… “quizás, quizás…” (¡atención a esa entrada de viento, una de las más emocionantes de la historia de la música!)

 

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CARTA DE UN VOTANTE DESPECHADO

Has vuelto a prometerme que vas a cambiar, que vas a dejar tus amantes, esos que viven en el centro de la ciudad e incluso algunos que lo hacen en la margen derecha del río. Lo dices con esa cara angelical que ahora se te ha puesto. Vestido tan moderno, con camisa blanca casi siempre, tan apuesto y tan alto. Me recuerdas a aquellos tiempos del pasado, cuando la moda era de pana y pantalón acampanado, que también te sentaba estupendamente y que provocaban que más de medio país fuera detrás de ti. Incluso cuando decías un día no y al otro sí. Aquella gracia al hablar, tu juventud, tu modernidad nos llevó de calle. Pero yo, después de la primera vez, me sentí engañado, percibí que algo iba mal, que tras aquella fachada de moderno, locuaz y atrayente discurso se escondía un sibilino amante al que había que dejar antes de que me devorara y no pudiera tener vida propia, pensamiento propio.

Veía como año tras año te ibas convirtiendo en un ser poco recomendable. Te veía en las noticias o cuando salías en los periódicos y contaban que cada vez te metías en manejos de lo más turbios. Que si te encontraban dirigiendo tramas oscuras, que si tu contabilidad no era del todo limpia, que si al hermano de un íntimo amigo tuyo lo detenían, que si traicionabas a tus antaño colegas… Pero, no sé como, siempre salías indemne. Siempre estabas rodeado de tus fieles votantes. Yo dejé de serlo, hasta que…

Hasta que nos dijeron que había que salvarnos del caos. Entonces apareciste nuevamente con tu cara más angelical. Algunos decían que eras el nuevo Peter Pan, por lo buenazo que parecías y por la candidez de tus promesas. Y volví contigo. Me prometiste que todo iba a ser distinto. Que ahora sí ibas a olvidarte de tus malas compañías, malas y ricas compañías. Que te ibas a venir a vivir conmigo a este barrio de clase media de las afueras, que ibas a sacar a tus niños del colegio concertado, que incluso dejarían de ir a catequesis para hacer la primera comunión. Que ya no ibas a salir por la noche a juntarte con tus amigotes banqueros, periodistas de postín, turbios jerifaltes extranjeros y gente que vive más allá de la ley. Incluso me prometiste que te ibas a venir a vivir conmigo aquí, a nuestro barrio en el que cada vez queda menos gente, situado a la izquierda del río.

Pero no. Volviste a caer en tus viejos vicios y me volviste a engañar. No era verdad que ibas a sacar a los niños del colegio y desapuntarlos de catequesis, no era cierto que te ibas a venir a mi barrio. Lo más que hiciste es hacerme una visita de cuando en cuando, sobre todo si había cámaras por medio para hacerte una foto en él. Y cuando llegaron los problemas económicos no hiciste nada por nosotros. Al principio dijiste que no era nada, que nos recuperaríamos enseguida. Después volviste a echarte en brazos de tus amigos de siempre: banqueros, constructores, industriales. Todos de ese club, al que a ti tanto te gustaba acudir a tomarte caros whiskys con ellos. IBEX, creo que lo llaman.

Y ahora, cuando has visto que todos esos amigotes te han abandonado vuelves a mí. Prometes que te vienes, ahora sí, en serio, a vivir a nuestro barrio a la izquierda del río. Ahora que te insultan tus viejos amigos en periódicos, televisiones y cadenas de radio, ahora pides que te vuelva a creer. Que eres de los míos, que no me vaya con esos nuevos vecinos que han llegado al barrio y dicen que van a salvar la ciudad. Mira, yo, a mi edad, sé que no van a salvar la ciudad. Que esta ciudad ya tiene mala solución. Está llena de agujeros profundísimos en todas las calles. Está completamente abarrotada de basura que a nadie le interesa recoger, pues las ratas la han inundado y viven de ella. Sé que estos nuevos habitantes del barrio no son sino cuentistas a los que les gusta que la televisión les venga a entrevistar. Algunos parecen gente sana. Me recuerdan incluso a ti, cuando eras joven. Pero yo ahora vivo aquí, tranquilo, con mis lecturas, mis pequeños trabajos para el barrio. Pero nada de pretender cambiar la ciudad y convertirla en una Copenhague del sur. Lo único que me interesa es que el vecino de al lado se sienta más feliz, aunque sólo sea dándole una charla sobre sus antepasados.

No. No te voy a hacer caso esta vez. Ahora no. No creo en tus promesas, aunque me digas que si no tus amigotes de antaño se comerán esta ciudad. Sé que vendrás a prometerme lo de siempre, pero yo ya estoy mayor para creerte. Seguro que te saldrán amigos aquí, a la izquierda del río, donde dices que te vienes a vivir. Pero la familia no sé si te va a dejar. Llevas tantos años viviendo en los barrios altos, que quienes allí dejas seguro que te piden cuentas. Y no sé si aguantarás mucho tiempo por aquí, sin hacer caso a los cantos de sirena de tus viejos y ruines amigos.

Que te vaya bien. No puedo desearte nada malo. Ya sabes, a los primeros amores nunca se les olvida ni se les desea nada malo, aunque se hayan portado como tú. Pero nuestro momento pasó. No me pidas que vuelva.

Afectuosamente, tu antiguo y despechado votante.

P.D. Ah! Escucha esta bellísima canción, quizá entiendas lo que te he querido decir:

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