LA MUERTE TODO LO PERDONA: Obituario de César Alonso de los Ríos

“Ni siquiera estoy seguro de que a Joan Monie, fallecido el último día del mes pasado, le gustase este a modo de necrológica: se había vuelto bastante cascarrabias, que es la escapatoria de los inteligentes que no aceptan el rebaño. Pese a todo, estoy seguro, le seguíamos queriendo. Creo, me dicen, que murió entristecido, pensando que se había quedado muy solo. Tuvo el coraje de asumirlo. Si sirviese de algo, que no, muchos le llevaremos siempre en el recuerdo”.

Como esta podría ser la necrológica que alguno de mis compañeros, y sin embargo enemigos, probablemente escribirían sobre mí, tal y como Fernando Jáuregui ha escrito hace unos días en El País sobre César Alonso de los Ríos, fallecido en Madrid el 30 de abril pasado. Es bello morirse, para que hablen bien de uno mismo. Quizá de mí también lo hagan quienes ahora me vilipendian en mi ausencia. Es costumbre muy española honrar a los muertos, se lo merezcan o no.

Pertenecía César Alonso de los Ríos a una extensa nómina de conversos luchadores antifranquistas españoles que derivaron, pasados los años, no en hombres (y mujeres, que también las hay) domados por la socialdemocracia o el liberalismo progre al estilo de Tony Blair, sino en ultraderechistas de tomo y lomo, ríete tú de Marine Le Pen. Hablo, por ejemplo, de Federico Jiménez Losantos, quien militó en la Organización Comunista de España-Bandera Roja (OCE-BR), un partido maoísta y estalinista, para entrar posteriormente en el PSUC (Partit Socialista Unificat de Catalunya); de Pío Moa, militante del grupo terrorista GRAPO e implicado en el asesinato de dos policías el 1 de octubre de 1975 y del secuestro del Teniente General Villaescusa; de Hermann Tertsch, militante del Partido Comunista de Euskadi (EPK); o Alfonso Rojo, que además de ex de Ana Rosa Quintana, fue militante de la CNT, llegando a vivir en un comuna libertaria. Y son sólo unos ejemplos, pues los hay a cientos.

Ahora ha muerto César Alonso de los Ríos y, como a todos los muertos, se le escriben panegíricos, incluso desde posiciones ideológicas distantes como la de Fernando Jáuregui. O quizá es que no estén tan lejos ideológicamente o sociológicamente. Tiene la sociología mucho que decir sobre estas maravillosas conversiones marianas durante nuestra Inmaculada Transición. Mucho se les debió aparecer la virgen a toda esta caterva de comunistas, socialistas libertarios, anarquistas, maoístas, estalinistas y otras hierbas izquierdistas de los sesenta y setenta. Ni las apariciones marianas de la Europa Barroca produjeron tanto fervor converso. Los motivos, a mi entender, vendrán un poco más tarde.

Lo que me ocupa ahora es esa manía española de poner por las nubes a todos los muertos. Pueden haber sido los corruptos más procaces, los ladrones más desvergonzados, los necios más atrevidos que siempre saldrán a alabar su lado humano, su pasado de luchador antifranquista, su cultura enciclopédica… De todo ello se ha hablado estos días tras la muerte de César Alonso de los Ríos. No de porqué pasó de defender los postulados del comunismo (Jáuregui se cuidó bien de decir que no del estalinismo, que éste se comía a los niños crudos) a convertirse en aznarista e, incluso, en los últimos tiempos en defensor de los principios ultras de VOX, lo cual le llevó a ser despedido del diario ABC. Claro, este peregrinar desde Carrillo a Vidal-Quadras se ha tildado desde las páginas de los diarios ultras digitales de “independencia de criterio”. Mucho morro lo llamaría yo o desvergüenza política. Además de la necesidad de vivir de la escritura periodística. Y es que ya sabemos cómo acabaron las publicaciones izquierdistas españolas tras el “Triunfo” de la Transición.

Sólo he leído en los últimos años una necrológica absolutamente valiente, cruda, descarnada y totalmente improcedente para los cánones de la bienpensante clase periodística española: la que le dedicó Gregorio Morán a Eduardo Haro Tecglen. Destilaba mucha mala leche, habitual por otra parte en el señor Morán (cómo no en el país que vivimos) y le llovieron críticas por todos lados: “que eso no se decía de los muertos, que qué poca humanidad”. Bueno, quizá, pero ocultar el pasado falangista de quien se creía fundador del progresismo periodístico español y sus artimañas para medrar siempre cerca del poder (El País, Polanco y Cebrián, mediante) no hubiera sido posible para la afilada pluma de Gregorio Morán.

Como decía, siempre me ha resultado curiosa la conversión de todos aquellos “rojos” en “azules”, casi de camisa parda nacionalsocialista (¡date, a ver si aquí, en dicho término va a estar parte de la solución!). Algún día alguien se atreverá a desentrañar los orígenes y las causas de semejante conversión masiva. No podemos hablar de pecados de juventud pues, por ejemplo, los anteriormente citados ya habían perdido la inocencia juvenil: Losantos tenía 32 años cuando militaba en el Partido Socialista de Aragón (un partido federalista –sí, como lo leéis- alejado del PSOE), Pío Moa 30 cuando participó en el secuestro del Teniente General Villaescusa, y Alfonso Rojo más de 30 también cuando convivía en la locura del amor hippie. Debió haber mucho de postureo, como dicen ahora mis alumnos (¡qué bien lo ha cantado Ángel Stanich en su canción Camaradas!): debía ligarse mucho en aquellas universidades llevando la revista Triunfo bajo una carpeta con la foto del Ché.

Sin duda, también debió haber mucho de materialismo histórico en aquellas conversiones. Vamos, que se ganaba más dinero escribiendo en El País, ABC, El Mundo o La Razón que en El Viejo Topo o Ajoblanco, que poco duraron. Pero debe la sociología enseñarnos algo más sobre el porqué de la deriva continental de tanto personaje: ¿de dónde provenían? El difunto César Alonso de los Ríos es buen ejemplo del origen social y cultural de buena parte de ellos. Universitario en unos tiempos, los del primer franquismo, en los que la Universidad estaba reservada a las clases más pudientes, había estudiado bachillerato en el Colegio de los Jesuitas de San Zoilo (Carrión de los Condes, Palencia): clase media acomodada, jesuitas, universitario. Este era el perfil de quienes debían, desde su conversión al comunismo de los sesenta, liberar a la clase trabajadora de la opresión del capitalismo y su trasunto la dictadura franquista. Ahora vamos entendiendo más cosas.

Y tenían, tenía el difunto César Alonso de los Ríos, un cacao mental e ideológico de proporciones bíblicas. Al tiempo que militaba en el PCE y deseaba, supongo, la liberación de los pueblos oprimidos, se manifestaba admirador de la Generación del 98, Ortega y Gasset y Miguel Delibes: ¡toma ya ensaladilla rusa!, pero de la Rusia soviética. Seguimos entendiendo más cosas.

Hay una memorable y esclarecedora escena en la película “El cónsul de Sodoma”, sobre la figura de Jaime Gil de Biedma, en la que la Gauche Divine de Barcelona (el propio Gil de Biedma, Óscar Tusquets, Teresa Guimpera, Colita o Vicente Aranda, que se cabreó mucho por cómo salía en el film) brinda con champán francés la muerte de Franco mientras Manolo, el novio gitano de Gil de Biedma, les sirve canapés. Manolo les acaba espetando “lo que pasa es que vosotros queréis tenerlo todo, dinero, buena conciencia; ¿Por qué no reconocéis que sois de derechas? A mí no se me caen los anillos, soy de derechas: quiero un buen coche, una buena casa, quiero ser rico”. ¡Qué escena más esclarecedora y premonitoria! Todos aquellos del Frente de Liberación Popular (FELIPE), criados en las sacristías y la cafeterías de las universidades, lo que eran es de derechas.

De derechas y españolistas. Todos los mencionados anteriormente, y otros muchos que se podrían añadir (Vid: anticomunismo, oportunistas y conversos) han acabado convirtiendo a España en su referente. A “su España”: la del toro de Osborne, la de la banderita en la pulsera, la de la bandera en el balcón, la del himno de Marta Sánchez. ¡Qué lejos ha quedado esa España de los Pueblos de la que escribían en Triunfo! Si tenéis estómago para leer a los personajes citados, como al propio César Alonso de los Ríos, veréis su obsesión por la Unidad de la Patria. ¿Qué fue de aquello de proletarios del mundo uníos? Ah, claro, ellos nunca fueron proletarios, se me olvidaba. En todas las obras de César Alonso de los Ríos publicadas después de su fichaje por el PSOE (excepto la biografía desmitificadora de Tierno Galván) aparece la palabra España, nación o Patria. No hay más. Todo gira en torno a una idea: “que no me rompan mi España”. ¿Qué quedó de los españoles?

Nada. Ni de los españoles ni de los proletarios. Pero, ¿y estos? Estos, los proletarios, han picado en el anzuelo, bien sazonado desde los medios en los que escriben los personajes antes mencionados. Ellos, los proletarios, también cuelgan banderas, llevan pulseras, colgantes rojigualdas y toros de Osborne en sus coches. Poco les preocupa ya la liberación de clase. Ahora el peligro ya no es el capitalismo, es la emigración, es el separatismo.

¡Qué bien lo ha entendido Ciudadanos y quienes les auspician! Ello les llevará a la victoria electoral.

https://www.youtube.com/watch?v=SNg50mCKILg

 

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CARTA AL MINISTERIO DE LA SOLEDAD BRITÁNICO

Estimada señora Tracey Crouch, Secretaria de Estado para el Deporte, la Sociedad Civil y, ahora también, la Soledad del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, en primer lugar le pido excusas por no poder escribirle esta carta en su idioma porque yo no soy ningún milenial y no he tenido doce años de escolarización en inglés ni que sacarme el B1 para tener el título universitario. Bueno, creo que mis compatriotas milenials tampoco sé si podrían hacerlo, pero eso son cosas de otro ministerio, en este caso del Ministerio de Educación español, más preocupado por cómo meternos el currículum de Religión Católica.

Perdone que me desvíe de cuando en cuando del tema, pero es lo que tiene la soledad, que a la que pillas a alguien, aunque sea al otro lado de esta comunicación virtual, te entran ganas de soltar todos los temas que llevas mascullando días, semanas o, incluso, años.

A lo que iba. Me enteré hace unas semanas de que dirige usted ahora un departamento que la prensa ha denominado el Ministerio de la Soledad. En realidad de lo que se trata es de incluir este tema entre las competencias de su departamento dedicado a eso tan etéreo que es la Sociedad Civil (luego le contaré algo sobre lo que se entiende en mi país por ese término). He leído que, incluso, no tiene estructura ni presupuesto. Tampoco me extraña. En mi país tenemos un presidente que se vanagloria de tener un departamento, el de la Memoria Histórica, al que ha destinado “cero euros” en todos sus años de mandato. Perdone, ya le dije que me desviaría.

Lo primero que me chocó de la noticia es que la idea la pusiera en marcha un gobierno tory (vamos, lo que nosotros llamamos conservador, cuando nos ponemos en plan fino o europeo, de derechas, cuando revisamos nuestra historia, o facha, cuando se nos representa la imagen de algún alcalde de nuestro partido tory, que inserta la bandera franquista en su perfil de Facebook). ¡Con lo que hizo la señora Thatcher por el neoliberalismo fredmaniano y ahora quieren ustedes, herederos de la Dama de Hierro, desde el Estado, echar un cable a los solitarios que crearon con sus medidas!

Quizá todo se deba a un poco de mala conciencia. Mala conciencia porque más de nueve millones de anglosajones -casi un 14%- se sienten solos o porque más de 200.000 personas mayores en el Reino Unido no suelen hablar con nadie en más de un mes. ¿No quedábamos en que en el neoliberalismo cada uno se debía apañar como pudiera? ¡Ah! Me dicen que es que los solitarios son (somos) cada vez más caros para el sistema sanitario, pues la soledad está asociada a la depresión, ansiedad, enfermedades cardiovasculares y a la demencia.

Tampoco habría estado mal que hubieran aplicado ese refrán que tantas veces le escuché a mi abuela, que, por cierto, murió en soledad, que decía que “más vale prevenir que curar”. Que no hubieran creado bolsas de paro inmensas, ancianos desatendidos por los servicios sociales, jóvenes sin trabajo ni futuro, generaciones enganchadas a la televisión y ahora a las redes sociales (¿qué hay más solitario que un “grupo” en una red social?. Ahora no tendrían que poner remedio.

No sé muy bien qué pretende su departamento para solucionar el problema. Pero supongo que, debido a que está incluido en lo que en el Reino Unido llaman junior minister denominado Deportes y Sociedad Civil, se trata de que nos ayudemos unos a otros. A eso es a lo que en el mundo anglosajón llaman Sociedad Civil, aunque se está copiando en otros ámbitos como en Latinoamérica, donde ya existen departamentos con ese nombre, por ejemplo en Chile. Mi amigo Joan (sí, los solitarios tenemos amigos, pocos, pero valiosos) a eso le llamaría escurrir el bulto por parte del Estado. Se está poniendo de moda esto de sustituir la labor del Estado en su faceta asistencial por la presencia de voluntarios (la llamada por ustedes Sociedad Civil). Está muy bien esto de la solidaridad y las ONG’s, pero no estaría mal que el Estado, que pagamos entre todos, también se preocupara de apagar los montes, de cuidar a los refugiados, de salvar a las ballenas. Sino, puede que llegue el día en el que hagan ustedes desaparecer los Ministerios de Sanidad y de Educación y que sea la Sociedad Civil la que se encargue de los enfermos y de la enseñanza.

Ahora debo aclarar, para mis lectores españoles, que el término Sociedad Civil tiene connotaciones diferentes en España a las que ustedes le ha otorgado. Para ustedes, y parte de los latinoamericanos, la Sociedad Civil es el conjunto de personas que se dedican a la colaboración en diversos temas sociales. Para nosotros, desde que en Cataluña un grupo de personas se apropiaran el término, es un conjunto de personas que arrogan la razón de un tema frente a otros que suelen encarnar, para ellos, el poder. En Cataluña se lo quedaron los nacionalistas españolistas que se oponían así a los nacionalistas catalanistas, arrogándose la razón de la sociedad. Parece que el término ha tenido éxito y leo estos días que el presidente Rajoy se ha reunido en Sevilla con miembros de la “sociedad civil andaluza y sevillana”. Al leer el fondo de la noticia descubro que esa sociedad civil no era gente dedicada a la solidaridad con sus congéneres sino representantes del mundo empresarial, de los colegios profesionales, del movimiento asociativo, de sindicatos, o de los ámbitos de la cultura, el deporte o medios de comunicación.

Pues mire señora Tracey Crouch, es precisamente esa Sociedad Civil la que no necesitamos los aquejados de esa nueva enfermedad que ustedes quieren erradicar. Pero es que a la otra, a la que ustedes los británicos se refieren tampoco. No deseo que a través de su ministerio, si algún día lo copia mi país, aunque quizá no sea el mejor momento ya que el Brexit no ha puesto un poco en nuestra vena antibritánica, diría más, antieuropea, después de lo sucedido en Alemania con Puigdemont, que llegue cualquier día de estos un o una joven milenial para llenar mis momentos de soledad. Me recuerdan un poco a aquellos Testigos de Jehová que van de puerta en puerta repartiendo su revista Atalaya y dando consejos para la salvación. ¿Qué me van a traer para mitigar mi soledad? ¿Discos de Green Day o de Coldplay? ¿La serie completa de Harry Potter? ¿Todas las temporadas de Juego de Tronos? No, por favor, antes vuelvo a escuchar a Pink Floyd narrado por el cansino de José Miguel López, a leerme las obras completas de Julián Marías o a zamparme Verano Azul.

Por suerte señora Tracey Crouch, mi soledad, casi siempre, es elegida. Espero que cuando la ancianidad me llegue pueda tener la lucidez suficiente para poder llenarla con cosas tan interesantes como las que me llevo entre manos estos días: escuchar el último disco de Perfume Genius, releer Delicioso suicidio en grupo de Arto Paasilinna y ver la serie completa Downton Abbey. Sí, sé que estas cosas no las hago plenamente en soledad. Las comparto con Cristina, con un Club de Lectura y con Marilena, pero ellos no rellenan mi soledad para congraciarse con la Sociedad Civil, lo hacen porque comparten mis gustos. Solo espero que me duren muchos años. Mientras yo me dedico a hacer todo lo posible por conservarles, me gustaría que ustedes, los de los ministerios varios, se dediquen a no agravar mi soledad enviándome al paro, limitando mi pensión o suprimiendo ayudas a la dependencia por si algún día me hacen falta.

Porque para superar la soledad ya me basto yo y esta otra Soledad

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EL EXTRAÑO RETORNO DE LA PATRIA: Esa cosa de valientes

Este artículo lo llevaba en la cabeza desde hace unas semanas cuando hace unos días se produjo el éxtasis orgásmico del himno de Marta Sánchez. Es, en su origen, muy anterior a él, pero, por desgracia, se va a ver contaminado por los comentarios y reacciones que la actuación de la cantante pop ha suscitado. Pero intentaré no irme demasiado hacia ella, pues, en realidad, su acto no es sino un síntoma más de lo que sucede en Occidente en estos tiempos.

La tesis que deseaba exponer en este comentario no era otra que el retorno en Occidente del concepto patria frente al de ciudadano. De la necesidad de amar lo intangible (la patria o la nación en su acepción más suave emocionalmente) frente a lo corpóreo: las personas.

No voy a entrar aquí en disquisiciones politológicas sobre las diferencias entre los conceptos de nación, estado, patria, pueblo, pues en cada lengua y en cada lugar y momento de la Historia se ha utilizado con diferentes significados. No creáis que es tema sencillo, pues continúa siendo objeto de debate entre historiadores, sociólogos, filósofos, politólogos y otros pensadores como para que pueda resumirse fácilmente o convertirse en una columna periodística. No es un tema cerrado, como tantos en la historia del pensamiento.

Si yo utilizo el término “patria” es precisamente por su sentido más emocional que el de nación. Pues de ello es de lo que deseo hablar. Del trasvase de la emoción desde las personas (ni siquiera desde el término pueblo o ciudadanos, que ya es un tanto incorpóreo) hacia un colectivo inaprensible sea este patria, nación o, incluso, pueblo.

Y, en pura teoría occidentalista, liberal y capitalista, me resulta algo extraño cuando se supone que el liberalismo y el capitalismo colocan en el centro al individuo. ¿Por qué, por tanto, este interés de las democracias liberales por insuflar el amor a la patria, a la nación? El país (otro término de controvertida definición) con un sentido más sólido del liberalismo y líder capitalista, Estados Unidos, es quizá el que más sitúa la patria en el centro de los sentimientos colectivos. No hay espacio público, incluso privado, que no esté decorado con los símbolos de ella (la bandera y el himno, especialmente). Lloran ante la presencia de ellos y se utilizan para enardecer a las masas en acontecimientos varios. Se emocionan, vamos. ¿A qué se debe que un país que aboga por el individualismo más extremo, hasta el punto de dejar morir a individuos sin seguro médico, sea tan patriótico? ¿No sería mejor que ese amor a la patria se trasladara a los que la componen?

La solución creo que está, y no es broma, en la frase que últimamente se repite tanto en boca de Rodrigo Rato: “es el mercado, amigo”. Efectivamente, el sistema liberal, trasunto político del capitalismo, fue obra de la burguesía que propugnaba la libertad individual frente al encorsetamiento del sistema estamental que le impedía crecer económica, social y políticamente. Pero ellos solos no podían frente a la aristocracia y la monarquía absoluta, necesitaban al resto de los habitantes del país, esencialmente campesinos y trabajadores varios.

Como dice el profesor Javier Varela, ya desde la Ilustración, la burguesía cambió el léxico político. Sustituyó el término reino por el de nación, el de país por el de patria, el de vasallo o súbdito por el de ciudadano. Cuenta que el abate Coyer proponía en 1755 sustituir royaume (un tirano y esclavos), état (sociedad que vive bajo un gobierno) e incluso France (porción de tierra dividida en provincias) por patrie. “La patria no era solamente el país donde se ha nacido, sino una madre, una divinidad”.

Hemos llegado a la estación-termino. Era necesario insuflar a las masas un concepto divino que sustituyera a la monarquía para aglutinar a la colectividad. Ese fue el de nación o patria. El primero siempre ha parecido más político (da lugar a nacionalismo), mientras el segundo es más visceral, apela a la propia madre y da lugar a patriotismo.

Son muchos los casos en que se ha apelado al sentimiento nacional, patriótico, frente al individual, incluso al de clase. Y con ello, el individuo, agrupado entorno a otros conceptos (clase, grupo social, género…) debía “sacrificarse” (término suficientemente terrible) por la patria. Pero mi oficio de historiador me lleva a Bruselas en julio de 1914. Allí se celebró la última reunión de la Internacional Socialista, que se había llenado la boca con anterioridad, pero sin una resolución escrita conjunta, de deseos de paz y de forzar incluso una huelga general obrera en caso de que estallara un conflicto que consideraban a todas luces capitalista. De hecho, ¡qué tiempos aquellos de principios del siglo XX!, el único país que siguió las consignas internacionalistas pacifistas fue España. En junio de 1909, los obreros reservistas que debían ser enviados a la guerra de Marruecos desde el puerto de Barcelona organizaron una revuelta conocida como la Semana Trágica.

El fracaso de la reunión de Bruselas se certificó con el asesinato Jean Jaurès, socialista francés proclive al pacifismo, llevado a cabo por un nacionalista francés. A continuación, los diputados socialistas franceses y alemanes votaron a favor de conceder créditos para la compra de armas, colaborando, además, en diversos gobiernos burgueses de coalición. Frente a la lucha de clases, era más importante la lucha de naciones.

Y, nuevamente, se reproduce el mismo esquema que hace un siglo. ¿De dónde proviene este rebrote del patriotismo? Observemos lo ocurrido en los antiguos países comunistas. Antes de la caída del Muro de Berlín, las élites oligárquicas que se habían apropiado del concepto proletariado hablaban de su lucha contra el capitalismo. Para ello, idearon un nuevo concepto que aglutinara a las masas frente al individualismo capitalista y liberal: el de patria proletaria. Todavía en América Latina se utiliza con este sentido. Cuando desaparecieron los regímenes comunistas retornaron las “patrias nacionales”, lo cual ya suponía cierta redundancia. La compartimentación de los territorios del Este europeo obedece a dicha lógica.

Por otra parte, el rebrote en Europa occidental del patriotismo nace de un método de defensa primario (ya utilizado por la burguesía en sus inicios, recordemos). Defensa frente a lo que consideran que interfiere en el mantenimiento de la esencia de la patria, que no es otra cosa que la presencia “del otro”. ¿Qué es sino el Brexit? ¿Qué es sino el auge de la ultraderecha en la feliz y rica Europa central o escandinava? De ahí la utilización de estos grupos del miedo al otro, fundamentalmente ante el fenómeno de la emigración.

Pero el resurgir del patriotismo ha llegado a grupos situados más allá de la denominada ultraderecha. En estos días ha sido noticia en Alemania que el Ministerio del Interior será rebautizado como Ministerio del Interior, de Construcción y de la Patria. La palabra “patria”, en alemán Heimat tiene esa connotación sentimental de la que hablaba antes. Para los alemanes evoca un lugar y un sentimiento, ciertos paisajes, ciertos tipos de comida y ciertos trajes típicos. Es una palabra que supuestamente toca el corazón alemán. La medida ha estado envuelta en cierta polémica. Mientras que el parlamentario del SPD Karamba Diaby, nacido en Senegal, defendió ante los medios el nuevo nombre, asegurando que el término promueve la “inclusión”, la organización germano-turca TGD rechazó el nuevo título del ministerio, viéndolo como un mensaje subliminal para la extrema derecha. Han recordado que durante décadas se ha dejado de usar el término por sus connotaciones nazis, ya que Hitler lo identificó con su idea exclusivista de nación.

Ya hemos hablado del Brexit, un movimiento con ciertas connotaciones ultras, pero en otros movimientos más “centristas” se está recuperando el concepto patria. Por ejemplo, en Francia donde Macron dice desear recuperar el servicio militar obligatorio, llamándole, precisamente, “servicio nacional universal”. No se conocen muchos detalles de la medida, aunque se ha apresurado a decir que tendrá una vertiente cívica. No sé de qué se tratará esa vertiente, pero supongo que estará más cerca de imbuir de “patriotismo” a los franceses que de adiestrar en el uso de las modernas armas de destrucción usadas por Francia en sus excolonias en diferentes guerras en la actualidad, pues solo durará un mes. Y, además, ¿piensa adiestrar en dichas armas a toda la población? ¿También a la de origen árabe que vive en los suburbios franceses vigilados por los servicios de espionaje? Son tan franceses como el resto. Tienen derecho a ser “patriotas” y conocer los secretos del uso de granadas y otras armas.

No nos hemos quedado atrás en España. La vorágine de patriotismo español que inunda nuestras calles, periódicos, declaraciones, actos de todo tipo es de proporciones supinas. Siempre estuvo latente, pero muy centrado en una ideología que se asimilaba al pasado franquista, aunque se situara en partidos supuestamente demócratas. Pero ahora se ha convertido en transversal. El motivo no es otro que, nuevamente, la defensa frente al otro. Y ese otro es el denominado independentista o separatista, actualmente de origen catalán, pero podría ser vasco, gallego, valenciano, canario…

Antes de que nadie me lance una réplica en el sentido de que en Cataluña también existe dicho “patriotismo”, ya le contesto que ciertamente. Es una corriente que atraviesa a todo el mundo occidental. Pero debe distinguirse entre exaltación patriótica y reivindicación nacional. La primera es sentimental y lleva hacia la consideración del otro como diferente. La segunda busca unos derechos políticos diferentes del Estado en que se enmarca una población determinada. Bien es cierto que el uso de símbolos, sentimientos, emblemas, historias es usado por todos los nacionalismos en la búsqueda de elementos de confrontación, de formas de aglutinar y reivindicar más allá de la pura demanda de un Estado propio.

Admito que se desee recuperar el amor a la patria, cada uno ama lo que desea. Yo no abrazo patrias, abrazo personas. Yo no amo patrias, amo personas. Pero lo que no admito es la falaz idea que se está presentando estos días de que estos “patriotas” que exhiben banderas en muñecas, coches y balcones son unos “valientes”. ¿Valientes contra quién? ¿Es valiente, como dice el Macron español, señor Rivera, la cantante Marta Sánchez cuando se arranca con una letra para el himno español ante un auditorio rendido y formado por adeptos a la causa? Según la RAE, valiente (en su segunda acepción) se define como “una persona capaz de acometer una empresa arriesgada a pesar del peligro y el posible temor que suscita”. ¿Cuál es el riesgo, peligro o temor acometido por Marta Sánchez? No hay más que ver cuál ha sido la reacción de políticos, prensa mainstream, comentarios diversos, etc. Sí, los ha habido críticos con el hecho de que esta patriota viva y tribute en Miami, pero supongo que será perdonada ante su gesto tan valiente.

Bueno, al final no me pasé demasiado y apenas si hablé de Marta Sánchez y el revuelo formado por su himno.

Quizá estéis deseando de tildarme de poco patriota. Ya os lo digo yo. Lo soy. Poco es mucho, no lo soy nada. El hecho de ser funcionario no me resta posibilidades para serlo. Nuevamente, antes de que os adelantéis, no es necesario que repita lugares comunes que se comentan en estos casos: que si los patriotas de bandera e himno no hace falta que se vayan de su país, tan amado, pues ya viven fuera de él o tributan fuera de él. Simplemente, a mí mi sueldo no me lo paga ninguna patria sino los ciudadanos para los que trabajo.

Y es que hasta la patria chica, como dicen los castizos ha dejado de interesarme. A estas alturas de mi vida, el pueblo donde nací me resulta extraño. Vivo de emociones y sensaciones y no de partidas de nacimiento y obligaciones consanguíneas. Tampoco de donde resido. Quizá ahora, sólo tengo cierto apego al lugar donde trabajo (Castalla), pues allí encuentro gente con la que he compartido lo mejor de mi vida. Y, aquí, en mi casa, donde se encuentran los míos. Desde hace tiempo, cuando viajo pienso bastante en ello. Europa me resulta extraña. Debe ser por mi bajo dominio de las lenguas que allí se hablan, lo cual me hacen sentirme extraño al no entender con los que me cruzo o con los que convivo. Pero no es sólo la lengua, debe haber algo más que no soy capaz de entender. Cuando estuve en Marrakech todo me pareció mucho más cercano. No les entendía igualmente, pero había algo en el ambiente que me permitía sentirme integrado.

En fin, como os decía, menos patrias y más personas es lo que deberíamos reivindicar.

Seguramente me habré granjeado cierta MALA REPUTACIÓN, con alguno de mis comentarios, pero no es nada nuevo:

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POLÍTICA E HISTORIA: Corona catalanoaragonesa, con perdón

No tengo por costumbre meterme en “fregaos” históricos con políticos. Mi abuela siempre decía aquello de “zapatero a tus zapatos”. Pero desde hace unos días, por este motivo y por otros que algún otro día comentaré (¡hay tantas cosas y tan poco tiempo!), me parece estar viviendo en una continua distopía. Ya no sé si vivo en el 2018 o en la realidad inventada por Ray Bradbury en Fahrenheit 451 en la que Guy Montag se dedicaba a la quema de libros por orden del gobierno.

Hace unas semanas me enteré de la campaña del gobierno aragonés para erradicar el término “catalanoaragonés” de los libros de Historia. La noticia por más surrealista que parezca no deja de sorprenderme, tanto en sus coletazos posteriores como en las reacciones consiguientes. Verdaderamente hemos caído en el caos más absurdo y nada ni nadie se salva ya. Estamos tan acostumbrados a vivir en esta distopía en la que ha caído España que leemos las noticias sin reflexionar un momento sobre su carácter absurdo. No pondré hoy ejemplos cotidianos, aunque ganas no me quedan. Lo haré únicamente con el absurdo y el ridículo que está haciendo el gobierno aragonés.

El gobierno aragonés ha censurado tres libros de texto por utilizar el término catalanoaragonés en ellos, pero no se ha quedado contento con ello sino que ha decido crear un Comité de vigilancia de la Historia aragonesa, dentro y fuera de Aragón. La consejera de educación, Mayte Pérez, dice que “en este proyecto se quiere implicar a toda la comunidad educativa”, por ello, ya ha habido reuniones con familias y directores de instituto. Supongo que con la intención de que no dejen pasar ni uno y al menor atisbo del uso del término, ¡zasca!, denuncia al canto y que se le caiga el pelo al editor, al profesor o a quien sea, no vaya a ser que los niños al leer el término catalán junto al de Aragón se les pegue el catalanismo y decidan huir en peregrinación a Bruselas a hacer reverencia al president Puigdemont.

Además, dice que velará por la veracidad de la Historia de Aragón, dentro y fuera de la comunidad autónoma. ¡Por fin! Llevo años investigando sobre Aragón, con debates historiográficos en congresos y reuniones en las que no nos ponemos de acuerdo sobre algunas cuestiones relacionadas con su historia, pero ahora ya podemos estar tranquilos. Tenemos un consejo asesor de Historia de Aragón para que nos diga dónde está la verdad. Lo que digo, de tan absurdo, parece una distopía.

Muchos de mis colegas estarán de acuerdo, pero callarán o se pondrán en contra porque estamos en una estación del asunto, la configuración de España, en la que no puede haber términos medios: los ahora llamados “equidistantes”.

Yo no soy un equidistante en este asunto. Soy un profesional de la historia con veinticinco años dedicados a la docencia y la investigación relacionados precisamente en el ámbito de la Corona de Aragón. ¡Ya salió el término! Y, especialmente, a cómo dejaron de tener personalidad propia las instituciones catalanoaragonesas (¡ya la he liado, seré censurado en Aragón!) a partir de la llegada de los Borbones.

El asunto es tan sencillo que ponerse a explicarlo da un poco de pereza. Pero vamos a ello. Primero dejando claro que deberían los políticos dejarnos claras sus intenciones y no lo hacen. Esta polémica, en realidad, proviene del extendido odio que se está propagando por toda España contra Cataluña. Y ¡dejaos de pendejadas!, que dicen los argentinos. Sin el denominado procés a Aragón le importaría un carajo que en los libros de Historia pongan Corona de Aragón, corona cataloaragonesa o Conferenderación catalanoaragonesa. Llevan haciéndolo desde hace décadas y nunca dijeron nada. Pero ahora hay que ganar votos a costa del odio a Cataluña y no hay más. Que desde algunos círculos políticos catalanes se ha utilizado la Historia para dicho procés y se ha tergiversado la Historia, dicen. Sin duda, y con profusión. Luego pondré algún ejemplo. Y es que en España se ha pasado de la discrepancia al odio en un visto y no visto. A mí me parece muy bien que les caigan mal a los aragoneses (espero que no a todos) los catalanes (supongo que no todos), pero de ahí a convertir tu devenir político en un esperpento hay un abismo. Como dice un vídeo que me pasó recientemente una alumna, donde se explican los errores de nuestro sistema, mal denominado democrático, los ciudadanos ya no somos tales, somos simplemente votantes y como tales nos tratan los políticos. Somos una clientela que debe ser satisfecha y, para ello, qué mejor que la propaganda.

No sé muy bien a qué se denomina ahora adoctrinamiento catalanista. La verdad es que ando un poco desconectado. Pero si entre ello está el uso de los términos catalanoaragonés o Confederación catalanoaragonesa, vaya con el adoctrinamiento. Quizá quien esto dicen lleven a sus hijos a un colegio concertado (recordemos que pagado con dinero público) de la religión católica y allí no se sientan adoctrinados. ¡Es tan fácil desmontar tanta tontería que da pereza, ya lo decía!

Vamos con un poco de Historia. He leído por ahí que el término catalanoaragonés es una imposición catalana que nace en el siglo XIX y por ello no es defendible ya que en la época medieval no se utilizaba. ¡Es que en la época medieval, y en gran parte en la moderna, no existían los estados ni las naciones, sólo territorios gobernados por un monarca o noble! Y si no, intentad entrar en el debate sobre el uso del término España. Pero en un debate serio, como el que iniciaron hace más de un siglo Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz no el que se sucede de tanto en tanto en los comentarios de blogueros y noticiarios digitales. Claro que el término catalanoaragonés aparece a mediados del siglo XIX y claro que en Cataluña, pero no porque el nacionalismo incipiente en aquella época tuviera nada de malvado, sino simplemente porque es en esa época cuando nacen las historias nacionales (en España también) y en Cataluña había un deseo intelectual por recuperar esa historia nacional, naturalmente con el interés de potenciar el hecho nacional catalán (como en España también), cosa que, por desgracia, no ocurrió en Aragón hasta la llegada de la democracia, un siglo más tarde.

Y desde entonces el término catalanoaragonés se ha utilizado sin ningún problema hasta la llegada del procés y el consiguiente surgimiento (mejor dicho resurgimiento) del odio a Cataluña. Sólo un dato. En el portal bibliográfico Dialnet se recogen 22.550 títulos bajo el epígrafe “catalanoaragonés”, mientras que en el de “Corona de Aragón” solo 2.232. ¿Es que la pérfida Cataluña se ha apoderado del término y todos los que lo usan son catalanistas o procatalanistas? Veamos algún ejemplo. El primer título que Dialnet nos da con la búsqueda del término “catalanoaragonés” es el titulado “La frontera catalano-aragonesa”, de Manuel Alvar López, publicado en 1976 en… ¡Zaragoza! ¿Sería Manuel Alvar un catalanista infiltrado en Aragón en aquellos primeros años de la Transición? Pues no. Filólogo, valenciano de nacimiento (Benicarló, 1923), estudió en Zaragoza, se licenció en Salamanca y doctoró en Madrid. Nada de contaminación catalana por esta parte. Simplemente un científico, nada sospechoso de izquierdismo por cierto (académico de la RAE desde 1974 y de la Real Academia de la Historia desde 1999), que veía en el uso de ese término una forma de llamar al conjunto territorial surgido con el matrimonio entre Petronila y Ramón Berenguer IV.

A los aragoneses (al gobierno, al menos) les gusta más que se llame Corona de Aragón, pues así eliminan cualquier referencia a Cataluña, pero que sepan que tan poco sentido histórico tiene uno como otro. El término más usado en la Edad Media oficialmente era el de “Casal d’Aragó”, pues los reyes consideraban los territorios como algo suyo, nada de naciones, estados, pueblos ni otras moderneces. Si se debe aplicar el término Corona de Aragón, que nunca se usó en la Edad Media y poco en la Moderna, ¿cómo llamamos al resto de territorios? ¿Corona de Castilla, término que tampoco fue usado hasta la época borbónica? Cuando en mis clases dentro de unos días tenga que hablar de Felipe II, ¿cómo lo llamo, rey de España, que no existía según el Tribunal Supremo? Todo verdaderamente absurdo.

¿Por qué un término se convierte en habitual y pasa más tarde a estar proscrito? El origen de la mayoría de los términos históricos que usamos está en el siglo XIX y su proscripción en las pugnas étnico-culturales que suceden con posterioridad. Un ejemplo: la lengua serbocroata. El término nació en 1836 (usado por el lingüista Jernej Kopitar) y dejó de usarse con las guerras en la antigua Yugoslavia en la década de los 90 del siglo pasado. Ahora al idioma (que es básicamente el mismo, pero escrito en dos alfabetos) se denomina croata en Croacia, serbio (o serbocroata entre los nacionalistas paneslavos) en Serbia, montenegrino en Montenegro y serbio, croata o bosnio en Bosnia-Herzegovina, dependiendo del origen de quien lo habla.

Que desea el gobierno aragonés que el nombre de Cataluña aparezca en la terminología de la entidad política que existió, al menos, desde el siglo XII al XVIII, pues puede así hacerlo en toda la documentación que de él emane. Pero ponerse a prohibir el uso de un término (catalanoaragonés) que todos sabemos a qué se refiere, tiene un nombre bien simple: censura. Y diría más. ¿Qué están fomentando entre la juventud aragonesa cuando estigmatizan a sus vecinos del este? También eso tiene un nombre: odio.

Pero, ¿de verdad el gobierno aragonés va a vigilar que no se use el término en ningún libro de texto en Aragón y fuera de él? ¿De verdad va a vigilar dicho Consejo Asesor de la Enseñanza de la Historia de Aragón las exposiciones con material aragonés dentro y fuera de Aragón? ¿Cómo lo van a hacer? ¿Crearán además del Consejo Asesor unas especies de brigadas al estilo de los cazafantasmas para que vayan por todas las exposiciones y vigilen todas las editoriales? Pues ya tienen faena. Naturalmente, el objetivo es crear un estado de opinión. Que el pueblo aragonés sienta que su gobierno les defiende del enemigo. Y, en este momento, el enemigo está al este.

Por otra parte, por idénticos motivos, es evidente que desde Cataluña se han hecho todos los esfuerzos posibles por crear identidad. Y no siempre utilizando la Historia de la forma más científica. En algunos casos cayendo en el ridículo, como en el de denominar a Carlos I de España y V de Alemania Carlos I de Castilla y Cataluña-Aragón y V de Alemania (Editorial Barcanova, Cicle Superior 2 de Primària, 2014). O como aquella anécdota que contaba mi estimado Enrique Giménez cuando en 1988 le presentaron al conseller de Cultura catalán un proyecto para celebrar el centenario de Carlos III y dijo que lo que hiciera falta, hasta que se dio cuenta de que no se trataba del Carlos III el Archiduque, coronado como tal en Viena en 1703 contra el pretendiente francés Felipe V, sino el denominado “mejor alcalde de Madrid”.

Y es que ya lo decía mi abuela, “zapatero a tus zapatos”. Pero aquí cualquiera puede hacer de la historia “su sayo”, parafraseando otra frase de mi abuela. Aquí pontifican de Historia los intelectuales varios, aunque no sepan más que lo que cuenta la Wikipedia, como decía Sánchez-Cuenca en La desfachatez intelectual, políticos de todo signo que crean observatorios para el buen uso de la Historia y hasta el Tribunal Supremo. Hace unas semanas el alto tribunal español dictaminó (a raíz de la disputa por un título nobiliario) que los Reyes Católicos no crearon España y que Felipe II, su bisnieto, no era rey de España sino de varios reinos autónomos. ¡Vaya palo, Soraya! Tu queriendo que el Tribunal Supremo sea martillo de nacionalistas y ahora resulta que esa España histórica que tanto deberían estudiar los catalanes no existió hasta…. ¡Vete tú a saber!

Y es que la Historia es algo muy complejo, como todas las ciencias. Hay discusión, hay teorías, hay tendencias, hay disputas. Ya lo decía Álvarez Junco en su imprescindible obra Dioses útiles. Naciones y nacionalismos: “Evitar la emoción es justamente lo que intento hacer aquí: racionalizar un problema que es presa habitual de la emocionalidad; someter los sentimientos a la razón, en lugar de, como tantas veces ocurre, poner la razón al servicio de los sentimientos”.

Me gustaría saber qué pensaría mi amado Labordeta de semejante estupidez acometida por el gobierno aragonés. Él, que tan buena acogida tuvo siempre en Cataluña, no creo que aplaudiera la medida. Seguro que recordaría aquel multitudinario concierto (12.000 personas) en junio de 1978 en el Palacio de Deportes de Montjuic cuando un grupo de cantautores aragoneses propusieron reunirse allí para obtener fondos con los que pagar el millón de pesetas que había puesto el juez de multa a la revista Andalán por criticar al director de la caja de ahorros Campzar, el opusdeista José Joaquín Sancho Dronda, otro “demócrata de toda la vida”, que hizo su fortuna durante el franquismo. Ese Labordeta que creó el verdadero himno de Aragón:

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VUELVE LA TRANSICIÓN: Mariano, van a por ti

El País ya ha decidido comenzar la Segunda Transición. Hacia mediados de 2015, desde las filas de ese movimiento que se quiso bautizar como transversal que era Podemos se comenzó a hablar de la Nueva Transición. Todo eran algarabías en los diarios (digitales, por supuesto) más o menos próximos al movimiento. Las elecciones municipales de 2015 y el triunfo de las llamadas confluencias en algunas grandes ciudades, hizo albergarles esperanzas. Aún recuerdo aquella noche del 20 de diciembre en la que jóvenes cercanos al movimiento se reunieron en casas de amigos a escuchar el escrutinio de las Generales al calor de programas radiofónicos alternativos como  Carne Cruda. Y recuerdo, con una mezcla de sonrisa malévola y algo cínica, cómo las encuestas a pie de urna daban a entender que se iba a producir el famoso sorpasso y Podemos iba a adelantar al PSOE. Y cómo algunos tertulianos daban vítores y reían ante tal evento. La realidad de los resultados no fue tal: ganó el PP, como estaba previsto, quedó segundo el PSOE y Podemos, aun uniendo las denominadas “confluencias” no pudo sino ser tercero a larga distancia de los socialistas. Al menos les quedó el regusto de haber ganado a Ciudadanos, partido que ya había sido aupado a los altares por grupos mediáticos como  El País.

Ahora, dos años más tarde, poco se habla ya de esa Nueva Transición. Bastante tienen los podemitas con lamer sus heridas, reconstruirse continuamente, buscar cuál debe ser su grado de entendimiento con IU, hacer limpieza de elementos poco adictos al egolíder e, incluso, buscar un nuevo nombre para el partido. No es bastante con que en varias circunscripciones se presenten con nombres diversos, sino que ahora, solo dos años más tarde, ya quieren cambiar de nombre.

Acabose la Nueva Transición, pero El País, aunque admira la vieja e Inmaculada Transición ya ha iniciado desde principios de 2018 la Segunda Transición (el nombre, por cierto, fue utilizado por primera vez por José María Aznar). Confieso que llevo años sin leer el diario fundado por los Polanco y dirigido, ahora desde la sombra, por ese prócer de la Transición denominado Juan Luis Cebrián, pero solo con las portadas me basta para saber qué pretende el ahora llamado Periódico Global (antes llamado Diario Independiente de la Mañana, pero, claro, no es preciso mentir desde la portada). El viernes pasado se publicaba la encuesta, adelantada en la versión digital el día anterior, realizada por Metroscopia (sí, esa empresa que dijo que los votantes del PSOE no estaban de acuerdo con la eliminación de Tomás González en la Comunidad de Madrid solo seis horas después de producirse). En ella, nos anuncia El País que “Ciudadanos rompe el tablero y se dispara hacia el gobierno”. Os confieso que, al principio, el titular me provocó cierta náusea y me dije, “no puede ser, no pueden ser tan burdos y tan poco profesionales; eso no es periodismo”. Pero, después, me contesté, con una sonrisa lo más irónica que me fue posible, “pero qué te esperas, con la línea que lleva el periódico en los últimos años”. Luego lo analicé y me salió este escrito.

Lo que pretende El País es conducirnos a la Segunda Transición: nuevo rey, nueva Transición. Nunca nos lo dirá porque ama la primera, la Inmaculada Transición, y a su rey Campechano. En realidad ya hizo lo mismo allá por los años setenta. ¡Cuánto acaba repitiéndose la Historia en este país! El 4 de mayo de 1976 se publicaba el primer número del periódico y ya en el primer editorial echaba el cenizo a la reforma del presidente Arias y patrocinaba una más profunda. En aquella portada no era casualidad que la única foto que había fuera la del entonces ministro de Asuntos Exteriores, José María de Areilza, el candidato del establishment. Un hombre preparado, de mundo, con idiomas, de perfil liberal, pues había sido secretario personal de don Juan. Se producía así la primera traición del clan Polanco. Como ha relatado el periodista Martín Prieto, el diario El País fue una idea de Manuel Fraga para hacerse con un grupo mediático que contrarrestara el poder de ABC, pero Arias Navarro lo descubrió y lo envió a Londres como embajador en un retiro dorado. Hasta allí se desplazó Juan Luis Cebrián para ser nombrado director del futuro periódico; cuando a Arias no le quedó más remedio que nombrar a Fraga ministro del Interior por intercesión del Rey, éste aprobó la publicación del nuevo diario. Pero en el año que transcurre entre la llegada de Fraga al ministerio y la publicación del primer número, el clan Polanco se impuso al dirigido por Calos Mendo y la candidatura de Fraga como conductor de la Transición fue sustituida por la de José María de Areilza.

Pero la sorpresa llegó en julio de 1976, solo dos meses después de publicado el primer número de El País, cuando el rey Juan Carlos decidió que el conductor debía ser Adolfo Suárez. Es mítico el artículo de aquel 8 de julio del columnista Ricardo de la Cierva, “Qué error, qué inmenso error”, hablando del nombramiento de Suárez como presidente del gobierno. Nunca le perdonó El País a Suárez que sustituyera a su candidato Areilza, aunque ahora se lean, de cuando en cuando, loas a su política y comparaciones, como no, con su nuevo candidato Albert Rivera (“Rivera y el fetiche de Adolfo Suárez”, 26 de octubre de 2016).

El País ya ha encontrado la nueva UCD, Ciudadanos. Tiene una indefinición política semejante a la del partido de Suárez, se ha montado en torno a un líder carismático creado por los mass media, joven y atractivo. Ahora se trata de cocinar la Segunda Transición. Y en eso están. Dicen que el IBEX y el Santander están detrás de la operación. Nada nuevo con lo ocurrido en los setenta cuando la Banca, que se decía entonces, y las llamadas doscientas familias patrocinaron a Suárez, hasta que quiso ir por libre, y a la UCD. Vuelve el centro, dice en un artículo de ayer el sociólogo José Juan Toharia (“España vira al centro”), casualmente, o no, director de la empresa, Metroscopia, que ha realizado la encuesta.

Mariano, tienes los días contados. Van a por ti. De nuevo El País quiere apartaros del poder. ¿Qué harán ahora el resto de los diarios mainstream? Se presenta un invierno caliente y una primavera ardiente. Hasta ahora Albert Rivera ha sido el niño mimado (por no hablar de la nueva Juana de Arco del soberanismo Inés Arrimadas) de toda la prensa madrileña. Pero, ¿qué hará ahora Jiménez Losantos desde su columna de El Mundo? ¿Seguirá atizando a Mariano y su gobierno de gallinas? ¿Continuará ABC navegando entre dos aguas? ¿Pondrá Marhuenda y La Razón toda la carne en el asador contra Albert y su Ciudadanos? Será interesante verlo.

Aunque ya me imagino la solución. En realidad todo son fuegos de artificio. No olvidemos que las políticas que propugna Ciudadanos (economía, educación, libertades públicas, configuración del Estado) no se alejan mucho de las del PP (incluso de las del PSOE, no seamos ilusos, pues cuarenta años han tenido para poner en práctica por ejemplo una educación verdaderamente laica). Se habla de Ciudadanos como la “marca blanca” del PP, a semejanza de lo que las grandes superficies hacen con muchos productos. Pues, qué queréis que os diga, yo prefiero la original. No para votarla, sino para saber a qué me enfrento. Siempre he estado de acuerdo con la opinión de un compañero sobre el profesorado de religión católica de los institutos: que debían ser monjas y curas, pero de los de antes, con sotana, alzacuellos y hábitos. Para que se les viera venir, para que alumnos y padres supieran de qué va la asignatura. Nada de moderneces de profes guays. Catecismo y oración, como Dios manda. Pues lo mismo digo de la política. Si se tienen que hacer políticas de derechas, que las hagan los de derechas, pero los de verdad, nada de imitaciones de guaperas.

Y, mientras tanto, ¿qué ha sido de la Transición propugnada por los podemitas? Pues quedó en nada. Como en los setenta quedará el grupo reducido a ese 15% residual que le augura Metroscopia (en 1977 el PCE más otros grupos de izquierda ya tenía ese porcentaje). Y, como entonces, se dará paso a unas luchas intestinas entre pablistas, errejonistas, garzonistas y los grupos territoriales que abandonarán el barco: Compromís, En Comú, En Marea… Nada nuevo. Como en los setenta entre los marxistas-leninistas, los eurocomunistas, los estalinistas, los trotskistas, los maoístas…

Como entonces, todo es también una cuestión de estética. En los ochenta, los pelos largos, las trencas, las barbas pobladas, llevar la revista Triunfo bajo el brazo, escuchar a Paco Ibáñez dejó de estar de moda. Ahora otra vez los pelos largos, la palestina, leer Mongolia o escuchar a Krahe (como confesaba Pablo Iglesias que se atrevió a un dúo con él) es sólo cosa de unos cuantos perroflautas, nombre que ha sustituido a los denominados hippies melenudos, como mi abuela y sus amigas catalogaban a aquellos jóvenes radicales de finales de los setenta. Estéticamente los podemitas no son agradables. Lo dicen los abuelos en las vallas de las obras, las señoras de bien en las cafeterías mientras toman el desayuno cotidiano que les permite su pensión, los conductores que cada día más decoran sus parabrisas con la bandera española, los obreros que se ríen de los jóvenes intelectuales que les quieren dar lecciones, los estudiantes que están más preocupados por dónde se irán de Erasmus que por cuándo tendrán un trabajo digno.

Me diréis que todo el mundo no es así. Es cierto, pero sois (¿somos?) un 15%. No más. Y todo proviene de aquella Inmaculada Transición que, entre otros, diseñaron los Polanco y compañía. Sólo hace falta mirar a Portugal para contrarrestar nuestra Transición con aquella revolución (la de los claveles) que hicieron nuestros vecinos. Allí el movimiento se denominó “Proceso Revolucionario en Curso” con una alta participación popular (vecinal, obrera, estudiantil) con las denominadas “conquistas de la revolución”, como la nacionalización de sectores estratégicos y de la banca, o la reforma agraria. Además los militares, lejos de dar golpes de Estado antidemocráticos, formaron un Consejo de la Revolución que actuaría como garante del cumplimiento de la constitución durante los primeros años. Luego, los nuevos líderes políticos de la década de 1980 obtuvieron suficiente poder para paralizar la reforma agraria y luego revisaron la constitución de 1976 para poder iniciar la reprivatización del sector público de la economía. Las instituciones de democracia directa cayeron en el desinterés y nunca fueron organizadas efectivamente, por lo cual esa parte de la constitución sigue vigente pero como letra muerta.

Sin embargo, allí gobierna António Costa, socialista, en coalición con el Partido Comunista y el Bloque de Izquierda que ha logrado rebajar el paro a los niveles de 2004 con políticas totalmente alejadas de las que aquí propugnan PP, Ciudadanos y PSOE, ha reformado el sistema de financiación de partidos políticos que provocaba la corrupción política, actúa con ética política, como la dimisión de la ministra del Interior después de los incendios del verano pasado o la de tres secretarios de Estado por ir gratis a la Eurocopa y son premiados incluso por la Unión Europea por su gestión de las cuentas públicas.

Así que, Mariano, tienes los días contados como presidente del gobierno. Ya hasta os han quitado el monopolio de la banderita. Pulseras, banderolas en los taxis, banderas en los balcones, escarapelas en los coches se ven en los nuevos salvadores de las esencias patrias contra el comunismo, el separatismo, quizá incluso contra la masonería, como se decía entonces. Como Fraga en los ochenta después de la Transición te convertirás en un residuo de esta Segunda Transición. Quizá, como gallego, siempre te quedará la opción de convertirte en presidente de Galicia. El País, esa reserva espiritual de la Democracia, ha dictado sentencia: la Inmaculada Transición ha muerto, ¡Viva la Segunda Transición!

P.D. Escribo esto sin ningún tipo de preocupación por lo que se anuncia. Como decía Pío Baroja en “El árbol de la ciencia”, ya sólo me queda esa contemplación intelectualista ante lo que sucede. Porque, parafraseando a mi compañero que le dijo a la directora hace unas semanas que había vida más allá del Instituto, hay vida más allá de la política. Por ejemplo descubrir a jóvenes milenials que continúan haciendo buena música, no sin renunciar a un pasado que no conocieron pero que siempre está ahí, cansino, como las “madres manchegas”. Hoy, mientras me llegaban las ideas de este artículo, he escuchado la canción “Camaradas” de Ángel Stanich, uno de mis últimos descubrimientos. Como si algo hubiera unido esa canción a lo que eran mis pensamientos, he escuchado la letra llena de referencias de aquella época: “turgente y comunal” (Amanece que no es poco), los conciertos de Lluis Llac, los panfletos del PC…

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1968: EL AÑO DE LA ESPERANZA

Generalmente digo a mis alumnos que no se fijen mucho en las fechas, que no son importantes, que no las preguntaré en el examen. Pero ellos siempre me contestan, ¿entonces no hay que saberlas? Y yo les contesto que algunas, de tanto repetirlas, se les quedarán grabadas, que no se preocupen. Eso ocurre con la de 1968. Y este año conmemoraremos (que no celebrar) su cincuenta aniversario. Tampoco soy de creer en los aniversarios, ni siquiera en el mío, pues los días, los años, los siglos no son sino convenciones que hemos adoptado los humanos para acotar nuestro paso por el mundo. Pero, los aniversarios pueden ser un buen motivo para analizar lo que ocurrió entonces y lo que ha pasado hasta ahora.

Aquel 1968 se ha convertido en un mito en la iconografía de aquellos que creían que el mundo tenía solución (o, al menos, una solución más allá del liberalismo capitalista), de aquellos que siempre se han encontrado (nos encontramos) a disgusto en un mundo dominado por un poder que no piensa nunca en sus ciudadanos (sea desde la democracia liberal o desde el comunismo estalinista), de un poder que ya no se cree proveniente del pueblo sino que se sitúa por encima de él. Era, en fin, el símbolo de la rebeldía, la revuelta, la utopía, la imaginación, la ilusión, la fantasía y hasta de la juventud.

Hoy, cincuenta años más tarde, no sólo aquella generación ha periclitado hacia un mundo tremendamente material, absurdamente tecnologizado, totalmente pragmático y egocentrista, sino que quizá las jóvenes generaciones no sepan el significado de lo que entonces ocurrió.

Todo comenzó exactamente hace hoy (5 de enero) cincuenta años. Hoy comenzaba la denominada Primavera de Praga. Sí, hoy, en pleno invierno. Tal día como hoy, Alexander Dubček reemplazaba a Antonín Novotný como Secretario General del Partido Comunista de Checoslovaquia, inventando una versión ligth del comunismo que él mismo denominó comunismo de rostro humano, alejándose de los dictados postestalinistas de Moscú.

En abril, Dubček inició una serie de liberalizaciones, que incluían el aumento de la libertad de prensa, la libertad de expresión y la libertad de circulación, con énfasis económico en bienes de consumo y la posibilidad de un gobierno multipartidista. El programa limitaría el poder de la policía secreta y abriría nuevas relaciones con los países occidentales. Incluso se hablaba de elecciones democráticas y de la transformación de Checoslovaquia en una nueva federación de dos naciones (Chequia y Eslovaquia).

La oposición se hizo más presente: la crítica antisoviética apareció en la prensa, después de la abolición de la censura en junio, los socialdemócratas formaron un partido, se crearon clubs políticos y se firmaron manifiestos como el denominado de Las dos mil palabras, auspiciado por Ludvik Vaculik, que llamaba a la movilización ciudadana para apoyar las reformas.

Ante dicho panorama, la Unión Soviética, junto con sus aliados del Pacto de Varsovia, decidieron intervenir en los asuntos checoslovacos. Y cuando digo intervenir, me refiero a una intervención en toda regla: entre 200.000 y 600.000 soldados (según la fuente consultada) y unos 2.300 tanques ocuparon el territorio. El resultado: oficialmente 72 muertos, 266 heridos graves y 436 de diversa consideración, más 70.000 exiliados de inmediato y otros 300.000 posteriormente.

Dubček hizo un llamamiento a la no resistencia, pero el pueblo intentó manifestarse contra la invasión. En aquellos sesenta, tan hippies ellos, la imaginación se exteriorizaba incluso en momentos tan terribles: en el camino de los tanques rusos, la población checoslovaca intentaba confundirles arrancando las señales de tráfico y manteniendo solo aquellas que indicaban en camino de vuelta hacia Moscú, mientras otros cambiaban los letreros de las ciudades de paso, rebautizándolos como Dubček o Svoboda (nombre del presidente de la República Socialista de Checoslovaquia, también partidario de las reformas). Otros utilizaron métodos más cruentos: en enero de 1969 el estudiante Jan Palach se quemó a lo bonzo en la Plaza Wenceslao de Praga para protestar contra la reanudación de la supresión de la libertad de expresión.

Normalizada la situación social, en abril de 1969, Dubček fue sustituido como Secretario General del Partido por Gustáv Husák, siendo expulsado del mismo, asignándosele un puesto como oficial forestal. Años más tarde, tras la caída del Muro de Berlín, Dubček fue aclamado en la Plaza Letna de Praga y nombrado presidente del Parlamento Checoslovaco que acabó con el sistema comunista. Murió sólo tres años más tarde tras un accidente automovilístico.

La Primavera de Praga, con su dosis de rebelión juvenil, pues la juventud fue protagonista de las protestas, se convirtió en un símbolo de lucha contra la opresión. Así, el término Primavera ha sido copiado por diferentes movimientos de similar cariz (la Primavera de Pekín, entre 1977 y 1978, la Primavera croata, a principios de los setenta, y, más recientemente, la Primavera árabe entre 2010 y 2013). Y llenó Europa occidental de intelectuales exiliados, quizá el más famoso de todos ellos Milan Kundera (La insoportable levedad del ser). Pero yo le tengo cierto aprecio a Pavel Kohout, autor de la extraña novela “Mi mujer y su marido. De cómo me quedé sin casa, sin esposa y sin partido comunista”. Silenciado desde 1968 hasta su definitiva expulsión de Checoslovaquia diez años más tarde, ha descrito de forma admirable la desilusión que puede sentirse por quienes protagonizaron aquellos sucesos tan ilusionantes. Dice que la novela la escribió para divertir a sus amigos, cuando no le dejaban publicar, y la completó tras la caída del Muro cuando los checos “se dedican a demostrarle al mundo que incluso después de la caída del comunismo son capaces de seguir siendo un país subdesarrollado”. Desde que leí estas palabras me corre por la cabeza una idea que podría sintetizar diciendo que, en nuestro caso, “después de la caída del franquismo somos los españoles capaces de demostrarle al mundo que podemos seguir siendo un país antidemocrático”.

Mientras todo esto ocurría, durante aquel año de 1968, recién estrenada la primavera, en un segundo escenario que se convirtió en legendario, Francia, la juventud utópica tomó las calles, buscando la playa bajo los adoquines. No es casualidad que todo aquello ocurriera en Francia. Era el centro del mundo desde el punto de vista de la cultura, especialmente de movimientos que ahora llamaríamos antisistema. Allí estaban Guy Debord (La sociedad del espectáculo), Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron (Les étudiants et leurs études) y, sobre todo, Louis Althuser, que desde la École Normale Supérieure, alentaba a los jóvenes hacia la formación de organizaciones maoístas.

Pero las protestas francesas no se iniciaron en París sino en Nanterre, una pequeña ciudad cercana a la capital. Allí fue donde en enero comenzaron las protestas ante el ministro de Educación al que increparon que en su Libro Blanco de la Juventud francesa no se hiciera mención al problema de la liberación sexual (¡qué tiempos aquellos!), siendo uno de sus protagonistas Daniel Cohn-Bendit, convertido más tarde en principal figura del movimiento. También fue en Nanterre donde los estudiantes se encerraron por primera vez, el 22 de marzo, contra la normativa interna de la universidad que no daba voz a los estudiantes. A partir de entonces, jóvenes estudiantes de toda Francia se presentaron en Nanterre para defender a Daniel y los suyos, teniendo que sufrir el ataque de grupos de estudiantes derechistas que les increpaban al grito de ¡Vietcongs asesinos!, en referencia al grupo comunista que luchaba en Vietnam contra la ocupación americana.

La protesta se trasladó y se radicalizó en París cuando los líderes del movimiento de Nanterre (los ocho de Nanterre) fueron detenidos y enviados a declarar a la capital. Las barricadas se levantaron en el Barrio Latino (convertido en símbolo de la juventud rebelde desde ese momento), la policía disolvía por la fuerza a los manifestantes, los heridos se multiplicaban e incluso carros blindados se desplegaban en la ciudad del amor. Durante aquellos días, la imaginación de los estudiantes se desbordó, dando lugar a uno de sus fenómenos más conocidos: las frases escritas anónimamente en las paredes de la ciudad. Muchas se han hecho famosas (prohibido prohibir, la imaginación al poder), otras ya nadie las recuerda (“Dios: sospecho que eres un intelectual de izquierda”).

Pero los estudiantes no se quedaron solos. Desde la primera semana de mayo, los obreros comenzaron huelgas de apoyo y continuaron con la ocupación de fábricas, paralela a la ocupación de los campus universitarios. La huelga general acabó extendiéndose a todos los sectores productivos, incluidos los campesinos.

El gobierno, dirigido por Pompidou, es sobrepasado por los acontecimientos, teniendo que intervenir el omnipresente De Gaulle, presidente de la República. Llega incluso a plantearse una intervención armada, pero finalmente se contenta con la ilegalización de los grupos de extrema izquierda, el arresto de sus dirigentes, la prohibición de manifestaciones, el establecimiento de la censura de prensa y la formación de un grupo paramilitar de defensa de la República formado por asesinos de extrema derecha, miembros de las OAS (formadas en tiempos de la guerra de Argelia), amnistiados por el ministro de Interior. En este ambiente, convocaba elecciones en el plazo de cuarenta días. De Gaulle era conocedor de la ideología proanarquista del movimiento del Mayo francés y de su escasa predisposición a la utilización de los mecanismos democráticos burgueses. Esto y el peculiar sistema de elección francés, a doble vuelta, propició el triunfo abrumador del partido gaullista y la pérdida de diputados de socialistas y comunistas, aunque tuvieran un leve crecimiento en porcentaje de votos.

Pero De Gaulle murió de éxito. Al año siguiente patrocinó una serie de reformas políticas, según él para hacer frente al malestar social. Las presentó como un órdago. O triunfaba el sí o abandonaba la política. El denominado Napoleón del siglo XX, creyó que el pueblo francés no le diría que no. Pero lo hizo. Perdió y abandonó la política para siempre. Parece que De Gaulle sin la política no era nada. Murió al año siguiente.

Los sucesos de París tuvieron enorme repercusión en Occidente y fuera de él. Manifestaciones de apoyo se produjeron en casi todos los países por parte de la juventud, pero en algunos lugares su eco dio lugar a movimientos específicos de gran transcendencia. Quizá los más cruentos tuvieran lugar en México, dando lugar a la matanza de la plaza de Tlatelolco, durante la celebración de los Juegos Olímpicos. Pero también fueron espectaculares en Italia (el denominado otoño caliente del año siguiente), llegando incluso a países fuera de la órbita del liberalismo democrático, como España. Aquí fueron particularmente emotivos los sucesos de la Complutense de Madrid durante el concierto del cantante valenciano Raimon, al que no se le ocurría otra cosa que cantar sus letras de protesta en catalán. ¡Ah, y el público madrileño se sabía las letras y las cantaba ondeando senyeras! ¡Qué tiempos aquellos!

El tercer foco de aquel año de protesta, ilusión y utopía estuvo en el centro del Universo, del universo capitalista: los Estados Unidos.

Aquel año quedó marcado para siempre en la historia de los Estados Unidos por dos asesinatos: el de Martin Luther King (en abril) y el de Bob Kennedy (en junio). El alma de la protesta por los derechos civiles de los afroamericanos y el sucesor del sueño de JFK.

Las protestas de 1968 se enmarcan, en realidad, en el conjunto de las que se produjeron a consecuencia de la Guerra de Vietnam. La crueldad de la intervención americana alcanzó cotas de paroxismo poco antes de la llegada de la primavera con la matanza de My Lai. El 16 de marzo las tropas de Estados Unidos lanzaron una operación en la región de Son My en la búsqueda de vietcongs. A lo largo de cuatro horas, el oficial americano Calley y sus hombres violaron a las mujeres y las niñas, mataron el ganado y prendieron fuego a las casas hasta dejar el poblado arrasado por completo. Para terminar, reunieron a los supervivientes en una acequia. Calley comenzó a dispararles y ordenó a sus hombres que acabaran con ellos. Nunca se supo el alcance de la matanza. Unos defectos de forma en la investigación lo imposibilitaron. Al día siguiente más de 10.000 personas se concentraron en Trafalgar Square para protestar ante la embajada americana. Al mes siguiente, en la universidad cuna del movimiento hippie, Berkeley, se produjeron violentos disturbios, que se extendieron a otras localidades, siendo especialmente cruentos los de Chicago, durante la convención del Partido Demócrata. El alcalde pidió la ayuda del ejército (la Guardia Nacional) para evitar que se reprodujeran los sucesos provocados a raíz del asesinato de Martin Luther King, que se saldaron con 39 muertos y más de 200 heridos solo en Chicago.

Como había ocurrido en París, el establishment político supo reconducir la situación. En noviembre se celebraron elecciones presidenciales en Estados Unidos de las que salió triunfante Richard Nixon, que prometía poner fin a los desmanes frente a la permisividad demócrata. Aunque la victoria en votos fue muy ajustada (43,4% frente al 42,7% del demócrata Humphrey, que había sustituido al asesinado Bob Kennedy), la victoria en votos electorales fue apabullante (301 a 191).

Dos semanas antes de la victoria de Nixon se había producido el gesto que para mí, amante del deporte como manifestación social, y de la historia como forma de entender el mundo, simboliza aquel año de 1968. Por lo que aúna de protesta juvenil, lucha por los derechos de los más desfavorecidos, pacifismo e inconsciencia. El 16 de octubre, tras la victoria de Tommie Smith y el tercer puesto de John Carlos en la final de 200 metros de las Olimpiadas de México, durante la entrega de medallas, el izado de banderas e interpretación de los himnos, ambos atletas, afroamericanos, levantaron su puño enguantado de negro (uno el derecho y otro el izquierdo, ya que solo disponían de un par, aunque el movimiento del Black Power indicaba que se enguantara solo el derecho) y bajaron la cabeza para no ver la bandera americana. Smith llevaba, además, un pañuelo negro al cuello, símbolo del orgullo negro, Carlos el chándal desabrochado en homenaje a los obreros negros y un collar de abalorios honor a los esclavos africanos llevados contra su voluntad a América. La reacción del público, mayoritariamente americano, fue la de abuchear su salida del estadio, las palabras de Smith ante ello demoledoras: “Si gano, soy americano, no afroamericano. Pero si hago algo malo, entonces se dice que soy un negro. Somos negros y estamos orgullosos de serlo. La América negra entenderá lo que hicimos esta noche”.

Un año de símbolos, de fotos, de esperanzas. ¿De frustración? Cincuenta años después no sé si aquello sirvió para algo. En teoría se nos vende que nuestro mundo es más libre, que es más igualitario, que es más justo. Pero no sé si piensan lo mismos los estudiantes que ahora pagan elevadas tasas por sus estudios, los obreros que tienen sueldos bajo mínimos, los afroamericanos estadounidenses que conviven con tasas de mortalidad infantil del nivel de Somalia. Lo que sí creo que ha cambiado es la visión de movimientos como aquellos. Ahora son tildados de estudiantes perroflautas trasnochados, de obreros gandules y subvencionados, y de afroamericanos violentos y drogatas. Incluso, por desgracia, dentro de esos propios colectivos hay quienes piensan que eso es cierto.

1968 fue un año intenso. Creo que tendré que seguir agobiándoos con mis neuras conforme pase el año. Y fue un año de música, de grandes discos, de grandes bandas. Pero también tengo mi canción favorita de aquel año: Mrs. Robinson, de Simon and Garfunkel. Aunque formó parte de un LP (The Graduate) y una película de igual título del año anterior, fue en este cuando fue lanzado como sencillo. Para mí simboliza la desesperanza de la madurez, el ardor juvenil y su despertar sexual y también la desazón de descubrir que el paso del tiempo lo hace ver todo de otra manera.

 

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LA HIJA DEL ESTE: Yugosalvia, el baloncesto y educación

Sin saber muy bien porqué desde hace un tiempo bastantes cosas en mi tiempo libre giran entorno a Yugoslavia. Hace poco recuperé los cómics de Joe Sacco sobre el conflicto balcánico, el otro día entrando en Jot Down encontré una entrevista a Žarko Paspalj, quizá el más enfant terrible de aquella generación baloncestística de los noventa, y cierto mediodía acabamos viendo, mientras tomábamos café, las imágenes del suicidio de Slobodan Praljak en el Tribunal de la Haya. Entrando en modo bucle en internet acabé descubriendo la historia de otro acusado protagonista hace semanas por su intervención en el mismo tribunal que juzga los crímenes en la guerra de Yugoslavia, Ratko Mladić, y la de su hija Ana. Ello me llevó a la excelente novela de Clara Usón La hija del Este.

Creo que uno de mis primeros contactos con Yugoslavia, especialmente con su historia, debió producirse en las clases de COU cuando mi profesor (el querido Emilio Laparra, culpable de que yo derivara mi vida hacia la Historia) nos explicaba las causas de la Primera Guerra Mundial. Aún recuerdo cuando nos exponía, a aquel grupo heterogéneo de alumnos que habíamos caído por diversas causas en ese instituto de barrio obrero que era el Virgen del Remedio, los sistemas bismarckianos de aquella forma tan gráfica (que después yo he copiado en mis clases). Y recuerdo cómo tuvo que interrumpir su explicación ante nuestro escaso interés e incluso el alboroto de algunos. Fue entonces cuando apareció por primera vez en mi vida un término geopolítico cuyo mismo nombre ya encarnaba un halo de misterio y enigmático interés: Bosnia-Herzegovina. A mis compañeros les costó aprenderse el nombre. A mí se me quedó grabado desde el primer día. Y recuerdo cómo lo situé geográficamente con rapidez en aquel mapa que Emilio había colocado en la clase y que yo tenía a cada momento a la derecha de mi pupitre. Y recuerdo echar vistazos de cuando en cuando a aquel mapa para situar Bosnia-Herzegovina. Precisamente ese curso (1980-81) era el primero de la era post-Tito. El mariscal, que gobernó Yugoslavia durante treinta y cinco años, había fallecido en mayo.

Unos años antes había conocido yo otro de los aspectos de aquella Yugoslavia unida: su poderío baloncestístico. Fue en 1973. Es uno de los acontecimientos deportivos más antiguos que recuerdo. Yo apenas tenía diez años y comenzaba a apasionarme por este deporte, seguramente por mi torpeza en el fútbol. El campeonato tuvo diversos aspectos extraordinarios. En primer lugar, se celebraba en España en aquella época en la que no ocurría como ahora en la que cada mes hay acontecimientos deportivos de primer orden en nuestro país, pues el régimen dictatorial del general Franco aún impedía que nuestras relaciones internacionales funcionaran de forma más o menos normal. Para mayor singularidad, el torneo se celebró íntegramente en territorio catalán (en Barcelona y Badalona), cuando el régimen consideraba aquellas tierras como territorio indomable. Pero, además, la selección española tuvo una actuación extraordinaria. No recuerdo que la televisión retransmitiera los partidos de la primera fase, pero sí el enfrentamiento en semifinales entre España y la Unión Soviética (que era como los locutores se referían entonces a la URSS). Era aquella selección soviética una selección temible (un año más tarde ganaron la medalla de oro olímpica por primera vez contra los americanos en una final envuelta en la polémica y cuya derrota no han aceptado aún oficialmente los americanos). Allí jugaban nombres que aún resuenan entre lo mejor del baloncesto europeo de todos los tiempos: Sergei Belov (primer no estadounidense incluido en el Hall of Fame), Anatoly Myshkin o Sergei Kovalenko (un bigardo de 2,16, altura que entonces nos parecía extraterrestre). Pero España la derrotó un cuatro de octubre por 80 a 76. Dos días más tarde no pudimos con Yugoslavia, a la que los comentaristas no creían tan temible como a los terribles (en todos los sentidos) soviéticos. Al fin y al cabo, los yugoslavos eran un poco como nosotros: eran mediterráneos y su régimen comunista era poco comunista, uno adaptado a su propia idiosincrasia. Igual que nuestro régimen democrático, la democracia orgánica franquista, era también adaptada a la nuestra. Pero habíamos menospreciado a, quizá, el mejor grupo de jugadores que nunca han pisado España (Dream Team del 92 aparte): Ćosić, Dalipagić, Kićanović, Slavnić, Plećas…, entrenados por el carismático Mirko Novosel.

Recuerdo que la selección española había sido promocionada de forma mediática en los colegios con una campaña auspiciada por Coca-Cola que organizó una especie de concurso de pintura entorno a ella. Participamos todos los alumnos (yo con la ilusa ensoñación de poder ganar a pesar de mis pocas dotes para el dibujo, presentando, aún lo recuerdo, uno con jugadores de basket en silla de ruedas) y nos regalaron a todos una postal con los jugadores de la selección y sus firmas sobre su figura. Hace años que creo haberla perdido. Allí estaban jugadores míticos como Clifford Luyk, Wayne Brabender, “Nino” Buscato, Rafael Rullán o Carmelo Cabrera y otros ahora menos conocidos, pero de gran recuerdo para los viejos amantes de basket como yo (Vicente Ramos, Manuel Flores, Luis Miguel Santillana, Gonzalo Sagi-Vela, José Luis Sagi-Vela, Miguel Ángel Estrada y Enrique Margall). Todos dirigidos por el sempiterno seleccionador Díaz-Miguel.

Durante años, mi relación con Yugoslavia se situaba entorno al baloncesto. Hasta que a principios de los noventa derivó hacia el mundo de la Historia. Y nuevamente mi vida personal se vio unida a aquel país. En el verano de 1991 los gobiernos de Croacia y Eslovenia decidieron su separación de una ya moribunda Yugoslavia. En Eslovenia el conflicto armado apenas si duró unas semanas, pero se iniciaba entonces una cruenta guerra entre lo que quedaba de Yugoslavia (básicamente Serbia) y Croacia. Magda y yo habíamos decidido casarnos a principios de aquel otoño de 1991 y nuestra ilusión (realmente la mía traspasada a ella) era la de visitar la bella Dubrovnik. Pero no pudo ser, cambiamos nuestros planes por el Tirol austríaco, donde, por cierto, vimos algunos movimientos de tropas que se dirigían a la frontera con Eslovenia, por si acaso el conflicto iba a más.

Y fue a más. Se convirtió en el más tremendo conflicto europeo tras la Segunda Guerra Mundial. Mi amor por el baloncesto yugoslavo, por cómo eran capaces de enfrentarse a la todopoderosa máquina soviética, por cómo eran capaces de luchar contra el dinero italiano (y después español) a nivel de clubes, sin americanos en sus filas, y mi dedicación a la historia me produjo una sensación de horror por lo que allí ocurría. Mi defensa fue el distanciamiento y poco conocí de aquel conflicto en pleno fragor del mismo.

No sé bien porqué, desde hace unos meses he centrado mi interés por aquellas tierras. Y, sin ser demasiado consciente, he ido llenando mi vida de aquellos episodios, queriendo conocer en profundidad lo que entonces no fui capaz.

Acabo de leer La hija del Este, de Clara Usón, y me ha dejado impresionado. Aconsejo a todos los que queráis leer una buenísima novela histórica a que la leáis. Es un ejemplo de como hacer buena literatura histórica. La redacción es amena y brillante. La trama engancha desde las primeras páginas, aunque conozcamos el final. La estructura, con varias voces que nos cuentan la historia, es enormemente atractiva.

¿Es un relato contra el nacionalismo extremo como presenta la editorial? ¿Es una reflexión sobre la manipulación política como también propaga? ¿No son ambas cosas lo mismo? ¿Existiría el nacionalismo extremo (el nacionalismo a secas) sin la manipulación política? ¿Qué fue antes la gallina o el huevo? ¿Son los políticos quienes utilizan instintos identitarios primarios para sus propios intereses o son estos instintos consustanciales al ser humano? Es posible que el libro trate de todo esto, pero creo que desarrolla temas aún más profundos, aunque la editorial haya querido vender la novela bajo el paraguas de la situación política española actual. O quizá es que el nacionalismo no sea sino otra doctrina, utilizada como excusa, para que el poder domine a las masas. A las cuales no les viene mal, les gusta que las dirijan para no tener que hacer algo tan difícil como es DECIDIR. Hay un pasaje muy esclarecedor que suscribo totalmente: “El comunismo es una religión secular y ahora que Tito ha muerto tiene los días contados… las masas tendrán que llenar ese vacío con una nueva fe, necesitan que alguien las oriente y les indique cómo actuar, qué está bien y qué está mal, son incapaces de pensar por sí mismas”.

No imagináis cuantas referencias me trae a la mente ese pasaje. Sólo esbozo algunas que podrían dar lugar a nuevas entradas. Cómo se propagó entre los defensores de la Segunda República el ideal de la revolución comunista después del estallido de la Guerra Civil, frente a quienes propugnaban una revolución libertaria. La primera les ofrecía un modelo impuesto desde arriba, la segunda debía crearse desde abajo y día a día. Cómo se ha impuesto en ese movimiento que se inicio el 15M una estructura jerárquica con líderes bien dispuestos a establecer qué está bien y qué está mal. Han quedado reducidos a una anécdota electoral, excepto en aquellos lugares en los que movimientos urbanos menos jerárquicos los mantienen a flote, quizá no por mucho tiempo. Por ello estoy cada vez más convencido de que si el panorama bipartidista español se rompe no será, como creían algunos de mis alumnos universitarios, por ese movimiento que encabeza Podemos, sino por ese otro mucho más estructurado, guiado, patrocinado y aupado a los altares que supone Ciudadanos. Como bien cuenta un vídeo que hace días me pasó una alumna, la democracia actual consiste en que cada cierto tiempo te pregunten quien quieres que les representes o, mejor dicho, que hagan política por ti.

Pero La hija del Este me ha hecho pensar en otros temas colaterales al que expresaba la contraportada según la editorial. Hasta qué punto somos incapaces de dejar de creernos las mentiras que nos rodean a cada instante por más increíbles que parezcan. Hay varios pasajes en el libro de cómo la televisión serbia desmentía la existencia de campos de concentración diciendo que eran actores pagados por la ONU u otros episodios truculentos de aquella guerra. Pero también de hasta donde es capaz de llegar la maquinaria de guerra para defender los propios intereses. Y de hasta qué punto es difícil conocer con total certeza lo ocurrido en dichas circunstancias. Por ejemplo, la masacre de la cola del pan en Sarajevo de 1992, que informes de la ONU parecen dirigir la culpabilidad ahora hacia el propio ejército bosnio-musulmán que defendía la ciudad para incitar el odio a los serbios en el panorama internacional. Qué importante es la educación en estos temas.

Y en este punto, como siempre, sin saber por qué, parte de mi mundo parece girar entorno al tema que me llevo entre manos. Así, durante la lectura de La hija del Este puse a mis alumnos la película de Christian Carion Feliz Navidad, que comienza con una escena terrible. Tres niños, uno francés, otro británico y otro alemán se dirigen a sus compañeros de clase exponiendo las razones por las cuales esa guerra (la Primera Guerra Mundial) era una guerra justa. “Niño, mira en el mapa el punto negro que hay que borrar, remárcalo con tus deditos y márcalo de rojo”, refiriéndose a Alsacia (ocupada por los alemanes desde 1870) dice el alumno francés; “para borrar del mapa todo el rastro de Alemania debemos exterminar esa raza, no debe quedar ni uno, ignora los gritos de sus bebés, mátalos a todos, a las mujeres también o algún día se alzarán, cosa que si están muertos no harán”, cuenta muy tieso y solemne el chico británico; “un único enemigo tenemos en la tierra que cava la tumba de Alemania, le embargan el odio, la amargura, la envidia y la saña… ya conoces su nombre, es Inglaterra”. Es auténticamente demoledor ver esas imágenes. Y se comprende fácilmente como se puede llegar a tal grado de paroxismo en las guerras si somos capaces de que nuestros niños digan estas cosas.

Por otro lado, el otro día una ráfaga de continuidad del programa Hoy empieza todo, que me acompaña en mi ejercicio semanal, reproducía unas palabras del protagonista de la película Lugares comunes, Fernando Robles (Federico Luppi): “No obliguen a sus alumnos a estudiar de memoria, eso no sirve. Lo que se impone por la fuerza es rechazado y en poco tiempo se olvida. Ningún chico será mejor por saber de memoria el año en que nació Cervantes. Póngase como meta enseñarles a pensar, a que duden, que se hagan preguntas. No los valoren por sus respuestas. Las respuestas no son la verdad, buscan una verdad que siempre será relativa. Las mejores preguntas son las que se vienen repitiendo desde los filósofos griegos. Muchas son ya lugares comunes, pero no pierden vigencia: qué, cómo, dónde, cuándo, por qué. Si en esto admitimos, también, eso de que la meta es el camino, como respuesta no nos sirve.”

Y rápidamente pensé en algo bastante terrible que me ronda la cabeza últimamente fruto de mi experiencia docente. Los alumnos, cada vez más, en todos los niveles, no quieren que les hagas pensar, quieren que les des el conocimiento ya concluso, definitivamente cerrado. Si no están de acuerdo con él, ya se opondrán con argumentos sacados de otros teoremas cerrados, de otras doctrinas, otros pensamientos. Por eso tienen tanto éxito últimamente mensajes ya delimitados por una ideología, por una bandera, por un líder.

Intentar conocer la verdad, aún a sabiendas de que nunca lo lograrás del todo, cada vez interesa menos. Eso es lo que destruyó a Ana Mladic, la protagonista de la novela, si es que realmente ella es la protagonista, pues quizá el verdadero protagonista sea su padre. Aunque en realidad pienso que el protagonista es inmaterial: el odio. El absurdo odio entre semejantes. Y como contrapunto el amor. El amor que sentía Ana por su padre, que sentía por su patria. Y cuan fácil es pasar de uno a otro. Y lo irremediable que puede resultar seguir por un camino que nunca sabes a dónde te conducirá.

Cierro este comentario aconsejándoos un documental sobre Yugoslavia, el baloncesto, la amistad, el odio y lo irremediables que pueden ser muchos de nuestros actos. Se titula Once Brothers (en España si tituló Hermanos y enemigos) y cuenta la historia de la amistad rota entre Petrovic y Divac por el conflicto bélico:

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